Alexa Hills desprecia a su jefe, el arrogante y poderoso Azkarion DArgent, casi tanto como a su asfixiante deuda. Sin embargo, cuando un oscuro incidente destruye su estabilidad, la renuncia parece su única salida... hasta que Azkarion le presenta una oferta imposible de rechazar.
A cambio de su libertad financiera, Alexa deberá firmar un contrato de matrimonio y entregarse al mundo de un hombre con obsesiones ocultas y una tentación secreta que roza lo prohibido. Atada por un papel y rodeada de lujos peligrosos, Alexa descubrirá que el mayor riesgo no es el contrato, sino sucumbir a los deseos irresistibles que su "esposo" despierta en ella.
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capitulo 2
Me quedé allí, bajo el peso de su mirada plateada, dándome cuenta de que cada paso que había dado en los últimos meses, cada esfuerzo por mantener mi trabajo, me había llevado exactamente a este callejón sin salida. Él lo tenía todo planeado. Él no era solo mi jefe. Era mi verdugo.
—Vete a casa, Hills —dijo finalmente, volviendo a su tono frío y profesional—. Prepárate para la cena. Quiero que uses el vestido que envié a tu apartamento. No aceptaré un no por respuesta.
Salí de la oficina con las piernas temblando. El aire del pasillo me pareció más pesado que el de la oficina. Al llegar a casa, encontré una caja sobre mi cama. Era un vestido de seda negra, tan oscuro que parecía absorber la luz de la habitación. Junto a él, una nota con una caligrafía impecable: "La oscuridad te sienta bien".
Me miré al espejo, con el vestido puesto horas después. Era una prenda que gritaba poder y sumisión al mismo tiempo. Se ajustaba a mis curvas como una segunda piel, dejando mis hombros al descubierto. Parecía una mujer diferente, alguien capaz de manejar a un hombre como Azkarion. Pero por dentro, seguía siendo la misma chica asustada que contaba centavos para comprar pan.
El coche negro llegó a las ocho en punto. El chofer me abrió la puerta en silencio y me llevó hacia el destino que cambiaría mi vida para siempre. No era una cena de caridad ordinaria. Era en una mansión privada a las afueras de la ciudad, un lugar rodeado de muros altos y guardias de seguridad.
Cuando bajé del coche, Azkarion me estaba esperando en la entrada. Al verme, sus ojos se dilataron imperceptiblemente. No dijo nada sobre mi apariencia, pero la forma en que me tomó del brazo, con una firmeza que bordeaba la posesividad, me dijo todo lo que necesitaba saber.
Entramos en el salón principal, donde el aroma a flores caras y perfumes de diseñador era casi embriagador. La élite de la ciudad estaba allí, pero Azkarion caminaba entre ellos como si fuera el dueño de cada alma presente. Me sentía como un trofeo, una pieza de exhibición que él mostraba con un orgullo retorcido.
A mitad de la noche, después de docenas de conversaciones superficiales y copas de champán que no probé, Azkarion me llevó hacia una terraza apartada. El viento nocturno refrescó mi piel, pero no logró calmar la ansiedad que me corroía.
—¿Por qué me trajiste aquí realmente, Azkarion? —pregunté, usando su nombre de pila por primera vez. El champán o la desesperación me habían dado una audacia peligrosa.
Él se apoyó en la barandilla de piedra, mirando hacia los jardines iluminados.
—Porque esta noche es el principio del fin, Alexa. Para ti y para mí.
Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, un hombre se acercó a nosotros. Era un abogado que reconocí de la oficina, pero no llevaba archivos de fusión. Llevaba una carpeta de cuero negro, la misma que había visto en el escritorio de Azkarion.
—Señor DArgent, los documentos están listos para la firma —dijo el hombre, con una voz desprovista de emoción.
Azkarion tomó la carpeta y la abrió bajo la luz de un farol. Me miró, y por un instante, la máscara de frialdad se rompió, dejando ver algo mucho más oscuro y hambriento debajo.
—Alexa Hills —dijo mi nombre como si fuera una oración—. Sé que odias este lugar. Sé que me odias a mí. Pero también sé que amas a tu familia más que a tu propia vida.
—¿De qué estás hablando? —mi voz salió como un susurro roto.
—El incidente de hoy en la oficina, los archivos de tu padre... no fueron una coincidencia. He comprado tu deuda, Alexa. Cada centavo. Ahora no le debes al banco. Me debes a mí.
El mundo pareció detenerse. El sonido de la música lejana se desvaneció, dejando solo el latido acelerado de mi corazón en mis oídos.
—¿Tú qué? —pregunté, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Eres mía, en el sentido más literal de la palabra —continuó él, acercándose tanto que su aliento rozó mi oído—. Pero no quiero una empleada. Quiero una esposa.
Me quedé sin habla, mirando el papel que extendía hacia mí. No era un contrato de trabajo. No era un informe de deudas. Era un acuerdo matrimonial. Las cláusulas pasaron ante mis ojos como un borrón: dos años de matrimonio, representación pública total, fidelidad absoluta y, a cambio, la anulación total de la deuda de mi familia y una suma adicional que nos permitiría vivir con lujos por el resto de nuestras vidas.
—Esto es una locura —logré articular—. Tú me odias. Yo te detesto.
—El odio es una emoción muy útil, Alexa. Mantiene las cosas claras. No habrá sentimientos que nublen el juicio. Solo un contrato. Tú obtienes tu libertad económica, y yo obtengo lo que necesito para consolidar mi posición en el consejo de la empresa.
Me entregó una pluma estilográfica de oro. El metal pesaba en mi mano como si estuviera hecho de plomo. Miré hacia la fiesta, hacia las luces de la ciudad a lo lejos, y luego de vuelta a él. Azkarion DArgent no era un hombre; era una fuerza de la naturaleza que me había acorralado sin que yo me diera cuenta de que el juego había empezado meses atrás.
Recordé la cara de mi madre esta mañana, la desesperación en los ojos de mi padre cuando le quitaron las llaves de su negocio. Si firmaba, todo eso terminaría. Si no lo hacía, mañana estaríamos en la calle, marcados por el fracaso y la miseria.
—¿Por qué yo? —pregunté, con la pluma rozando el papel.
Él se inclinó, su rostro a centímetros del mío, sus ojos plateados brillando con una intensidad depredadora.
—Porque eres la única que no ha bajado la mirada ante mí. Y porque romper tu voluntad va a ser el placer más grande de mi vida.
Apreté los dientes, sintiendo una mezcla de terror y una chispa de algo que se parecía peligrosamente al desafío. Si quería una guerra, la tendría. Pero yo no sería una víctima silenciosa. Miré el contrato una última vez. El precio de mi alma estaba escrito en letras doradas.
Con la mano temblando ligeramente, apoyé la punta de la pluma sobre la línea de firma. El silencio de la noche parecía gritarme que huyera, que saltara de la terraza antes de entregarme a la oscuridad que habitaba en ese hombre. Pero la imagen de mi hogar perdido fue más fuerte. Deslicé la pluma, trazando mi nombre en el papel con una firmeza que no sentía.
Azkarion tomó el contrato en cuanto terminé, cerrando la carpeta con un golpe seco que sonó como una celda cerrándose. Me miró con una sonrisa lenta y triunfal, una que me hizo darme cuenta de que acababa de entrar en un laberinto del que quizás nunca querría salir.
—Bienvenida a la familia DArgent, Alexa —susurró, tomando mi mano para besar mis nudillos, sus labios fríos quemándome la piel—. Tu nueva vida comienza ahora.