Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 2
La mansión era un hervidero de actividad. Esa noche, Viktor ofrecía una cena para los jefes de las familias rivales, una tregua tensa envuelta en cristal y caviar. Para Elena, era la oportunidad perfecta. En medio del caos, nadie notaría a una chica tan pequeña escabulléndose.
El sastre privado de Viktor había llegado por la tarde. Había confeccionado para ella un vestido de terciopelo color vino tinto, ajustado al talle y con una caída elegante. Cuando Elena se miró al espejo, casi no se reconoció: su pelo castaño y lacio brillaba bajo las luces, y sus ojos café destacaban con un toque de maquillaje oscuro. Se veía hermosa, pero se sentía como un trofeo de caza.
Viktor apareció en la puerta. Al verla, se quedó sin aliento por un segundo. Él, un hombre que despreciaba la belleza por considerarla una debilidad, no pudo evitar acercarse.
— Quédate cerca de mí —ordenó, tomándola del brazo con firmeza pero sin lastimarla—. En esta sala hay hombres mucho peores que yo, y te verán como una presa fácil.
— Todos aquí me ven como una presa, Viktor. Empezando por ti —respondió ella, obligándolo a bajar la mirada para encontrar sus ojos.
Al bajar al salón principal, la diferencia de altura causó murmullos. Viktor caminaba con una mano posesiva en la cintura de Elena; para él, ella era un tesoro que esconder; para los demás, era una anomalía. Elena aprovechó un momento en que Viktor discutía rutas comerciales con un hombre de aspecto siniestro para soltarse.
Caminó pegada a las paredes, aprovechando que su estatura le permitía pasar por debajo del nivel visual de los guardias distraídos por el alcohol. Llegó a las cocinas, atravesó el área de servicio y encontró la puerta que daba al jardín trasero. El aire frío de la noche golpeó su rostro. Estaba a solo cincuenta metros de la verja principal.
Corrió con todas sus fuerzas, pero justo cuando sus manos tocaron el frío metal de la salida, una sombra gigantesca se proyectó sobre ella.
— Las ratoncitas que corren suelen terminar en trampas, Elena —la voz de Viktor sonó justo detrás de su oreja.
Ella se giró, asustada. Él estaba allí, impecable, sin un solo pelo fuera de lugar, pero con una furia fría bailando en sus ojos. La tomó por la cintura y la levantó en vilo, como si no pesara nada. Elena pataleó, pero era como luchar contra una estatua de granito.
— ¡Suéltame! ¡No puedes tenerme aquí para siempre! —gritó ella.
Viktor la pegó a su pecho, obligándola a sentir los latidos acelerados de su corazón.
— Podría haber dejado que los guardias te atraparan. Podría haber dejado que cruzaras esa verja y que la familia enemiga te encontrara primero. ¿Sabes qué te habrían hecho? —su voz bajó a un tono aterrador—. Te habrían usado para llegar a mí.
Elena dejó de luchar. Sus ojos café se llenaron de lágrimas de frustración.
— ¿Entonces me proteges? ¿O solo cuidas tu propiedad?
Viktor no respondió. La cargó de regreso a la mansión, pero no la llevó a su habitación, sino a su despacho privado. Cerró la puerta con llave y la sentó sobre su enorme escritorio de caoba. Él se quedó de pie entre sus piernas, atrapándola con sus brazos.
— A partir de ahora —dijo él, limpiando una lágrima de la mejilla de Elena con su pulgar rugoso—, dormirás en mi habitación. Si quieres escapar, tendrás que pasar por encima de mí.
(...)
La primera noche en la habitación de Viktor fue un ejercicio de tensión. Él cumplió su palabra: Elena tuvo que dormir en la inmensa cama del "Rey de San Jude", mientras él se quedaba despierto en un sillón, revisando informes de seguridad y fumando un cigarro cuyo aroma a tabaco y sándalo llenaba el aire.
A las tres de la mañana, Elena, incapaz de conciliar el sueño, se sentó en la cama. Sus ojos café se acostumbraron a la penumbra. Viktor se había quedado dormido en el sillón, con la cabeza inclinada y un brazo colgando. Se veía menos como un monstruo y más como un hombre agotado por el peso de su propia corona.
Movida por una curiosidad que siempre la metía en problemas, Elena se deslizó fuera de la cama. Sus pies descalzos no hacían ruido. Se acercó a una pequeña vitrina de cristal que Viktor mantenía cerrada con llave, pero que esa noche, por descuido o cansancio, estaba entreabierta.
Dentro no había armas ni dinero. Había un pequeño reloj de arena de madera, viejo y con el cristal trizado, y una fotografía desgastada de una mujer joven con el mismo pelo castaño y lacio que Elena.
— Es mi madre —la voz de Viktor, ronca por el sueño, hizo que Elena diera un salto.
Él no se había movido del sillón, pero la observaba con una intensidad que la dejó clavada al suelo. Elena se giró lentamente.
— Te pareces a ella —continuó él, levantándose. En la oscuridad, su silueta de casi dos metros parecía una montaña—. Ella era pequeña, como tú. Y fue la única que intentó sacarme de este mundo de sangre antes de que me convirtiera en esto.
Elena miró el reloj de arena.
— Está roto. La arena no cae.
— Se rompió el día que ella murió —dijo Viktor, acercándose hasta quedar a solo unos centímetros de ella. Elena tuvo que hacer el esfuerzo de siempre de mirar hacia arriba, sintiéndose diminuta pero, por primera vez, no amenazada—. Desde entonces, siento que mi tiempo se detuvo. Solo existe la guerra, el poder y la supervivencia.
Viktor extendió su mano y, con una delicadeza que Elena no creía posible en un hombre que mataba con esas mismas manos, acarició su mejilla.
— Cuando te vi en ese callejón, por un segundo, el reloj pareció moverse de nuevo.
Elena sintió un nudo en la garganta. El mafioso despiadado tenía una grieta en su armadura, y esa grieta tenía su nombre. Por un instante, el miedo fue reemplazado por una extraña compasión.
— No soy ella, Viktor —susurró Elena—. Y no soy una propiedad para llenar tus vacíos.
— Lo sé —respondió él, su rostro a milímetros del de ella—. Ella era una rosa que se marchitó. Tú... tú eres una rosa que sabe morder.
El silencio que siguió fue eléctrico. Viktor estuvo a punto de besarla, pero el sonido de un teléfono encriptado rompió el momento. El deber llamaba. Él recuperó su máscara de frialdad al instante.
— Vuelve a la cama, Elena. Mañana empieza la guerra con los Lombardi, y necesito saber que estás bajo mi sombra, donde nadie pueda tocarte.