Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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El León y la Gata en el Templo del Silencio
El ambiente en la biblioteca del San Jorge siempre era sepulcral, pero cuando Damián y Valeria entraron, el aire pareció cargarse de una electricidad estática que hacía que los vellos de los brazos se erizaran. Damián caminaba delante, con pasos largos y firmes, manteniendo una mano posesiva sobre el antebrazo de Valeria, no tanto para guiarla, sino para asegurarse de que no se escapara a sembrar el caos en otro lado.
Se instalaron en la mesa más alejada, oculta tras las estanterías de enciclopedias antiguas. Damián soltó a Valeria y abrió su cuaderno con una violencia contenida.
—Siéntate y cállate, Valeria —ordenó en un susurro que sonaba a comando militar—. Tienes exactamente cuarenta minutos para terminar el ensayo de Historia. Si te mueves, si hablas, o si intentas robarme la pluma otra vez, te juro que...
—¿Qué? —interrumpió ella, apoyando la barbilla en su mano y mirándolo con esos ojos cargados de una picardía insoportable—. ¿Me vas a castigar, Damián? ¿Me vas a obligar a ordenar tu colección de clips por tamaño y color? Porque suena extrañamente excitante viniendo de ti.
Damián cerró los ojos y respiró hondo. Su autocontrol era su armadura, pero Valeria era un ácido que la corroía centímetro a centímetro. Él era un perfeccionista, y ella era la mancha de tinta que arruinaba su lienzo, una mancha que, por alguna razón que odiaba admitir, no quería limpiar.
—Eres imposible —masculló él, inclinándose sobre la mesa. Su rostro quedó a centímetros del de ella, y por un momento, la máscara de frialdad se rompió, dejando ver una llama de posesividad pura—. Crees que todo es un juego. Pero no tientes a la suerte, porque cuando decido que algo es mío, no lo suelto. Y tú estás muy cerca de convertirte en una de mis prioridades.
Valeria sintió un escalofrío que no era de miedo. Le encantaba sacarlo de su zona de confort, ver cómo el chico "perfecto" se convertía en un depredador territorial.
—Entonces deja de estudiar y mírame, Damián —susurró ella, descarada como siempre—. El ensayo puede esperar. Yo no.
Damián no respondió con palabras. Simplemente tomó el libro de Valeria, lo abrió en la página del ensayo y se lo puso delante, pero mantuvo su mano sobre la de ella, apretando los dedos con una firmeza que decía claramente: "No vas a ningún lado". Valeria sonrió para sus adentros; el pez estaba en el anzuelo.
Mientras tanto, en el laboratorio de química, Julián intentaba mantener su fachada de "chico desinteresado". Se sentó en su taburete habitual, evitando mirar a Elena, que estaba dos mesas más allá. Ella estaba inusualmente silenciosa, concentrada en mezclar reactivos con una precisión quirúrgica.
—Hoy vamos a analizar reacciones exotérmicas —anunció el profesor—. Por favor, acérquense a buscar sus muestras.
Julián se levantó y, al pasar junto a Elena, sintió un tirón en el pie. No fue un tropiezo casual; fue una zancadilla ejecutada con la precisión de un ninja. Julián voló por los aires y aterrizó de rodillas frente a toda la clase.
—¡Ay, Dios mío! ¡Julián! ¿Estás bien? —exclamó Elena, corriendo hacia él con una expresión de preocupación tan falsa que resultaba aterradora.
Se agachó a su lado, fingiendo ayudarlo a levantarse, pero mientras lo hacía, le clavó las uñas en el brazo con una fuerza sorprendente y le susurró al oído con una voz que ya no tenía nada de dulce:
—Vuelve a ignorarme o a babear por la profesora de Literatura, y la próxima vez no será el suelo lo que bese tu cara, "capitán". Será un matraz con ácido sulfúrico. ¿Entendido, corazoncito?
Julián se quedó helado. La mirada de Elena era pura lava volcánica. Cuando ella se apartó, volvió a ser la chica tierna de siempre, pidiéndole perdón al profesor por ser "tan distraída" y haber dejado su mochila en el camino.
Julián regresó a su sitio cojeando, pero con una sonrisa estúpida en el rostro. Le envió un mensaje rápido a Valeria debajo de la mesa:
Julián: Tenías razón. La fiera ha salido. Me ha amenazado de muerte. ¡Creo que me estoy enamorando de verdad!
Valeria, desde la biblioteca y bajo la vigilancia gélida de Damián, sintió la vibración en su bolsillo y sonrió. La guerra apenas comenzaba.