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El Bully Que Se Enamoró

El Bully Que Se Enamoró

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Escuela / Romance
Popularitas:5.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: Mayo

Mayo en El Trébol es frío a la mañana, sol al mediodía y a las cinco de la tarde otra vez bufanda. Es también el mes donde el uniforme ya no alcanza y todos llevamos la campera puesta aunque la preceptora diga que adentro no se puede. Yo seguía con la trenza floja porque me acostumbré y porque a Thiago le gustaba así, aunque nunca me lo dijo después de aquella vez en diciembre.

Thiago volvió al colegio la segunda semana de mayo. Caminaba sin muletas pero rengueaba un poco y cuando hacía frío se le notaba más. Los primeros días no fue a Educación Física, se quedaba en el banco mirando el partido de los otros y puteando bajito cada vez que alguno erraba un pase.

—Te morís de ganas —le dije el miércoles cuando lo vi con los brazos cruzados en la tribuna.

—Sí —contestó sin mirarme—. Es una mierda mirar.

—No mires.

—Si no miro es peor.

Me senté al lado. No me preguntó si me quedaba, se acostumbró a que me quede.

Esa semana mamá me dejó ir a la casa tres veces. “Volvés antes de las ocho y me mandás cuando llegás”, me decía. Yo le mandaba “llegué” y a las siete y media “ya salgo”. No me preguntaba qué hacíamos. Yo tampoco le contaba mucho. Hacíamos la tarea en la mesa de la cocina, tomábamos mate con Marcela cuando estaba, y cuando no estaba nos tirábamos en el sillón y mirábamos tele sin mirarla.

El viernes 16 me mandó mensaje a las nueve de la noche: “che podés venir mañana? mi vieja se va a Rosario a lo de la tía y mi viejo trabaja. estoy solo todo el día.”

Le puse: “le pregunto a mi vieja.”

Fui a la cocina. Mamá estaba haciendo lista para el súper.

—¿Puedo ir mañana a la casa de Thiago? Está solo.

Dejó el lápiz.

—¿Todo el día?

—Sí. La madre viaja.

—¿Y el padre?

—Trabaja.

Me miró por arriba de los anteojos.

—Hasta las siete.

—Bueno.

—¿Lucas va?

—No.

—¿Querés que vaya?

—No.

Asintió. —Llevá el cargador.

Le dije que sí. No entendí para qué, pero lo llevé.

Llegué el sábado a las once con dos facturas que compré en la panadería de la esquina. Thiago abrió en remera y short, con la pierna todavía vendada aunque ya le habían sacado los puntos.

—Traje —dije, y le mostré la bolsa.

—Sos una genia.

Comimos en la cocina. Cacho se echó abajo de la mesa y cada tanto le tiraba una miga.

—¿Te duele? —le pregunté señalándole la rodilla.

—Cuando me levanto rápido. O cuando hace frío. El kinesiólogo dice que es normal.

—¿Vas?

—Tres veces por semana. Odio al tipo.

—¿Por qué?

—Porque me hace doler a propósito.

—Es su laburo.

—Ya sé.

Se levantó a tirar la servilleta y rengueó.

—No lo hagas a propósito —le dije.

—No lo hago.

Nos fuimos al sillón. Puso Netflix pero no miramos nada. Me agarró la mano y me la dejó arriba de su pierna, arriba del jean.

—Me gusta cuando venís —dijo después de un rato.

—A mí también.

—¿Tu vieja no dice nada?

—Ya no. Solo que vuelva temprano.

—Bien tu vieja.

—Está aprendiendo a aguantarte.

Se rio. —Costó.

—Sí.

Me corrió el pelo de la cara. Yo tenía los anteojos medio torcidos.

—Te quedan bien —dijo.

—Ya me lo dijiste.

—Te lo digo otra vez.

Me besó. Primero despacio, después no. Le pasé la mano por el cuello y sentí que estaba caliente. Él me agarró de la cintura y me apretó contra él. No teníamos apuro porque no había nadie y porque ya no éramos los del principio.

Me saqué los anteojos y los dejé en la mesa. Él me miró.

—Te veo mejor sin —dijo.

—Vos me ves siempre.

—Ya sé. Pero igual.

Nos besamos un rato largo. Me corrió la remera para arriba sin sacármela. Yo le pasé la mano por abajo de la remera de él y le sentí las costillas y el corazón latiéndole rápido.

—Emi —dijo contra mi boca.

—¿Qué?

—Si querés paramos.

—No quiero parar.

No paramos.

No fue como en las películas. Fue raro y torpe y los dos teníamos miedo y nos reímos bajito en el medio porque él me chocó la nariz con los anteojos que ya no tenía puestos. Pero fue. En el sillón del living, con Cacho roncando abajo y la tele prendida en mute.

Después nos quedamos abrazados con la remera mal puesta y transpirados aunque hacía frío.

—¿Estás bien? —me preguntó, con la voz todavía agitada.

—Sí. ¿Vos?

—Sí.

—¿Te duele la rodilla?

—No. Ni me acordé.

Nos reímos.

Me acomodé la ropa y me puse los anteojos. Él se quedó mirando el techo.

—Te amo —dijo sin mirarme.

—Yo también —le dije.

—No digas yo también si no lo sentís.

—Lo siento.

Entonces sí me miró. —Bueno.

Nos quedamos en silencio. A las cinco me paré.

—Me tengo que ir.

—Ya sé.

Me acompañó hasta la puerta. No me besó fuerte, me dio un beso en la frente y me abrazó largo.

—Gracias —me dijo.

—¿Por qué?

—Por quedarte.

—No me fui.

—Ya sé.

Salí. Caminé las siete cuadras con las manos en los bolsillos y la campera cerrada hasta arriba. No tenía frío.

En casa mamá estaba tendiendo ropa.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí.

—¿Comiste?

—Sí.

—¿Y él?

—Bien.

No preguntó más. Yo me metí a bañar y me quedé abajo del agua caliente mucho rato.

Esa noche no escribí nada. Me acosté con el cuaderno al lado y lo abrí, pero no me salía. Lo cerré.

El domingo no nos vimos. Me mandó a la noche: “pensé todo el día en vos.” Le puse: “yo también.” Me contestó: “mañana te espero.”

El lunes me esperó en el portón como siempre. No dijo nada raro. Me dio un caramelo y me preguntó si había hecho la tarea de Historia.

—Sí —le dije.

—Pasame.

—No.

—Dale.

—No.

Se rio. —Bueno.

Caminamos hasta la esquina. Antes de despedirnos me agarró la mano.

—Che —dijo.

—¿Qué?

—Lo del sábado… ¿estás bien?

—Sí. ¿Vos?

—Sí. Solo… quería saber.

—Estoy bien.

—Bueno.

Me dio un beso corto y se fue para el colegio. Yo entré a casa y mamá me miró la cara.

—¿Pasó algo? —preguntó.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

No insistió. Pero esa noche dejó un paquete de toallitas en el baño sin decir nada.

El martes en el recreo largo Thiago me buscó en el patio. Me llevó atrás de las aulas donde no había nadie.

—¿Qué hacés? —le pregunté.

—Nada. Quería hablar sin que nos mire todo el mundo.

—Bueno.

—Lo del sábado… para mí fue importante.

—Para mí también.

—¿No te arrepentís?

—No. ¿Vos?

—No. Solo… no quiero que pienses que fue porque estábamos solos.

—No pienso eso.

—Bueno.

Me acomodó la trenza.

—Te amo, Ríos.

—Te amo, Benítez.

Nos besamos ahí, rápido, porque sonó el timbre.

El jueves me mandó un audio a las once de la noche. Se escuchaba la tele de fondo.

“Che, no sé decir estas cosas sin que suene pelotudo, pero desde que te conozco no soy el mismo. Antes me cagaba en todo. Ahora me importa si me va mal en Matemática porque vos me ayudás. Me importa si me duele la rodilla porque vos me preguntás. Me importa volver al colegio porque te veo. No sé si está bien decirlo así pero es la verdad.”

Lo escuché tres veces. Después le mandé: “está bien decirlo así. a mí me pasa lo mismo.”

Me contestó: “bueno. mañana te llevo un alfajor.”

El viernes me esperó con dos.

—Uno por el audio —dijo.

—Gracias.

Caminamos hasta casa. En la puerta me dijo:

—Cuando cumpla dieciocho quiero ir a la facultad en Rosario. Kinesiología o algo de eso.

—¿En serio?

—Sí. El kinesiólogo me habló. Y me gusta cómo es.

—¿Y el fútbol?

—Veo. Si la rodilla aguanta, juego acá. Si no, estudio.

—¿Y yo?

Se quedó callado un segundo.

—Vos venís si querés.

—¿A Rosario?

—A donde sea. Pero falta un montón. Primero terminá cuarto.

Me reí. —Falta un montón.

—Sí. Pero te lo digo igual.

Me dio un beso y se fue.

Esa noche sí escribí. En el cuaderno azul, tres hojas seguidas. Puse la fecha 24/5 y escribí todo: la casa, el sillón, Cacho, el mate antes, la remera, los anteojos en la mesa, el “te amo” después, el miedo que no dije, el “no te arrepentís” del martes, el audio.

Al final puse: No me arrepiento. Me asusta un poco pero no me arrepiento. Me gusta cómo me mira cuando no hablamos. Me gusta que me diga gracias. Me gusta que me espere aunque ya no tenga que hacerlo.

Lo cerré y lo guardé en el cajón con el otro.

Mamá entró a dejar una toalla limpia y vio el cuaderno azul en la punta.

—¿Es nuevo? —preguntó.

—Me lo regaló Thiago.

No dijo nada. Lo tocó con dos dedos y salió.

El lunes en el banco me preguntó Thiago:

—¿Escribís de nosotros?

—Sí.

—¿Todo?

—Casi todo.

—¿Lo leo algún día?

—Cuando termine el colegio.

—Falta un montón.

—Sí.

—Bueno. Espero.

Me dio la mano y nos quedamos así hasta que tuve que entrar.

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Veronica Asuncion Caglia Mongelos
me encanto la historia de los dos.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia
Melu♡: muy buena sugerencia 🥰 la voy a tener en cuenta. besos
total 2 replies
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