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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Una simple chica del campo

Natalie

A veces me pregunto si alguna vez podré dejar de mirar por encima del hombro.

Es curioso cómo funciona la mente después de años de vivir en alerta. No importa cuántos años pasen, ni cuán lejos esté del sonido de los disparos o del olor metálico de la pólvora, el instinto no desaparece. Solo se duerme… hasta que algo lo despierta.

Ahora tengo treinta años.

Vivo en Colombia, en las tierras de mi familia, donde todo huele a café recién tostado por las mañanas y a tierra húmeda después de la lluvia de la tarde. Aquí las montañas se alzan como guardianas silenciosas y el viento arrastra el sonido de los grillos por las noches.

A simple vista, mi vida es tranquila.

A los ojos del pueblo, soy una mujer común.

Una ingeniera que se graduó con honores y que ahora trabaja diseñando proyectos para mejorar los sistemas de riego de las fincas de la región. También colaboro con algunas fundaciones rurales que buscan modernizar los cultivos de café.

Soy simplemente Natalie Cardona.

Una más de la familia Cardona.

De las que mantienen el apellido limpio y el pasado bajo llave.

Nadie sospecha nada.

Solo mis padres y mi hermano saben quién fui realmente.

Para el resto del mundo, mi historia empieza y termina aquí, entre los mismos campos de café que alguna vez soñé abandonar cuando era adolescente.

Pero hubo un tiempo —no tan lejano— en el que mi nombre no se pronunciaba con calma.

Se pronunciaba con respeto.

O con miedo.

Durante siete años formé parte de A.R.M.A., la Alianza para Reconocimiento y Asuntos Militares Avanzados.

Una organización internacional que no respondía a ningún país en particular. Sin bandera. Sin fronteras.

En A.R.M.A. solo había dos reglas:

Obedecer las órdenes.

O pagar el precio.

Entré a los dieciocho años, convencida de que podía cambiar el mundo desde el campo de batalla. Tenía una mezcla peligrosa de idealismo, orgullo y una necesidad enorme de demostrar que era más que la hija menor de una familia cafetera.

Recuerdo perfectamente el día que se lo dije a mi padre.

Estábamos en el comedor de la casa vieja, la que tiene las vigas de madera oscura y las ventanas enormes que dan al patio.

—Papá… —dije entonces, jugando con el borde del mantel—. Me aceptaron.

Él levantó la mirada del periódico lentamente.

—¿Aceptaron dónde, Natalie?

—En A.R.M.A.

Hubo un silencio pesado.

Mi madre dejó de mover la cuchara dentro de la taza de café.

—No —dijo ella inmediatamente.

Pero mi padre no respondió de inmediato. Me observó con esos ojos oscuros que siempre parecen ver más de lo que uno dice.

—¿Estás segura de esto? —preguntó al final.

—Sí.

—Eso no es un trabajo común.

—Lo sé.

—Es peligroso.

—También lo sé.

Mi hermano Sebastián, que entonces tenía apenas trece años, soltó una risa incrédula desde el otro lado de la mesa.

—¿Natalie en el ejército? —dijo—. No lo veo.

Yo le lancé una servilleta.

—No es el ejército, idiota.

—Suena peor.

Mi madre se levantó de la mesa con el ceño fruncido.

—No voy a permitirlo.

—Mamá…

—¡No!

Mi padre levantó la mano suavemente.

—Déjala hablar.

Entonces me miró otra vez.

—¿Por qué?

Esa pregunta me atravesó como una bala.

Porque en el fondo yo tampoco sabía explicarlo del todo.

—Porque quiero hacer algo que importe —respondí al final—. Porque no quiero pasar mi vida preguntándome qué habría pasado si lo intentaba.

Recuerdo que él suspiró.

Luego asintió.

—Entonces ve.

Mi madre lo miró horrorizada.

—¿Estás loco?

Pero él no apartó los ojos de mí.

—Si vas a hacerlo, hazlo bien. Y vuelve viva.

Ese fue el trato.

Y lo cumplí.

Al menos por un tiempo.

Dentro de A.R.M.A. subí rápido.

Demasiado rápido, según algunos.

Entré como recluta, pero para el tercer año ya estaba en la unidad de operaciones especiales. Y para cuando cumplí veinticinco, había alcanzado un rango que pocos lograban.

Capitana.

Faltaban apenas dos semanas para recibir oficialmente la insignia cuando todo se vino abajo.

La misión… mi última misión… salió mal.

Hubo bajas.

Armamento desaparecido.

Y un informe que decía que yo había desobedecido una orden táctica.

El documento final llevaba una firma que todavía puedo ver con claridad si cierro los ojos.

Dereck Stein.

En ese entonces Capitan del comando.

Y el hombre que amé durante dos años.

Todavía recuerdo el momento exacto en que me entregaron mi baja.

Una oficina blanca.

Un escritorio metálico.

Un sobre cerrado.

El oficial que me lo entregó ni siquiera me miró mucho tiempo.

—Lo siento, capitana.

Tomé el sobre.

Cuando lo abrí, lo primero que vi fue la firma.

Su firma.

Negra. Precisa.

Sin una nota.

Sin una explicación.

Solo una línea final:

“Retirada inmediata.”

A.R.M.A. no daba segundas oportunidades.

Salí de esa oficina sintiendo algo extraño.

No era rabia.

No exactamente.

Era… vacío.

A veces todavía me pregunto qué dolió más.

Perder mi carrera.

O perderlo a él.

Nos conocimos durante mi tercer año en el Escuadrón Alfa.

Yo era la nueva.

Él era el hombre del que todos hablaban.

El estratega que nunca fallaba.

El oficial que siempre iba dos pasos adelante.

El tipo frío que parecía no sentir nada.

La primera vez que hablamos fue durante un entrenamiento.

Yo estaba terminando una simulación cuando escuché su voz detrás de mí.

—Cardona.

Me giré.

Era alto, más de lo que esperaba. Cabello oscuro, ojos verdes. Una expresión tan seria que parecía esculpida en piedra.

—¿Sí, capitan?

—Dicen que eres buena.

—Dicen muchas cosas.

Él alzó una ceja.

—Veamos si es verdad.

Me lanzó un cuchillo de entrenamiento.

—Intenta desarmarme.

Yo sonreí.

—Con gusto.

El capitán duró menos de un minuto.

Cuando terminé, el cuchillo estaba en mi mano y él tenía el brazo inmovilizado contra el suelo.

Los otros soldados alrededor se quedaron en silencio.

Dereck soltó una pequeña risa.

—Interesante.

Desde ese día todo cambió.

Primero fue rivalidad.

Luego respeto.

Después complicidad.

Y finalmente algo mucho más peligroso.

Con Dereck aprendí a leer el campo de batalla como un tablero de ajedrez.

—Nunca reacciones primero —me decía—. Anticipa.

—Eso es fácil de decir desde la teoría.

—Entonces deja de pensar como ingeniera y empieza a pensar como soldado.

—Oye.

—¿Qué?

—Ser ingeniera me salvó la vida en esa misión de Marruecos.

Él sonrió apenas.

—Lo sé.

Pasábamos horas revisando mapas, estrategias, simulaciones.

Y sin planearlo, terminamos compartiendo algo más que eso.

No era una relación fácil.

En A.R.M.A. el amor era un lujo peligroso.

Pero aun así sucedió.

Porque cuando confías tu vida a alguien una y otra vez… las barreras empiezan a caer.

Ahora mi vida es otra.

Trabajo desde casa diseñando proyectos de ingeniería para mejorar los sistemas de agua de las fincas. Los agricultores de la zona vienen a consultarme cosas.

—Ingeniera Natalie —me dijo hoy Don Ernesto mientras señalaba un plano—. ¿Esto de verdad va a llevar más agua al cafetal?

—Si seguimos el diseño al pie de la letra, sí.

—Ojalá tenga razón.

—Siempre la tengo —le respondí sonriendo.

Él soltó una carcajada.

La gente del pueblo cree que soy solo eso.

Una ingeniera tranquila que ayuda a la comunidad.

Y en parte es verdad.

Pero cuando el sol se oculta detrás de las montañas… vuelvo a ser quien era.

Salgo al patio trasero.

Me ato el cabello.

Y entreno.

Corro cinco kilómetros por el sendero de la finca.

Practico con el cuchillo.

Repaso rutinas de combate que mi cuerpo recuerda mejor que mi mente.

Es mi manera de no olvidar.

Esta noche, mientras terminaba el entrenamiento Sebastián salió al patio con dos botellas de agua.

—Sigues haciendo eso —dijo.

—¿Qué cosa?

—Entrenar como si mañana hubiera una guerra.

Tomé la botella.

—Los hábitos son difíciles de matar.

Se sentó en el borde del muro.

—Han pasado cuatro años, Nat.

—Lo sé.

—Podrías dejarlo ir.

Lo miré.

—¿Tú podrías?

Mateo se quedó callado.

—No lo sé —admitió.

Le di un pequeño empujón con el hombro.

—Entonces no opines.

Él sonrió.

—Sigues siendo la misma.

Tal vez.

O tal vez no.

Porque hay algo que nunca desaparece del todo.

Mientras sostenía la pistola descargada entre mis manos, miré hacia la oscuridad del campo.

A veces me pregunto qué sería de mí si esa misión no hubiera salido mal.

Quizá seguiría en A.R.M.A.

Quizá ya sería comandante.

Quizá…

Quizá seguiría a su lado.

Hace cuatro años que no sé nada de Dereck Stein.

No sé si sigue en la organización.

No sé si ascendió.

No sé si alguna vez piensa en mí.

Pero hay algo que sí sé.

Por más que intente enterrarlo en el pasado…

Su nombre sigue grabado exactamente en el lugar donde más duele.

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