Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Emily Nolan 2
Los recuerdos no llegaron todos de golpe, sino como piezas sueltas que, poco a poco, comenzaron a encajar.
Esa mañana, Emily despertó con una sensación extraña.. su mente estaba más clara, más ordenada. Ya no era solo confusión y miedo. Ahora podía distinguir qué pertenecía a su vida pasada… y qué era parte de la historia de Emily Nolan.
Se quedó unos minutos en la cama, mirando el dosel sobre su cabeza, repasando cada fragmento que había recuperado.. su familia, su posición, sus errores… y ese final que aún le erizaba la piel.
—Bien… —susurró, llevándose una mano al estómago vacío—. Empecemos por algo simple.
Cuando la sirvienta entró con el desayuno, lo hizo con la misma rutina de siempre.. dejó la bandeja con cuidado, sin esperar demasiado.
Porque Emily Nolan nunca comía.
O al menos, no de verdad.
Pero esta vez fue diferente.
—Déjalo aquí —dijo Emily, incorporándose con más energía de la que su cuerpo parecía capaz de sostener.
La joven sirvienta dudó un segundo, sorprendida por el tono… pero obedeció.
Emily observó la bandeja como si fuera un tesoro.
Pan recién horneado. Mantequilla suave. Frutas cortadas con precisión. Y pequeños pasteles que desprendían un aroma dulce, casi irresistible.
En su vida anterior… muchas veces había comido apurada, sin disfrutar realmente. Otras veces, simplemente no tenía ganas.
Pero ahora…
Tomó un trozo de pan, lo untó con mantequilla y le dio un mordisco.
Sus ojos se abrieron levemente.
—…Está delicioso —murmuró, genuinamente sorprendida.
No era solo el sabor. Era la sensación. El calor, la textura, el simple acto de alimentarse… se sentía bien.
Muy bien.
Sin darse cuenta, empezó a comer con entusiasmo.
Un bocado tras otro, probando todo con curiosidad, como si redescubriera algo básico que había olvidado valorar.
La sirvienta, que aún no se había retirado del todo, se quedó congelada cerca de la puerta.
[¿La señorita… está comiendo?]
No picoteando. No fingiendo.
Comiendo de verdad.
Emily, ajena a la mirada atónita, tomó uno de los pequeños pasteles. Dudó apenas un segundo… y luego lo probó.
El dulzor se deshizo en su boca, suave, equilibrado.
Sonrió.
—Esto es increíble…
Se llevó una mano al pecho, no por dolor esta vez, sino por una emoción simple y honesta.
—Si mejorar mi salud significa comer así… esto será mucho más fácil de lo que creía.
Claro, su cuerpo aún estaba débil. Lo sentía en el leve temblor de sus manos, en el cansancio que aún no desaparecía del todo.
Pero había algo nuevo.
Voluntad.
Conciencia.
Y una decisión firme de no volver a ignorarse.
Mientras terminaba el desayuno.. algo que jamás había hecho antes, Emily dejó escapar un suspiro satisfecho.
Era un cambio pequeño.
Casi insignificante a los ojos de otros.
Pero para ella… era el primer paso para cambiar su destino.
Y esta vez, pensaba avanzar sin detenerse.
Los días siguientes marcaron un cambio tan evidente que parecía otra persona habitando el cuerpo de Emily Nolan.
Ya no despertaba tarde ni permanecía horas en la cama sintiéndose débil y sin ánimo. Ahora, en cuanto la luz del amanecer se filtraba entre las cortinas, abría los ojos con una energía nueva, todavía suave, pero constante.
Al principio, levantarse temprano fue un desafío. Su cuerpo, acostumbrado al descuido, protestaba con un leve cansancio. Pero Emily no retrocedió.
—Un paso a la vez… —se decía, con paciencia.
Se vestía con ropa ligera y, en la tranquilidad del jardín de la mansión Nolan, comenzaba a moverse. No era nada exigente.. caminatas lentas, estiramientos, pequeños ejercicios que había visto alguna vez. Pero para ella… era un mundo nuevo.
El aire fresco de la mañana llenaba sus pulmones, y poco a poco, esa sensación de debilidad constante empezó a disiparse.
Había días en que terminaba con las mejillas levemente sonrojadas y una sonrisa que no podía ocultar.
—Se siente bien… —susurraba, sorprendida—. Realmente bien.
Después, venía uno de sus momentos favoritos.
El espejo.
De pie frente a él, con la luz natural iluminando su reflejo, Emily se observaba con atención… pero ya no con crítica, ni con dureza.
Esta vez, lo hacía con admiración.
Su cabello negro caía como una cascada interminable por su espalda, largo, brillante, suave al tacto. Sus ojos azules, antes apagados, ahora tenían un brillo vivo. Su piel, aunque aún pálida, comenzaba a recuperar un tono más saludable.
Se inclinó un poco hacia el espejo, ladeando el rostro.
Y entonces sonrió.
—Soy preciosa —dijo, sin vergüenza, sin duda.
No era arrogancia.
Era reconocimiento.
Por primera vez, no veía un ideal imposible… sino a sí misma. Y le gustaba.
Se tomó el tiempo de cepillar su cabello con cuidado, de elegir vestidos que le resultaran cómodos, de alimentarse bien, de descansar.
Se estaba cuidando.
No para otros.
No por apariencia.
Sino porque ahora entendía que su cuerpo era valioso.
El cambio no pasó desapercibido.
El duque Nolan, su tío, lo notó antes de que nadie dijera una palabra.
Era un hombre mayor, de presencia firme, acostumbrado a mantener cierta distancia emocional. No era frío… pero tampoco expresivo. Su forma de preocuparse siempre había sido silenciosa.
Durante mucho tiempo, había observado a Emily con una inquietud que no sabía cómo expresar. Su fragilidad, su desinterés por la comida, esa actitud distante… todo le preocupaba más de lo que admitía.
Pero ahora…
La vio entrar al comedor una mañana, erguida, con paso tranquilo. Tomó asiento sin titubear… y comenzó a comer.
De verdad.
El duque bajó lentamente su taza de té, observándola con atención.
—Emily —dijo, con voz grave.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí, tío?
Hubo un breve silencio.
Como si él estuviera midiendo sus palabras.
—Te ves… diferente.
Emily sonrió suavemente.
—Me siento diferente.
No hubo una gran declaración. No era necesario.
El duque la observó unos segundos más… y algo en su expresión se suavizó apenas, casi imperceptible.
—Es bueno —respondió finalmente.
Para alguien como él, eso significaba mucho.
Muy dentro, una preocupación que había cargado durante meses comenzó a aliviarse.
Emily lo notó.
Y por un instante, sintió algo cálido en el pecho.
No estaba sola.
Tal vez antes no lo había visto… pero ahora podía entenderlo mejor.
Mientras volvía a su desayuno, con una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo, pensó en lo lejos que había llegado… y en todo lo que aún podía cambiar.
Cuidarse no solo estaba sanando su cuerpo.
También estaba reconstruyendo su vida.
hermosa novela
ame a Fred