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Un Amor A Lo Mafia Italiana.

Un Amor A Lo Mafia Italiana.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Apocalipsis
Popularitas:4.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Ybet Renú

Yo solo iba a entregar flores a la iglesia de San Gennaro.
No sabía que el ramo escondía un micrófono.
Ni que el hombre que me sonrió desde el altar era el Capo de Nápoles.
Ni que esa sonrisa sería lo último inocente que vería en mi vida.

NovelToon tiene autorización de Ybet Renú para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Desayuno con sabor a guerra.

Siete de la mañana. Cocina de Villa Rinaldi.

Zia Carmela servía espresso como si no hubiera visto a su sobrino llenar una tina para una Caruzzo a las 6AM. Los Rinaldi no opinan. Sobreviven.

Sofia Greco estaba sentada. Cabecera opuesta a la de Enzo. Vestido de seda, perfecto. Ni una arruga. Ni una lágrima. Las Greco no lloran. Facturan.

Enzo entró descalzo. Camisa de ayer. Pelo mojado de no dormir. En las manos: una taza de café solo, cargado, y dos aspirinas.

No era para él.

Subió las escaleras sin mirar a Sofia.

Bajó cinco minutos después. Solo.

—¿No baja tu _invitada_? —preguntó Sofia, removiendo su café. La pequeña cuchara sonó como un disparo—. O se le pegaron las sábanas.

Enzo se sentó. Por primera vez en 36 años, no en la cabecera. En una silla cualquiera. Frente a Sofia. Como iguales. Como enemigos.

—Vittoria tiene resaca —dijo, sin adornos—. Le dejé el café en la puerta.

—Qué atento —Sofia sonrió con los labios, no con los ojos—. Mi padre siempre dijo que los Rinaldi cuidan bien sus propiedades.

El aire se cortó.

En ese momento, pasos en la escalera.

Vittoria bajó. Despacio. Con la bata de Enzo. Le quedaba enorme. Se había arremangado las mangas y se había atado el cinturón dos veces. Olía a limón y a vergüenza. Tenía el pelo mojado y las mejillas rojas del vapor.

No era una femme fatale. Era una chica con resaca en la bata de un Capo.

Y por eso era jodidamente peligrosa.

Se paró en seco al ver a Sofia.

Sofia la miró de arriba abajo. De la bata que conocía, la había visto en el armario de Enzo cuando ella se quedaba.

Luego miró a Enzo.

—Vaya —dijo, dejando la taza con un clac que hizo saltar a Zia Carmela—

Así que el Lobo por fin encontró a alguien que le muerda.

Vittoria abrió la boca. Le dolía hasta respirar.

Enzo se levantó antes de que dijera nada.

—Siéntate, Caruzzo — Le ordenó, señalando la silla a su lado. No la de invitados. La de familia.

—Zia, otro café. Sin azúcar.

Zia Carmela obedeció. Sin mirar a Sofia.

Vittoria se sentó. Con mil ojos encima. Con el peso de la bata de él como una armadura.

Sofia se reclinó. Evaluando. Calculando.

—Sabes, Enzo —dijo, con voz de terciopelo y navajas—.

Mi padre va a preguntar por qué su hija desayuna en tu casa junto a una recién llegada, y sé que es una simple florista.

Enzo bebió de su espresso. Amargo. Como él.

—Pues dile que los Rinaldi no compartimos mesa con cadáveres —respondió.

—Y que Sofia Greco se murió anoche cuando decidió emborrachar a mi...

—se paró en seco. Miró a Vittoria.

Vittoria tenía la cabeza agachada, apretando la taza para que no le temblaran las manos.

—...cuando decidió tocar lo mío —terminó Enzo.

Silencio.

Sofia se levantó. Despacio. Elegante. Letal.

Pasó por al lado de Vittoria sin mirarla. Se paró junto a Enzo. Le puso una mano en el hombro. Un gesto que antes era suyo.

—Feliz cumpleaños, amore

—susurró—.

Espero que tu regalo valga la guerra que acabas de empezar.

Le rozó la mejilla con los labios. No lo besó. Lo marcó.

Y se fue.

No azotó la puerta. Las Greco no hacen escenas.

Cuando el motor de su Maserati se perdió al fondo del camino, Zia Carmela dejó escapar el aire.

Vittoria seguía sin soltar la taza.

—¿Ya puedo vomitar otra vez? —susurró.

Enzo por fin la miró. Y por primera vez desde que la arrastró a su coche dos meses atrás, se rio. De verdad.

—No —dijo, empujándole las aspirinas—. Ahora te toca sobrevivir a la resaca, Caruzzo.

Porque la guerra... la guerra acaba de sentarse a desayunar._

Sofía no se fue anoche, porque quedarse a desayunar es decir "no me corro tan fácil". Es plantar cara. Es forzar a Enzo a elegir con el sol dando en la cara, no con vino y oscuridad.

Enzo, mientras tomaba su café, pensaba...

No es sexy. Es territorio. Vittoria lleva mi olor. Su tela.

Delante de la prometida. Eso en Sicilia vale más que un anillo.

Vittoria, seguía sin entender lo que dijo Enzo...

Dice "lo mío". Delante de Sofía. Delante de Zia Carmela. Ya no hay vuelta atrás. Acaba de hacerla suya sin tocarla. Y ella sin pensar lo que sé viene encima.

Después de la guerra del desayuno, lo único que queda es silencio.

Y Enzo Rinaldi no sabe hablar. Pero sí sabe montar.

---

_Sofia se fue. El café se enfrió. Zia Carmela recogió las tazas como si no hubiera visto un imperio romperse en su cocina.

Vittoria seguía con la bata de Enzo puesta. Con las aspirinas a medio disolver en la boca. Con la frase _"tocar lo mío"_ rebotándole en el cráneo más fuerte que la resaca.

Enzo se levantó. Caminó hasta la puerta que daba a los establos. Se paró. No se giró.

—Vístete —dijo—. Nos vamos.

Vittoria parpadeó.

—¿A dónde?

>Enzo. A quemar la resaca. Y la noche. Y a Sofia.

Diez minutos después ella bajó. Vaqueros prestados, camisa blanca de hombre, suya otra vez, y el pelo aún húmedo recogido como pudo. Sin maquillaje. Sin armadura.

Él ya estaba fuera, con dos caballos. Un semental negro para él. Diavolo. El nombre le quedaba.

Y una yegua torda, tranquila, para ella. Luna.

>Vittoria. No sé montar.

Estaba mirando al animal como si fuera otro Capo.

—Lo sé —Enzo le tendió las riendas—.

Por eso te doy a Luna. Diavolo te tiraría solo por ser Caruzzo.

La ayudó a subir. Sus manos en su cintura. Firmes. Calientes. No pidió permiso. No lo necesitaba. Pero no la apretó. La sostuvo.

Montó de un salto en Diavolo. Sin esfuerzo. Sin miedo.

—Agárrate —ordenó—. Si te caes, Zia Carmela me mata. Y yo te mato a ti por hacerlo cargar con tu cadáver.

Salieron al paso. Despacio. El sol de Sicilia pegaba fuerte, pero entre los limoneros el aire olía limpio. A lo que ella plantó ayer.

Kilómetros de viñedos Rinaldi. Tierra que su padre regó con sangre para que él heredara. Tierra que ahora pisaba una Caruzzo.

Estuvieron en silencio media hora. Solo cascos, cigarras y el sonido de ella intentando no caerse.

>Vittoria. ¿Por qué caballos? —preguntó al fin, cuando la resaca dejó de gritarle—. ¿No tienes un Maserati como Sofia?

Enzo no la miró. Miró al frente.

>Enzo. En un coche puedes huir —dijo—.

A caballo solo puedes avanzar. Y si te caes, te levantas con tierra en la boca. Te acuerdas de que eres humano.

Frenó a Diavolo en lo alto de una colina. Toda Corleone a sus pies. Su reino.

—Los Don no piden perdón, Caruzzo —dijo, sin mirarla—. No saben.

—No te pedí perdón —respondió ella, agarrando las riendas hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Ya. Por eso estamos aquí.

Se giró por fin. Y Vittoria entendió.

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Emely Rumion
más suspenso así no bustarme uno queda cn ganas de mad
Veronica Albarracin
Muy buena tu novela autora empese a leerla y no e parado 👏👏👏👏👏👏🇺🇾🌺
Emely Rumion
está buena la cosa. pero le falta cm más acción autora pero muy buena 🥰
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela
Ybet Renú.
🥰🥰🥰
Mis queridos lectores les traigo un nueva novela, donde el amor pasa por muchos estados, y la mafia siempre quiere imponer, les agradezco de antemano, sus me gusta, sus regalos, sus comentarios, que otra mi es importante. 🥰
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