⚠️🚫🔞Gus se ve arrastrado al peligroso entorno de Arlo, un lugar donde el lujo se mezcla con la letalidad de la mafia. En esta atmósfera de alta tensión y misterio, la resistencia inicial de Gus se transforma en una fascinación oscura hacia su captor. Atrapado en una red de secretos y deseos intensos, Gus deberá decidir si luchar por su antigua vida o sucumbir a la magnética y peligrosa atracción de un hombre que no acepta un no por respuesta. Una historia de poder, entrega y los límites del alma.🔞🚫⚠️
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Conexión
Las inmensas puertas de roble macizo de la mansión se abrieron sin hacer un solo ruido, revelando un vestíbulo de techos altos, pisos de mármol gris y lámparas de cristal antiguo que arrojaban una luz mortecina sobre el ambiente. El aire olía a madera vieja, cera para muebles y un sutil rastro de tabaco de pipa. A lo largo del pasillo principal, apostados como estatuas de piedra, una decena de hombres Corpulentos vestidos con trajes oscuros y cortes de cabello militar mantenían las manos cruzadas al frente, muy cerca de las fundas de sus armas de fuego.
Arlo cruzó el umbral con paso firme y pesado. Su silueta proyectaba una sombra intimidante sobre las paredes. Vestía su saco negro impecable y mantenía una postura rígida, desprendiendo el aura letal del jefe de la mafia que venía de limpiar los muelles con sangre.
A su lado, Gus caminaba manteniendo el ritmo, forzando a sus piernas a no flaquear. La camisa negra de cuello alto le rozaba la piel sensible, recordándole con cada fricción el ardor de los chupetones morados y las marcas de dedos que Arlo le había grabado en las caderas durante la madrugada. El cantante sentía el pulso desbocado en la garganta.
Nadie en esa inmensa mansión, ni los guardias con cara de pocos amigos ni los sirvientes silenciosos, podía ver las dos líneas de energía carmesí que parpadeaban en el aire. Solo Gus y Arlo compartían el secreto de ese lazo sobrenatural. En ese momento, los hilos que nacían de las muñecas de Arlo cruzaban el espacio y se enroscaban firmemente en la muñeca derecha y en el tobillo izquierdo de Gus, brillando con un tono rosa dócil que delataba la agitación y la sumisión involuntaria del artista. El lazo actuaba como un canal invisible, transmitiendo el miedo del cantante directo a la palma de su captor.
Los guardias del fondo del pasillo abrieron las puertas dobles que conducían al salón privado del patriarca.
Sentado en un inmenso sillón de orejas de piel marrón, junto a una chimenea donde los leños crujían perezosamente, estaba Jack Baxter. El anciano de cabello blanco y rostro surcado de arrugas profundas vestía un abrigo de lana fina. Tenía una manta sobre las piernas y sostenía un bastón de empuñadura de plata entre sus manos largas y nudosas. A pesar de su fragilidad física aparente, sus ojos, del mismo negro profundo que los de Arlo, destilaban una frialdad y una inteligencia criminal que helaban la sangre. Dos guardaespaldas personales, armados con subfusiles ocultos bajo los sacos, permanecían firmes a sus costados.
Arlo se detuvo a tres metros del sillón de su padre. Gus se colocó a su flanco, sintiéndose repentinamente pequeño e indefenso bajo la mirada fija del viejo imperio.
—Hijo —dijo Jack Baxter. Su voz sonó rasposa, gastada por los años pero cargada de un peso implacable—. Llegaste. Los informes del puerto dicen que el hangar de Moretti sigue ardiendo. No dejaste ni las cenizas de su organización.
—Cometieron un error territorial, Jack —respondió Arlo. Su voz resonó en el salón privado como un trueno frío—. Y en nuestra familia, los errores se pagan con la extinción. El sector este del puerto ahora es completamente nuestro. Los socios del extranjero ya están firmando los nuevos cargamentos bajo mis condiciones.
El anciano Jack asintió lentamente, deslizando sus dedos nudosos por la plata de su bastón. Luego, desvió sus ojos negros directamente hacia el cantante. La inspección fue minuciosa, fría, desprovista de cualquier rastro de calidez humana. Gus apretó los puños por instinto, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Así que este es el famoso Gus Fletcher —dijo el patriarca con una mueca que intentaba ser una sonrisa—. El cantante estrella de la agencia de talentos. El chico por el que desplegaste a tres equipos de asalto armados y arriesgaste la discreción de nuestro apellido. Míralo, Arlo. Tiene el porte de un artista varonil, sí, pero en nuestro negocio, la belleza y el talento son mercancías baratas. No veo qué tiene de especial para haber desatado una guerra en los muelles por él. Parece una distracción. Una debilidad peligrosa para un líder.
Gus sintió una punzada de rabia en su orgullo, pero antes de que pudiera abrir la boca para defenderse, Arlo cerró con fuerza el puño de su mano derecha.
En el aire invisible para los demás, los dos hilos carmesí se tensaron al máximo con una vibración magnética brutal.
—¡Ah! —Gus soltó un gemido ronco.
Sus músculos perdieron instantáneamente toda rigidez. Sus brazos se pegaron a los costados de su cuerpo de forma dócil y su pierna izquierda quedó fija al suelo de mármol gris, respondiendo únicamente a la voluntad del titiritero. El lazo emitió un resplandor rosa carnal permanente que encendió la penumbra entre ambos hombres. Gus quedó suspendido frente al patriarca, con la boca entreabierta, soltando jadeos calientes mientras sus ojos se empañaban de sumisión total ante las órdenes de Arlo.
—No es una debilidad, Jack. Es mi posesión —sentenció Arlo, dando un paso al frente para que su inmenso cuerpo de ensombreciera la figura del cantante. Miró a su padre con una fijeza implacable—. Y en mi territorio, mis propiedades responden únicamente a mi mandato. Gus no decide nada. No piensa nada que yo no apruebe. Su vida entera está bajo el yugo de mi control.
El anciano Jack enarcó una ceja blanca, visiblemente intrigado por la demostración de dominio absoluto de su hijo. Los dos guardaespaldas del fondo apretaron sutilmente las manos alrededor de sus armas, atentos a cualquier movimiento brusco en la sala.
—¿Ah, sí? —preguntó el anciano, golpeando el suelo con el bastón—. Las palabras son fáciles de pronunciar, Arlo. En la mafia, queremos pruebas de la docilidad. Moretti creyó que podía usar a este chico como un punto débil para destruirte. Si este artista de verdad te pertenece por derecho de fuerza, muéstramelo. Ordena algo que rompa su orgullo frente a mis hombres. Quiero ver si es un esclavo dócil o una bomba de tiempo lista para estallar en tu contra.
La tensión sexual y psicológica en el salón privado llegó casi al límite de lo soportable. El olor a leña quemada y el sonido de las respiraciones agitadas de Gus llenaron el espacio cerrado. El cantante miraba a Arlo con una mezcla de súplica y rendición involuntaria; el hormigueo constante se había transformado en una presión ardiente al verse completamente expuesto y dominado en medio de la guarida del viejo imperio. Solo importaba las órdenes de su dueño.
Arlo miró a Gus con sus ojos negros. Levantó la mano izquierda y, con una lentitud exasperante, movió los dedos índice y medio en un giro sutil en el aire.
A través del hilo invisible que solo ellos veían, la orden viajó como una descarga eléctrica por los tendones de Gus. Las piernas del cantante perdieron toda autonomía. Sus rodillas cedieron de golpe, y el cuerpo del artista cayó pesadamente hacia adelante, quedando de rodillas sobre el mármol gris del salón, justo a los pies de Arlo.
—¡Ah...! —Gus soltó un sollozo ahogado, un gemido espeso de pura sumisión que resonó en el silencio de la habitación.
Tenía la cabeza gacha, el cabello castaño cayendo sobre su frente y las manos apoyadas en el suelo frío, temblando de pies a cabeza por la humillación y el placer insoportable de haber obedecido la orden física de su captor frente a extraños. El lazo carmesí brillaba con un resplandor eterno alrededor de sus muñecas, transmitiendo la confirmación física de su rendición total.
Arlo se inclinó sutilmente y, con un movimiento firme y dominante, atrapó la mandíbula de Gus entre sus dedos largos y callosos. Forzó al cantante a levantar el rostro, exponiendo ante los ojos del patriarca el cuello de la camisa y la mirada empañada de lágrimas de éxtasis. El pulgar de Arlo se hundió en el labio inferior de Gus, frotando la comisura de su boca húmeda para dejar salir sus jadeos calientes. El chasquido de la saliva compartida rompió la rigidez del ambiente.
—Pídele permiso al viejo imperio para respirar, Gus —ordenó Arlo con su voz gruesa y áspera rozando los labios del joven—. Dile a mi padre a quién le pertenece cada gramo de tu carne.
Gus cerró los ojos un segundo, tragando el nudo de la garganta con evidente dificultad. El roce de los dedos de Arlo en su piel desataba un fuego que le entorpecía los sentidos, borrando cualquier rastro de su antiguo orgullo.
—Le... le pertenezco al señor Baxter —jadeó Gus con la voz trémula y rota, rompiendo barrera de su resistencia frente a la comitiva de la mafia—. Mi vida... mi cuerpo... mis canciones... todo responde a su mando. No soy una debilidad... soy su propiedad.
Un silencio se instaló en el salón de la mansión. El anciano Jack Baxter contempló la escena durante varios segundos que se sintieron como una eternidad de alta tensión. Vio las marcas delatores que se adivinaban bajo el cuello alto de la camisa de Gus, vio el temblor de sumisión pura en los muslos del cantante y la seguridad aplastante con la que su hijo sostenía las riendas invisibles del destino de ese joven.
Finalmente, el patriarca soltó una carcajada seca, golpeando el suelo con su bastón de plata una vez más.
—¡Ja! Eso es lo que quería ver, Arlo —sentenció el anciano Jack con una sutil nota de orgullo en su mirada canosa—. No es una distracción. Has domesticado al cantante más cotizado de la ciudad como si fuera un cachorro de tu propiedad. Moretti era un imbécil si pensaba que podías ser extorsionado con esto. Un Baxter sabe cómo gobernar lo que es suyo, y este chico Fletcher comprende perfectamente cuál es su lugar en nuestra jerarquía. El juicio está terminado. El viejo imperio aprueba tu posesión, hijo. Mantén las rutas seguras y asegúrate de que tu sumiso nunca olvide el sonido de tus órdenes.
Arlo sonrió de medio lado, una expresión de triunfo frío y calculado que demostró que había ganado la guerra psicológica más importante de su sucesión. Con un movimiento dócil de sus dedos, relajó la tensión de los hilos invisibles, devolviéndole sutilmente la movilidad a los músculos de Gus.
—Levántate, dócil —susurró Arlo, ayudando a Gus a ponerse en pie con un tirón firme de su brazo de hierro, pegando por un segundo la anatomía varonil del cantante contra su pecho.
Gus se reincorporó con las piernas aún temblorosas, respirando aliviado en medio de la penumbra iluminada de rojo que solo sus ojos compartían. El lazo carmesí regresó a su pulso constante, cálido y sedante. Habían cruzado las puertas del infierno del viejo imperio y habían salido intactos gracias a la brutalidad de su conexión. Arlo miró a su padre, inclinó la cabeza con respeto formal y comenzó a guiar a su preciada propiedad hacia las salidas de la mansión, listo para regresar a las profundidades de su búnker privado para celebrar la victoria en la intimidad de su cama.