Daiana llega a la pequeña ciudad de los mitos con un solo objetivo: terminar su carrera. Cuando encuentra la casa de sus sueños (espaciosa, lujosa y extrañamente barata), no duda en firmar el contrato. Poco le importa que los vecinos hablen de una presencia, de una entidad que nunca abandonó el lugar; ella es una mujer de ciencia, racional y escéptica, incapaz de creer en cuentos de fantasmas.
Al principio, los pequeños sucesos (objetos que cambian de lugar, corrientes frías en habitaciones cerradas) son fáciles de ignorar. Daiana los etiqueta como producto del estrés o del cansancio acumulado por los estudios. Pero la negación se vuelve imposible cuando llegan las noches.
Sus sueños han dejado de ser simples proyecciones de su mente para convertirse en una realidad abrasadora. En la penumbra de su habitación, siente caricias que no debería sentir y una presencia que la obliga a gemir en la oscuridad. Despierta siempre igual: jadeando, con la intimidad palpitando de deseo.
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Capitulo 8 El limbo de humo y ceniza
La fatiga que siguió al orgasmo en el baño no fue un cansancio ordinario. No fue el agotamiento tras una larga jornada de trabajo, ni la pesadez de una noche de insomnio. Fue una rendición absoluta del sistema nervioso. El ente no solo había reclamado su cuerpo con una fuerza invisible, elevándola en el aire y manipulando el agua con precisión lasciva; había drenado su energía vital, dejándola vaciada, como si el clímax hubiera sido un cable de alta tensión por el que toda su esencia se hubiera fugado.
Daiana se había arrastrado hasta la cama, envuelta en la toalla, sintiendo el frío de las paredes filtrarse en sus huesos a pesar del calor residual de su piel. Se había derrumbado sobre las sábanas sin secarse el cabello, sin cerrar la puerta por completo, incapaz de armar una sola defensa consciente. La parálisis del sueño, ese estado intermedio terrorífico que la había acosado antes, no llegó. Esta vez, el descenso fue vertiginoso y directo hacia un abismo de sueño profundo y sin sueños... al principio.
Pero la mente de Daiana, la mente científica que busca lógica incluso en la posesión, no descansó. En algún punto del limbo entre la inconsciencia y el despertar, Daiana comenzó a soñar.
O al menos, eso es lo que ella cree.
Se vio a sí misma desde un rincón oscuro de la habitación. En una perspectiva extracorpórea, como si fuera una cámara de seguridad grabando su propia vulnerabilidad.
Su cuerpo, recostado sobre el colchón revuelto, no descansa en paz. Esta inquieto, arqueándose levemente bajo las sábanas, las piernas moviéndose en una fricción lenta y rítmica. Sus labios estan entreabiertos, dejando escapar gemidos sordos y ahogados que el sueño no logra silenciar.
Entonces, la sombra apareció.
No salió de la puerta, ni del armario. Simplemente se materializó sobre ella, naciendo de la misma oscuridad que inunda la habitación. No tiene un cuerpo físico, ni rasgos que la ciencia pueda clasificar. Es una fina capa de humo, densa y negra como la ceniza, con una silueta masculina de gran tamaño e imponencia. El humo no flota; se arrastra con descaro, una neblina posesiva que se adhirió a su piel como si fuera una segunda sábana.
Daiana vio, desde su perspectiva de observadora, cómo la figura incorpórea recorre su cuerpo. El humo subió por sus piernas, acarició su vientre, y ella se retorció bajo él, su respiración volviéndose errática en el mundo real. Sintiéndose ajena a su propio placer, observó cómo el humo se concentró sobre su pecho. Sintió una presión repentina, un choque frío contra sus senos que los presionó y los jaló con una fuerza posesiva que no deja lugar a dudas. En su cama, su cuerpo se sacudió, un gemido más fuerte escapando de sus labios, un sonido que rebotó en la habitación vacía, validando la realidad de su tortura onírica.
La figura de humo, lejos de asustarse por su reacción, pareció alimentarse de ella. Bajó con pudor y descaro a la vez por su torso, concentrándose en su intimidad. Daiana sintió una brisa cálida en el sueño, un contraste desconcertante con el frío gélido del baño, y una presión creciente en su entrepierna. No fue el tacto de carne, ni de un objeto; fue una fuerza densa, una corriente de aire comprimido o el peso del magnetismo puro, luchando por entrar en su interior.
La presión aumentó. Es una invasión, una penetración invisible que busca reclamar su útero, su esencia, su voluntad. Y en respuesta, su cuerpo traidor, el cuerpo que se retuerce en la cama bajo la perspectiva de la observadora, se arqueó deseosa de recibirlo.
El placer, agudo y carnal, se mezcló con un terror abismal. Quiere que pare. Quiere que continue. Quiere entregarse a la nada.
Justo cuando la presión estaba a punto de volverse insoportable, cuando el clímax parecía inminente, un sonido rompió el encanto.
No fue un estruendo, ni un grito. Fue un susurro, ronco, excitado y con un eco que parecía provenir del fondo de un pozo.
"Aún no es tiempo."
Las palabras vibraron en su mente, más reales que la cama en la que esta acostada.
Daiana despertó de golpe.
Se incorporó en la cama con una sacudida violenta, el corazón galopando contra sus costillas como si quisiera escapar de su caja torácica. Esta empapada en sudor frío, con la respiración entrecortada y los ojos muy abiertos, buscando la sombra en la oscuridad. La habitación esta en silencio, rota solo por el ruido de su propia agonía. La figura de humo había desaparecido, si es que alguna vez había estado allí.
Pero la frustración... la frustración es insoportable. Su intimidad palpita de deseo, una necesidad carnal y constante que el ente parece disfrutar avivando solo para negársela en el último segundo. El orgasmo en el baño había sido real, sí, pero este nuevo asalto en sus sueños la había dejado en un estado de agitación aún mayor.
"
__¿Es en serio?__. Se quejó en voz alta Daiana al aire vacío, su voz temblando ligeramente, como si alguien la escuchara en la penumbra.
__Creí que al menos después de lo del baño no me seguirías atormentando en mis sueños... dejándome sin alcanzar el clímax__. La frase quedó suspendida en la oscuridad, un desafío directo al vacío.
Inmediatamente, se reprendió a sí misma, la vergüenza subiendo por su cuello. Se llevó las manos a la cabeza, el vello de sus brazos erizándose.
__Estoy a nada de volverme loca__. Murmuró, su mente científica luchando por recuperar el control.
__Empezar a creer en fantasmas... y uno muy especial que parece emocionado con frustrarme, con dejarme sin liberación__.
La lógica trata de imponerse: es una alucinación, un producto del estrés post-traumático tras el incidente en el baño, una parálisis del sueño que se había manifestado de una forma nueva. Pero la voz ronca... la voz ronca y excitada diciéndole que "aún no es tiempo"... eso no pareció una alucinación. "¿Qué rayos quiso decir con eso? ¿Tiempo para qué? ¿Para la posesión total? ¿Para que ella se rinda por completo? ¿O para que la casa la consumiera?".
Esta agotada. El cansancio físico se suma a la agitación emocional y sexual. Siente su cuerpo como un circuito eléctrico sobrecargado, una energía que busca desesperadamente una toma de tierra, pero que el ente parece disfrutar manipulando a su antojo. No tiene fuerzas para levantarse y limpiarse el desastre a medio terminar en su intimidad. Quiere dormir, escapar de la casa, de la leyenda, de la física que se ha burlado de ella en el baño.
__Ya mañana con la cabeza dura y descansada pensaré mejor__. Se prometió, enterrándose entre las sábanas, cerrando los ojos con desesperación.
"Mañana".
Pero su escepticismo y su seguridad de que lo paranormal no existe se estan debilitando con cada hora que pasa en la casa. El orgasmo en el baño había sido real. Su cuerpo elevándose por una fuerza invisible también en el baño había sido real. Y ahora, la voz en su sueño, la presión en su cuerpo, el humo posesivo... ¿Cómo podía la ciencia explicar eso?.
Daiana trató de forzar el sueño, pero algo le hizo sentir que no esta sola. Mientras el sueño comenzó a ganarle la partida, mientras sigue aún despierta en ese limbo entre la conciencia y el olvido, sintió una presión en el cuerpo.
No fue la presión de una mano invisible, ni la invasión del humo. Fue una presión suave, envolvente, como si alguien estuviera ahí, velando su sueño. Como si la tuvieran abrazando.
Se tensó. El pánico, una descarga de terror puro, le recorrió el sistema nervioso una vez más. Quiere saltar de la cama, gritar, huir. Pero a la vez... a la vez esta cansada, agotada, deseosa. Y lo que es peor: ahora que ella sabe que puede llamarlo, que puede provocarlo con su propia agitación, la verdadera pregunta no es si la dejaría ir, sino si ella misma querría marcharse alguna vez.
La casa ya no es un enigma a resolver. Es un campo de juego, y ella acaba de lanzar el dado.
Se acurrucó, abrazando la almohada, sintiendo el frío en su nuca, la presencia compacta velando su sueño. Y, por primera vez, no cerró los ojos con miedo, sino con una ansiedad febril por saber cuál sería el siguiente movimiento de su posesivo amante invisible. Si ese supuesto fantasma quisiera hacerle algo más que lujurioso y dañino, ya lo hubiera hecho. En lugar de eso, la retiene, la manipula, la deja en un estado de necesidad constante, un peón en un juego que ella misma ha aceptado jugar.
Cerró los ojos, no para escapar de la oscuridad, sino para abrazarla. Mañana será otro día, otro experimento, otra oportunidad de tentar a la nada.