Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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LA FAMILIA VILLAREAL
Mi nombre es Montserrat Villarreal.
Hubo un tiempo, un tiempo lejano, en el que ese nombre significaba algo.
Para los que nos rodeaban, los Villarreal éramos sinónimo de poder, de influencia, de una familia. Tan poderosa que nadie se atrevía a desafiarla.
Rico. De dinero, y de prestigio. Mis padres eran conocidos, respetados, admirados.
Mi madre, una mujer de carácter, elegante y decidida. Mi padre, el pilar de todo.
Juntos, habían construido un imperio que abarcaba desde bienes raíces hasta inversiones en tecnología, moda, arte…
Todo lo que tocaban se convertía en oro.
Y yo, su hija, fui criada para seguir sus pasos.
Recuerdo mi niñez como una serie de momentos perfectos, como una película antigua en la que todo tiene un filtro dorado.
Siempre rodeada de lujo, de personas
que me sonreían y me daban lo mejor.
Mi hermano, Julián, era mi compañero en todo.
Él tenía catorce años cuando todo cambió. A veces, me pregunto si hubiera hecho algo diferente,
si hubiera gritado más fuerte, si habría podido salvarlo. Pero el destino no entiende de "si".
Una noche fatídica.
Todo cambió cuando un maldito accidente de tráfico se llevó todo lo que conocía.
Mi madre, mi padre, la familia, la estabilidad…
Todo desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Recuerdo los gritos de mi madre, los suyos de angustia, y a mi hermano abrazándome con todas sus fuerzas, tratando de protegerme.
Yo tenía once años y no entendía lo que sucedía.
Solo escuchaba el retumbar del metal y veía las luces difusas del accidente. Después… oscuridad.
Desperté en un hospital. Dolor. Sangre. Me sentía como si el mundo me hubiera tragado y escupido de nuevo. Mis padres estaban muertos.
Mi hermano, mi compañero, mi protector, estaba inconsciente.
Nos separaron.
Ya no éramos los niños felices que una vez fuimos.
Fuimos arrojados al abismo de la orfandad.
Fue un tiempo de confusión, de desesperación.
Mi abuela materna, la única que podría haberme dado algo de consuelo, murió poco después, al enterarse de la muerte de mi madre.
Un infarto. El golpe de perder a su hija la desbordó.
Y allí estaba yo, sólo un pedazo de carne y hueso, un alma rota sin nada.
Mi tía Bianca fue la única que intentó ayudarnos. Quiso adoptarnos, pero su solicitud fue rechazada.
insuficiencia médica, dijeron. Mi tía había estado enferma durante años, pero nunca dejaba que eso la detuviera. Era lo único que me quedaba.
Pero no pudo salvarnos.
El sistema no lo permitió.
Nos arrojaron a un orfanato.
Un lugar de miserias.
El lugar olía a humedad, a suciedad, a cuerpos que nunca fueron tocados con cariño.
Recuerdo las caras de los otros niños: vacías, llenas de odio, de tristeza. Y las manos de los adultos.
Las manos de Morrison, el encargado del orfanato, me marcaron. A los catorce años, me tocó por primera vez. Al principio, pensó que podía convencerme con sus palabras suaves, diciendo
...que lo hacía por "mi bien",...
...que "yo era especial",...
... pero mi cuerpo temblaba de asco, de miedo....
... Me prometió que sería "suya",...
...que me protegería de todo lo malo,...
...si tan solo cedía....
Me daba miedo escucharlo hablar. Sus palabras eran venenosas, y sus manos eran como garras que se aferraban a mi alma.
Pero no podía hacer nada. A los once años, no podía. Y a los catorce, sentía que no podía escapar.
Mi hermano, Julián, estaba en otra parte del orfanato, pero a pesar de nuestros esfuerzos por mantenernos juntos, el sistema nos separó.
El se lo llevóron. Intenté luchar, pero no pude.
No era más que una niña, y mi voz era débil ante la autoridad que me rodeaba.
A los dieciséis años, algo dentro de mí explotó.
Decidí que no iba a seguir siendo la víctima.
Harta de los abusos, de la humillación diaria, de la impotencia de no poder protegerme, huí.
Salí de esa cárcel de concreto y cristal. Corrí con una mochila rota y algunos dólares que saqué de la oficina del doctor Morrison. Sali hacia la oscuridad de la noche cuando morrison prometio que esa noche por fin seria suya, la idea de que me vuelva a tocar me dio mas asco sin saber qué iba a hacer ni a dónde iría. Mi cuerpo estaba roto, pero mi alma tenía una chispa de rabia, de coraje.
La calle fue mi hogar por dos largos años. Dormí en parques, me escondí en callejones, me alimenté de lo que podía conseguir.
Aprendí a pedir limosna, a robar cuando era necesario, a hacer malabares con las personas para conseguir algo de dinero. Mis ropas se deshilacharon, mi cabello se volvió un desastre, pero mi voluntad no se quebró.
Con cada día que pasaba, me hacía más fuerte.
Pero la soledad me rodeaba.
Ya no me quedaban recuerdos felices.
Solo quedaba la rabia y la supervivencia.
Fue en ese tiempo cuando la volvi a ver de nuevo: mi tía Bianca. La vida tenía algo de cruel en ella, porque justo cuando ya no esperaba nada bueno, ella apareció.
Me reconoció.
Me abrazó con esa fuerza que solo una madre puede tener.
Me llevó a su casa, y por primera vez en años, sentí que podía dormir sin miedo.
Tenía dieciocho años, y aún sentía el peso de todo lo que había perdido, pero sabía que algo en mí había cambiado para siempre. Nunca más iba a ser una niña indefensa.
Mi tía y su novio andrew me ayudó a reconstruir lo que quedaba de mí.
Con sus contactos, me inscribió en la preparatoria y, poco después, terminé un curso técnico en administración. Fue en ese momento que decidí dejar de ser una sombra del pasado y convertirme en alguien nuevo.
Sabía que mi apellido seguía pesando en algunos círculos, aunque yo misma sentía que había dejado de ser una Villarreal desde que mis padres se fueron. Pero mi tía insistió.
...“Usa tu apellido con inteligencia”,...
me dijo una noche, mientras me miraba como si pudiera ver más allá de mis ojos. Nunca me había sentido más perdida, pero algo dentro de mí me decía que podía volver a empezar.
Fue entonces cuando llegué a Montenegro Real Estate Corporation, como asistente personal del CEO. Alexander Montenegro. El hombre que cambiaría mi vida.