Un tornado rosa contra un bloque de hielo
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23
El trayecto de regreso en la camioneta blindada fue lo más cercano a un episodio de "La Dimensión Desconocida" que los habitantes de la mansión Petrov habían vivido jamás. Ivan, el hombre que normalmente se comunicaba mediante gruñidos y sentencias de muerte, estaba extrañamente... animado. Quizás era el efecto de haber marcado territorio frente al francés o la calidez de la mano de Luna sobre la suya, pero el iceberg se había derretido.
—¿Vania, estás… tarareando? —preguntó Mila, moviendo la cabeza para verlo mejor, como si esperara que se le cayera una máscara de látex.
Ivan no solo tarareaba; incluso se atrevió a lanzarle una broma pesada a Igor sobre su pésimo gusto para elegir corbatas, e incluso jugueteó a empujarlo un poco cuando bajaron del vehículo. Igor se detuvo en seco, mirando al cielo como buscando la nave espacial que se había llevado a su amigo para dejar a ese impostor simpático en su lugar.
—Luna, por favor, dime que traes un termómetro —susurró Igor con su sarcasmo distintivo—. Creo que el oso tiene fiebre de felicidad o finalmente el vodka le hizo un cortocircuito en el cerebro. El "Espectro" acaba de sonreír y me dio miedo, mucho miedo.
Luna reía, deleitándose con la confusión general. Al llegar a la mansión, el ambiente era tan ligero que Mila exigió una "noche de películas" en la sala principal, con palomitas, mantas y nada de sombras lúgubres.
Sin embargo, Mila tenía un don que superaba su habilidad para encontrar el labial perfecto: tenía un radar biológico para los secretos. Mientras Ivan se quitaba el saco para ponerse cómodo, Mila notó un bulto sospechoso en el bolsillo interno. Sus ojos brillaron con una astucia depredadora.
—Vania, ¿me ayudas con la manta? —pidió ella, fingiendo inocencia.
Cuando Ivan se acercó, Mila, con la agilidad de una carterista profesional, deslizó su mano y sintió la inconfundible textura de una caja de joyería. El ruso se tensó al instante, recuperando su aura oscura en un intento fallido de ocultar el tesoro.
—¿Qué fue eso, hermano mayor? —susurró Mila, arrastrándolo hacia la cocina mientras Luna e Igor discutían qué película ver—. Tienes una caja negra. Y no es de municiones. Es de esa joyería.
Ivan trató de mantener su fachada de acero. —No es nada, Mila. Un asunto de negocios.
—¡Ja! Los negocios no vienen en cajas de terciopelo con moños de seda —lo extorsionó Mila, cruzándose de brazos con una sonrisa maliciosa—. O me cuentas todo el "chisme" ahora mismo, o voy allá afuera y le grito a Luna que le compraste algo que brilla más que sus ojos de hechicera. Y sabes que lo haré.
Ivan suspiró, derrotado por la única persona que no podía intimidar. —Es… un detalle. Para agradecerle por lo de la otra noche. Nada más.
—"Un detalle", claro —Mila arqueó una ceja—. Escúchame bien, oso gruñón. Si quieres que guarde el secreto y no le arruine la sorpresa a mi "madre" postiza, vas a tener que comprarme ese set de brochas de edición limitada que vi hoy. Y quiero que se lo des esta noche, en el balcón, bajo las estrellas. Si no lo haces, el chisme va a correr más rápido que los rumores en el Kremlin.
Ivan miró a su hermana, dándose cuenta de que había criado a una genio de la manipulación. —Trato hecho. Pero cállate.
Regresaron a la sala, donde la película ya empezaba. Ivan se sentó al lado de Luna, sintiendo la caja quemarle en el bolsillo y la mirada burlona de Mila fija en él. El "Espectro" estaba atrapado entre un huracán rosa y una hechicera mexicana, y por primera vez en su vida, no quería escapar.