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LEGADO DE SANGRE

LEGADO DE SANGRE

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Traiciones y engaños / Amor-odio / Fantasía épica
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza

El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.

NovelToon tiene autorización de Lourdes Elizabeth Espinoza Espinoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo #19 – Viaje / Ataque Mortal

El sol del desierto caía con un resplandor implacable, bañando el camino en tonos dorados y ocres. El aire vibraba con el calor, haciendo bailar la arena en pequeños espejismos que confundían la vista. A lo lejos, las dunas parecían dormidas, eternas y silenciosas montañas, mientras el murmullo de los insectos se mezclaba con el crujido de los cascos del caballo que cargaba las alforjas.

Arthur avanzaba a pie, las botas hundiéndose en la tierra reseca con cada paso. Su porte, firme pero cansado, delataba las noches de insomnio y las heridas que no se veían. Sus ojos, oscuros y marcados por sombras, miraban el horizonte sin realmente verlo; en su mente aún resonaban los gritos del palacio, el fuego, la risa de Dissano, y la última mirada de Ninoska, una mezcla de orgullo y dolor que lo había perseguido desde que partió. A su lado, brincando y correteando como si el desierto fuera un parque de juegos, iba Coraline, apenas de cuatro años, con el cabello largo y negro, enmarañado por el viento y los ojos verdes chispeando de vida. No dejaba de hablar ni un instante.

—¡Mira, papá, una nube parece un dragón!… ¿Y si el dragón nos sigue? ¿Y si pelea con nosotros?… ¿Sabías que en el palacio me escondí una vez debajo de la mesa grande y nadie me encontró?… ¿Papá, tienes hambre? Yo sí, pero no mucha… ¿Falta mucho para llegar?…

Arthur la miraba de reojo, agotado pero incapaz de detener la sonrisa que se le escapaba a pesar del peso en su pecho. Cada palabra de ella era como agua fresca en un manantial, y al mismo tiempo, como una daga grabándole todo lo que estaba en juego.

— Coraline… respira, pequeña guerrera — murmuró, finciendo fastidio, pero con ternura en la voz.

Ella soltó una carcajada y, sin detenerse, corrió hacia adelante, extendiendo los brazos como si volara. La arena levantada por sus pasos parecía brillar con la luz del sol poniente. Arthur cerró los ojos un instante, tragando el nudo en la garganta. “Ella es mi vida”, pensó, y con esa certeza lo tocó también el miedo: Dissano la querría. Ninoska lo sabía. Él lo sabía. Y por eso la carga de sus hombros no era solo la del desierto, sino la del secreto, la culpa, y la promesa silenciosa de proteger a su hija, aunque lo consumiera en el intento.

El viento trajo consigo un murmullo lejano, como un lamento perdido entre las dunas. Coraline giró sobre sí misma y lo señaló con entusiasmo.

—Oíste, papá? ¡El desierto nos está cantando!

Arthur forzó una sonrisa.

— Sí… cantando.

Pero en su interior sabía que aquel canto no era una canción de bienvenida, sino un presagio. Mientras Coraline reía y seguía hablando sin detenerse, el horizonte comenzaba a teñirse de un rojo apagado. Y Arthur, caminando tras ella, supo que cada paso lo llevaba no solo más lejos de Ninoska, sino más cerca del momento en que tendría que enfrentarse a su destino. El sol del desierto comenzaba a descender, y el cielo se teñía de tonos anaranjados y púrpuras que parecían incendiar el horizonte.

El calor sofocante del día cedía lentamente a la brisa áspera de la tarde, aunque el aire aún cargaba ese polvo seco que se pegaba a la garganta. Arthur avanzaba con paso firme, aunque el cansancio era evidente en sus hombros tensos y de la manera en que respiraba con fuerza. A su lado, Coraline no se detenía: con su cabello largo y negro, suelto al viento como una bandera oscura, y esos ojos verdes esmeralda enormes, idénticos a los de Ninoska, la niña parecía no conocer el agotamiento. Saltaba de un lado a otro, reconocía piedras que le parecían brillantes, inventaba historias sobre criaturas escondidas entre las dunas y hablaba, hablaba sin parar.

—¡Papá, mira esa nube! Parece un camello gordo… ¿Y si tiene bebés camellos?… — Reía, mientras corría unos pasos adelante y volvía atrás para tomarle la mano — Oye, ¿sabes que en el palacio me escondía siempre detrás de las cortinas y nadie me encontraba? Solo mami me descubría… ¡ella siempre me descubría!

Arthur la observaba, intentando seguirle el ritmo, pero con cada palabra que ella pronunciaba, el recuerdo de Ninoska se le clavaba en el pecho. La niña era un reflejo vivo de su madre: la misma mirada intensa, la misma forma de fruncir el ceño cuando se enojaba, la misma luz en la sonrisa. Y mientras Coraline hablaba con alegría despreocupada, él sentía cómo el peso de su decisión; haberla llevada consigo, lejos de su madre, lejos del palacio, se volvió cada vez más insoportable.

La tarde se apagó, y el sol quedó a medio centenar de metros detrás de las dunas. Arthur se detuvo un instante, observando el horizonte. La penumbra caería pronto, y viajar de noche con una niña era impensable. Los peligros del desierto no eran solo bestias ni ladrones: el frío cortante podía matar tanto como el calor del mediodía. Sospechó, ajustó las correas de la montura y buscó con la mirada un lugar adecuado. A unos metros, vio un pequeño claro protegido por unas rocas bajas y un par de arbustos secos. No era perfecta, pero bastaría.

— Está bien, pequeña guerrera… aquí pasaremos la noche.

Coraline lo miró con sorpresa, los ojos verdes abriéndose como platos.

—¿De verdad, papá? ¿Vamos a dormir aquí? ¿Como las nómadas del desierto? ¡Quiero hacer una fogata! ¡Y contar historias!

Arthur esbozó una sonrisa cansada, enternecido por su entusiasmo.

— Sí, pero primero vamos a armar el campamento. ¿Me ayudas?

La niña se acercó con entusiasmo y corrió hacia el sitio elegido, dejando huellas pequeñas en la arena. Arthur la siguió, y con la rutina aprendida de años de campaña, comenzó a preparar el lugar: desató los bultos, extendiendo una manta en el suelo para que Coraline pudiera sentarse y subió un fuego pequeño con ramas secas que encontró entre las rocas.

El crepitar de las llamas iluminó el rostro de la niña, resaltando el contraste de su piel clara como la leche contra la noche que empezaba a envolver el desierto. Sus ojos verdes parecían dos estrellas encendidas cuando lo miraba.

— Papá… — dijo de pronto, bajando un poco la voz, casi en un susurro — ¿Mami estará bien sin mí?

Arthur se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo el golpe de la pregunta en lo más profundo de su pecho. La miró fijamente, y por un instante, no vio a Coraline… sino a Ninoska, con esa misma mirada inquisitiva que siempre lo desarmaba. Se inclinó hacia ella y le acarició el cabello negro con suavidad.

— Tu mamá es más fuerte de lo que imaginas, princesa. Y tú... eres la razón por la que siempre lo será.

La niña sonriente, satisfecha con la respuesta, y volvió a hablar de historias de dragones y héroes. Arthur, mientras tanto, se dejó caer sentado junto al fuego, con los ojos perdidos en las llamas. Su mente se debatía entre el calor reconfortante del campamento improvisado y la sombra helada de Dissano, que sabía los seguía de cerca. En medio de ese silencio roto solo por la voz alegre de su hija, Arthur entendió la verdad: esa noche no sería él quien descansara.

Solo podía velar, espada al alcance de la mano, mientras la inocencia de Coraline se aferraba a un mundo que estaba a punto de quebrarse. La fogata había menguado, dejando apenas un círculo de brasas encendidas que crepitaban suavemente, pintando la arena de tonos rojizos. El viento del desierto soplaba intermitente, llevando consigo el eco lejano de algún animal nocturno y el murmullo constante de la arena que nunca descansaba.

Coraline dormía a su lado, envuelta en la manta ligera que él mismo le había colocado con cuidado. Su rostro sereno, enmarcado por el cabello negro que caía como una sombra oscura sobre su delicada piel, estaba iluminado por destellos de fuego. Sus pestañas largas temblaban a ratos, como si aún soñara entre risas y juegos. Incluso dormida, parecía irradiar vida. Arthur la contempló un largo rato, con el ceño fruncido, como si no terminara de creerse lo que tenía delante.

— Nunca… — Susurró para sí mismo, en voz baja para no despertarla — Nunca pensé que algo así me pasaría.

Su mente lo arrastrará inevitablemente hacia atrás. Había llegado a Namhara con la rigidez de un soldado, con la idea de cumplir un deber, y en cuestión de días su mundo se había volteado. Una hija. Su hija. Una niña de apenas cuatro años, casi cinco, que lo había conquistado con una sonrisa, que lo había mirado sin rencor, sin juicio, sin necesidad de que él explicara su pasado ni sus errores.

Y junto a ella, estaba Ninoska. Su único amor real. La mujer a la que había amado con desesperación juvenil ya la que, por miedo e inmadurez, había traicionado y herido hasta obligarla a levantar murallas impenetrables. La había perdido… y, sin embargo, el destino lo había llevado de nuevo a su lado, solo para recordarle cuán hondo había sido su error. Ahora, ella lo usaba, como creía que él lo había hecho con ella. Lo había enviado lejos, con la hija que compartían, arrancándolo de su lado una vez más. Un castigo cruel pero merecido. Y lo peor era que entendía el motivo: Ninoska se estaba sacrificando.

La gran amenaza que acechaba a la madre de su hija era más grande que cualquier orgullo, y Ninoska había decidido cargar con ese peso, aun si eso significaba arrancar de sí misma lo más preciado que tenía.

Arthur apretó los puños, sintiendo un ardor en el pecho. No podía soportar la idea de que ella estuviera sola, enfrentando a Dissano, mientras él solo podía bajo las estrellas, siguiendo un rumbo demasiado conocido, con la niña de sus ojos a su lado. Volví a mirar a Coraline. Su respiración tranquila, ese pequeño suspiro al girarse en sueños, le desarrolló una calma momentánea. Y, como un hombre perdido buscando oxígeno, se aferró a pensamientos más ligeros, aunque lo aterraban igualmente.

Su padre y su madre…

La carta que había enviado aún lo atormentaba. Les había confesado la existencia de su hija, pero nada más. Ni cómo, ni con quién, ni por qué había guardado silencio tanto tiempo. Su madre lo mataría a golpes, lo sabía, con esa fiereza que siempre había tenido para reprender sus faltas. Y su padre… su padre lo reprendería con esa voz dura, con esa mirada implacable que lo había hecho temblar de niño y que aún lo hacía sentir un muchacho torpe.

Arthur suspir, cerrando los ojos un instante.

— Seguramente me odiarán… — murmuró en voz baja, más para sí mismo que como una confesión — Pero si alguien puede ablandarlos, eres tú, pequeña.

Posó una mano sobre la manta que cubría a Coraline, con una ternura que contradecía sus manos curtidas de guerrero.

— Tu carisma, tu risa, tu inocencia… si conquistaste mi corazón en un instante, también conquistarás el de ellos. Quizás entonces... quizás ellos puedan perdonarme la vida.

El silencio respondió. Solo el chisporroteo de las brasas y el canto lejano de un búho nocturno acompañaron sus pensamientos. Arthur recostó la cabeza contra una roca baja, sin apartar los ojos de su hija. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba exactamente donde debía estar… aunque supiera que el precio que había dejado atrás era el más alto de todos.

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La noche estaba tan quieta que parecía contener la respiración. La luna bañaba las murallas de Namhara con un resplandor frío, y el silencio era tan peso que cada crujido de la madera, cada roca de armadura, parecía un trueno. Los pasillos del palacio dormían en penumbras, iluminados solo por antorchas que chisporroteaban en las murallas. Afuera, el aire traía un silencio extraño, como si hasta el viento hubiera sido obligado a callar. En el ala oeste, los guardias fingían rutina, como si nada ocurriera.

El cambio de guardia se produjo puntualmente, a las dos de la madrugada. Para un ojo inexperto, todo parecía normal. Pero cada sombra, cada rincón del ala oeste estaba preparado. Soldados ocultos entre las columnas, flechas tensadas en la oscuridad, y Said y Jhon guardando con la mirada clavada en el vacío. Todos sabían que esa noche Dissano vendría.

Y vino. Detrás de las columnas, entre tapices y pasillos, los soldados estaban preparados. Arcos tensados, lanzas firmes en manos temblorosas, el aire cargado con el presentimiento de sangre. Said aguardaba en lo alto de las escaleras principales, su espada ya desenvainada, los ojos fijos en la oscuridad de los patios. Jhon, más abajo, inspeccionaba con pasos cortos, su respiración contenida, los puños apretados. Pamela, en otra ala, había insistido en vigilar desde una torre, aunque su rostro pálido la delataba: esperaba algo terrible.

Las campanas no sonaron esta vez. El ataque llegó como un susurro, como un aliento helado en la nuca. De las sombras se deslizaron figuras encapuchadas: los hombres de Dissano. Silenciosos, letales, avanzaron con cuchillos y espadas cortas, moviéndose como espectros bajo la luna. El primer choque de acero estalló en los patios, un grito sofocado, y luego la noche se encendió con el estruendo del combate. Said rugió una orden y los soldados de Namhara respondieron. El plan había funcionado: no los habían tomado por sorpresa. El palacio vibró con el fragor de la lucha, con antorchas cayendo, sangre tiñendo los mosaicos, cuerpos chocando en un torbellino de furia.

Y, entre todo aquel caos, él apareció.

Dissano.

No llegó como un soldado más, sino como una sombra mayor, caminando en medio del desorden como si el combate no fuera más que un escenario dispuesto para él. Su capucha ocultaba parte del rostro, pero sus ojos ardían, cazando. Cada movimiento suyo era preciso, calculado. No buscaba la victoria allí: buscaba el corazón.

Mientras Said y Jhon dirigían la defensa, convencidos de que lo tenían acorralado en los patios, Dissano se desvió como un espectro. Sus pasos no hicieron ruido en los corredores, su sombra se confundía con las paredes. Y así, como siempre, logró lo que más temían: abrirse camino hacia donde nadie más debía llegar. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por una lámpara de aceite.

Ninoska lo esperaba. No como una presa sorprendida, sino como alguien que había decidido enfrentar su destino. Vestía una túnica sencilla, los cabellos sueltos cayendo sobre sus hombros, y en su mano sostenía un puñal cuya hoja brillaba con un pulso tembloroso. Sus ojos verdes estaban clavados en la puerta antes de que se abriera, como si hubiera sabido desde siempre que él vendría.

El picaporte giró... El frío entró primero. Y luego, la sombra. Dissano cruzó el umbral sin prisa, cerrando tras de sí. El eco de la batalla quedó afuera. Allí, en esa habitación, solo existían ellos dos.

Él sonrió.

— Sabía que estarías despierta, Flor del Desierto…

Ninoska presionó con más fuerza el puñal, su respiración contenida, el corazón como un tambor. Lo había esperado. Pero nada en el mundo podía prepararla para tenerlo de nuevo tan cerca. La puerta se cerró tras él con un murmullo de madera. El bullicio de la batalla quedó sepultado en las piedras, como si aquella habitación fuera de un mundo aparte. Ninoska no retrocedió.

El puñal en su mano temblaba, pero su espalda permanecía recta, el mentón erguido, la mirada fija en esos ojos encendidos que tantas veces había intentado borrar de su memoria. Dissano avanzó dos pasos, lento, disfrutando de cada segundo.

— Cinco años… — dijo con un susurro áspero, como si saboreara cada palabra — Cinco años esperando este momento. Y, aún así, mírate: igual de altiva, igual de frágil.

Ninoska inspiró hondo, conteniendo el temblor en su pecho.

—No tienes poder sobre mí, Dissano. Ni lo tuviste entonces, ni lo tendrás ahora.

Él soltó una risa baja, oscura, inclinando apenas la cabeza.

-¿No? — Su voz se volvió un filo que cortaba el aire — Te equivocas, Flor del Desierto. Tú me lo quitaste todo.

Sus ojos brillaron con furia, y al fin dejó caer la máscara de ironía que siempre usó en público. Su voz fue un rugido contenido:

— Por ti, perdí el honor de mi linaje. Por ti, fui humillado frente a un reino que me habría dado su trono. Por ti, dejé de ser heredero de un futuro… y me convertí en lo que soy.

Sus pasos lo acercaban más, y la distancia entre ambos se volvía insoportable.

— Mientras tú te escondías detrás de las murallas, yo aprendería a matar en callejones, a sobrevivir en la miseria, a convertirme en una sombra. Tú me hiciste esto — Se golpeó el pecho con fuerza, los ojos encendidos de odio — Tú me convertiste en el monstruo que ahora todos temen.

Ninoska tragó saliva, pero sostuvo su mirada. La verdad en sus palabras la hería, pero no podía dejarlo ver.

— No fue mi culpa que eligieras el odio. Pudiste rehacer tu vida. Pudiste redimirte.

Él se inclinó apenas, tan cerca que pudo sentir su aliento en la piel.

— ¿Redimirme? — Rió, pero sus ojos eran cuchillas — Yo no quería redención, Ninoska. Yo quería lo que me correspondía: a ti. Tu corona. Tu cuerpo. Tu pureza.

El veneno en sus palabras la golpear con fuerza, pero Ninoska alzó el punal un poco más, sin apartar los ojos de él.

—Nunca fuiste dueño de mí, Dissano. Y nunca lo serás.

Un destello de furia lo atravesó, borrando la máscara de calma.

—¡Mentira! — Rugió, y su voz resonó como un trueno en la habitación — ¡Eras mía! Hasta que dejaste que otro plantara su semilla en ti… hasta que me convertiste en la burla de todo Namhara.

El filo de sus palabras se clavó en el corazón de Ninoska, como años atrás. La vergüenza, el dolor, la humillación… todo volvió en un torrente. Pero, aún así, apretó los labios, manteniendo las lágrimas que ardían en sus ojos. Dissano se irguió, su voz volviéndose un juramento de hierro:

— Cinco años construyó mi odio, ladrillo a ladrillo, hasta convertirme en el enemigo que tu hermano maldice en cada consejo. Y ahora, al fin, voy a reclamar lo que me debes. Si no eres mía, Ninoska… serás mi ruina hecha carne.

El silencio posterior fue un abismo. El fuego de la lámpara proyectaba sombras temblorosas en las paredes, como si hasta las llamas temieran lo que estaba por ocurrir. La lámpara de aceite parpadeaba, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra.

El silencio de la habitación era un contraste brutal con el eco lejano de la batalla: gritos, acero, órdenes. Pero ahí dentro no existía más guerra que la de ellos dos. Ninoska alzó el puñal, la hoja brillando con un reflejo tembloroso. Su respiración era irregular, pero sus ojos mantenían un destello de firmeza. Dissano sonoramente al verla. Una sonrisa torcida, lenta, que no era de burla, sino de triunfo anticipado.

— ¿De verdad crees que ese pequeño pedazo de acero te va a salvar de mí? —Susurró, avanzando un paso. La burla en su voz era una caricia venenosa — Ese puñal es como tú: frágil. Inútil cuando más se le necesita.

Ella retrocedió un instante, pero se mantuvo erguida.

— Prefiero morir de mi propia mano que dejar que vuelvas a marcarme.

Dissano soltó una carcajada seca, áspera, que rebotó en las paredes.

—¡Ah, claro! La gran Flor del Desierto… La princesita… tan altiva, tan orgullosa. — Se inclinó hacia ella, los ojos encendidos de crueldad — Y, sin embargo, yo sé lo que eres en realidad: un fraude.

Se agitó con rapidez, apartando el puñal con un manotazo que lo hizo caer al suelo con un estrépito metálico. La hoja giró hasta detenerse junto a la cama, fuera de su alcance. Ninoska presionó los labios, el vacío en su mano pesando más que el acero perdido. Dissano no la atacó de inmediato. Se detuvo a contemplarla, como un depredador que juega con su presa.

— Te miras al espejo y te ves princesa, madre, hermana del rey… — su voz se volvió un cuchillo que cortaba palabra tras palabra — Pero yo sé la verdad. Eres la mujer que se entregó a un hombre en secreto, que perdió su pureza antes del altar, que trajo al mundo a una bastarda que nunca debió existir.

El golpe de esas palabras la hizo tambalear. Sus ojos se humedecieron, pero apretaron los puños, tratando de no derrumbarse.

—¡No hables de mi hija! —Escupió con rabia contenida.

Él rió despacio, como si hubiera esperado exactamente esa reacción.

— Oh… tu hija. La pequeña Flor del Desierto. La prueba viviente de tu deshonra. ¿Sabes? Cada vez que la veo, veo en ella al hombre que me arrebató lo que era mío. Esos ojos verdes… tu vergüenza hecha carne. Esa bastarda que trata de matar desde que estaba en tu sucio vientre profano…

Ninoska sintió que las rodillas le flaqueaban. Su orgullo la sostenía, pero el veneno de sus palabras la desangraba más rápido que cualquier herida física.

— Coraline no es una vergüenza. Ella es mi fuerza…

Dissano se inclinó, tan cerca que el frío de su presencia la atravesó.

— Tu fuerza… — susurró con desprecio — No, Ninoska. Ella es tu debilidad. Y yo la usaré para verte de rodillas, suplicando.

Su mano se alzó de pronto, aferrándola del mentón con brutalidad, obligándola a mirarlo. Sus dedos se clavaron en su piel, forzándola a sostener su mirada ardiente.

— Cinco años soñé con este instante. No con matarte... no. Eso sería demasiado fácil. He soñado con quebrarte. Con verte perder tu orgullo, tu dignidad, tu esperanza. Con hacer que, cuando te mires al espejo, no veas a una princesa, sino a lo que eres: mi obra. Mi ruina hecha mujer.

El puñal en su voz penetraba más hondo que el acero en la carne. Las lágrimas, al fin, comenzaron a resbalar por el rostro de Ninoska, aunque ella trató de contenerlas con toda la fuerza de su orgullo. Él la soltó con un empujón que la hizo tropezar contra la pared. El golpe resonó en la piedra, y un hilo de sangre se dibujó en su labio. Dissano extremadamente satisfecho al verla tambalear, destrozada pero aún de pie.

— Mírate… aún intentas resistir. Eso es lo que más me gusta de ti, Ninoska: que, aunque estés rota, sigues finciendo que eres fuerte. Y eso hace que destruirte mar… delicioso. Casi una caricia al alma…

El silencio cayó como un manto pesado. La lámpara crepitó, y el aire se impregnó de la certeza: Dissano no había terminado. Ninoska jadeaba, con la espalda contra la pared, el labio sangrante, las lágrimas ardiendo en sus mejillas. Aun así, mantenía la mirada fija en él, como un último hilo de orgullo que no quería soltar. Dissano se acercó al despacio, como un verdugo que saborea cada paso antes de la ejecución. Su voz se volvió un susurro venenoso, cada palabra cargada de veneno:

—Sabes qué fue lo más repugnante de todo? — Se inclinó hacia ella, casi rozando su oído — No fue que me humillaras frente a todo Namhara… ni que mancharas mi nombre con tu traición. Fue cuando descubrí que estabas embarazada.

Ninoska cerró los ojos un instante, como si esas palabras fueran cuchillas abriéndole viejas heridas.

— Te golpeé entonces, ¿lo recuerdas? — Continuó, con una sonrisa cruel — Golpe tras golpe… intentando arrancar esa semilla que no debía existir. Tu cuerpo se doblaba, tu sangre manchaba el mármol… y, aún así, esa maldita criatura se aferraba a la vida.

El rostro de Ninoska se contrajo, sus manos temblando contra la pared.

— Y cuando corriste al hospital, como una ramera herida buscando compasión… fui por ti… — La rabia en su voz creció, pero sus labios mantenían la curva de un deleite enfermizo — Quería terminar lo que había comenzado. Quería asegurarme de que esa bastarda no respiraría nunca, que no viviría dentro de ti ni un día de más.

Sus ojos brillaban con un odio incandescente, disfrutando del dolor que veía en ella.

— Pero claro… me detuvieron. Se interpusieron. — Su mandíbula se tensó, y por un momento dejó entrever la bestia sin cadenas — Y para escapar tuve que matar a médicos, enfermeras… gente inocente. — Volvió a mirarla con esa sonrisa torcida, disfrutando de su tormento — Todo por tu culpa. Todo por ella.

Las lágrimas de Ninoska cayeron sin freno esta vez. No había palabras que pudieran contener la herida que esas frases reabrieron en su interior. Su pecho subía y bajaba en un espasmo, como si no encontrara aire. Dissano dio un paso atrás, mirándola con un goce cruel.

—¿Lo entiendes ahora? Coraline no es tu fuerza. Es tu maldición. Cada vida que he arrebatado, cada crimen que me convirtió en lo que soy, fue por ella. Esa bastarda es la raíz de toda esta podredumbre. En el nombre de esa bastarda han muerto miles…

Ninoska apretó los puños, pero su cuerpo entero temblaba. Sus labios se movieron, apenas un susurro quebrado:

— No… no digas su nombre…

Él soltó una carcajada que heló el aire.

—¿Su nombre? Oh, Ninoska, no lo diré. Prefiero acabarlo. Arrancarlo de raíz para siempre…

Con un movimiento repentino, veloz como una víbora, giró hacia la cama. Su daga brilló con la luz temblorosa de la lámpara y descendió con brutalidad sobre el bulto que yacía bajo las sábanas.

—¡Muere, pequeña Flor del Desierto! — Rugió al hundir el filo.

El golpe atravesó las telas, rasgando la colcha con violencia. El sonido seco del acero contra el colchón se mezcla con el eco de su respiración agitada. Pero no hubo grito. No hubo sangre. Solo el crujido de las plumas escapando en un torbellino blanco.

Dissano arrancó las sábanas con furia. Sus ojos se abrieron, incrédulos, al descubrir el engaño: sobre la cama no había niña alguna, solo un cojín cuidadosamente dispuesto bajo las mantas. Se giró hacia Ninoska, que aún temblaba de pie junto a la pared, con la voz rota pero cargada de un último destello de orgullo:

— Ella no está aquí. Nunca lo estuvo. Jamás podrás encontrarla…

Dissano sintió la sangre hervirle en las venas. El rugido que salió de su garganta no fue humano: fue el bramido de un hombre que descubriría que había sido burlado en su propia venganza. El odio en sus ojos se volvió un incendio.

El grito de furia de Dissano retumbó en la habitación como un trueno, desgarrando el aire. La daga aún temblaba clavada en el colchón vacío, rodeada de plumas que flotaban como copos de nieve en medio de la penumbra. Su respiración era un animal rabioso, y sus ojos brillaban con la demencia de quien ha sido burlado.

—¡Maldita mares, Ninoska! — Rugió, arrancando la daga con violencia — ¡Me arrebataste todo y ahora también me quitas mi venganza!

Ella, aún tambaleante contra la pared, vio su oportunidad: en el forcejeo, el puñal que había caído antes yacía a escasos centímetros de la cama. Mientras él gritaba, Ninoska, temblando de dolor y coraje, se lanzó hacia el suelo y cerró los dedos en torno al mango frío del arma.

Cuando Dissano se giró hacia ella, vio el destello metálico en su mano. Y por un instante, sus sonrisas se cruzaron: la de ella, débil pero desafiante, la de él, enloquecida y hambrienta de sangre.

—Crees que puedes herirme? — Espetó con un tono cargado de desprecio, avanzando como un toro desbocado.

Ninoska apenas tuvo tiempo de levantar el punal. Dissano arremetió contra ella con un rugido visceral, y la daga de la princesa se clavó en su costado. El impacto la hizo retroceder, y ambos quedaron frente a frente, jadeando, unidos por ese golpe desesperado. Él bajó la vista hacia la herida. Un hilo de sangre oscura comenzó a emanar, pero su sonrisa torcida no se borró.

—Esto es todo lo que tienes? — Susurró con un deleite cruel — Una punzada de orgullo… nada más.

Con un movimiento brutal, la apartó de un manotazo. Ninoska se estrelló contra el suelo, el aire escapando de sus pulmones en un gemido ahogado. La daga resbaló de su mano, tintineando sobre las lasas. Dissano alzó su propia hoja, sus ojos ardiendo con una furia ciega.

— Esta vez no habrá hospital, ni guardias, ni milagros. Esta vez terminaré lo que empecé.

La voz de Ninoska era apenas un susurro, quebrado, mientras intentaba incorporarse:

— No… por mi hija… no…

El acero descendió. Ella apenas logró girarse y levantar un brazo en un gesto desesperado de defensa. El filo la alcanzó, desgarrándole el costado. El dolor fue un incendio brutal que la atravesó, arrancándole un grito ahogado. La sangre se expande con rapidez, oscureciendo sus ropas. Dissano se preparaba para el golpe final, el que acabaría con ella de una vez, cuando un estruendo sacudió la habitación.

—¡NINOSKA! — La voz de Said resonó como un trueno.

La puerta se abrió de golpe, y el joven rey irrumpió con la espada en alto, seguido de Jhon, que desenvainaba su acero con furia asesina en los ojos. Dissano giró la cabeza apenas un segundo, lo suficiente para mostrarles su sonrisa torcida, bañada en sudor y sangre.

— Tarde… siempre tarde.

Y con una rapidez felina, retrocedió hacia la ventana, desapareciendo entre las sombras como un espectro. Said corrió hacia su hermana, que yacía en el suelo con la mano ensangrentada sobre la herida. Su rostro, pálido y bañado en lágrimas, reflejaba no solo el dolor físico, sino la devastación de un alma quebrada.

—¡Aguanta, hermana, aguanta! — Murmuró Said, presionando la herida con sus propias manos, con los ojos llenos de furia y miedo.

Jhon, con el filo de la espada aun vibrando en sus manos, se lanzó hacia la ventana, buscando a Dissano entre las sombras, pero ya era demasiado tarde. El enemigo se había escapado.

La habitación quedó en silencio, roto solo por el sollozo débil de Ninoska, que se aferraba al brazo de su hermano como si fuera lo único que la mantenía en este mundo.

Said la sostuvo contra su pecho, con los dientes apretados, mientras la sangre le empapaba las manos.

— Te juro que no volverá a tocarte. Ni a ti…ni a Coraline.

Pero en el fondo, tanto él como Jhon sabían que la batalla apenas había comenzado… y que Dissano, ahora más que nunca, regresaría.

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Ninoska Ponce Espinoza
Esta Novela es increíble! 🤩🥰🤩🥰
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
LoU: Mil gracias!! eres muy amable y especial..!! 💕🥰
total 5 replies
Rolin Ponce
Está muy interesante
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
LoU: 😁Muchas gracias!!!
Espero que sigas disfrutando de esta novela!!!

se actualiza todos los días en horas de la mañana (hora de Centroamérica)💕
total 2 replies
Yraida Elizabeth Torres Seminario
muy buena 👌
LoU: 🥰💕 Muchas Gracias!!!
De verdad espero que puedas seguirla leyendo y disfrutando..!!

Te aseguro que se pondrá muchísimo mejor! 🥰💕🥰

También se actualiza todos los días... Un capítulo por día! 🥰💕😁☺️
total 1 replies
Ninoska Ponce Espinoza
Bien... me gusta vamos a ver como continúa! 🤩
LoU: 🥰 Gracias!!
Espero la disfrutes mucho! 🥰
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Ninoska Ponce Espinoza
Me gusta como inicia.... la seguiré leyendo... me parece interesante... muy interesante.... 🥰🥰
LoU: Muchas gracias! Espero te guste mi nuevo proyecto..!!
Esta es una Novela mucho más sustanciosa y larga ... con una trama mucho más complicada con amor, familia, política y traiciones🥰🥰🥰

Que la puedas disfrutar!!👏☺️👏☺️
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Ninoska Ponce Espinoza
Es una Nueva Novela... espero sea tan buena como la anterior! /Grin//Grin//Grin//Grin/
Espero mucho!
Ninoska Ponce Espinoza: 🤩🥰 🥰🤩 🥰🤩
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