Zoe Aldana despierta en el cuerpo de la chica más odiada de una novela: una joven de familia adinerada a la que todos desprecian. Según la historia original, su destino es servir de villana y terminar destruida. Pero Zoe no piensa seguir el guion.
Armada con una lengua afilada, una puntería letal y cero tolerancia hacia la hipocresía, Zoe empieza a desmontar las mentiras que la rodean. Lo que nadie esperaba es que detrás de la "princesa falsa" se escondiera una mujer capaz de poner de rodillas a las familias más poderosas de la ciudad.
Y luego está Iker Navarro: su prometido por arreglo, frío como el hielo, temido por todos… y peligrosamente empeñado en protegerla. Lo que empieza como un matrimonio forzado se convierte en algo que ninguno de los dos puede controlar.
Pero cuanto más secretos desentierra Zoe, más enemigos se gana. Traiciones familiares, conspiraciones mafiosas y un pasado oscuro que conecta a las dos familias más poderosas amenazan con destruir todo lo que ha construido.
En este mundo, la sangre no garantiza lealtad, el amor es el arma más peligrosa, y la única regla es sobrevivir.
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Rechazar
—Zoe vivirá conmigo.
Todas las cabezas giraron hacia la voz.
La puerta principal se abrió, revelando a una pareja de mediana edad que irradiaba autoridad.
El hombre vestía un traje sencillo pero elegante, rostro sereno con mirada aguda y confiada. Era apuesto.
A su lado, una mujer hermosa con un vestido pastel, sonrisa cálida y un aura maternal.
José, Cristina y los cinco hijos se sorprendieron visiblemente.
—¿Tía Elena? ¿Tío Sergio? —soltó Gaspar de forma espontánea, la voz entre confusa y perpleja.
Elena y su esposo entraron con naturalidad, como si su presencia fuera lo más normal del mundo.
Cristina se levantó de golpe, mirando fijamente a la mujer que no era otra que su hermana gemela, aunque no eran idénticas.
Elena tenía un aura firme y temperamental pero cálida con Zoe: el opuesto exacto de Cristina, que era suave por fuera pero rígida por dentro.
—¿Qué quieres decir con que Zoe va a vivir contigo? —preguntó Cristina, la voz cargada de una ira contenida.
Elena no se inmutó en lo más mínimo. Solo esbozó una sonrisa leve, caminó hacia la mesa y miró a Zoe, que seguía sentada con cara impasible.
—Sí, Zoe vivirá conmigo —repitió con calma—. ¿Verdad, Zoe querida?
Todos los ojos se clavaron en Zoe.
La chica no respondió de inmediato. Su mirada se posó en el rostro suave de Elena: algo en él le resultaba familiar.
Un destello del recuerdo de la noche anterior volvió: fragmentos de la memoria de la Zoe original. Una mujer que le acariciaba el cabello cuando era niña.
Una mujer que reía mientras le ponía una diadema rosa, que la llamaba "mi amor" y la miraba como si fuera su mayor tesoro.
Era ella. Esa mujer era ella.
Zoe bajó la vista, los ojos humedeciéndose, aunque se contuvo. No sabía con certeza cuál era su relación, pero el corazón le latía distinto.
Cálido.
Cristina dio un paso al frente, la voz tensa:
—Elena, no te metas. Esto es asunto de mi familia.
Elena volteó despacio, los ojos clavándose con filo en su hermana.
—¿Tu familia? —dijo con tono gélido pero elegante—. Tú misma dejaste que todos tus hijos la insultaran en esta casa. Tú misma la mandaste al pabellón. ¿Y ahora, que ella quiere irse, de repente te importa?
Cristina se quedó muda. La mandíbula apretada.
Sergio finalmente habló, voz profunda y serena:
—Zoe es una buena chica. Sabemos que no es nuestra sobrina de sangre. Pero fue parte de esta familia. Y Elena… —miró a su esposa un momento— la quiere muchísimo. Desde siempre.
Elena asintió. En efecto, adoraba a Zoe. Años atrás, al dar a luz, su hija no sobrevivió por aspirar demasiado líquido amniótico. La bebé tenía la misma edad que Zoe, pues Elena y su hermana gemela dieron a luz al mismo tiempo.
Zoe guardó silencio, sintiendo algo tocarle el corazón. Había una tristeza en los ojos de Elena que no podía disimularse.
—Zoe —llamó Elena con suavidad—. No tienes que vivir en un lugar donde te sientes sola. Si quieres, ven conmigo.
Zoe abrió la boca para responder, pero antes de que saliera una sola palabra, Cristina la cortó:
—Zoe está mejor aquí que contigo, Elena.
José asintió levemente y añadió:
—Así es. Todavía va al colegio. No necesita mudarse a ningún lado. Nosotros podemos encargarnos.
Elena giró hacia su hermana y su cuñado. La sonrisa desapareció. Sus ojos ahora eran diferentes. Afilados, encendidos, llenos de confrontación.
—Ah, ¿entonces quieren que Zoe se quede aquí para que la sigan torturando poco a poco?
Elena prosiguió:
—¿La quieren de chivo expiatorio cada vez que algo le pase a su princesita?
La sala entera enmudeció. Diego y Damián dejaron de masticar; Álvaro miró la mesa; Alicia solo pudo agachar la cabeza, visiblemente inquieta.
Cristina resopló, intentando mantener la compostura:
—¿Quién dijo eso? La tratamos bien.
—La criamos desde pequeña, la educamos, le dimos techo. Todo eso antes de saber que no era nuestra hija biológica, que fue intercambiada —agregó.
Elena alzó una ceja y soltó una risa corta y sardónica:
—¿Tratarla bien? Si es así, ¿por qué tiene que dormir en el pabellón de atrás?
Cristina abrió la boca, pero no salieron palabras. Elena continuó, más afilada:
—Hay más de tres habitaciones de huéspedes en esta casa. Sin embargo, la pusieron en un edificio separado. Como si la descartaran. ¿A eso le llamas tratarla bien?
José, normalmente imperturbable, permaneció callado. Sin rebatir. Sin interrumpir.
Alicia, que se había mantenido en silencio, habló por fin:
—Tía Elena, no culpes a papá y mamá, todo esto fue…
Elena le clavó una mirada gélida que hizo callar a Alicia al instante.
—Nadie te pidió que hablaras.
Alicia bajó la cabeza, asustada, con los ojos llorosos. Elena, sin embargo, no le dio importancia. Desde que esa chica llegó a la casa, algo en ella le generaba rechazo, pese a sus modales dulces y educados.
Zoe cerró los ojos un momento, luego exhaló largo. Su voz sonó baja cuando habló:
—Tía Elena…
Elena la miró con ternura.
Zoe la observó, esta vez no con frialdad, sino con cautela. Había una emoción difícil de explicar en sus ojos.
—Gracias por su generosidad.
—Pero perdone, no quiero causarle más molestias —continuó Zoe.
Elena parecía querer objetar, pero Zoe alzó la mano suavemente, pidiéndole que la dejara terminar.
—Sé que no soy su sobrina. No nos une la sangre. Solo fui una niña intercambiada a la que usted quiso de casualidad.
El silencio regresó.
Zoe bajó la mirada un instante, luego volvió a fijarse en la mujer que había olvidado pero que ahora sentía tan cercana.
—Tengo que aprender a vivir sola. Porque desde el principio, siempre estuve sola.
Elena la contempló con ojos vidriosos, pero sin dejar de sonreír. No iba a obligarla.
—Si algún día necesitas un lugar al cual volver, la casa de tu tía siempre estará abierta para ti, Zoe.
Zoe esbozó una sonrisa leve. Quizás la primera sonrisa real de esa mañana, aunque apenas perceptible.
—Gracias, tía.
Zoe se puso de pie, hizo una reverencia ante Cristina y José, y se dispuso a marcharse.
Elena entonces le tomó del brazo, haciendo que Zoe la mirara sorprendida.
—Si es así, al menos deja que tu tía te lleve a buscar un lugar —dijo Elena.
Zoe quiso negarse, pero Elena se adelantó alzando la mano:
—Sin peros. Si te niegas, entonces te vienes a vivir conmigo.
Zoe suspiró y finalmente asintió.
—Está bien. Gracias, tía.
—¡Vamos, salgamos ya!
Elena sonrió ampliamente, y sin despedirse de su hermana ni de nadie, salieron de la mansión Montero.