La trama gira entorno a dos hermanas, y como a causa del daño que Kattya la hermana menor causa en su novio , desata una venganza donde la que paga un alto precio es su hermana mayor Cassandra.
¿Podrá la venganza vencer? o ¿el amor encontrará su camino?
NovelToon tiene autorización de Evelyn Sanchez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El cristal Roto del deber
El día del decimoctavo cumpleaños de Cassandra amaneció con un sol radiante que contrastaba con la atmósfera gélida de la mansión Thompson. Para Cassandra, esta fecha representaba la esperanza: el fin de la "tregua" de Alexander y, quizás, el inicio de una vida matrimonial real. Lo que ella no sabía era que, para Alexander, este día era la fecha de vencimiento de su última pizca de autocontrol.
En la universidad, el ambiente era distinto. Mateo, un compañero de medicina que admiraba la dedicación de Cassandra y desconocía las tormentas de su vida privada, la abordó al salir de la facultad.
—¡Felices dieciocho, Cass! —dijo Mateo con una sonrisa sincera, extendiéndole una pequeña caja envuelta en papel craft—. Es un estetoscopio profesional. Sé que lo querías.
Cassandra, conmovida por el gesto, aceptó el regalo. En un impulso de gratitud genuina, rodeó a Mateo con sus brazos. Fue un abrazo breve, de amigos, un refugio de calidez en medio de tanta frialdad.
—Gracias, Mateo. No tienes idea de cuánto significa esto para mí —susurró ella.
A pocos metros, dentro de un sedán negro de cristales tintados, Alexander Thompson observaba la escena. Sus nudillos estaban blancos mientras apretaba el volante. El odio, mezclado con un sentimiento que se negaba a llamar celos, le subió por la garganta como bilis. En su mente distorsionada, la escena confirmaba sus peores sospechas: "Ahí está la verdadera de la Vega. Fingiendo ser la esposa sufrida conmigo mientras se lanza a los brazos de cualquiera en cuanto me doy la vuelta".
Ese día, Cassandra preparo la cena, despidió a la servidumbre temprano, pero al ver que por tercera vez todo enfriaba ,decidió irse a descansar.
Alexander no regresó a casa para la cena. Se quedó en su oficina, bebiendo whisky tras whisky, dejando que el alcohol alimentara el fuego de su resentimiento. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Charly en coma y luego a Cassandra abrazando a ese joven, del que parecia muy cercana (Mateo). La supuesta justicia y el deseo se mezclaron en un cóctel tóxico.
Llegó a la mansión pasada la medianoche. El silencio era sepulcral. Subió las escaleras con paso pesado y, por primera vez en meses, no se dirigió a su habitación. Se encontro caminando hacia el lado opuesto. Abrió la puerta de la suite de Cassandra sin llamar.
Ella estaba despierta, sentada en la cama leyendo, iluminada solo por la lámpara de la mesa de noche. Al verlo entrar, su corazón dio un vuelco. Notó de inmediato el olor a alcohol y la mirada oscura, casi salvaje, de su esposo.
—Alexander... llegaste —dijo ella, tratando de sonreír—. Pensé que celebraríamos mis dieciocho...juntos...
—Oh, vamos a celebrar —dijo él con una voz arrastrada y peligrosa—. Ya eres una mujer ante la ley, ¿no es así? Ya no tengo que contenerme. Ya no tienes que buscar afecto en los pasillos de la universidad con extraños.
Alexander se acercó a la cama. Cassandra sintió miedo por primera vez. No era el Alexander caballeroso que la había cortejado, ni siquiera el Alexander frío de los últimos meses. Era un extraño que la miraba con una mezcla de posesión y tambien sintio una pizca de desprecio.
Esa noche, la experiencia que Cassandra había imaginado como la culminación de su amor se convirtió en una transacción de poder. Alexander no fue tierno; no hubo palabras de aliento ni caricias que buscaran su placer. Fue un acto marcado por la urgencia del alcohol y el deseo de Alexander de "reclamar" lo que legalmente le pertenecía, mientras castigaba mentalmente a la mujer que creía culpable de su desgracia, pero las caricias empezaron a despertarlo de lo que hacía y un dolor ciego se instalo en su pecho, solo debía recordar porque se casó con ella.
En la oscuridad, Cassandra cerró los ojos, dejando que las lágrimas resbalaran por sus sienes hacia la almohada. No hubo conexión, solo una abrumadora sensación de obligación. Alexander la reclamaba no como a una compañera, sino como a una propiedad que debía ser marcada.
Cuando terminó, Alexander se quedó unos momentos en silencio, mirando el techo. El efecto del alcohol empezaba a disiparse, dejando lugar a un vacío aterrador. Al mirar de reojo a Cassandra, vio su fragilidad, vio el rastro de sus lágrimas y, por un instante, el hombre que "quería hacer las cosas bien" sintió un asco profundo hacia sí mismo , ella no lo detuvo ,no lo apartó, parecía cumplir con su deber, pero el se sentía como un monstruo ¿que había hecho?, el desconocia que los celos y el alcohol no eran buenos juntos y esta noche marcaria el inicio de su caida.
Sin decir una palabra, se levantó, se vistió y salió de la habitación, dejando a Cassandra rota en medio de las sábanas de seda.
Los días siguientes marcaron un cambio drástico. Si antes había tensión, ahora había un abismo. Cassandra se volvió un fantasma en su propia casa. Empezó a distanciarse de una manera que Alexander no había previsto.
Ya no lo esperaba para cenar. Ya no intentaba entablar conversación. Cuando él entraba en una habitación, ella se retiraba con una cortesía mecánica que dolía más que cualquier grito. Sus ojos, antes llenos de una chispa de esperanza, ahora eran espejos apagados.
Alexander, por su parte, intentó ocultar su remordimiento tras una fachada de indiferencia aún más dura.
—He depositado una suma considerable en tu cuenta personal por tu cumpleaños —le dijo una mañana en el desayuno, sin levantar la vista del periódico.
—Gracias —respondió ella, con una voz desprovista de emoción—. No era necesario.
—Es lo que hace un esposo, Cassandra.
Ella dejó la taza de té en la mesa y lo miró fijamente. Una mirada que Alexander tuvo que esforzarse por sostener.
—Un esposo protege, Alexander. No destruye lo poco que queda de su esposa para sentirse poderoso. Con tu permiso, tengo clases.
Cassandra se levantó y salió de la casa. Alexander apretó los cubiertos con tanta fuerza que sus manos temblaron. Había logrado lo que quería: la había humillado, la había sometido a su voluntad. Entonces, ¿por qué sentía que, en lugar de ganar la guerra, acababa de perder lo único que valía la pena salvar?
Mientras tanto, en el hospital, una enfermera notó algo que nadie esperaba: la mano de Charly Thompson se había movido levemente al escuchar el nombre de su hermano en la televisión. El despertar estaba cerca, y con él, la verdad que Alexander no estaba listo para enfrentar.