Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 23: Mapas.
Las sesiones de entrenamiento con Dagmar eran constante que dejaba mis músculos gritando y mi mente al borde del colapso. Era, irónicamente, mucho más agotador que doblar turnos en la cafetería o trasnochar estudiando para los finales de la universidad. Mi antigua vida se sentía ahora como un sueño borroso; Leslie, mi mejor amiga, me había buscado con una insistencia frenética. Tuve que mentirle, enviándole un mensaje sobre un viaje improvisado del que no sabía cuándo volvería. Me dolió hacerlo…
Esa tarde, mientras intentaba recuperar el aliento en el gran salón, mis tías se acercaron con una solemnidad que detuvo mis pensamientos.
—Cariño, quiero enseñarte algo —dijo Clarisa, sosteniendo un rollo de pergamino amarillento que parecía emanar su propio aroma a tiempo y polvo.
—Dime, tía. ¿Encontraron algo más en el baúl de los recuerdos?
—Llevamos días rastreando las antigüedades de nuestra familia que han estado ocultas de ojos curiosos —explicó Clarisa con orgullo—. Primero fueron las dagas de plata y ahora, hemos dado con esto: los Mapas de Convergencia de esta ciudad.
Extendieron el mapa sobre una mesa. No era un mapa convencional; las calles de la ciudad estaban trazadas con una tinta que parecía cambiar de color según la luz, y sobre ciertos puntos específicos, brillaban pequeñas runas doradas.
—¿Cuál es su importancia exacta? —pregunté, inclinándome sobre el papel.
Egle tomó la palabra, su voz cargada de la sabiduría de las guardianas.
—Estos mapas no muestran solo geografía, Rose. Muestran los puntos de poder exactos donde puedes neutralizar a tus enemigos con facilidad mientras tu propia magia se magnifica. Son nodos energéticos creados a lo largo de los últimos siglos por colaboradores a nuestra familia, brujos que servían a nuestro linaje antes de que la Orden los cazara. Nuestra llegada a este lugar no fue una casualidad. Nuestros antepasados dejaron coordenadas precisas paso a paso de dónde debíamos estar en cada año de tu vida. Cada mudanza, cada ciudad... todo fue un camino trazado para traerte aquí, al punto de mayor protección.
—Así me lo comentó Dagmar —admití, recordando sus explicaciones.
Egle bufó, aunque su expresión era de preocupación.
—Con razón el muy imbécil nos encontró tan rápido. ¿Y si así también nos encuentran los demás? ¡Dios! Si él pudo rastrearnos, ¿qué detiene a la Orden?
—Calma, tía —dije, tratando de tranquilizarla—. Si nos hubiesen localizado, ya habrían atacado con todo. Dagmar supo con quién involucrarse y crear un vínculo con esa persona para tener este control.
—Bueno —concluyó Egle, señalando un punto cerca del puerto—, te mostramos esto porque será vital si deciden enfrentarlos. En estos puntos, Rose, tú eres invencible.
—Es una excelente ventaja estratégica —dijo una voz profunda a mis espaldas.
Era Dagmar. Se acercó a la mesa y, sin pedir permiso, comenzó a estudiar los mapas. Egle le lanzó una mirada fulminante.
—¿Y a él quién lo llamó? —masculló entre dientes.
Dagmar ya había aprendido la técnica de la indiferencia selectiva. Ignoraba los dardos verbales de mis tías, sabiendo que su hostilidad nacía del miedo protector hacia mí. Sus dedos recorrieron las líneas del mapa, memorizando cada nodo.
La tensión en la habitación se rompió de la forma más inesperada. Thomas apareció en el umbral, luciendo una sonrisa que parecía capaz de iluminar el castillo entero sin necesidad de magia.
—¿Y este par de bellezas quiénes son? —preguntó, caminando hacia mis tías.
Se detuvo frente a Egle y Clarisa, y antes de que pudieran reaccionar con su habitual sospecha hacia los Fitzgerald, les tomó la mano a cada una con una elegancia.
—Mucho gusto, señoras. Me llamo Thomas Fitzgerald. Es un honor absoluto estar en presencia de las mujeres que han mantenido a salvo el tesoro más grande de mi hermano.
Y, con una caballerosidad impecable, estampó un beso en el dorso de sus manos. Clarisa se sonrojó ligeramente, parpadeando con sorpresa.
—Hola, jovencito... —dijo ella, suavizando el tono—. ¿Y tú quién eres exactamente?
—El hermano de este insufrible —respondió Thomas, señalando a Dagmar con el pulgar mientras le guiñaba un ojo a Clarisa.
—Pues eres muy guapo y simpático —concedió Clarisa con una risita—. No te pareces en nada a tu hermano en el carácter.
—¿Verdad que sí? Siempre me lo dicen —rio Thomas.
Egle, sin embargo, mantenía la guardia en alto.
—Lo único que me preocupa es que vienes de esa familia. ¿Tienes los mismos objetivos que tus padres?
Thomas se puso serio por un breve segundo, mirando a Dagmar con una lealtad que no necesitaba palabras.
—Mi familia es Dagmar, señora. Mi única y verdadera familia. Lo que él decida, ese será mi objetivo. Por el momento, mi meta de esta noche es mucho más humilde: comer algo delicioso y dormir. Tuve un viaje extenuante... y bueno, si les soy sincero... en lo más profundo de mi corazón, desearía tener un par de tías que me dieran ese calor de hogar familiar que nunca tuve, y que me alimenten como se debe.
—¡Claro que sí, mi niño! Ven acá, dame un abrazo. Se nota que eres una dulzura de persona, no como otros que siempre están de funeral.
Dagmar se me acercó y me susurró al oído, observando cómo Thomas se ganaba a nuestras guardianas en tiempo récord.
—No sé cómo lo hace, pero siempre consigue lo que quiere. Es un manipulador profesional del afecto.
—Si supieras que a mis amigos nunca los trataron así... —susurré de vuelta, asombrada—. Espera... ¿ese será su poder? ¿Persuasión mágica?
Dagmar soltó una risa auténtica, algo raro en él.
—¿Convencimiento? Que yo sepa, no. Simplemente es un caradura con suerte.
La cena de esa noche fue radicalmente distinta a las anteriores. El carisma de Thomas actuó como un bálsamo sobre las asperezas de la casa. Mis tías estaban enfrascadas en una bola de sonrisas y anécdotas.
—Su comida es una exquisitez absoluta —declaró Thomas, limpiándose los labios con la servilleta—. Pero les advierto: mañana será mi turno. Será un honor para mí cocinarles a ustedes, preciosas damas... y a ti también, hermano, para que no digas que soy malagradecido.
—Nos encantaría, hijo —dijo Clarisa, encantada con la idea.
—Qué bello de tu parte —añadió Egle. En un descuido de Dagmar, se inclinó hacia Thomas y le susurró al oído—: Tengo guardado un pastel de chocolate con helado de postre... solo para los que me caen bien.
Thomas le devolvió el susurro con una complicidad traviesa.
—Mejor que sea nuestro secreto, tía Egle. Así nos toca una porción más grande a nosotros dos.
Ambos terminaron estallando en risas, dejando a Dagmar y a mí intercambiando miradas de incredulidad. Al terminar la velada, Thomas se puso en pie, haciendo una pequeña reverencia.
—Bueno, ha sido un gusto compartir esta velada con todos. Tenía años... para no decir nunca... que no sentía este calor de hogar. Dagmar, me alegra verte acompañado por una mujer que amas tanto y que te ha devuelto la vida. Rose, dulce angelito, es un placer conocerte. Y ustedes, tías, que sé que son mujeres bondadosas y fuertes... me retiro a descansar. Mañana hablaremos de todo lo que está ocurriendo con la Orden, ¿te parece bien, Dagmar?
Dagmar asintió con una suavidad inusual en él.
—Feliz noche, hermano. Descansa.
Cuando Thomas se retiró, el comedor quedó en un silencio pacífico. Por primera vez, el castillo no se sentía como una fortaleza sitiada, sino como un hogar.
—¿Crees que sus visiones vuelvan esta noche? —le pregunté a Dagmar cuando nos quedamos solos.
Él miró hacia la puerta por donde se había ido su hermano.
-Dagmar: espero que no rose… ahora vamos te toca entrenamiento en el cuarto.
Rose: Dagmar!!