Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 17
La habitación de Susana era un cubículo de cemento y funcionalidad militar que, en noches como esta, se sentía más como una celda que como un refugio. El silencio era denso, interrumpido solo por el siseo de la calefacción vieja. Susana estaba sentada en el borde de su cama, con la mirada fija en sus propias manos. Los nudillos le escocían; el entrenamiento de la tarde había sido brutal, una descarga de adrenalina necesaria para no desmoronarse.
Se tocó el cuello, justo donde la marca de Viktor empezaba a desvanecerse en un tono amarillento. Un escalofrío recorrió su espalda, pero no de placer. Era una náusea fría, una realización de lo que había hecho.
—Fue táctico —susurró para sí misma, su voz quebrándose en la penumbra—. Fue necesario. Ojo por ojo.
Pero su cuerpo la traicionaba. Cada vez que cerraba los ojos, no veía el rostro rudo y victorioso de Viktor Morozov. Veía la mirada de Mikhail en el mirador: ese azul roto, esa fracción de segundo en la que el "hombre de granito" mostró una grieta tan profunda que ella casi quiso saltar dentro para repararla.
—No sientes nada por él, Susana —se recriminó, apretando los puños—. Es un activo. Es un mentiroso. Es un ruso que usa a las mujeres como piezas de ajedrez. No puedes amar a un búnker.
Se levantó y caminó hacia el pequeño espejo empañado. Su reflejo le devolvía una imagen que apenas reconocía. La "chica de fuego" de Arizona parecía estar apagándose bajo el peso de una red de mentiras que ella misma había ayudado a tejer. Negó con la cabeza, rechazando la opresión en su pecho. Admitir que lo de Viktor había sido un error nacido del dolor, y no de la estrategia, sería admitir que Mikhail Volkov tenía un poder sobre ella que ninguna agencia de inteligencia debería poseer.
El Depredador al Acecho
A unos cuantos edificios de distancia, en el bloque de oficiales intermedios, Viktor Morozov estaba tumbado en su cama, con los brazos tras la nuca y un cigarrillo encendido entre los labios. La habitación olía a tabaco y a la victoria más dulce de su carrera.
No era solo el sexo. Había sido el hecho de arrebatarle algo a Mikhail, de profanar el santuario invisible que el Capitán había construido alrededor de la estadounidense. Viktor recordaba la suavidad de la piel de Susana, pero sobre todo, recordaba la mirada de odio impotente en los ojos de Volkov esa mañana.
—Esto es solo el principio —murmuró Viktor, soltando una nube de humo gris hacia el techo—. Ella cree que me usó, pero no sabe que una vez que el lobo prueba la carne, no se conforma con una noche.
Viktor ya estaba planeando el siguiente movimiento. Sabía que la tensión en la base estaba a punto de estallar. Si jugaba bien sus cartas, no solo conservaría a Susana, sino que destruiría la reputación de Mikhail ante el General. Para Viktor, Susana era el trofeo de guerra definitivo, el arma con la que finalmente derribaría al invencible Volkov de su pedestal de plata.
El Regreso al Hielo
Mientras tanto, en el ala de oficiales superiores, la escena en la habitación de Mikhail era una repetición macabra de la traición. Mikhail estaba sentado en su sillón de cuero, pero esta vez no había coñac. Solo había una oscuridad opresiva y la presencia de la Teniente Larisa Sokolova.
Larisa estaba arrodillada frente a él, con las manos apoyadas en las rodillas de Mikhail, mirándolo con una devoción que rozaba la locura. Ella sabía lo de Susana y Viktor; toda la base lo sabía. Y para ella, ese era el momento de consolidar su posición.
—Ella no es como nosotros, Mikhail —susurró Larisa, su voz llena de un veneno dulce—. Es una extranjera. Te ha traicionado con un animal como Morozov en el momento en que le diste la espalda. Yo nunca haría eso. Yo entiendo lo que significa la lealtad a la patria... y a ti.
Mikhail no la miraba. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia, pero sus dedos apretaban el brazo del sillón con tal fuerza que el cuero crujía. Estaba usando a Larisa de nuevo, permitiendo que ella se acercara, dejando que sus manos recorrieran su pecho vendado, no por deseo, sino por una necesidad desesperada de anestesia. Necesitaba demostrarse a sí mismo que Susana Reyes no era única, que podía reemplazar su fuego con la obediencia fría de Larisa.
—Cállate, Sokolova —dijo Mikhail, su voz era un latigazo gélido.
A pesar de sus palabras, la atrajo hacia él con una brusquedad que hizo que ella soltara un gemido de sorpresa. La besó con una frialdad técnica, cerrando los ojos para no verla. En su mente, el beso no era para Larisa. Era un acto de purga. Quería arrancar el recuerdo de Susana de sus labios, quería castigarse a sí mismo por haber permitido que una mujer estadounidense desmantelara sus defensas de agente de élite.
Larisa, cegada por su propia ambición y deseo, se entregó al juego, sin darse cuenta de que para Mikhail ella no era más que un escudo humano contra sus propios sentimientos. Cada caricia que él le daba era un clavo más en el ataúd de su cordura.
El Vértice del Conflicto
La noche avanzaba y los tres protagonistas de este drama estaban atrapados en sus propias prisiones. Susana, negando la verdad en medio de un llanto que se negaba a dejar salir. Viktor, alimentando una obsesión que lo llevaría a la ruina. Y Mikhail, hundiéndose en una depravación táctica con Larisa para no tener que admitir que el "hombre de granito" se había convertido en cenizas.
De repente, el teléfono rojo en el escritorio de Mikhail sonó. Era una línea directa con el centro de mando. Mikhail apartó a Larisa con una frialdad que la dejó temblando en el suelo y contestó.
—Diga.
—Capitán Volkov —la voz del General sonaba metálica y urgente—. Se ha detectado una incursión en el espacio aéreo del sector siete. Es una misión de interceptación real. Quiero a los tres mejores en el aire en diez minutos: Usted, Morozov y la Teniente Reyes.
Mikhail colgó el teléfono. Una sonrisa siniestra, carente de cualquier rastro de humanidad, apareció en su rostro.
—Se acabó el juego de sombras —murmuró, levantándose y ajustándose la camisa mientras ignoraba a Larisa—. Es hora de ver quién sobrevive cuando el cielo se ponga rojo.
En su habitación, Susana escuchó la alarma de scramble. Se puso de pie, secándose el rastro de sudor de la frente. Viktor, en su cabaña, apagó el cigarrillo con la bota, sintiendo que el destino le ponía a Mikhail en bandeja de plata.
Los tres se dirigieron a los hangares. La tensión en la pista era tan alta que los mecánicos no se atrevían a hablar. Allí, bajo las luces de los focos, se cruzaron las miradas. Mikhail, gélido y letal. Viktor, arrogante y desafiante. Susana, con el fuego de Arizona ardiendo de nuevo en sus ojos, pero esta vez con la intención de reducirlo todo a escombros.