Morí atragantándome con unos tacos al pastor mientras leía una novela de reencarnación.
Renací como la villana.
Y ahora… voy a conquistar a mi prometido, a mi papucho villano.
—ACTUALIZACIÓN DIARIA—
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CAPÍTULO 4
Las puertas se abrieron para mí.
El sonido grave de la madera resonó en el comedor, anunciando mi entrada.
Di un paso al frente.
Y los vi.
En la cabecera de la mesa estaba mi padre, Sebastián Mostaza.
Un hombre de presencia firme, de cabello rosa pastel y ojos dorados que parecían observarlo todo con calma calculada. Su postura era impecable, casi rígida, como si nada en el mundo pudiera sacarlo de control.
A su derecha, mi madre.
Rosa Mostaza.
Cabello rojo intenso, ojos verdes… una belleza elegante, casi fría. Permanecía sentada con una sonrisa suave que no alcanzaba del todo su mirada.
Y a la izquierda…
Leonardo Mostaza.
Mi hermano mayor.
Cabello rojo, ojos dorados, expresión serena.
Todos… perfectamente colocados.
Como una pintura.
Como una escena ensayada.
Enderecé la espalda.
Venía preparada.
No iba a dejar que me humillaran.
No iba a permitir que me pisotearan.
Pero entonces—
El silencio se rompió.
Leonardo se levantó de su asiento con naturalidad y caminó hacia mí.
Antes de que pudiera reaccionar, tomó una silla y la apartó con cuidado.
—Hermanita —dijo, con una voz suave, casi cálida—. Ven, siéntate.
Me quedé quieta.
Parpadeé.
Una vez.
¿…Hermanita?
Mi atención se desplazó lentamente hacia mis padres.
Ellos también me miraban.
Sonriendo.
—Mi niña, la comida se enfriará —dijo mi madre con dulzura—. Ven rápido.
—Vamos —añadió mi padre, con un tono inesperadamente afectuoso—. Sé que fue duro estar encerrada… dile a tu padre qué deseas, y lo tendrás.
El mundo… no tenía sentido.
Di un paso atrás.
Luego otro.
Mi mente intentaba procesarlo, pero no encontraba lógica.
Esto no encajaba.
Nada de esto encajaba.
¿Dónde estaba el desprecio?
¿La frialdad?
¿El rechazo que recordaba haber leído?
Fruncí el ceño, confundida.
—¿Qué…?
Mi pulso se aceleró.
¿Por qué se comportaban así conmigo?
¿No se suponía que esta familia odiaba a Anastasia Mostaza?
¿No eran ellos quienes…?
La idea quedó incompleta en mi mente.
Una sensación incómoda se instaló en mi pecho.
Entonces…
¿la novela también mentía sobre esto?
O peor aún…
¿esto era solo una ilusión antes de algo mucho más cruel?
Mis pensamientos se rompieron cuando sentí una mano sobre mi hombro.
Me tensé al instante.
Giré el rostro lentamente.
Leonardo.
Demasiado cerca.
—Hermanita… —su voz fue suave, casi cuidadosa—. Perdónanos por haberte castigado.
Lo miré, intentando encontrar algo… cualquier cosa que coincidiera con lo que recordaba haber leído.
Desprecio.
Frialdad.
Molestia.
Pero no había nada de eso.
Solo… calidez.
—Fue una orden directa del rey —continuó—. No podíamos desobedecer. Nuestra casa ha servido a la familia imperial por generaciones.
Hizo una breve pausa, como si eligiera bien sus palabras.
—Aunque quisiéramos protegerte… hay cosas que están por encima de nosotros.
Su mano apretó ligeramente mi hombro.
Un gesto sutil.
Pero suficiente para hacerme consciente de algo.
No me estaba soltando.
—Lo entendemos… —añadió en voz baja—. Debiste pasarla mal.
Mi respiración se volvió más lenta.
Algo no encajaba.
Nada encajaba.
Y aun así…
dejé que me guiara.
Me senté junto a él.
Mi cuerpo obedeció.
Pero mi mente… seguía en alerta.
Los sirvientes comenzaron a servir la comida con precisión impecable.
Movimientos sincronizados.
Silenciosos.
Casi mecánicos.
Bajé la mirada hacia el plato.
Y parpadeé, sorprendida.
Se veía… delicioso.
Carne perfectamente cocida.
Salsas con un aroma intenso.
Pan recién horneado.
Nada que ver con lo que esperaba.
Pensaba que la comida sería horrible.
Pero entonces…
mis ojos se detuvieron en el plato.
El brillo.
El acabado.
Ese tono ligeramente opaco.
Pensé… plomo.
Mi expresión casi se quiebra.
¿En serio comen en esto…?
Por un segundo, consideré apartarlo.
Pero mi estómago rugió.
Fuerte.
Molesto.
Cerré los ojos un instante.
Bien… esta vez lo dejaré pasar.
Tomé los cubiertos con calma.
Pero después mandaré a hacer vajillas nuevas… algo que no intente matarme lentamente.
Otra idea cruzó mi mente.
Más lenta.
Más incómoda.
…¿y las manos de los cocineros?
¿Se las lavan…?
Mi estómago rugió nuevamente.
Cerré los ojos un segundo.
Perfecto. Voy a morir envenenada… o infectada.
Ellos notaron el rugido de mi estómago.
Y rieron.
Suavemente.
Como si fuera algo tierno.
—Mi niña, come —dijo mi padre, con una sonrisa tranquila—. No te contengas.
Lo miré.
Luego al plato.
Luego otra vez a él.
—Bueno… —pensé—. Si sobrevivo a esto, me desparasito después.
Y comencé a comer.
El sabor…
era increíble.
Lo cual, honestamente, me preocupó aún más.
—Mi niña… —la voz de mi madre me hizo alzar la vista.
Sonreía.
Demasiado dulce.
—Ya lo sabrás, pero hemos arreglado tu matrimonio con el duque Abel Chilote.
El tiempo pareció detenerse.
Mi mano quedó suspendida en el aire.
—Por favor, no nos culpes —continuó—. Sabemos que amas profundamente al príncipe heredero, pero—
—¡No lo menciones!
El golpe seco de la mesa resonó en todo el comedor.
Me sobresalté.
Mi padre.
Su expresión había cambiado por completo.
Sus ojos dorados ya no eran cálidos.
Eran duros.
—Se atrevió a jugar con los sentimientos de mi niña —dijo, con rabia contenida—. Iban a casarse… y canceló todo por la hija de un simple barón.
El ambiente se volvió pesado.
Cortante.
—Intolerable.
Mi hermano habló entonces, con una calma que no coincidía con la tensión.
—Madre… sería mejor que mi hermana no se case. Puede quedarse aquí. Con nosotros.
Su mano, aún cerca, rozó ligeramente la mía.
Como si asegurara que no me movería.
—No digas tonterías —respondió mi madre—. Debe casarse. Es su deber.
Luego me miró directamente.
—Pero no te preocupes, hija. Con el Duque… estarás protegida. Aunque sea… un poco peculiar.
Mi padre asintió.
—Sí. Aunque sea un raro que usa agua para lavar su cuerpo… es un excelente partido.
Hizo una pausa.
—Y puede que sea bastante atractivo bajo esa máscara.
Algo dentro de mí… se encendió.
Mi mente conectó las piezas.
Muy rápido.
Demasiado rápido.
—…¿Cómo dijiste que se llama? —pregunté.
Mi madre frunció ligeramente el ceño.
—Abel Chilote.
Y entonces—
todo explotó.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
¿Abel Chilote?
¿EL Abel Chilote?
—¡MI PAPUCHO VILLANO! —grité internamente.
La emoción me recorrió de pies a cabeza.
¡Y se baña!
Eso ya lo hacía automáticamente superior.
Intenté mantener la cara seria…
pero claramente no lo logré.
—Está bien —dije de inmediato—. Acepto el compromiso.
Silencio.
Pesado.
Confundido.
—¿No estabas enamorada del príncipe? —preguntó mi hermano.
—Olvídenlo —respondí—. No me gustan los hombres infieles.
Mis padres intercambiaron miradas.
Y luego… sonrieron.
Aliviados.
Mi hermano se levantó y me abrazó con fuerza.
—Mi hermanita por fin abrió los ojos… —dijo con alegría—. Estoy muy contento.
Me quedé quieta un instante.
Y luego…
y el general está lindo y la busca hayyyy 😭