Otto Bonanno no conoce límites. Don de la Cosa Nostra, él es la ley y la sentencia, un hombre formado para mandar con la fuerza, el miedo y la sangre. Para él, nada es más importante que el poder… hasta ver a Aurora.
Ella no es más que una nueva bailarina contratada para el club. Un rostro delicado, un cuerpo que se mueve en perfecta sincronía con la música —y una luz que no debería desear. Pero Otto no es hombre de resistirse. Es hombre de tomar.
Aurora buscaba un nuevo comienzo, lejos de las marcas del pasado, pero acabó cayendo directamente en las garras del depredador más peligroso de la ciudad. Ahora, cada paso, cada suspiro y cada mirada suya le pertenecen.
Entre el placer prohibido y la prisión de un amor obsesivo, ella tendrá que elegir: rendirse al Don o luchar contra un enemigo imposible de derrotar.
Porque Otto Bonanno no se enamora.
Él domina.
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Capítulo 9
Aurora
El corazón aún latía tan fuerte que podía jurar que los latidos resonaban por todo el apartamento. Nunca pensé que podría sentir miedo y rabia con la misma intensidad, al mismo tiempo. Y, sin embargo, era exactamente lo que sucedía dentro de mí.
Otto Bonanno.
Aquel hombre había invadido no solo mi hogar, sino también mi vida, sin pedir, sin preguntar, sin importarle. Y aún tuvo la osadía de sentarse en mi sofá, como si fuera dueño del espacio, dueño de mí.
Yo temblaba, pero no cedí ante él. Nunca cederé.
Cuando él dijo que había saldado mis deudas, un choque atravesó mi cuerpo como un rayo. Yo debería sentirme aliviada. Yo debería estar agradecida. Durante semanas, apenas conseguía dormir pensando en cómo pagaría el alquiler atrasado, en cómo sacaría comida de la bolsa tan pequeña que llevaba a casa. Yo me sentía sofocada por las deudas, por los cobros, por la sombra de mi padre.
Y de repente… todo desapareció.
Pero no fue un regalo. No fue un gesto de bondad.
Fue una nueva cadena.
Yo lo sabía. Otto no hizo aquello para ayudarme. Él lo hizo para poseerme. Para prenderme de otra forma. Y eso me llenó de odio.
Después de que él salió, el apartamento parecía diferente. Ya no era mi refugio, mi rincón de descanso, aún siendo tan simple, tan pequeño. Ahora, cada rincón cargaba la marca de él. El olor a cigarrillo impregnaba el aire, y el peso de su mirada parecía aún flotar sobre mí, incluso en la ausencia.
Anduve en círculos por la sala, pasando la mano por los cabellos, intentando organizar los pensamientos. ¿Qué quiere él de mí? Yo no soy como las otras mujeres que caen de rodillas ante el poder, que aceptan lujo a cambio de sumisión. Yo no le pedí nada a él. No necesito nada de él.
Y, aún así, parte de mí ardía desde el instante en que lo vi en aquella discoteca. Su mirada… es como si hubiese atravesado mi alma. Odio admitirlo, pero siento como si él hubiese arrancado algo de dentro de mí en aquel primer instante. Algo que yo nunca más conseguí recuperar.
No. Yo no puedo pensar así. No puedo permitirlo.
Fui hasta el cuarto, intentando calmarme. Pero había algo extraño. Una sensación de estar siendo observada. El silencio del apartamento no era el mismo de antes. Era pesado, sofocante. Como si las paredes tuvieran ojos.
Sacudí la cabeza, intentando alejar la paranoia. Tal vez fuese solo el miedo. Pero en el fondo, yo sabía: Otto no es un hombre que entra y sale sin dejar rastros. Él es un predador. Y los predadores no desisten de la presa.
Me acosté en la cama, pero no conseguí relajarme. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la manera como él dijo que yo era suya. El tono de certeza en la voz. No era arrogancia simple, no era apenas deseo. Era una sentencia.
Y peor… parte de mí lo creía.
Porque había algo en Otto que me incendiaba de dentro para afuera. Incluso ahora, sola, el cuerpo recordaba la proximidad de él, el calor que emanaba. El toque leve en mis cabellos, como si fuese un aviso: no importa cuánto luches, tú ya eres mía.
Mi corazón gritaba para resistir. Mi mente me recordaba de todo lo que ya sufrí, de cómo hombres destruyeron mi vida: mi padre, cobradores, aprovechadores. Yo no sería rehén de uno más. No importaba cuánto él fuese poderoso.
Pero mi cuerpo… mi cuerpo parecía no entender.
La rabia me hizo levantar de súbito. Fui hasta la cocina, abrí el grifo y lavé el rostro con agua helada, como si pudiese apagar el toque de él de mi piel. Miré mi reflejo en el vidrio de la ventana: ojos rojos, expresión cansada, pero aún firme.
Aurora- Tú no vas a rendirte, Aurora
siseé para mí misma.
Aurora- Nunca.
Y entonces, el ruido del reloj en la pared sonó más alto. Tic-tac. Tic-tac. Como si el tiempo estuviese corriendo contra mí. Como si, a cada segundo, la presencia de él se enraizase más en mi mundo.
Otto no me dio elección. Él no preguntó si yo quería ayuda. Él simplemente entró, pagó, tomó. Y eso es lo que más me revuelve. Porque es así que perdí a mi madre — sin elección. Es así que mi padre siempre me hizo sentir — sin salida.
Yo juré que nunca más sería una marioneta. Nunca más sería usada.
Y, sin embargo, allí estaba yo, con una nueva cadena en el cuello, invisible, pero tan real como todas las otras.
Volví para la cama y me encogí debajo del cobertor, aún sin frío. La sensación de vigilancia aún estaba allí. Era como si Otto me observase, aún de lejos. Como si supiese de cada pensamiento mío, cada miedo.
Cerré los ojos y repetí para mí misma, como un mantra:
Aurora- Yo no voy a rendirme. Yo no voy a rendirme.
Pero, en el fondo, una parte de mí temía que él estuviese en lo cierto.
Porque, aún mientras yo prometía resistir, la imagen de Otto Bonanno sentado en mi sofá, fumando calmadamente como si ya fuese dueño de todo, incendiaba hasta mi alma.
Y ese fuego… yo no sabía más si era odio, miedo o deseo.