Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa
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NUEVA VIDA
Esa mañana de abril, el sol entraba oblicuo por las ventanas altas del loft, pintando el suelo de madera con franjas doradas. Alejandro estaba frente a un caballete enorme, mezclando ocres y grises para un nuevo encargo: un retrato abstracto para un coleccionista japonés. Tenía las manos manchadas de pintura, el delantal salpicado como un campo de batalla. Sara jugaba en el rincón opuesto, sentada en una alfombra persa que él había comprado en un viaje a Estambul. Llevaba el cabello negro recogido en dos trenzas desordenadas, y sus ojos —oscuros, profundos, demasiado profundos para una niña de nueve años— estaban fijos en un libro grueso que sostenía con ambas manos.
Alejandro se limpió las manos en un trapo y se acercó sin hacer ruido. El título del libro lo golpeó como un puñetazo: Reencarnación: Evidencias de Vidas Pasadas. Era un volumen antiguo, con la portada desgastada, que él no recordaba haber comprado. Sara pasaba las páginas lentamente, deteniéndose en diagramas de almas que regresaban, en fotografías de niños que afirmaban recordar muertes anteriores.
—¿Qué lees, mi vida? —preguntó él, forzando una sonrisa. Su voz sonó más ronca de lo que pretendía.
Sara levantó la mirada. Había algo en sus ojos, un brillo antiguo, que le erizó la piel de la nuca.
—Es sobre cómo las almas no se van del todo, papá. Dicen que a veces vuelven en otro cuerpo. Para terminar lo que empezaron.
Alejandro sintió un frío que no venía del aire acondicionado. Se arrodilló a su lado y tomó el libro con delicadeza, como si quemara.
—¿Dónde lo conseguiste?
—Lo encontré en la biblioteca del sótano. El de la caja que trajimos de México. Tenía tu nombre en la primera página.
Él no recordaba esa caja. Habían empacado a toda prisa nueve años atrás, arrojando objetos al azar mientras la policía sellaba la escena en la cascada. Alejandro hojeó el libro. En las márgenes había anotaciones con la letra de Sara, su Sara, la madre: “Mariana no se fue. Solo espera.” La tinta estaba desvaída, pero las palabras seguían allí, como una acusación.
Esa noche, después de que Sara se durmiera con el libro bajo la almohada, Alejandro se sirvió un vaso de whisky y se sentó en el balcón que daba al Hudson. La ciudad brillaba abajo, indiferente. Recordó la granja: el olor a tierra mojada, los maizales que susurraban secretos, la forma en que Sara había empezado a caminar dormida, cada vez más lejos, hasta que el sendero la llevaba inevitablemente a la cascada. Él la había seguido una noche, la había visto detenerse al borde del abismo, murmurando el nombre de Mariana como una oración. Luego vino la verdad: Mariana, la amiga de la infancia, ahogada en un juego brutal de niños. Sara la había empujado, o eso había confesado entre sollozos antes de saltar. Alejandro había huido con la bebé, convencido de que el mal había terminado.
Pero ahora, nueve años después, el mal parecía haber viajado con ellos.
Dos semanas más tarde, las cosas empeoraron. Alejandro despertó a las tres de la mañana con el corazón latiéndole en la garganta. La cama de Sara estaba vacía. La encontró en el pasillo, caminando descalza hacia la puerta principal, los ojos cerrados, los brazos extendidos como si siguiera un hilo invisible. Sus labios se movían en silencio.
—Sara… —susurró él, pero no la tocó. Sabía por los libros de psicología que había devorado que despertar a un sonámbulo podía ser peligroso. La siguió en silencio, descalzo sobre el parquet frío.
Ella abrió la puerta del loft y salió al pasillo del edificio. El ascensor estaba detenido en el piso de abajo. Sara presionó el botón con un dedo rígido. Cuando las puertas se abrieron, entró y pulsó el botón del sótano. Alejandro se coló justo antes de que se cerraran.
En el sótano, entre cajas apiladas y muebles cubiertos con sábanas, Sara se detuvo frente a una pared de concreto. Extendió la mano y trazó líneas invisibles, como si dibujara una cascada.
—Mamá… —murmuró—. Te veo. Estás esperando al otro lado. Mariana dice que es hora.
Alejandro sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La tomó suavemente por los hombros y la guió de vuelta al ascensor. Cuando llegaron al loft, la acostó en su cama y se quedó velándola hasta el amanecer. Al día siguiente, Sara no recordaba nada. Solo sonrió con esa dulzura que le rompía el corazón y le pidió panqueques con chispas de chocolate.
Pero las noches siguientes se repitieron. Cada vez más lejos. Una noche la encontró en la azotea, subida al borde del parapeto, mirando las luces de la ciudad como si fueran estrellas caídas. “Mamá me llama desde el agua”, le dijo al despertar. Otra vez, en el parque cercano al edificio, caminando hacia el estanque artificial, sus pies descalzos dejando huellas en la hierba húmeda. “Veo a Mariana en mis sueños. Dice que yo soy ella. Que nunca me fui.”
Alejandro empezó a perder el sueño. Sus pinturas se volvieron más oscuras: figuras infantiles que se hundían en remolinos de azul profundo, ojos que lo seguían desde el lienzo. Las galerías lo felicitaban; decían que estaba en su mejor momento creativo. Pero él sabía que estaba perdiendo la cordura.
Una tarde de tormenta, mientras Sara estaba en la escuela, Alejandro decidió limpiar el trastero del loft. Entre lienzos viejos y maletas polvorientas encontró una caja de cartón sellada con cinta adhesiva amarillenta. En la tapa, con marcador negro, la letra de Sara: “Fotos de la infancia – No abrir”. Él la había guardado sin mirarla, como si temiera que los recuerdos mordieran.
La abrió con manos temblorosas. Dentro había un álbum de fotos de cuero rojo, gastado en las esquinas. Lo sacó y lo colocó sobre la mesa del comedor. Las primeras páginas eran de Sara niña: risueña en la granja, con trenzas y vestido de flores, posando junto a un tractor oxidado. Luego, fotos de cumpleaños, de la escuela rural. Y entonces, en la página central, una fotografía que le heló la sangre.
Sara, de unos siete años, estaba de pie junto a otra niña idéntica en edad. Ambas vestían delantales blancos, ambas tenían el cabello negro suelto. La otra niña —Mariana— tenía una sonrisa traviesa, los ojos brillantes de quien guarda un secreto. Estaban frente a la cascada, el agua cayendo detrás como un telón mortal. En el reverso, escrito con letra infantil: “Sara y Mariana, mejores amigas para siempre.
Alejandro se dejó caer en una silla. Tomó su teléfono y abrió la galería. Buscó fotos recientes de su hija. La colocó junto a la imagen del álbum. El parecido no era aproximado. Era exacto. La forma de los ojos, la curva de la nariz, el hoyuelo en la mejilla izquierda. La pequeña Sara no se parecía a su madre. Se parecía a Mariana. Cada rasgo, cada expresión, era un calco.
El terror lo invadió como una ola. Recordó las palabras de Sara antes de saltar: “Ella nunca se fue. Solo cambió de cuerpo. La bebé… es ella”. La bebé que había salvado de la granja, la que él había llamado Sara en honor a su esposa muerta, no era su hija. Era Mariana.
Esa noche, Sara regresó de la escuela con una nota de la maestra: “Su hija ha estado dibujando escenas violentas. Cascadas, niñas cayendo. Sugerimos evaluación psicológica”. Alejandro la leyó en silencio y la guardó en un cajón. Cuando Sara se durmió, él se sentó al borde de su cama y la miró dormir. Sus párpados se movían como si soñara con agua.