Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
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Capítulo 2: El Encuentro Bajo la Mirada del Dragón
Semanas después.
El cielo sobre el Ducado Santacruz estaba cubierto de nubes grises cuando las puertas principales se abrieron.
El sonido de cascos retumbó como un anuncio de guerra.
La formación era impecable.
Armaduras negras pulidas.
Estandartes con el dragón negro ondeando con firmeza.
Caballeros avanzando en perfecta sincronía.
Y al frente…
Rafael Beltrán.
Uniforme blanco inmaculado.
Capa moviéndose con el viento.
Cabello rojo encendido bajo la luz opaca del día.
No parecía un invasor.
Parecía una figura salida de una pintura sagrada.
Los ciudadanos murmuraban.
Algunos con admiración.
Otros con temor.
En lo alto de la escalinata del castillo, Victoria observaba.
Vestido rojo intenso.
Guantes negros.
Espalda recta.
No bajó la mirada.
Cuando Rafael descendió de su caballo, no hubo estruendo ni demostración de poder.
Solo un movimiento elegante y preciso.
Los caballeros se alinearon detrás de él, pero ninguno dio un paso adelante.
No lo protegían.
Lo seguían.
Rafael subió los escalones sin prisa.
Cada paso era medido.
Victoria notó algo.
No había arrogancia en su caminar.
No había intención de imponerse.
Eso la desconcertó.
Cuando finalmente quedaron frente a frente, el aire pareció tensarse.
Rafael inclinó ligeramente la cabeza.
No como superior.
No como igual.
Como gesto de respeto.
—Es un honor conocerla, Lady Victoria Santacruz.
Su voz era tranquila. Clara.
Demasiado amable.
Victoria lo examinó con frialdad.
No detectó burla.
No detectó superioridad.
No detectó desprecio.
Eso la incomodó más que cualquier provocación.
—El honor es mutuo, Santo de la Espada —respondió con tono firme.
Esperaba que él corrigiera su postura.
Que se colocara a su lado como señal de dominio.
Pero no lo hizo.
Rafael dio un paso… hacia atrás.
Y luego se posicionó a un lado, ligeramente más alejado de ella.
No invadiendo su espacio.
No reclamando el centro.
Como si no quisiera eclipsarla en su propio territorio.
Los nobles comenzaron a susurrar.
Victoria lo notó.
“¿Por qué no se impone?”
El duque avanzó para formalizar la bienvenida, pero Victoria seguía observando a Rafael.
Había algo extraño.
Su presencia era poderosa.
Abrumadora incluso.
Pero estaba contenida.
Como un océano que decidió quedarse en calma.
—Espero que su viaje haya sido cómodo —dijo Victoria.
—Lo fue. Sus caminos están bien protegidos —respondió él con una leve sonrisa.
Otra vez esa amabilidad.
No fingida.
Genuina.
Victoria cruzó ligeramente los brazos.
—Valdoria no suele enviar a su arma más valiosa para simples formalidades.
Los nobles se tensaron.
Era una provocación directa.
Rafael no cambió su expresión.
—No vine como arma.
La miró directamente a los ojos.
—Vine como prometido.
El silencio fue inmediato.
Victoria no esperaba esa respuesta.
Ni el tono.
No era desafío.
No era orgullo.
Era simple declaración.
Ella sostuvo su mirada, intentando encontrar arrogancia.
No la había.
Eso la irritó.
Prefería el desprecio.
Sabía luchar contra eso.
Pero ¿contra respeto?
Eso era terreno desconocido.
El duque intervino para cortar la tensión y los invitó a entrar.
Mientras caminaban hacia el interior del castillo, Rafael mantuvo una distancia prudente.
No intentó tomar su brazo.
No intentó guiarla.
No intentó adelantarse.
Solo caminaba a su ritmo.
Victoria, por primera vez en años, no sabía cómo reaccionar.
Y eso la molestaba.
Al cruzar el umbral del gran salón, ella habló en voz baja, lo suficiente para que solo él escuchara.
—Si cree que su cortesía me hará bajar la guardia… está equivocado.
Rafael respondió sin mirarla.
—No deseo que baje la guardia.
Un leve silencio.
—Solo deseo que no tenga que usarla conmigo.
Victoria lo miró de reojo.
Por primera vez…
Sintió que este matrimonio no sería una guerra sencilla.
Y en lo alto del salón, el estandarte del dragón negro ondeó suavemente.
Como si el destino estuviera observando.
Capítulo 2
Parte 2 — El Golpe que No Tocó
El murmullo del gran salón aún flotaba en el aire cuando ocurrió.
Victoria se detuvo en seco.
Se giró hacia Rafael.
Sus ojos, fríos como el invierno, ardían por dentro.
—No necesito su compasión.
Y sin previo aviso…
Atacó.
Su movimiento fue limpio, preciso.
Un puñetazo directo al rostro.
Pero no lo alcanzó.
Rafael no se movió bruscamente.
No retrocedió con violencia.
Simplemente… no estaba donde debía estar.
Su cuerpo se inclinó apenas unos centímetros, como si el viento lo hubiese empujado suavemente.
El segundo golpe llegó más rápido.
Esquivado.
El tercero, con más fuerza.
Esquivado otra vez.
Los nobles comenzaron a murmurar con nerviosismo.
Victoria aceleró.
Golpes rápidos.
Directos.
Perfectamente ejecutados.
Cualquier otro hombre habría terminado en el suelo.
Pero Rafael solo se desplazaba con una precisión casi divina.
Sus ojos azules no mostraban superioridad.
Mostraban cansancio.
No estaba luchando.
Estaba evitando.
Una de sus Protecciones Divinas se había activado de forma automática.
Primera Vista.
Evasión Absoluta.
El mundo mismo parecía apartarlo del peligro.
—¡Deje de moverse! —exigió Victoria.
Rafael no respondió.
El último ataque fue el más fuerte.
Victoria giró el cuerpo, lanzando un golpe con toda su potencia.
Rafael dio un paso lateral casi imperceptible.
El equilibrio de ella se rompió.
El suelo de mármol recibió su caída con un eco seco.
Silencio absoluto.
Los caballeros de Valdoria tensaron los hombros.
Los nobles de Santacruz palidecieron.
Rafael permaneció de pie.
Intacto.
Ni siquiera había desenfundado su espada.
No se acercó de inmediato.
No la humilló.
Solo la observó con esa mirada… agotada.
No de ella.
Del mundo.
Victoria apretó los dientes desde el suelo.
No le dolía el golpe.
Le dolía no haberlo tocado.
Rafael finalmente habló, pero no a ella.
Miró al duque.
—Su Majestad.
El tono fue respetuoso.
Firme.
—No estaré mucho tiempo en este reino.
El salón quedó inmóvil.
—Firmaré el compromiso. La alianza será válida.
La duquesa frunció el ceño.
—¿Qué está diciendo?
Rafael continuó:
—Pero no permaneceré junto a la princesa.
Victoria levantó la mirada.
—Permitiré que viva su vida como desee.
No había desprecio en sus palabras.
Solo claridad.
—Mi deber no es ocupar un trono ni jugar a la política. No soy príncipe.
Su mano descansó sobre la empuñadura de la Espada Dragón Negro.
—Soy un caballero.
Sus ojos se endurecieron apenas.
—Mi reino necesita protección constante. No puedo quedarme en un lugar que no requiere mi espada.
Un murmullo recorrió la sala.
El duque habló con tensión contenida.
—¿Está rechazando la unión?
—No.
Rafael negó con suavidad.
—La estoy formalizando.
Miró de reojo a Victoria.
—Pero no obligaré a nadie a compartir mi carga.
Victoria seguía en el suelo.
No por debilidad.
Por sorpresa.
Rafael dio un paso atrás, manteniendo la distancia.
—Cumpliré con el deber que se me asigna. Firmaré.
Hizo una pausa.
—Y luego regresaré a Valdoria.
El mensaje era claro.
No la controlaría.
No la sometería.
No la arrastraría a su mundo.
Pero tampoco se quedaría.
Era una decisión fría.
Lógica.
Dolorosamente lógica.
Victoria se levantó lentamente.
Su orgullo ardía.
—¿Cree que no puedo soportar su carga?
Rafael la miró por primera vez directamente desde la caída.
—No quiero que tenga que hacerlo.
Y esa frase…
Fue más fuerte que cualquier golpe.
El salón entero comprendió algo en ese momento.
El Santo de la Espada no temía a la Rosa de Hielo.
Temía que ella se marchitara en su sombra.
Y Victoria, por primera vez en años…
No sabía si estaba más enfadada…
o más confundida.