NovelToon NovelToon
Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

La luz del alba se filtraba por las pesadas cortinas de la Villa de las Sombras, pero Helios ya estaba en pie. El encuentro con Mirea había dejado un rastro de calor en su piel y una claridad gélida en su mente. Mientras se ajustaba las piezas de su armadura de cuero y bronce, observó a la mujer que aún dormía entre sábanas de seda negra. Mirea era un laberinto, y aunque habían compartido la cama, Helios sabía que no debía confundir la pasión con la paz. En Solis, la paz era una ilusión para los necios.

Salió de la villa antes de que el sol terminara de despuntar. Caius lo esperaba en el callejón trasero, con dos caballos de guerra y una expresión de desaprobación que no se molestó en ocultar.

—Has pasado demasiadas horas en ese nido de seda, mi señor —gruñó el soldado, entregándole las riendas de un semental negro—. Los rumores corren más rápido que el fuego. Se dice que el príncipe Voran ha sido domesticado por una cortesana.

Helios montó de un salto, sintiendo el peso de su mandoble en la espalda. Su mirada era de acero fundido.

—Deja que los rumores corran, Caius. Mientras el palacio cree que estoy distraído entre sábanas, nosotros les cortaremos las piernas. Hoy no busco guerreros; hoy busco justicia. O al menos, lo que queda de ella en esta ciudad podrida.

El objetivo del día era el Magistrado Varrick. Si el Canciller Valerius era la cabeza del monstruo, Varrick era la garra que arrebataba tierras, vidas y esperanzas a los ciudadanos. Durante diez años, Varrick había presidido el Tribunal de la Luz, convirtiéndolo en un mercado donde las sentencias se compraban con oro y la inocencia se pagaba con sangre.

Se dirigieron a la Gran Plaza de la Justicia, donde hoy se celebraba un juicio público. La multitud ya se agolpaba frente al estrado de mármol, un lugar que alguna vez fue sagrado para la ley de los Voran y que ahora olía a hipocresía.

Varrick estaba sentado en su trono de roble, un hombre gordo y rubicundo, envuelto en togas de un blanco inmaculado que contrastaba con la negrura de su alma. Frente a él, un anciano mercader temblaba mientras era acusado de "evasión de tributos solares", un cargo inventado para confiscar su pequeño almacén en los muelles.

—¡Sentencia de despojo y diez años en las canteras de sal! —rugió Varrick, golpeando su mazo—. La ley del Canciller es absoluta. ¡Que se lleven al traidor!

Los guardias avanzaron, pero una voz, profunda y cargada de una vibración antigua, detuvo el tiempo.

—La ley del Canciller no es la ley de Solis.

La multitud se abrió como las aguas ante una tormenta. Helios avanzó con paso lento, cada golpe de sus botas contra el pavimento resonando como una sentencia de muerte. No llevaba la capucha puesta; su rostro, marcado por la cicatriz y el orgullo, estaba expuesto para que todos lo vieran.

Varrick palideció, su papada temblando mientras se aferraba a los brazos de su silla.

—¡Tú! ¡El desterrado! Guardias, ¡arrestadlo por interrumpir un tribunal sagrado!

Los guardias de la ciudad dudaron. Habían oído lo que Helios le hizo a los mercenarios en la plaza días atrás. El aura que emanaba del príncipe no era solo la de un hombre; era la de un dios que reclamaba su altar.

Helios subió las escaleras del estrado. Ignoró las lanzas que le apuntaban a medias y se detuvo frente a la mesa del magistrado.

—Sagrado, dices —dijo Helios, su voz proyectándose hacia la multitud—. Este tribunal fue construido por mi tatarabuelo para proteger al débil del fuerte. Y tú lo has convertido en un burdel de conveniencias.

—¡Tengo documentos! ¡Pruebas de que este hombre es un criminal! —chilló Varrick, señalando unos pergaminos sellados con cera roja.

Helios extendió la mano y, antes de que nadie pudiera reaccionar, agarró los documentos. No los leyó. Cerró el puño y, ante los ojos atónitos de todos, los papeles estallaron en una llama dorada tan intensa que Varrick tuvo que cubrirse el rostro. En segundos, solo cenizas cayeron sobre el mármol.

—Tus pruebas son tan falsas como tu honor, Varrick —dijo Helios—. Pero yo traigo pruebas reales. Pruebas que me fueron entregadas por aquellos a los que has traicionado.

Helios sacó un pequeño libro de cuentas de debajo de su capa. Era el registro secreto de los sobornos de Varrick, obtenido gracias a la red de Mirea. Lo lanzó a la multitud, donde un joven escriba lo atrapó con manos temblorosas.

—¡Leed la página cuarenta! —ordenó Helios—. ¡Leed quién pagó por la ejecución de la familia Maros! ¡Leed cuánto oro recibió Varrick por entregar el orfanato de la calle Norte a los traficantes de esclavos!

El escriba comenzó a leer en voz alta. Los nombres de nobles presentes en la plaza empezaron a surgir, y con cada nombre, el murmullo de la multitud se transformaba en un rugido de indignación. El rostro del corrupto ya no era solo un hombre; era el símbolo de todo lo que Solis odiaba.

—¡Es mentira! ¡Es magia oscura! —gritaba Varrick, intentando levantarse.

Helios lo agarró por el cuello de su costosa toga y lo levantó del asiento. El magistrado pataleó, sus pies colgando en el aire.

—No es magia, Varrick. Es la luz del sol revelando lo que se esconde en las sombras —Helios lo acercó a su rostro, sus ojos brillando con un fuego que parecía consumir el oxígeno alrededor—. Me preguntaste quién soy. Soy el que viene a cobrar las deudas que Solis ha acumulado durante diez años. Y tú eres el primero de la lista.

Helios lanzó al magistrado hacia la multitud. No a los guardias, sino al pueblo. Los ciudadanos, empujados por años de opresión y hambre, rodearon a Varrick antes de que pudiera pedir clemencia. La justicia de Helios era brutal porque el tiempo de la diplomacia había muerto con su padre.

—¡Mirad bien! —gritó Helios a los nobles que observaban desde los balcones circundantes—. ¡Este es el destino de los que sirven a Valerius! ¡La corona de Voran no perdona, y el sol no deja de brillar hasta que la última sombra sea eliminada!

El caos estalló. Mientras el pueblo descargaba su furia contra el magistrado, Helios se mantuvo en el centro del estrado, impasible, como un faro en medio de una tormenta de sangre.

Caius se acercó a él, su espada desenvainada.

—Has cruzado un punto de no retorno, Helios. Valerius no podrá ignorar esto. Enviará a la Guardia Solar, la de verdad. Los que juraron protegerte y ahora sirven a su voluntad.

—Eso espero, Caius —respondió Helios, mirando hacia el Palacio de Oro en la distancia—. Quiero que vean que su rey ha vuelto. No para pedir perdón, sino para exigir su trono.

Pero mientras la plaza se convertía en un hervidero de rebelión, Helios sintió una punzada de inquietud. Entre la multitud, en una de las esquinas más oscuras bajo un arco de piedra, vio una figura que no encajaba. Una mujer vestida con una capa de color gris ceniza, cuya presencia se sentía como un vacío de calor. No gritaba, no se movía. Solo lo observaba.

Antes de que pudiera identificarla, la mujer se dio la vuelta y desapareció entre los callejones.

—¿Qué sucede? —preguntó Caius, notando la distracción de su señor.

—Tenemos ojos sobre nosotros que no son de Valerius —murmuró Helios—. Los enemigos ocultos están empezando a mostrarse.

El regreso al refugio fue tenso. La ciudad estaba en estado de sitio de facto. Las noticias de la caída de Varrick se extendían como la pólvora, y aunque el pueblo vitoreaba el nombre de Voran, Helios sabía que el apoyo popular era una bestia voluble. Necesitaba consolidar sus alianzas estratégicas antes de que el Canciller contraatacara.

Esa noche, en el mapa de su mesa de guerra, Helios tachó el nombre de Varrick con un trazo rojo. Pero su mente volvía constantemente a la figura de la capa gris y a las palabras de Mirea sobre Selene Serath.

Un golpe seco en la puerta lo sacó de sus pensamientos. Era un mensajero, un niño harapiento que sostenía un sobre sellado con el emblema de una luna creciente entrelazada con un sol oscuro. La Casa Serath.

Helios abrió el sobre. El papel olía a sándalo y a algo metálico, como el hierro frío. Solo había una línea escrita con una caligrafía elegante y letal:

*"El sol que quema demasiado rápido, termina por consumirse a sí mismo. Te espero en las Ruinas del Templo a medianoche. Ven solo, o la ciudad arderá antes de que veas el amanecer."*

—Selene —susurró Helios.

Caius entró en la habitación, viendo el mensaje.

—Es una trampa, Helios. La Casa Serath nunca juega limpio. Te matarán antes de que puedas decir una palabra.

Helios se puso de pie, ajustando su espada. El cansancio de los últimos días parecía haberse esfumado, reemplazado por una adrenalina amarga.

—Selene no quiere matarme, Caius. No todavía. Quiere recordarme por qué me dejó marchar hace diez años. Y yo necesito saber si ella sigue siendo la mujer que amé, o si es el arma más peligrosa que Valerius tiene contra mí.

—¿Y Mirea? —preguntó Caius—. Ella no se tomará bien que vayas al encuentro de tu antigua prometida.

—Mirea sabe que mi corazón es un campo de batalla —respondió Helios, encaminándose hacia la salida—. Y en un campo de batalla, no hay espacio para los celos, solo para la supervivencia.

Salió a la noche, consciente de que cada paso que daba lo alejaba más de la luz y lo sumergía en un juego de sombras donde las lealtades se compraban con besos y se vendían con puñales. La exposición del magistrado había sido solo el prólogo; el verdadero rostro de la corrupción estaba a punto de mostrarse, y tenía los ojos de la mujer que una vez prometió proteger.

1
Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play