La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 1 El suelo se abre
Leila Prinsh tenía una teoría sobre las despedidas.
No las definitivas, como las de los aeropuertos o las películas románticas donde el tren se lleva al amor de tu vida. Esas dolían, sí, pero se esperaban. Había pañuelos, abrazos largos, frases bonitas.
Eran las despedidas silenciosas las que mataban. El último sorbo de café de una taza que no volverías a usar. El libro que devolvías a la biblioteca sin saber que era la última vez que lo tendrías entre las manos. El "hasta mañana" dicho a una compañera de clase que al día siguiente no estaría.
Esa mañana, Leila se despidió de muchas cosas sin saberlo.
Se despidió de su taza favorita (azul, desportillada, heredada de su abuela) cuando dejó el café a medio terminar. Se despidió de su sofá (gastado, cómodo, con una mancha de vino tinto que nunca pudo quitar) al levantarse. Se despidió de la luz que entraba por su ventana, esa luz amarilla y perezosa de los atardeceres de octubre.
No lo supo. No podía saberlo.
—¿Mamá? Sí, ya terminé el trabajo. No, no he comido bien. Sí, estoy yendo a clases.
Caminaba por la calle, el teléfono pegado a la oreja, esquivando peatones y bicicletas. Su ciudad olía a pan recién horneado y a gases de autobús. Olía a vida normal.
—Esta semana voy a visitaros —prometió—. Te quiero, mamá. Dile a papá que le quiero.
Colgó.
Y entonces sintió algo.
No era un ruido. No era una imagen. Era una sensación, como si alguien hubiera rozado su nuca con la yema de los dedos. Frío. Cálido. Las dos cosas.
Leila se detuvo en medio de la acera.
—¿Leila? ¿Te pasa algo?
Su compañera de piso, Clara, la miraba con el ceño fruncido.
—No, nada —mintió—. Creí ver a alguien.
—¿A quién?
A ti, quiso decir. A ti que no conozco. A ti que llevo años sintiendo en la nuca y en los sueños y en ese lugar del pecho que no sé nombrar.
Pero eso era ridículo.
—Nadie. Vámonos.
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La noche llegó demasiado rápido.
Leila no podía dormir. La sensación de ser observada no se había ido; al contrario, se había intensificado. Como si alguien estuviera al otro lado de su ventana, respirando el mismo aire, esperando.
Se levantó, fue a la cocina, bebió agua. La casa estaba en silencio. Clara dormía desde las once.
Cuando volvió a su habitación, la cama la esperaba vacía. Se acostó boca arriba, mirando al techo.
Tengo veinticuatro exámenes este semestre, pensó. Tengo que pagar el alquiler. Tengo que llamar a mi abuela. Tengo que...
¿Por qué no puedo dejar de pensar en unos ojos azules que nunca he visto?
Soñó.
Soñó con un castillo de piedra negra, con cielos violetas, con árboles que susurraban en idiomas muertos. Soñó con un hombre alto, de cabello oscuro como el fondo del mar, que la miraba desde un trono de sombras.
En el sueño, él bajaba las escaleras. Se acercaba. Alargaba la mano.
Y decía:
—Te espero.
Leila despertó con el corazón desbocado.
El suelo tembló.
Al principio creyó que era un terremoto. Había vivido algunos en su infancia: las lámparas bailando, los vasos cayendo, su madre gritando ¡debajo de la mesa!. Pero esto era diferente. La tierra no rugía. Susurraba.
Y las sombras se movían.
No era posible. Las sombras no se mueven. Las sombras son ausencia de luz, no presencia de nada. Pero esas sombras, las que trepaban por las paredes de su habitación, tenían brazos. Tenían dedos. Tenían hambre.
Leila quiso gritar. Quiso correr. Quiso despertar.
No pudo.
Las sombras la atraparon. La rodearon. La alzaron del suelo como si pesara menos que una hoja. Su cama quedó atrás. Su ventana. Su vida. Todo se empequeñecía mientras ella ascendía hacia un cielo que ya no era techo, que ya no era yeso, que ya no era nada conocido.
—¡Clara! —gritó—. ¡Clara, ayuda!
Pero Clara no podía oírla. Nadie podía oírla.
El último rostro que vio, antes de que el mundo se desgarrara, fue el de un hombre.
No era el mismo del sueño. No. Este era más joven, más duro, con el cabello negro azulado y los ojos del color del hielo roto. Estaba al otro lado de algo que parecía un espejo, mirándola con una expresión que Leila no supo descifrar.
No era triunfo. No era indiferencia.
Era algo que se parecía al dolor.
Y entonces el espejo se rompió, y Leila cayó.
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Cuando abrí los ojos, el cielo era violeta.
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