En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 16
Convocan a todos los clanes para una reunión.
La noticia de la "Sanadora Plateada" se extendió por Eloria más rápido que el fuego. Los mensajeros del clan Alarcón, liderados por un Martín recuperado, recorrieron los valles y bosques llevando el estandarte de la luna llena cruzado por una línea de plata. El mensaje era claro: *La grieta se ha cerrado, pero la herida permanece. Venid al Altar de los Eones. La verdad será revelada.*
Dos semanas después de la gran batalla, la aldea de los Alarcón se transformó en un hervidero de actividad. No era una reunión amistosa; era una congregación de guerreros recelosos y líderes que habían pasado décadas compitiendo por recursos y tierras.
Emara observaba desde el balcón del Gran Salón cómo llegaban las delegaciones. Primero aparecieron los Alcalá, un clan de las tierras altas conocidos por su ferocidad y sus abrigos de piel de oso. Su líder, Bartolomé Alcalá, era un hombre gigantesco con cicatrices que le cruzaban toda la cara.
Luego llegaron los Amador, expertos en el sigilo y la caza nocturna. Su líder, una mujer de ojos gélidos llamada Erika Amador, traía consigo a sus mejores rastreadores. Y así, uno a uno, los apellidos que habían forjado la historia de Eloria se reunieron bajo el mismo cielo.
—Esto es un error, Emara —dijo Clemente, que ahora actuaba como su guardaespaldas personal—. Si les cuentas lo que hizo tu padre, nos matarán a todos antes de que termine la primera frase. El orgullo de los lobos no perdona la traición con demonios.
—La verdad es lo único que nos mantendrá vivos, Clemente —respondió Emara, ajustándose su capa plateada—. Si seguimos construyendo nuestro futuro sobre las mentiras de mi padre, la próxima vez que el Abismo se abra, no habrá nada que salvar.
—No todos han venido a escuchar —advirtió Arturo, acercándose a ellos—. Hay rumores de que el clan Borja y los Ampuero están furiosos. Dicen que tú misma eres una aberración, que te has convertido en lo que juramos destruir.
Emara respiró hondo, sintiendo el pulso de la runa en su pecho.
—Entonces tendré que demostrarles lo contrario.
El Gran Salón estaba a rebosar. El olor a sudor, cuero viejo y carne asada llenaba el aire. En el centro, una gran mesa redonda esperaba a los líderes. Tibor Alarcón estaba sentado en un rincón, fuera del círculo principal, como un prisionero de honor. Su presencia causaba murmullos de desprecio entre los recién llegados.
Emara entró en el salón y el silencio fue inmediato. No necesitaba pedirlo; su sola presencia imponía una presión física en el ambiente. La luz de las antorchas parecía brillar más intensamente a su paso.
—Líderes de Eloria —comenzó Emara, situándose en la cabecera—. Os he convocado porque el mundo que conocíamos ha muerto. Lo que ocurrió hace dos semanas no fue un ataque aleatorio de sombras. Fue la consecuencia de un pecado que hemos arrastrado durante tres décadas.
Durante la siguiente hora, Emara relató todo. Habló de Arilsa, de la traición de Tibor, de la masacre del Clan de la Niebla y de cómo la grieta fue abierta desde dentro, no por el Abismo, sino por la codicia de los suyos. A medida que hablaba, la tensión en el salón se volvía insoportable.
—¡Mentiras! —gritó Bartolomé Alcalá, golpeando la mesa con su puño—. ¡Tibor es un líder duro, pero no es un traidor! Estás intentando cubrir tu propia transformación con cuentos de hadas sobre demonios inocentes. ¡Mírate, muchacha! ¡Tus ojos no son los de un lobo! ¡Eres una bruja del Abismo!
—¡Es la verdad, Bartolomé! —la voz de Tibor se alzó, ronca y quebrada por la vergüenza—. Mi hija no miente. Yo vendí a la Vidente. Yo permití que la oscuridad entrara para ganar poder. Sergio Alfaro murió por mis pecados.
Un estallido de gritos y acusaciones llenó el salón. Los hombres de Alcalá desenvainaron sus espadas, mientras que los Alarcón, liderados por Clemente, hicieron lo propio. Parecía que la guerra civil iba a estallar en ese mismo instante.
—¡SILENCIO! —rugió Emara.
Esta vez, no fue solo su voz. Una onda de choque plateada recorrió el salón, inmovilizando a todos los presentes. Las espadas se sintieron tan pesadas que los guerreros tuvieron que bajarlas. El poder que emanaba de Emara era tan vasto y antiguo que el instinto básico de supervivencia de los lobos les ordenó someterse.
—No he venido a pedir perdón por mi padre —dijo Emara, sus ojos brillando con una luz blanca pura—. He venido a decirles que el Rey de las Sombras todavía tiene el Corazón de Eloria en su poder. He venido a decirles que hay otros que no son lobos, pero que lucharon a nuestro lado en la oscuridad.
—¿De quién hablas? —preguntó Erika Amador, con voz temblorosa pero intrigada.
—De los mestizos. De los supervivientes del Clan de la Niebla. Y de los demonios que, como Kellan, no desean nuestra destrucción, sino su propia libertad.
La tensión entre hombres lobos y demonios aumenta.
En ese momento, las puertas del Gran Salón se abrieron de par en par. Un aire gélido entró en la estancia, trayendo consigo el aroma a ozono y ceniza. Los guardias del exterior no gritaron; simplemente se apartaron, como si estuvieran en trance.
Una figura entró caminando con una elegancia inhumana. Iba envuelta en una túnica negra hecha de jirones de sombra, y su rostro estaba oculto por una máscara de hueso de cuervo. Sin embargo, Emara reconoció el paso, la cadencia de su respiración y la forma en que el aire se curvaba a su alrededor.
—¿Quién se atreve a profanar este salón? —rugió Bartolomé, recuperando el habla aunque no pudiera levantar su arma.
La figura se quitó la máscara. No era Kellan. Era una mujer de una belleza inquietante, con piel pálida como el mármol y ojos de un rojo intenso que recordaban a la sangre fresca. Su cabello era blanco como la nieve y caía en cascada sobre sus hombros.
—Me llamo Arilsa —dijo la mujer, y el nombre causó un escalofrío colectivo—. Pero no la Arilsa que vuestro jefe entregó a las sombras. Soy lo que queda de ella después de treinta años de ser drenada en el Abismo.
Tibor soltó un alarido de puro horror y cayó de su silla.
—No... no es posible. Te vi morir... vi cómo te llevaban.
—Lo que no viste, Tibor, fue lo que las sombras hicieron conmigo para mantenerme viva como una batería de poder —Arilsa miró a Emara, y su expresión se suavizó solo un poco—. He venido porque mi hijo, Kellan, me envió. Él está reuniendo lo que queda de las legiones rebeldes en el Abismo, pero no podrá resistir mucho tiempo contra su padre.
—¡Un demonio en nuestro salón! —gritó uno de los líderes de los Ampuero—. ¡Es una trampa! ¡Nos han traído aquí para ser masacrados!
El caos estalló de nuevo. Los lobos, movidos por milenios de odio instintivo hacia los seres del Abismo, se lanzaron hacia adelante a pesar de la presión mágica. Arilsa no se movió; simplemente alzó una mano y una barrera de oscuridad absoluta se materializó, repeliendo a los atacantes con una fuerza brutal.
—¡Basta! —Emara se interpuso entre los lobos y Arilsa—. ¡Ella es la prueba de nuestra traición y nuestra única fuente de información sobre el enemigo!
—Es un engendro —escupió Bartolomé—. Y tú, Emara Alarcón, te has aliado con ellos. ¿Cómo sabemos que no eres tú quien ha planeado todo esto para entregarnos al Rey de las Sombras en una bandeja de plata?
La tensión en el salón era ahora una cuerda tensa a punto de romperse. Por un lado, los líderes de los clanes, cegados por el odio y el miedo a lo desconocido; por otro, Emara, intentando sostener una alianza imposible con los fantasmas de su pasado.
—Si quisiera mataros, ya estaríais muertos —dijo Arilsa con una frialdad que congeló el aliento de todos—. Mi hijo dio su libertad para que esta chica pudiera volver. Si no sois capaces de ver el sacrificio en eso, entonces sois más ciegos que las sombras que intentan devoraros.
Emara miró a los líderes, luego a Arilsa, y sintió un peso insoportable. El odio era demasiado profundo, las heridas demasiado viejas.
—La reunión no ha terminado —declaró Emara, su voz vibrando con el poder del Aethelgard—. Pero si alguien vuelve a desenvainar un arma en este salón, conocerá el verdadero significado de la transformación.
El silencio volvió, pero era un silencio cargado de promesas de violencia. Los clanes estaban divididos, los demonios estaban a las puertas y el Rey de las Sombras observaba desde el vacío, esperando el momento perfecto para atacar. La reunión de los clanes no había traído la unión; había expuesto las grietas que podrían llevar a Eloria a su destrucción definitiva.
Emara miró por la ventana hacia las montañas. En la distancia, un rayo púrpura rasgó el cielo. La guerra no había terminado; apenas estaba cambiando de forma.
—Prepárense —susurró Emara—. Porque la sombra del pasado ha vuelto a casa.