El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #4 – Lazos De Sangre
Ninoska camino directo hacia el edificio administrativo de Namhara. El mismo que se encontraba al lado izquierdo de la residencia del Rey y su familia.
Said no les había permitido salir de su dominio. Por orden de sí mismo, se les había obligado a quedarse a vivir con él, a regañadientes por parte de ella y Jhon.
Entro al vestíbulo de la parte residencial del conocido edificio y vio a Pamela reposar cansada sobre el diván. La joven reina de cabello largo, rizado y castaño claro, ojos marrones y labios rosados, contrastantes con su piel clara y carita redonda, le daban un aire realmente infantil.
—Tú eres quien me ha llamado con tanta urgencia? — Preguntó Ninoska con cierta familiaridad, aunque sus ojos reflejaban una curiosidad atenta.
—¡Ay, Ninoska! — Exclamó la reina, con un dramatismo casi teatral — Necesito tanto hablar contigo…
— ¿Ha pasado algo malo? — La voz de Ninoska se volvió más seria, directa.
— Pues… verás… — Pamela vaciló, incapaz de encontrar las palabras correctas. Era su cuñada, sí, pero también la única amiga en la que podía confiar, y aun así se le atragantaban las frases.
El silencio se volvió incómodo por un instante, hasta que la reina intentó suavizarlo con un atisbo de picardía.
— ¿Te interrumpí en algo importante? — Preguntó con una sonrisa ligera, buscando disipar la tensión, como quien tantea un respiro entre tormentas.
Ninoska bajó la mirada y, casi de manera inconsciente, enredó un mechón de su cabello dorado entre los dedos.
— Bueno… — Respondió con un suspiro apenas audible — En realidad, me ha salvado.
Pamela arqueó una ceja con complicidad.
— Imaginé que querrías escapar de esa situación con… bueno, tú ya sabes quién…
Ninoska dejó caer los brazos a los costados, agotada, como si no tuviera fuerzas para mantener el escudo de frialdad.
— Con el padre de Coraline… — Murmuró al fin, con un dejo de cansancio en la voz — Te agradezco que me hayas ayudado… fuiste muy oportuna…
— Tu hermano me ha informado que ese hombre estaba en la ciudad… y un guardia me informa que te habían visto dirigirte a un hotel. Supuse que lo encontrarías allí… y que necesitarías una salida. — Pamela habló rápido, casi justificándose, aunque su gesto era sincero.
Ninoska la miró con un brillo de afecto en los ojos.
—Eres un amor, Pamela. Gracias.
Ambas compartieron un silencio cargado de entendimiento. Desde que Pamela había sido entregada en matrimonio a su hermano menor por cuestiones políticas, Ninoska había sido testigo de su transformación: de las lágrimas constantes al inicio, a la aceptación resignada, hasta convertirse en una mujer fuerte que había aprendido a sobrevivir en el desierto ya amar, poco a poco, a su nuevo esposo y su familia. Pero esa noche, la inquietud en los ojos de Pamela no podía disimularse.
— Ese no es el único motivo por el que me llamaste, ¿O me equivoco? — Preguntó Ninoska con cautela, escrutando con curiosidad el rostro de la reina.
— Parece que no puedo mentirte… — Rió Pamela con un dejo de amargura, bajando la mirada — La verdad es que sí… hay un motivo oculto. No me he sentido muy bien últimamente y creo que podría ser…
—¡No me digas que…! — Los ojos de Ninoska se abrieron de par en par, brillando con una emoción contenida que amenazaba con desbordarse.
— Es que aún no lo sé… — Susurró Pamela, nerviosa, jugando con el borde de su vestido carmín como si buscara refugiarse en el movimiento.
—¡Seré tía! ¡Y tú… serás madre! — La voz de Ninoska estalló con una alegría sincera que iluminó el ambiente, incapaz de reprimir el júbilo.
—¡Shhhh! — Pamela levantó ambas manos, casi suplicando — Aún no es seguro. No grites, por favor… — Sus ojos imploraban calma — Nadie lo sabe, eres la primera a la que se lo comento…
Ninoska, consciente de su desbordada reacción, respiró hondo y tomó las manos de su cuñada entre las suyas.
— Perdona mi emoción, Pamela… — dijo con una ternura inusual en su voz — ¿Cuándo piensas decírselo a Said?
El gesto de la reina se ensombreció.
— Es que tengo miedo… no sé cómo reaccionará… — Confesó en un murmullo, cabizbaja.
La mirada de Ninoska se suavizó. Conocía demasiado bien a su hermano: su carácter indomable, las cicatrices que lo habían forjado, la imprudencia de la juventud que le valió la fama de ser tan temido como respetado. Recordaba el temor de Pamela cuando se pactó aquel matrimonio, la angustia de ser entregada a un hombre de reputación feroz. Y, sin embargo, también sabía que Said ya no era aquel joven que se había tenido que forjar en medio de traiciones, dolor y guerra. Había cambiado, aunque su dureza permaneciera como un muro difícil de atravesar.
— Será el hombre más feliz del mundo… — Aseguró Ninoska con firmeza, como si pronunciara un decreto — Al fin tendrá su propia familia. Créeme, un hijo es lo mejor que le podría pasar. Que les podría pasar a ambos…
Ninoska rodeó con un brazo los hombros de su cuñada y el atrajo hacia ella. Pamela se dejó envolver, aceptando el calor de aquel gesto. Había entre ambas una complicidad tejida a base de confianza y lealtad, un vínculo que ahora parecía fortalecerse aún más.
— Es que tú no lo entiendes… — murmuró Pamela con la voz quebrada, refugiándose en el abrazo — Tengo miedo, Ninoska. Si resulta cierto… no sé cómo reaccionará Said. A veces pienso que solo soy un adorno en su vida. Él ama a Coraline como si fuera su propia hija, y yo… — Sus labios temblaron — yo no sé si podría darle el mismo amor a un hijo que lleve mi sangre…
Ninoska la apartó suavemente, solo lo suficiente para mirarla a los ojos. Le apretó las manos con fuerza, como si quisiera transmitirle su seguridad a través del contacto.
— Te equivocas, Pamela… Coraline es solo su sobrina… — dijo con una convicción serena — Yo sé que Said puede ser duro, impulsivo… incluso cruel cuando se lo propone. Pero créeme, nada vuelve a ser igual cuando sostienes en tus brazos a un pequeño que depende de ti. Ese instante cambia todo. Lo cambiará a él… y también a ti. No tengas miedo… yo lo conozco y sé que es lo mejor que puede pasarles…
El silencio se extiende entre ambas, cargado de emociones que no necesitaban palabras. Afuera, la brisa nocturna golpeaba suavemente contra los ventanales, como un eco lejano que parecía sellar la promesa de un nuevo comienzo.
La reina suspir, aferrndose a un dejo de esperanza. Pero en el rostro de Ninoska se dibujó otra historia: su mente voló sin permiso hacia la imagen de Arthur. Esa mirada oscura que aún la perseguía, la misma que la había dejado temblando, desnuda de orgullo, aquella noche. Cerró los ojos apenas un instante, buscando desterrar el recuerdo, pero el gesto fue lo bastante evidente para que Pamela lo notara.
—¿En qué piensas? — Preguntó con una media sonrisa, inquisitiva, aunque sus ojos brillaban con curiosidad.
Ninoska vaciló. Por un segundo, estuvo a punto de traicionarse con la verdad, de dejar escapar lo que la atormentaba. Pero enseguida se recompuso, bajando la mirada con frialdad calculada.
— En... nada importante. — El tono seco fue más un muro que una respuesta.
Pamela arqueó una ceja, como si dudara, pero no alcanzó a insistir. Una voz grave interrumpió la intimidad del momento:
—¿A qué se debe el alboroto?
Las dos mujeres giraron hacia la puerta. Allí, de pie, se recortaba la figura del menor de los hermanos Yazhira, con la arena del día todavía pegada al traje. Detrás de él, Jhon asomó con paso relajado y sonrisa divertida.
Pamela se sonrojó de pies a cabeza, sorprendida en plena confianza. Ninoska, en cambio, sonriendo con picardía, lanzándole a su cuñada una mirada cómplice que hablaba más que cualquier palabra.
— Y ahora, ¿Qué se traen estas dos? — Ironizó a Jhon, arqueando una ceja mientras miraba alternativamente a su hermana y cuñada.
— Nada que tenga que ver contigo, Jhon… — Atajó Ninoska con rapidez, adelantándose hasta ponerse al lado de Said con dos ágiles pasos — Pamela necesita un momento a solas con su esposo… para hablar cosas importantes.
Con un gesto casi teatral, tomó la mano de su hermano mayor e intentó arrastrarlo consigo fuera de la estancia.
—¡Pero si acabo de llegar! — Protestó Jhon, con el tono de un niño caprichoso.
El brillo cortante en los ojos de su hermana bastó para que se detuviera en seco. Tragó saliva y se quedó en silencio, rindiéndose sin más ante aquella mirada esmeralda que siempre lograba imponer su voluntad.
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Otro día amanecía bajo el implacable sol del desierto. La ciudad de Namhara despertaba entre aromas de especias, voces que llenaban los mercados y el polvo que flotaba en el aire como un velo dorado.
Ninoska caminaba junto a su hija por las callejuelas, rumbo a la escuela. El calor le acariciaba la piel como un fuego constante; pasó una mano por su cabello aún húmedo tras el baño matutino. No había conciliado el sueño en toda la noche: cada pensamiento, cada suspiro, la arrastraba hacia un solo nombre. Arturo. Tanto se había perdido en sus recuerdos, que apenas se dio cuenta de que ya estaban frente a las puertas de la escuela. Fue el pequeño tirón de Coraline en su mano lo que la desarrolló al presente.
— ¿Mamá? — Preguntó la niña, alzando la vista con ojos inquietos — ¿En qué piensas?
— Perdón, mi niña… — Respondió Ninoska con una sonrisa forzada, acariciándole con ternura el cabello negro — Que tengas un día hermoso, diviértete mucho.
—¡Gracias, mami! — Exclamó Coraline, con esa alegría que iluminaba todo a su alrededor.
La pequeña se giró y corrió hacia la entrada de la escuela, perdiéndose entre la multitud de niños.
—¡Ninoska!
La voz la atravesó como un rayo. Esa voz. Inconfundible. Su corazón se detuvo por un instante, mientras el aire le quemaba en los pulmones. Giró la cabeza lentamente, y allí estaba. Arturo. De pie, bajo la luz del sol, con esa mirada intensa que parecía encontrarla sin importar dónde se escondiera. Los ojos de él brillaron de repente. Había visto a la niña. Solo un destello fugaz, apenas un segundo, el giro de Coraline entrando en el edificio. Pero bastó. Algo en su expresión cambió, como si ese instante le hubiera revelado un secreto demasiado grande.
El bullicio de la ciudad seguía su curso: pregones de mercaderes, risas de niños que corrían por la plaza, pasos sobre el empedrado. Sin embargo, para Ninoska todo había quedado suspendido en un instante que le helaba la sangre. Solo existían esos ojos negros fijos en ella, inquisitivos, llenos de preguntas que había evitado por más de cuatro años. Arthur se acercó con paso firme, y el aire pareció volverse más pesado entre ambos.
—¿Era tu hija? — Preguntó al fin, con una calma que no ocultaba la punzada de curiosidad en su voz.
Ninoska tragó saliva, intentando contener el temblor que nacía en su pecho.
— Yo… — Titubeó, incapaz de sostenerle la mirada por más de un segundo. Cerró los ojos apenas un instante, buscando reunir su fortaleza, esa corazón de hielo que siempre la protegía —… Sí. Era mi hija.
Arthur inclinó apenas la cabeza, y sus ojos se suavizaron por un breve momento.
— Tiene un cabello muy hermoso… — dijo con voz grave, y aunque sonaba ha cumplido, en el fondo se sintió como un golpe velado, un intento por escarbar más profundo.
Un escalofrío recorrió la espalda de Ninoska.
— ¿Eh? Sí… su cabello… — Respondió con torpeza, deseando huir, que el suelo se abrió bajo sus pies. Cada palabra se le atascaba en la garganta como si cargara un secreto demasiado grande.
Arthur dio un paso más, acortando la distancia. La luz del sol caía sobre su rostro y lo volvía más imponente.
—¿Cuántos años tiene?
El corazón de Ninoska martilleaba con fuerza, ahogándole la razón.
— ¿Qué? ¿Por qué… por qué te interesas tanto en mi hija? — Replicó de golpe, alzando la voz más de lo que quería. Se abrazó a su propio cuerpo como si de esa manera pudiera protegerse — ¿Me estás siguiendo?
—Ayer, te dije que necesitaba hablar contigo. — Respondió él con un tono firme, casi exasperado — Anoche fuimos interrumpidos. ¿Te parece poco?
El aire se tensó. Ninoska lo miró con dureza, aunque en su interior temblaba como una niña asustada.
— ¿Sigues con eso? — Escupió las palabras, cada sílaba afilada como un cuchillo, intentando sonar hostil, fría, inalcanzable.
Los labios de Arthur apenas se curvaron en una sonrisa amarga.
— Me lo debes… — dijo despacio, con una intensidad que la desarmaba.
Ninoska reaccionó de inmediato, como un animal acorralado.
—¡Yo no te debo nada! — Su respuesta fue tan rápida que casi sonó desesperada. Dio un paso atrás, sacudiendo la cabeza — Además, tengo demasiado trabajo pendiente, no tengo tiempo de jugar al interrogatorio contigo…
Su voz se elevaba, sin que ella lo notara, atrayendo miradas fugaces de algunos transeúntes.
—De verdad crees que puedes aparecer de repente y empezar a indagar en mi vida personal como si… ¿como si te interesara? — Sus palabras se quebraron, casi un grito que escondía más miedo que ira.
Arthur dio un paso al frente. Su sombra cayó sobre ella.
— Espera… — Su voz se suavizó, casi como una súplica — Yo no he dicho eso…
El silencio que siguió fue más atronador que cualquier grito. Las voces del mercado parecieron bajar de intensidad cuando algunas personas empezaron a voltear discretamente hacia ellos. Susurros contenidos, miradas rápidas, un murmullo incómodo flotando en el aire. Era la princesa de Namhara, ya ojos de todos, parecía perder el control.
Ninoska lo sintió de inmediato: las pupilas ajenas clavadas en su espalda, en su rostro. Su orgullo se encendió como una llama. Apretó los puños con fuerza, ocultándolos bajo el pliegue de su vestido, y respiró hondo, buscando ese templo frío que siempre usaba como escudo. No podía permitirse vacilar frente a nadie.
Arthur lo notó. Cada pequeño gesto de ella era un mapa abierto para sus ojos.
— Tienes mucho trabajo, ¿eh? — Su voz sonó tranquila, casi burlona, aunque en el fondo vibraba con intención — Bien, en ese caso, yo soy parte de tu trabajo. Y como mi guía… es tu deber permanecer a mi lado y disipar mis dudas. ¿Estoy en lo correcto?
Los ojos de Ninoska se abrieron de par en par, verdes y fieros, pero inseguros al mismo tiempo. Lo miró con una mezcla de rabia y asombro. Sabía que había dado justo en el blanco, y Arthur lo sabía también. Maldición. Tenía razón. Mientras permaneciera en el reino, debía atenderlo. Era una trampa tan simple como irrefutable.
—¿Qué? — Su voz apenas fue un murmullo, incrédulo, como si buscara en el aire un resquicio para escapar.
En su mente repasó excusa tras excusa, todas débiles, todas inútiles. Lo odiaba por eso. Arthur siempre había sido hábil para pensar bajo presión, su lengua tan filosa como una espada. Y ahora, igual que antes, la dejaba sin salida. Said la había obligado a permanecer a su lado. Debía cumplir, le pesara o no. Era su obligación.
Arthur suavizó de pronto el tono, bajando el filo invisible de su voz.
—¿Sabes? Aún no he desayunado… — Comentó con ligereza, como si nada hubiera pasado, como si la tensión entre ellos no estuviera calcinando el aire — ¿Vamos?
Ninoska lo miró incrédula, como si acabara de escuchar una blasfemia.
—¿Qué? ¿Se ha enloquecido? — Su tono fue un látigo, pero en el fondo había un dejo de desconcierto. Lo último que quería era esa clase de intimidad con él.
Arthur arqueó una ceja, tan sereno que resultaba irritante.
— ¿Por qué lo dices? — Preguntó con esa calma tan propia de él, como si las palabras de ella no lo hubieran rozado — Eres mi guía, ¿No? Hace años que no venía a Namhara. Necesito que me lleves a un lugar donde pueda comer algo. Vamos… ¿Acaso tú no tienes hambre? — Sonrió, ligera, casi fraternal, aunque la intensidad de su mirada lo desmentía — Yo te invito.
Las palabras flotaron en el aire, ligeras, casi familiares. Y eso fue lo que más la irritó. ¿Cómo podía hablarle así? Primero la acorralaba con preguntas como si aún tuviera derecho a inmiscuirse en su vida… y ahora, con la misma boca, le proponía compartir un desayuno como si nada hubiera ocurrido. Como si no existiera ese pasado que los desgarraba.
Ninoska cerró los ojos un segundo, respiró y se rindió, no a él, sino al peso del deber que la encadenaba.
— Bien… — Murmuró al fin, su voz tensa, como si las palabras se le atragantaran y no quisieran salir — Te llevaré a un lugar. Sígueme.
Y giró con la gracia de una dama, ocultando tras cada movimiento el torbellino que rugía dentro de ella. Caminaron en silencio, envueltos por el bullicio de las calles de Namhara. El sol golpeaba con fuerza las fachadas blancas y los toldos de los mercaderes, mientras los aromas de especias, pan recién horneado y fruta madura se mezclaban con las voces de los vendedores que ofrecían sus productos. A su alrededor, la vida continuaba con su ritmo vibrante. Dentro de ellos, en cambio, el tiempo parecía haber sido detenido. De vez en cuando, Ninoska levantaba la mirada de reojo… y lo encontraba allí, observándola. Sus ojos oscuros la recorrían con una familiaridad peligrosa, como si los años nunca hubieran pasado entre ellos. Ella no lo soportaba. Apartaba el rostro de inmediato, temerosa de que él pudiera leer en su mirada todo lo que aún no había logrado enterrar.
No podía mostrarse vulnerable. No frente a él. La muchacha ingenua que lo había amado sin reservas había hecho muerto mucho tiempo. O al menos eso se repetía a sí misma, como un juramento silencioso: nunca más volvería a caer. El camino los condujeron hasta un pequeño local escondido entre los callejones. No era lujoso, pero sí acogedor. El aire estaba impregnado del aroma a pan caliente y especias tostadas, un perfume sencillo y hogareño que invitaba a sentarse… y olvidar el mundo por un instante.
— Aquí podrás desayunar… — Rompió ella el silencio con voz firme, cortante — Yo estaré en mi despacho. Cuando termines, puedes buscarme allí… tengo demasiado trabajo y… — Buscaba desesperadamente marcar una frontera, poner la mayor distancia posible entre ellos.
Arthur la miró con incredulidad, una leve chispa de ironía asomando en la comisura de sus labios.
— ¿Eh? ¡No! Espera… Te invitamos a comer conmigo, ¿Lo olvidas?
— Ya he desayunado… — Respondió ella con demasiada rapidez.
Una mentira. En realidad, ella nunca desayunaba antes de dejar a Coraline en la escuela. Arthur inclinó ligeramente la cabeza y la observó con una calma que, en el fondo, ocultaba una determinación obstinada.
—Entonces acompáñame — dijo — Aunque sea con un café… o un té. Lo que quieras. Tú eliges.
Su tono era cordial, casi amable, como si pretendiera borrar la tensión con la simple normalidad de la invitación.
—No quiero nada… — replicó Ninoska con prisa, alzando el mentón — Tengo demasiado trabajo y…
No alcanzó a terminar. Una mano firme se cerró alrededor de su muñeca. La presión no fue brusca, pero sí lo bastante segura para arrastrarla suavemente hacia el interior del local. No hacía falta decir nada más: el gesto hablaba por él. Arthur nunca había sido de pedir permiso para irrumpir en su mundo. Simplemente entraba.
Ninoska sintió cómo la ira y la memoria chocaban dentro de su pecho. Aquella mezcla siempre había sido insoportable: detestaba que la obligara, que actuara sin miramientos ni preguntas… y, sin embargo, era precisamente eso lo que en otro tiempo la había atraído de él. Porque Arthur había sido el único que jamás se inclinó ante su título. Para los demás, ella era la princesa de Namhara: intocable, una figura protegida tras muros de protocolos y reverencias. Un trofeo custodiado por la distancia. Para él, no. Arthur siempre había sido indiferente al peso del apellido, al brillo del estatus. Desde el primer día la tratada como a una igual.
Un recuerdo lejano la atravesó entonces, arrepentido como un rayo…
— — — — — — — — — Retrospectiva — — — — — — — —
El sol de Holaguare se filtraba entre las ramas de los viejos árboles del jardín, proyectando sombras que danzaban sobre la hierba seca y el mármol desgastado de los patios. El aire olía fresco y dulce, pero allí, bajo aquel ventanal secreto, todo era distinto: más fresco, más silencioso, casi como si ese rincón no perteneciera al reino.
Ninoska corría por el corredor, con el corazón palpitando por la emoción de haber escapado otra vez de los aburridos discursos políticos. Su vestido claro ondeaba a su paso mientras reía sola, manteniendo el sonido de su travesura.
Sabía exactamente dónde buscarlo y allí estaba, como siempre: tumbado boca arriba sobre la hierba, con un brazo bajo la cabeza y el otro descansando sobre el estómago. Arturo. El joven con el cabello negro como la noche, la expresión despreocupada y esa costumbre irritante de quedarse dormido en cualquier parte.
— ¡Arturo! — Lo llamó en voz baja, aunque sabía que no contestaría.
Avanzó unos pasos más y se inclinó sobre él. Dormía de nuevo, con esa calma que contrastaba con el bullicio de las cumbres. Ella frunció el ceño.
— Siempre igual… — murmuró con fastidio infantil.
Y entonces, sin pensarlo, le clavó el codo en las costillas.
— ¡Despierta ya, holgazán! — Exclamó riendo, mientras él se revolvía con un gruñido.
Arthur abrió un ojo, el brillo oscuro de su mirada mezclando sorpresa y diversión.
— ¡Auch! ¿Acaso así despiertas a todos tus amigos, princesa? — Replicó con voz ronca, frotándose el costado.
Ninoska lo miró desafiante, aunque sus mejillas se encendieron.
— Si no fueras tan perezoso, no tendría que hacerlo. Te mandaron a revisar documentos, no a dormir bajo el sol como un lagarto.
Arthur sonriendo de medio lado, con esa arrogancia ligera que tanto la descolocaba.
—Ya lo hice todo. Mucho antes que los demás, como siempre… — Se estiró con indolencia, cerrando los ojos de nuevo — No es mi culpa si los demás sean demasiado lentos para trabajar…
Ninoska lo empujó otra vez con el pie.
— ¡Eso no te da derecho a escaparte!
— Claro que sí… — Contestó él sin moverse, divertido por su indignación — Me gano el derecho de descansar y observar las nubes. Míralas… — Señaló el cielo con un gesto distraído — ¿No ves que parecen tan libres?
Ella alzó la mirada, intentando no dejarse arrastrar, pero ahí estaban: enormes nubes blancas flotando sobre el azul del cielo. Y por un instante, olvidó que estaba enojada.
— Libres… ¿Él? — Repitió con voz baja.
Arthur giró el rostro hacia ella, notando cómo sus ojos verdes brillaban con la inocencia de los trece años.
—Ves? — Susurró — No todo son deberes y coronas. A veces hay que mirar arriba.
Ella lo miró fijamente, atrapada en aquella calma que él desprendía. No era como los demás que la rodeaban, esos que la trataban como a un trofeo o como a una sombra. Arthur nunca la había llamado princesa con solemnidad, nunca se inclinó ante ella. Simplemente la trataba como Ninoska. Como una amiga más…
Se dejó caer a su lado, con un suspiro de rendición.
— Eres insoportable… — dijo, aunque sonaba más a complicidad que a reproche.
Él río suavemente, cerrando los ojos otra vez.
— Y tú eres demasiado seria para tu edad.
Guardaron silencio unos segundos, escuchando solo el canto de los pájaros y el murmullo lejano del palacio. Ninoska, sin darse cuenta, comenzó a reír bajito. Y esa risa clara, libre, le pareció a Arthur más valioso que cualquier joya en las vitrinas de los reinos.
— — — — — — — — — Fin del Flashback — — — — — — — — —
Habían sido días de ensueño… días en los que ella podía reír sin miedo, hablar sin medida, ser ella misma sin el peso de los secretos, de ser una adulta, de una corona, un estatus. Pero los sueños, tarde o temprano, siempre se rompen como una burbuja. Siempre debes despertar. Y ahora estaba despierta. Demasiado despierta.
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!