"Aitana creció bajo el ruido de los pleitos de fin de semana y el silencio de un abuso que nadie vio; esta es la historia de cómo una niña rota buscó su hogar en manos ajenas, descubriendo que el pasado siempre reclama su lugar bajo la lluvia."
Me llamo Aitana y mi vida se divide en fragmentos. El primero se rompió cuando tenía seis años en el baño de una casa ajena; el último, cuando entregué la llave de mi alma a quien juró protegerme. He vivido entre el ruido de botellas vacías y el silencio de un secreto que me quemaba la garganta. Si buscas una historia de finales felices, sigue de largo; pero si quieres saber cómo se siente amar hasta quedar vacía y cómo se sobrevive cuando tu 'casa' se derrumba, quédate conmigo bajo la lluvia.
si sientes que esta historia no te gusta a favor de solamente dejar de leerla y absténgase a denuncias.
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El círculo de las promesas rotas.
NARRADOR
La vida en la casa de Aitana se había convertido en una marea que subía y bajaba sin previo aviso. De lunes a viernes, el agua estaba en calma y el ritmo de la oficina dictaba una paz aparente, pero al llegar el fin de semana, el oleaje se volvía violento. Aitana, que ya cargaba con el peso de su secreto tras lo ocurrido con su primo Mateo, observaba el mundo adulto como quien mira una película de terror desde la rendija de una puerta: con los ojos muy abiertos y el corazón galopando.
Aquel sábado, el fútbol no trajo la alegría de los goles, sino una electricidad estática que hacía que los vellos de los brazos se erizaran. Roberto había bebido desde temprano y los reproches de Elena subían de tono en la cocina, mezclándose con el sonido de los platos que chocaban con demasiada fuerza.
— ¡Ya basta, Roberto! —gritó Elena, y el sonido de una silla arrastrándose cortó el aire—. ¡No puedes seguir así, los vecinos nos están escuchando y las niñas están en el cuarto!
— ¡A mí no me vas a decir qué hacer en mi propia casa! —la voz de Roberto retumbó, profunda y cargada de una furia líquida que Aitana ya conocía de memoria—. ¡Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta!
Aitana y Valeria estaban sentadas en la orilla de la cama, en la penumbra de su habitación. Valeria, intentando ser valiente, tomó la mano de su hermana pequeña. Sus dedos estaban helados.
— No escuches, Aitana. Tápate los oídos —le susurró Valeria, aunque ella misma no podía dejar de temblar.
— ¿Por qué mi papá se pone así, Vale? ¿Es por algo que hicimos nosotras? —preguntó Aitana con un hilo de voz, sintiendo que cada grito era un golpe contra su propio pecho.
— No es por nosotras, tonta. Es el fútbol y sus amigos... y esa cosa que toma. Ya se le pasará, siempre se le pasa.
Pero esa noche no se pasó. El conflicto escaló tanto que los gritos saltaron por las ventanas y se instalaron en la calle. Los vecinos empezaron a asomarse por las cercas, murmurando, creando un círculo de curiosidad morbosa alrededor de la tragedia que se gestaba en la sala. Fue entonces cuando la abuela de Aitana, que estaba de visita, intentó ser el escudo que su hija necesitara.
El golpe no era para ella. Estaba destinado a Elena, en medio de un manoteo ciego y furioso, pero el alcohol tiene una puntería cruel. El impacto seco contra el rostro de la anciana hizo que el tiempo se detuviera. El silencio que siguió al golpe fue mucho más aterrador que los gritos.
— ¡Mamá! —el grito de Elena desgarró la noche, un sonido que Aitana nunca olvidaría—. ¡Roberto, mira lo que hiciste! ¡Le pegaste a mi madre!
Aitana vio, desde el pasillo, cómo su abuela caía lentamente, llevándose las manos a la cara. Después, todo fue un caos de luces rojas y azules. Las sirenas de la ambulancia pintaban las paredes de la habitación de un color frenético. Los vecinos ahora no solo miraban, sino que señalaban. Aitana sentía una vergüenza que no le pertenecía, una mancha que se sumaba a la que ya sentía en su interior.
Durante los días siguientes, la casa se sintió como un cementerio vacío. Elena pasaba las horas en el hospital, cuidando a la abuela, y las niñas quedaron bajo el cuidado de una tía o simplemente solas, navegando en un limbo de incertidumbre. Fue en una de esas tardes grises cuando Aitana decidió que tenía que hacer algo.
Fue al rincón de su cuarto y tomó su posesión más valiosa: una alcancía de barro en forma de cerdito que guardaba con celo debajo de su cama. Había ahorrado peso a peso durante meses, privándose de dulces y guardando cada moneda que le daban. En su mente de niña, ese dinero era para comprarse una muñeca de porcelana que había visto en una vitrina, una que tenía un vestido perfecto y que parecía no tener problemas.
Con un golpe seco contra el borde de la cama, el barro se hizo añicos. El sonido del dinero rodando por el piso atrajo a Valeria.
— ¿Qué estás haciendo, Aitana? —preguntó su hermana, deteniéndose en el umbral de la puerta—. ¡Rompiste tu alcancía! ¡Tanto que te costó juntar ese dinero!
Aitana no levantó la vista. Estaba de rodillas, recogiendo las monedas de diez y cinco pesos con una urgencia febril.
— Voy a ayudar, Vale —respondió, y una lágrima gorda cayó sobre una de las monedas—. Con esto podemos pagar el hospital de mi abuela. Si le damos esto a mi mamá, ella ya no va a estar triste y mi papá ya no va a tener que gritar.
Valeria se sentó en el suelo junto a ella. Sus ojos, más maduros de lo que deberían ser para su edad, se llenaron de una compasión dolorosa.
— Aitana... ese dinero no alcanza para un hospital. Los adultos no se arreglan con monedas —dijo Valeria, tratando de quitarle una moneda que Aitana apretaba con tanta fuerza que le marcaba la palma de la mano.
— ¡Claro que sí! —insistió Aitana, desesperada por creer en su propia magia—. Es mucho dinero, Vale. Mira, aquí hay más. Si somos buenas y damos todo lo que tenemos, Dios nos va a devolver a nuestra familia como era antes. Por favor, ayúdame a contarlo.
Valeria, para no romperle el corazón, empezó a ayudarla. Pasaron la tarde haciendo pequeñas pilas de monedas sobre la alfombra.
— Diez, veinte, veinticinco... —contaba Aitana en voz alta, como si el sonido de los números fuera un hechizo contra la soledad.
Días después, cuando la abuela salió del peligro inmediato, Roberto las llevó al hospital. Aitana llevaba el dinero en una bolsa de plástico, apretada contra su pecho. Al entrar a la habitación, el olor a desinfectante le revolvió el estómago. Vio a su abuela en la cama, con el rostro hinchado y un moretón que cubría media cara, pasando del negro al morado, y luego a un verde enfermizo.
— Mira, mamá —dijo Roberto, acercándose a Elena con una voz sumisa, esa voz de "perro arrepentido" que usaría muchas veces más—. Ya pasó el susto. Traje a las niñas, te extrañan mucho.
Aitana observó a su madre. Elena tenía ojeras profundas y el cabello descuidado. La niña esperaba que su madre se levantara y le gritara a Roberto que se fuera, que protegiera a su abuela, que las protegiera a ellas. Pero Elena miró a Roberto, luego miró a sus hijas, y simplemente suspiró con una resignación que pesaba toneladas.
— Está bien, Roberto. Ayúdame con las cosas de mi mamá —susurró Elena.
Aitana se acercó a la cama y le entregó la bolsa de monedas a su madre.
— Ten, mamá. Para que mi abuela se cure rápido y ya regresemos a la casa todos juntos.
Elena tomó la bolsa, sintió el peso del sacrificio de su hija y, por un momento, pareció que iba a romper a llorar. Pero solo le acarició el cabello a Aitana con una mano temblorosa.
— Gracias, mi vida. Eres un ángel.
Ese día, mientras regresaban a casa en el coche, todos en silencio, Aitana aprendió una lección silenciosa y terrible que marcaría su destino: el amor es algo que aguanta, que perdona lo imperdonable y que vuelve a empezar incluso sobre las cenizas de la violencia. Miró por la ventana hacia el asfalto de los 90, pensando en su alcancía rota y en su dinero gastado. Había empezado a entender que, en su familia, la paz se compraba con silencio y se pagaba con pedazos del propio corazón.
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