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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:4.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 9

 El segundo día de la ausencia de Dante comenzó con una extraña sensación de vacío. La mansión, que antes me parecía una prisión de cristal, ahora se sentía como un cascarón hueco. Me encontré deambulando por los pasillos, evitando las áreas donde su presencia solía ser más abrumadora, pero mi mente, traicionera y persistente, no dejaba de evocar el cuaderno de bocetos que había descubierto la noche anterior.

¿Cómo era posible que el "Glaciar" tuviera trazos tan humanos?

Decidí que la única forma de no volverme loca era sumergirme en mi propio trabajo. Saqué mis lienzos al jardín, aprovechando que el sol de la tarde bañaba los rosales con una luz dorada y nostálgica. Pero mi mano no quería pintar paisajes. Mis pinceles buscaban sombras, buscaban la estructura ósea de un rostro que se negaba a salir de mi cabeza. Estaba pintando a Dante, o al menos, la versión de él que yo creía haber descubierto: un hombre oculto tras mil capas de escarcha.

—Pinta con el alma, no con el miedo, señora —la voz de Rosa me sacó de mi trance.

Se acercó con una bandeja de limonada fresca. Me miró el lienzo y sus ojos se abrieron un poco. Rosa era joven, pero tenía esa sabiduría de la gente que ha tenido que observar mucho para sobrevivir.

—El señor Volkov no es un hombre fácil —dijo, dejando la bandeja en una mesita de hierro forjado—. Pero desde que usted llegó, el aire de esta casa ha cambiado. Ya no parece que estuviéramos esperando que alguien nos grite.

—Solo estoy tratando de ser una persona normal, Rosa. Elena... ella no sabía lo que tenía.

—Elena no sabía mirar a nadie a los ojos. Usted, en cambio, mira como si buscara algo que se perdió.

Se retiró con una pequeña reverencia, dejándome con esa frase resonando en mi cabeza. ¿Qué buscaba yo? Sabía que buscaba la salvación de mi madre, pero había algo más. Una curiosidad peligrosa por el hombre que me había comprado.

A media tarde, decidí que no podía seguir fingiendo que el mensaje de "V" en el teléfono de Dante no me importaba. Volví a entrar en la casa y me dirigí hacia la biblioteca. Necesitaba saber más sobre el pasado de los Volkov. Elena nunca se interesó por la historia de la familia de su prometido, pero yo tenía acceso a archivos que ella jamás habría abierto.

Busqué en las estanterías más altas, donde los libros de recortes y las crónicas sociales de hace una década acumulaban polvo. Encontré un volumen forrado en terciopelo azul. Al abrirlo, las páginas amarillentas revelaron un mundo de galas, inauguraciones y... ella.

La mujer rubia de la foto. Su nombre aparecía en los pies de página: Vanessa Sterling. Una heredera de la industria naviera. En las fotos de hace cinco años, ella y Dante aparecían como la pareja perfecta. Él sonreía. Era una sonrisa real, que iluminaba sus ojos y suavizaba sus facciones. Ella lo miraba con una adoración que parecía genuina. Eran los prometidos más envidiados de la sociedad.

Pasé las páginas con el corazón latiendo con fuerza. Boda cancelada. Escándalo financiero. Las noticias se volvieron oscuras. Vanessa lo había traicionado. Había filtrado información confidencial de la empresa Volkov a sus competidores para salvar el imperio en decadencia de su propio padre. Dante no solo perdió millones; perdió la capacidad de confiar.

Cerré el libro de golpe. El polvo pareció entrar en mis pulmones, asfixiándome. Ahora lo entendía todo. Su odio por mi padre, su desprecio por Elena, su contrato gélido. Yo no era más que otra ficha en un juego donde él ya había sido destruido una vez. Mi hermana era la candidata perfecta para su venganza: una mujer superficial y manipulable que confirmaba todas sus sospechas sobre el género femenino.

Pero entonces llegué yo. Zoe. La sustituta que pintaba tormentas y cuidaba de los empleados. La que lo desafiaba con la mirada y no pedía joyas.

Un ruido en el piso de abajo me puso en alerta. Arthur no solía recibir paquetes a esta hora. Bajé las escaleras lentamente y vi a un hombre en el vestíbulo. No era Dante. Era un hombre joven, de unos treinta años, vestido con una elegancia relajada, casi bohemia. Estaba hablando con Arthur en tono bajo.

—Dile que solo pasaré a recoger los documentos que dejó sobre el escritorio —decía el desconocido.

—El señor Volkov dio órdenes de que nadie entrara en su despacho, señor Miller —respondió Arthur con firmeza.

—Soy su mejor amigo y su abogado principal, Arthur. Dante no se enfadará conmigo.

Me aclaré la garganta desde el último escalón. Ambos hombres se giraron. El tal Miller me recorrió con una mirada analítica que me hizo sentir incómoda de inmediato. No era la mirada lasciva de los amigos de mi padre; era una mirada de reconocimiento.

—Vaya, vaya. Así que aquí está la famosa "Elena" —dijo, caminando hacia mí con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Soy Julian Miller. He oído mucho sobre tu... transformación.

—Encantada, Julian —dije, manteniendo la máscara de mi hermana—. Dante no mencionó que vendrías.

—Dante rara vez menciona lo que le importa —Julian se detuvo frente a mí, demasiado cerca—. Te ves diferente, Elena. Mucho más... serena. ¿Es el aire de la montaña o es que finalmente te diste cuenta de que el dinero de Dante no se gasta tan fácil como el de tu padre?

—He tenido mucho tiempo para reflexionar, Julian. Y prefiero que no hables de mis finanzas personales en medio del vestíbulo.

Él se rió, pero sus ojos seguían fijos en mí. Se acercó un poco más y, por un segundo, su mirada bajó hacia mi brazo izquierdo. El brazo donde Elena tenía una pequeña cicatriz de un accidente de equitación cuando era niña. Yo no la tenía. Sentí un frío glacial recorrerme la espalda. Recordé el Bloque 2 de mi propia hoja de ruta: el mejor amigo nota la ausencia de la cicatriz.

—¿Te has hecho algún tratamiento láser, querida? —preguntó con una voz cargada de veneno—. Tu piel se ve impecable. Casi como si fuera... nueva.

—La tecnología estética hace milagros hoy en día —respondí, escondiendo el brazo tras mi espalda con elegancia—. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer. Arthur, acompaña al señor Miller al despacho, si es que tiene la autorización necesaria.

Me retiré hacia las escaleras sin mirar atrás, pero sentía su mirada clavada en mis omóplatos. La sospecha de Julian era una mecha encendida. Si él hablaba con Dante, el poco terreno que yo había ganado se perdería.

Me encerré en mi habitación, temblando. La red se estaba cerrando. Vanessa Sterling acechaba en las sombras, Julian Miller olía el engaño y Dante... Dante era un volcán a punto de entrar en erupción.

Al caer la noche, el hambre me obligó a bajar de nuevo. La mansión estaba en silencio absoluto. Rosa y Arthur ya se habían retirado a sus dependencias. Fui a la cocina y me preparé un té, tratando de calmar mis nervios. Mientras esperaba que el agua hirviera, escuché el sonido de un motor en la entrada.

No era posible. Dante no regresaba hasta mañana.

Me acerqué a la ventana y vi el coche negro. La puerta se abrió y él salió. Caminaba con una rigidez que gritaba cansancio y furia. Entró en la casa con un estruendo, tirando las llaves sobre la mesa de la entrada.

Fui hacia el vestíbulo, todavía con la taza en la mano. Al verlo, me detuve en seco. Tenía la camisa desabrochada, el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre. No era el CEO impecable. Se veía... destrozado.

—Dante, ¿qué haces aquí? —pregunté suavemente.

Él levantó la vista. Al verme, su expresión pasó de la confusión a una rabia sorda. Se acercó a mí con pasos pesados, acorralándome contra la columna de mármol del vestíbulo.

—¿Por qué estás despierta? —rugió—. ¿Esperabas a alguien? ¿A Miller, quizás?

—Estaba tomando un té, Dante. ¿Qué te ha pasado?

—Lo que me pasa es que estoy harto de las mentiras —me arrebató la taza de la mano y la puso sobre un mueble sin cuidado—. He tenido que lidiar con tres días de buitres en Nueva York, solo para volver y encontrarme con que mi "esposa" ha estado recibiendo visitas masculinas.

—Julian es tu amigo, él solo vino por unos papeles...

—Julian es un perro de presa —me interrumpió, poniendo sus manos a ambos lados de mi cabeza—. Y me ha llamado para decirme que algo no encaja contigo. Que tu piel no cuenta la misma historia que tus documentos.

La respiración se me cortó. Estábamos a milímetros de distancia. Podía oler el alcohol en su aliento, un olor fuerte que se mezclaba con su fragancia habitual. Estaba borracho. El hombre que nunca perdía el control estaba ebrio de poder y de dolor.

—Dante, estás borracho. Vamos a tu habitación.

—No me digas qué hacer —susurró, su voz volviéndose peligrosamente suave—. No me hables con esa voz de ángel cuando sé que eres un demonio enviado por tu padre para terminar de vaciarme.

Su mano subió y tomó mi cuello, no para apretar, sino para obligarme a mirarlo. Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad devoradora. Vi en ellos una súplica oculta, un vacío que ninguna cantidad de dinero podía llenar.

—Dime tu nombre —ordenó—. Dime tu verdadero nombre, Zoe.

—Ya lo sabes, Dante —respondí, con lágrimas empezando a nublar mi vista—. Lo escribiste en tu cuaderno. Me viste en el jardín. Sabes quién soy.

Él cerró los ojos y apoyó la frente contra la mía. Por un momento, el Glaciar se derritió. Sentí un sollozo ahogado vibrar en su pecho.

—Vanessa... —susurró.

El nombre cayó entre nosotros como un bloque de granito. Me quedé helada. En su embriaguez, en su dolor, él no me estaba viendo a mí. Estaba viendo al fantasma que lo habitaba. Me alejé de él con un movimiento brusco, sintiendo una puñalada de celos y tristeza que no esperaba.

—No soy Vanessa, Dante. Soy Zoe. Y tú eres un hombre que prefiere vivir en el pasado antes que aceptar que alguien pueda quererte por quien eres, no por lo que tienes.

Me di la vuelta para subir las escaleras, pero él me tomó de la cintura y me giró con una fuerza que me dejó sin aliento. Me pegó a su cuerpo y, antes de que pudiera protestar, sus labios se estrellaron contra los míos.

No fue un beso de amor. Fue un beso de desesperación, de reclamo, un choque de dientes y necesidad. Sabía a whisky y a soledad. Durante un segundo, luché contra él, empujando su pecho de acero, pero mi propio cuerpo me traicionó. Mis manos se enredaron en su cabello y le devolví el beso con la misma furia, con la misma hambre.

Era el beso robado pero no se sentía como un triunfo. Se sentía como una caída libre hacia un abismo donde ninguno de los dos sabía volar. Él se separó de golpe, mirándome con una mezcla de horror y deseo.

—Vete —dijo con la voz rota—. Vete antes de que haga algo de lo que ambos nos arrepintamos.

Subí las escaleras corriendo, con el sabor de su beso quemándome los labios y el eco del nombre de otra mujer martilleando en mis oídos. Me encerré en mi habitación y me dejé caer contra la puerta, llorando en silencio.

El contrato de cien días se había convertido en una guerra de trincheras. Él sabía mi nombre, pero seguía buscando a otra en mi piel. Y yo... yo me estaba enamorando del hombre que me llamaba por el nombre de su enemiga mientras me besaba con la fuerza de un naufragio.

La noche fuera seguía siendo oscura y lluviosa, pero el verdadero frío ya no venía del exterior. Venía de la certeza de que, en esta jaula de oro, los corazones eran lo único que no se podía comprar, y el mío acababa de ser vendido al mejor postor sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

1
Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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