En la penumbra donde los demás temen mirar, él tejió su reino de silencio y veneno.
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Capítulo 17
El Solar de los Lotos era una maravilla arquitectónica de cristal y hierro forjado que se alzaba sobre los jardines colgantes del palacio. Era el lugar preferido por la alta nobleza de Vesperia para las recepciones matutinas, donde el sol filtrado por las cristaleras suavizaba las facciones de los cortesanos y el aroma del té importado de las colonias del sur camuflaba el olor a conspiración.
Esa mañana, el aire estaba inusualmente denso. La noticia de la ruptura del compromiso entre los Varyn y los Kaelen había corrido como la pólvora, y todos sabían que la mano que había prendido la mecha pertenecía a Atraeus. Sin embargo, el centro de atención se había desplazado hacia la delegación de las Tierras Altas. Lord Ormand, con su porte de guerrero envejecido pero aún letal, presidía la mesa principal junto a su hija Selene, quien parecía una estatua de mármol pálido bajo su velo de encaje.
Atraeus entró en el solar acompañado por Thera. Ella vestía un traje de seda color oro viejo, ajustado como una segunda piel, con un cinturón de eslabones de bronce que tintineaban suavemente. Su presencia era un desafío constante a la etiqueta; ella no era una dama, era una advertencia.
—Huelen el miedo —susurró Thera al oído de Atraeus, su voz apenas un roce contra su piel—. Ormand cree que tiene la soga alrededor de tu cuello porque Selene te reconoció. Está esperando el momento justo para apretarla.
—Déjalo esperar —respondió Atraeus, su rostro impasible—. Un hombre que espera demasiado termina olvidando que el tiempo también es un arma.
Se acercaron a la mesa principal. La conversación cesó abruptamente. Lord Ormand se puso de pie, su mano derecha descansando sobre el pomo de una daga ceremonial. Sus ojos, del mismo azul gélido que los de su hija, se clavaron en Atraeus con un odio que había fermentado durante quince años.
—Lord Atraeus —dijo Ormand, arrastrando las sílabas con desprecio—. Es curioso veros en una recepción de té. Pensé que preferíais los callejones oscuros y el sabor de la sangre al refinamiento de la corte.
—El refinamiento es solo otra forma de guerra, Milord —Atraeus hizo una inclinación de cabeza tan leve que resultó insultante—. Y he oído que las Tierras Altas están pasando por una sequía de aliados... y de recursos. He traído un regalo para aliviar vuestra estancia en Vesperia.
Hizo una señal y cuatro sirvientes de su propia casa entraron cargando un juego de té de porcelana negra, fina como el ala de una libélula, con bordes de oro líquido. Pero lo más llamativo no era la vajilla, sino las hojas de té que desprendían un aroma terroso, casi metálico.
—Es té de la Raíz de Ceniza —explicó Atraeus mientras los sirvientes comenzaban la ceremonia de infusión—. Crece únicamente en los campos quemados de Astrael. Dicen que las raíces se alimentan de los recuerdos de la tierra. Si se prepara correctamente, puede revelar verdades que han estado ocultas durante décadas.
Selene palideció visiblemente. Sus manos, entrelazadas sobre su regazo, temblaron. Lord Ormand, sin embargo, soltó una carcajada ronca.
—¿Trucos de salón, Atraeus? ¿Magia de mercadillo para asustar a los nobles? Mi hija me ha hablado de vos. Dice que tenéis un parecido asombroso con alguien que conocimos... alguien que debería estar muerto.
La corte contuvo el aliento. Era el momento. Ormand estaba a punto de lanzar la acusación formal. Si Selene hablaba ahora, si pronunciaba el nombre de Alysander de la Casa de los Halcones ante los testigos presentes, la guardia de la ciudad tendría que actuar.
Atraeus sonrió, y fue una visión aterradora.
—La memoria es traicionera, Milord. Especialmente la de aquellos que huyen cuando el fuego comienza a arder. —Atraeus tomó una taza de té y la sostuvo frente a Ormand—. Pero antes de que Lady Selene hable, permitidme que os ofrezca el primer sorbo. Es costumbre en mi casa... en la casa que represento... que el traidor beba primero de la copa de la verdad.
—¿Me llamáis traidor en mi propia mesa? —Ormand se puso rojo de furia, su mano apretando el arma.
—Llamo traidor a quien firmó el Pacto de las Sombras con los invasores de Astrael hace quince años —dijo Atraeus, su voz elevándose lo justo para que cada noble en el solar lo escuchara—. Llamo cobarde al hombre que vendió la ubicación de las defensas de la ciudad a cambio de que sus propias tierras fueran respetadas. Y llamo necio al hombre que no se dio cuenta de que yo guardé las copias de esos contratos.