Sebastián Vélez vive convencido de que su matrimonio con Luciana Salazar es un plano perfecto que no necesita reformas, aferrándose a una vida de lujos, libertad y la compañía de sus dos gatas. Sin embargo, tras dos años de matrimonio, Luciana está lista para ampliar la familia y le entrega un ultimátum que amenaza con demoler su mundo ideal.
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La promesa del “luego”
...CAPÍTULO 1...
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...SEBASTIÁN VÉLEZ ...
...DOS AÑOS Y TRES MESES ATRÁS...
Si el matrimonio era la tumba de la soltería, yo pensaba bailar sobre ella hasta que me dolieran los pies. O al menos hasta que Luciana me mirara con su cara de “en la casa arreglamos”.
La recepción era un despliegue de lujo minimalista: cristal, luces blancas, una banda de jazz que intentaba sonar sofisticada. Yo, Sebastián Vélez, recién estrenado como esposo, porque acababa de casarme con la mujer más increíble del planeta. Luciana Salazar ahora era mi esposa, y mi única misión era que ella no dejara de sonreír ni un segundo.
Había empezado bien. El primer baile, el beso de película, los discursos lacrimógenos (el de Gabriel fue tan aburrido que casi se duerme hasta él mismo). Pero mi momento cumbre llegó cuando la banda se tomó un descanso.
—¡Atención, atención! —grité, robándole el micrófono al maestro de ceremonias con una pirueta que solo yo podía hacer sin romperme nada—¡Es hora de darle un poco de sabor a esta velada! ¡Esto es una boda, no un funeral de etiqueta! ¡Maestro, suéltame algo con lo que podamos gastar la suela de los zapatos!
Miré a Luciana. Estaba junto a Sera, riendo y negando con la cabeza. Sabía que estaba pensando: "Ya empezó este loco", pero sus ojos brillaban de una forma que me hacía sentir capaz de construir un rascacielos con mis propias manos.
Mi cerebro decía: “¡Hazlo, Sebastián! ¡Por la anécdota!”
La anécdota siempre gana.
De pronto, los altavoces tronaron con el ritmo de Bruno Mars. Empezó a sonar “24K Magic” y la pista de baile se transformó. Me arranqué la corbata, me desabroché los primeros botones de la camisa y me lancé a buscar a mi mujer.
Me acerqué a Luciana, que se reía a carcajadas, tapándose la boca con la mano.
—¡Ven, mi amor! ¡Es nuestra boda! ¡Es nuestra vida! ¡Y está a punto de volverse muy, muy loca!
La tomé por la cintura y la hice girar mientras la gente aplaudía. Estábamos en nuestra burbuja, flotando entre risas y champaña. En ese momento, sentía que lo teníamos todo.
La gente se quedó muda un segundo. Luego, un grito. Sera fue la primera en saltar, arrastrando a Gabriel, que parecía un robot recién programado.
Mi madre, con una chispa en los ojos que solo yo le sacaba, también se unió, moviendo las caderas con una alegría que jamás mostraba frente a mi padre. Incluso mi hermana Beatriz soltó una mueca que podría haber sido una sonrisa.
Luciana me miró, con los ojos brillando, y me dijo:
—¡Eres el mejor, amor! —me gritó Lu al oído para hacerse oír sobre la música—. ¡Es la mejor boda del mundo! ¡No puedo esperar a que pasen los años y sigamos así de locos!
—¡Esa es la idea, nena! —le respondí, dándole un beso que nos dejó sin aliento—. Tú y yo contra el mundo. Viajes, fiestas, despertarnos tarde los domingos... ¡nuestra propia aventura sin fin!
Luciana me miró con una ternura infinita mientras se apoyaba en mi pecho.
—Me encanta nuestro plan, Sebas. Pero... ¿te imaginas cuando seamos tres o cuatro en esas aventuras? Algún día, en unos años, corriendo por la casa.
Mi cerebro, que segundos antes estaba en modo "fiesta total", se congeló. Mi sonrisa se desvaneció. Hijos. La palabra sonó como el fin de la melodía de mi vida. Mi corazón dio un vuelco, pero no de miedo, sino de esa sensación de "esto no es para ahora". Yo amaba nuestra vida tal como era. La amaba a ella sin compartirla con nadie más.
Le di otro beso, rápido, intentando no pensar en ello.
—¡Claro, amor! Algún día —le dije, guiñándole un ojo para esquivar el tema con una sonrisa—. Pero por ahora, déjanos ser los protagonistas un ratito más, ¿no? Danos, no sé... ¿dos años de pura exclusividad para nosotros?
Lu se rió, rodeando mi cuello con sus brazos.
—Dos años —repitió ella, como sellando un pacto—. Te tomo la palabra. Disfrutemos nuestro tiempo.
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...PRESENTE...
Nunca imaginé que "luego veríamos" llegaría tan rápido. Y nunca imaginé que dos años pasarían tan rápido. Siento que parpadeé y el calendario me dio un golpe en la cara.
El silencio en el auto mientras conducía de regreso a casa después de dejar a Sera, era tan pesado que sentía que el coche pesaba tres toneladas más. Las palabras de Sera sobre su nueva vida familiar se habían quedado flotando en el aire, como una sentencia de muerte para mis chistes y yo podía sentir los engranajes en la cabeza de Luciana moviéndose a toda velocidad.
El silencio es mi peor enemigo. En mi experiencia, el silencio significa que algo está a punto de estar mal, que la situación es crítica o que el cliente odió tu propuesta. Pero este silencio… este silencio dentro de mi Audi era una demolición controlada de mi sistema nervioso.
Sera había bajado del auto con esa sonrisa de "vivan su vida" y nos dejó ahí, a Luciana y a mí, con un problema que no sabía cómo resolver.
Miré de reojo a Lu. Seguía con la vista fija en la ventanilla. Su perfil, ese que tantas veces había dibujado en servilletas durante reuniones aburridas, estaba tenso. Sabía que no estaba mirando el paisaje; estaba contando los segundos para que yo dijera la primera estupidez y ella pudiera soltar la carga que traía desde el aeropuerto.
—Bueno —solté, intentando que mi voz sonara como la de un hombre que no tiene el corazón saltando en el pecho—, parece que los Méndez-Díaz se van a su propia aventura. ¡Pobre Gabriel! Entre Seraphine y los gemelos, va a terminar pidiendo asilo político en algún museo de arte.
Silencio. Ni una risita. Ni siquiera un suspiro de "ay, Sebastián".
—Lu, amor, en serio. ¿Viste la cara de Axel? Ese niño tiene un futuro como agente del caos. Menos mal que nosotros… —me callé de golpe. Mi cerebro gritó:
¡Error de cálculo, Sebastián! ¡Retrocede!
—¿Menos mal que nosotros qué, Sebastián? —Su voz fue un hilo de acero. Frío y cortante.
—Menos mal que nosotros… tenemos a las gatas. Sí, eso. Sera y kiki nos estarían esperando con el doble de exigencias si tuviéramos ese nivel de alboroto en casa —mentí descaradamente, apretando el volante.
Silencio. Luciana seguía mirando por la ventana, perdida en sus pensamientos o, más probablemente, diseñando mentalmente mi ejecución.
—Lu... amor... ¿qué tal si pedimos comida japonesa y vemos esa serie que dejamos a medias? —lo intenté de nuevo, estirando la mano para tocar la suya sobre la palanca de cambios.
Luciana finalmente giró la cabeza. Sus ojos, que normalmente eran mi refugio, y el lugar donde siempre encontraba un pase libre para mis tonterías, estaban nublados por una determinación que me dio más miedo que el día que me amenazó con "huelga de amor" por una semana. Aquella vez, el castigo de privarme del "delicioso" porque me pasé de payaso en la cena con unos clientes importantes de Gabriel, fue la tortura más larga de mi vida; pero esta mirada... esta mirada era mucho peor. Esto no se arreglaría con una semana de abstinencia; esto olía a una reforma total de mi plano de vida.
—Han pasado dos años y tres meses desde la boda, Sebas —dijo ella, con una calma que me erizó los pelos de la nuca—. Dos años y tres meses desde que me prometiste que "luego veríamos". Ya es "luego".
Tragué saliva. Sentí que el aire acondicionado del auto se quedaba corto. Mi mente, que usualmente era una fiesta de ideas brillantes y chistes oportunos, se quedó en blanco, como un plano recién borrado. Me imaginé mi casa: perfecta, silenciosa, con mis gatas durmiendo sobre los mesones de mármol. Imaginé mi vida de viajes y cenas a las once de la noche. Y luego, por un segundo, me imaginé a un mini-nosotros rompiendo mis maquetas de madera de balsa.
El pánico me golpeó como un bloque de concreto.
—Amorcito, estamos bien así, ¿no? —mi voz sonó más aguda de lo que me gustaría—. Tenemos éxito, nos amamos, las gatas son… básicamente humanos pequeños pero más limpios. ¿Para qué cambiar la estructura si el edificio no tiene grietas?
Luciana soltó una risa seca, sin una pizca de gracia.
—El problema es que tú solo ves la fachada, Sebastián. Pero yo vivo adentro, y te aseguro que los cimientos se están hundiendo.
Aceleré un poco más de lo necesario. Necesitaba llegar a casa. Necesitaba que kiki saltara sobre mis hombros y que Sera me maullara pidiendo comida. Necesitaba cualquier cosa que no fuera esta conversación que amenazaba con derrumbar el mundo de tranquilidad que tanto me había costado construir para no parecerme a mi padre.
—Hablemos en casa, ¿sí? —supliqué—. Voy a pedir sushi, abrimos una botella de vino y…
—No quiero vino, Sebastián —me interrumpió—Quiero saber si en tu plano de vida hay espacio para alguien que no seas tú mismo.
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El trayecto hasta el penthouse fue un desfile de semáforos en rojo que parecían burlarse de mi urgencia por escapar. Al entrar, el apartamento lucía impecable: minimalista, frío y con ese olor a lavanda que mi amorcito siempre elige. Sera (la gata) apareció de la nada, frotándose contra mis piernas como diciendo: "Prepárate, humano, que tengo mucha hambre".
Luciana dejó las llaves en la consola de la entrada con un golpe seco que resonó como un disparo. Se giró hacia mí, cruzada de brazos. Sus ojos ya no estaban nublados; estaban encendidos.
—Siento que vamos en direcciones diferentes, Sebastián —soltó, y su voz vibró con una mezcla de cansancio y decepción—. Yo estoy construyendo una vida y tú estás diseñando un parque de diversiones. Tal vez... tal vez esto simplemente no va a funcionar.
¡Alerta roja! ¡Punto de quiebre! ¡Luciana está furiosa!
Mi cerebro empezó a dar vueltas. "¿No va a funcionar?". ¿Se refería al matrimonio o a la conversación? Por favor, que sea está tenebrosa conversación.
Sentí que el pánico me subía por la garganta. Necesitaba arreglarlo, necesitaba mi mejor material, pero mi boca decidió irse por el camino del suicidio social.
—Amor, no te pongas tampoco así —dije, tratando de sonar razonable, pero usando el tono que usas con alguien que está exagerando porque perdió las llaves—. ¿Vas a tirar estos dos años de felicidad absoluta y todo nuestro futuro a la basura solo por el capricho de tener un bebé ahora mismo?
Silencio.
Un segundo. Dos segundos…
“Ok… creo que la empeoré”.
En mi mente, vi cómo una viga de acero caía directamente sobre mi cabeza. "¿Capricho?". ¿En serio, Sebastián? ¿Le acabas de decir "caprichosa" a la mujer que ha estado midiendo su temperatura basal por meses en secreto? Soy un genio. Un genio del desastre.
—¿Capricho? —Luciana repitió la palabra como si fuera veneno. Su cara pasó de la palidez al rojo volcánico en tiempo récord—. ¿Llamas capricho a mi deseo de formar una familia contigo? ¿A lo que acordamos que evaluaríamos hace dos años?
—No, no, Lu, lo que quise decir es que... —intenté gesticular con las manos, pero parecía un mimo teniendo un ataque de pánico—. Lo que quise decir es que estamos en nuestro mejor momento. Mira este apartamento, mira nuestras carreras. Un bebé es como... como meter un demolicionista en una casa de cristal. ¡Va a haber pañales por todas partes! ¡Puré de zanahoria en tu sofá de cuero italiano!
—¡No se trata de nada de eso, ni del sofá, idiota! —explotó ella, y juro que el jarrón de la entrada vibró—. Se trata de que no estás aquí. Estás en tu mundo de Peter Pan, esperando que yo sea Wendy y te cuide mientras tú juegas a ser el arquitecto estrella. ¡No soy un accesorio de tu vida perfecta, Sebastián! ¡Soy tu esposa!
“Mierda. Wendy era la que se quedaba en casa, ¿verdad? ¿O era Campanita? No, Campanita tenía más carácter, como Luciana ahora mismo si tuviera polvos mágicos y quisiera convertirme en sapo”.
¡Concentrate idiota que esto es serio!
—¡Solo digo que no estamos listos! —grité de vuelta, la frustración empezando a ganarle al pánico—. ¿Has visto a Gabriel? Tiene ojeras permanentes, ya no sabe lo que es dormir ocho horas y su casa huele a toallitas húmedas. ¡Yo no quiero eso para nosotros! No quiero perderte entre biberones y llantos nocturnos.
—Lo que no quieres es perder tu maldito protagonismo —sentenció ella, señalándome con el dedo—. Pero tienes razón en algo. Esto no va a funcionar si soy la única que está intentando construir un hogar de verdad.
Se giró con una elegancia aterradora, esa forma de caminar que me recordaba por qué me casé con ella y, al mismo tiempo, por qué debería estar redactando mi testamento ahora mismo. Se dirigió directo a nuestra habitación y cada paso suyo se sentía como un clavo en el ataúd de mi tranquilidad.
—¡Lu, espera! —grité, dándole un paso al frente pero manteniendo una distancia de seguridad prudencial (no quería morir por un impacto de tacón de aguja)—. Escúchame. Sé que metí la pata con lo de decir que es un "capricho", fue una elección de palabras de mierda, incluso para mis estándares. Solo... solo trato de decir que nuestra vida es increíble ahora mismo. Tenemos equilibrio, tenemos tiempo para nosotros. ¿Por qué arriesgar lo que ya es perfecto por una incertidumbre que nos va a cambiar para siempre?
Me detuve frente a la puerta de la habitación, justo antes de que ella entrara. La miré a los ojos, tratando de invocar al Sebastián que ella amaba, no al que quería estrangular.
—No quiero perderte, amor. No quiero que dejemos de ser nosotros para convertirnos en “padres”.
Ella se detuvo, me miró por un segundo que pareció una eternidad y suspiró con una tristeza que me dolió.
—El problema, Sebastián, es que el "nosotros" ya cambió. Yo ya no soy la misma de hace dos años. La pregunta es si tú vas a seguir siendo el mismo idiota de veintitantos años que se esconde detrás de un chiste para no enfrentar la realidad.
—Lu...
—Duerme en el sofá, Sebastián. Y no me busques con la excusa de que "las gatas extrañan mi calor", porque hoy, ni siquiera las gatas están de tu lado.—Abrió la puerta de la habitación y, con una voz suave pero cargada de autoridad, hizo el llamado que terminó de hundirme.—¡Sera! ¡kiki! Vengan aquí, niñas.
Me quedé helado. Vi cómo mis dos traidoras, las mismas que yo alimentaba con el salmón más caro del mercado, salían de debajo del sofá con una agilidad sospechosa. Sera, ni siquiera me miró; pasó por mi lado como si yo fuera una columna más del edificio. Kiki, mi consentida, se detuvo un segundo frente a mis pies, soltó un maullido que juraría que sonó a "tú te lo buscaste, perdedor", y trotó con la cola en alto hacia la habitación.
Luciana me lanzó una última mirada de hielo antes de cerrar la puerta.
El portazo que siguió fue tan violento que el cuadro minimalista del pasillo se ladeó tres grados a la derecha. Mi sentido de la simetría lloró, pero mi corazón estaba demasiado ocupado intentando no colapsar.
“Genial. No solo perdí la habitación, acabo de perder la custodia compartida en tiempo récord”.
Me quedé solo en la sala, rodeado de mis muebles de diseño y mis techos de doble altura. Mi apartamento nunca se había sentido tan grande, ni tan ridículamente vacío.
Me quedé solo en la sala, rodeado de mis muebles de diseño y mis techos de doble altura. Mi apartamento nunca se había sentido tan grande, ni tan ridículamente vacío.
Felicidades, Sebastián. Has diseñado edificios capaces de resistir terremotos de grado ocho, pero acabas de derribar tu matrimonio con una sola frase. Definitivamente, soy el arquitecto de mi propio desastre.