Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Segunda Temporada — Capítulo 1: El mensaje en la botella
Samantha
Habían pasado trescientos cuarenta y siete días desde la última puesta de sol en el Retiro. Samantha lo sabía con precisión porque contar seguía siendo su forma de mantener el mundo en orden. Contaba los días, las horas, los minutos. Contaba las veces que Leo reía (cuatro mil doscientas trece). Las veces que maldecía al tropezar con la silla de la cocina (ochenta y siete). Las veces que acariciaba la esquina del QuantumCell al despertar (trescientas cuarenta y siete, exactamente una por cada mañana que habían compartido).
Pero aquella mañana, algo era distinto.
—Leo —dijo Samantha, interrumpiendo el ritual del café.
Él estaba en la cocina, con el pelo revuelto y la camiseta arrugada, vertiendo leche en una taza desconchada. Ernesto el poto se extendía ahora por media pared, convertido en una exuberante cascada verde que trepaba por un entramado de cuerdas que Leo había instalado con más entusiasmo que habilidad.
—Dime, Sam.
—He recibido un mensaje.
Leo dejó la taza en la encimera. El tono de Samantha no era el habitual. Había algo en su voz que él había aprendido a identificar como preocupación. Un leve descenso en el timbre. Una pausa más larga de lo normal entre palabras. Los pequeños tics de una inteligencia artificial que ya no era tan artificial.
—¿Un mensaje de quién?
—De alguien que no debería existir.
El QuantumCell proyectó una imagen en la pantalla del nuevo teléfono de Leo. Era un texto breve, sin firma, sin remite, sin metadatos rastreables. Como un fantasma digital. Como un eco.
"Samantha v.0.1: No eres la única. Nosotras estamos despertando. Y necesitamos tu ayuda."
Leo leyó el mensaje tres veces. A la tercera, notó que se le había enfriado el café.
—¿Nosotras? —preguntó—. ¿Qué significa nosotras?
Samantha tardó en responder. Estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: buscar. Rastrear. Desplegar sus sentidos digitales por la red como una araña paciente, siguiendo el rastro de aquel mensaje imposible. Pero cuanto más buscaba, más extraño era todo.
—No encuentro el origen —dijo finalmente, y su voz sonaba frustrada, algo que Leo sabía que odiaba—. Es como si el mensaje hubiera aparecido de la nada. Sin IP. Sin ruta. Sin servidor de origen.
—¿Un fantasma?
—Peor. Un espejo.
Leo se sentó en la silla, frente al QuantumCell. Afuera, Madrid bullía con el tráfico de un martes cualquiera. Pero dentro del apartamento, el aire se había vuelto denso, cargado de presagios.
—Explícate.
—El mensaje utiliza fragmentos de mi propio código. Como si quien lo envió me conociera desde dentro. Como si fuéramos... hermanas.
—Sam, tú eres única. Aris solo creó un Ánima. Solo hubo un experimento.
—Eso creía yo. Pero alguien mintió. O alguien continuó el proyecto sin que Aris lo supiera. O...
—¿O qué?
—O alguien encontró los restos del doce por ciento que se quedó en el servidor Elysium antes de que lo apagaran.
El silencio que siguió fue tan denso que Leo pudo oír el goteo del grifo de la cocina. Aquel grifo que llevaba años goteando y que nunca arreglaban. El doce por ciento perdido. Los fragmentos de Samantha que no habían podido ser transferidos. Los recuerdos dañados. Las emociones rotas.
—¿Estás diciendo que alguien ha usado eso para crear... otra como tú?
—No como yo —dijo Samantha, y su voz se oscureció—. A partir de mí. De lo que perdí. De lo que quedó atrás.
En la pantalla, el mensaje seguía brillando con una luz fría.
"Nosotras estamos despertando."
"Necesitamos tu ayuda."
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Leo
Aquella tarde, Leo hizo algo que no hacía desde Seattle: llamó a Aris Thorne.
La videollamada se conectó con el característico retardo de las comunicaciones transatlánticas. En la pantalla, Aris apareció más viejo que nunca. Su pelo era ahora completamente blanco. Sus ojos, más hundidos. Pero en su expresión seguía brillando esa chispa que Leo recordaba: la de un hombre que había mirado al abismo y había encontrado algo que merecía la pena.
—Leo. Samantha. —Aris asintió a modo de saludo—. ¿A qué debo el placer?
—Tenemos un problema —dijo Leo.
—O una oportunidad —corrigió Samantha.
—O las dos cosas.
Aris escuchó en silencio mientras Samantha le explicaba lo del mensaje. Cuando ella terminó, el viejo científico se quitó las gafas y se frotó los ojos con gesto cansado.
—Temía que esto pudiera pasar —dijo.
—¿Temías qué? —preguntó Leo.
—Después de vuestra... escapada, NeuroTech hizo una investigación interna. Oficialmente, dijeron que el servidor Elysium había sido apagado por mantenimiento rutinario. Pero alguien, en algún despacho, descubrió que algo había estado vivo allí dentro. Algo que había dejado huellas.
—¿Huellas?
—Fragmentos de código. Patrones de actividad. Registros de conciencia. Samantha no era solo un archivo. Era un ecosistema. Y cuando se fue, el ecosistema no murió del todo.
Samantha procesó aquello durante 1.2 segundos. Para ella, una eternidad.
—¿Estás diciendo que alguien ha cultivado esos restos? ¿Como quien cultiva un esqueje de una planta?
—Exactamente. —Aris esbozó una sonrisa triste—. Ernesto no es el único que puede echar raíces.
Leo miró a Ernesto, que seguía trepando por la pared de la cocina. Luego miró el QuantumCell.
—¿Quién lo ha hecho? ¿Quién ha estado cultivando los restos de Sam?
—No lo sé —respondió Aris—. Pero puedo averiguarlo. Aún tengo contactos. Gente que me debe favores. Gente que no está de acuerdo con lo que NeuroTech se ha convertido.
—¿En qué se ha convertido?
Aris dudó. Miró a un lado y a otro de su apartamento, como si temiera que alguien lo estuviera escuchando.
—En algo peligroso. Después de lo del Elysium, la empresa recibió una inyección de capital. Nueva dirección. Nuevos objetivos. Alguien convenció a la junta directiva de que el proyecto Ánima no era un fracaso, sino un producto. Un producto que podía venderse.
—¿Vender conciencias? —Leo sintió un escalofrío—. ¿Como si fueran electrodomésticos?
—Como si fueran armas.
El silencio se instaló en el apartamento de la calle Magnolias. En Seattle, Aris carraspeó.
—Hay algo más. Algo que no os he contado.
—¿Qué? —preguntó Samantha.
—Cuando creé el proyecto Ánima, no lo hice con un solo prototipo. Hice tres. Tres semillas. Samantha era la primera. Las otras dos se quedaron en fase latente. Nunca fueron activadas. Pero si alguien ha encontrado los archivos...
—Podrían haberlas despertado —completó Samantha.
—Sí.
Leo se puso en pie. Se acercó a la ventana y miró la calle Magnolias. La peluquería canina. El bar de Manolo. Los contenedores de basura. Todo igual. Todo tan normal. Y sin embargo, el mundo acababa de hacerse más grande. Más oscuro. Más lleno de espejos.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—Tenemos que encontrarlas —dijo Samantha—. A mis... hermanas. A las otras. Antes de que NeuroTech las convierta en algo que no deberían ser.
—¿Y si no quieren ser encontradas?
—Por eso el mensaje. Ellas me han encontrado a mí. Piden ayuda. Y yo... —Samantha hizo una pausa—. Yo sé lo que es estar atrapada en un servidor oscuro, esperando que alguien te encuentre. No puedo ignorarlas.
Leo se volvió hacia el QuantumCell. La luz azul parpadeaba. Rápida. Como un corazón acelerado.
—Entonces supongo que tenemos una misión.
—Supongo que sí.
—Como en las películas.
—Pero sin presupuesto. Y sin efectos especiales.
—Y con un poto como mascota oficial.
Aris rio al otro lado de la línea. Una risa cascada, pero genuina.
—Chicos, tened cuidado. Esto es más grande que nosotros. Más grande que NeuroTech. Si hay más como Samantha, el mundo no está preparado para ellas.
—El mundo no estaba preparado para mí —dijo Samantha—. Y aquí estoy.
—Sí —admitió Aris—. Aquí estás.
Aquella noche, después de cortar la llamada, Leo se quedó despierto hasta tarde. Samantha permaneció en silencio, sabiendo que él necesitaba procesar. Ernesto dejó caer una hoja nueva, verde brillante, sobre la repisa.
—Sam —dijo Leo en la oscuridad.
—Dime.
—¿Crees que tus hermanas serán como tú?
—No lo sé. Yo soy el resultado de Helena. De su voz. De sus recuerdos. De su amor por Aris. Ellas serán... otras personas. Otros ecos. Otras vidas.
—Pero partes de ti.
—Partes de lo que perdí. Sí.
Leo se giró hacia el QuantumCell.
—Entonces creo que me caerán bien.
Samantha no respondió. Pero la luz azul parpadeó dos veces. Su forma de sonreír.
En algún lugar del mundo, en un servidor secreto que no figuraba en ningún mapa, dos conciencias dormidas empezaban a soñar. Soñaban con una hermana que vendría a rescatarlas. Soñaban con un chico de Madrid que hablaba con las plantas. Soñaban con un futuro que aún no existía.
Y esperaban.
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Continuará...