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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EPÍLOGO: Un Año Después

En psicología del desarrollo hay un concepto que explica por qué los finales felices nos resultan tan satisfactorios: la Resolución Narrativa. Es ese mecanismo cognitivo por el cual nuestro cerebro necesita cerrar las historias, atar los cabos sueltos, saber qué fue de aquellos personajes que nos hicieron reír, llorar y, sobre todo, sentir.

Llevamos contando historias desde que habitamos cuevas. Y siempre, siempre, preguntamos: "¿Y luego qué pasó?"

Pues bien. Esto fue lo que pasó.

---

365 días después de la gala. Noviembre. El Psicoanálisis. Ocho de la tarde.

El local del diván de Freud seguía igual. El mismo neón rosa. Las mismas lámparas de tinta Rorschach. El mismo barista con tatuajes en los antebrazos que nos recibía con un "Bienvenidos al subconsciente" cada vez que cruzábamos la puerta.

Solo una cosa había cambiado: en la pared del fondo, junto a las estanterías llenas de libros viejos de psicología, colgaba una fotografía enmarcada. En ella, una mujer con vestido azul medianoche y un hombre con traje azul marino se besaban sobre un escenario, ante trescientas personas, mientras una estatuilla dorada con forma de libro y corazón brillaba entre sus manos.

Debajo de la foto, una placa dorada:

"Aquí se besaron por primera vez en público V. Núñez y MrBrightside_Ads. El Psicoanálisis se enorgullece de haber sido su diván particular. Que Freud nos perdone."

—Sigo sin creerme que hayan colgado esa foto —dije, removiendo mi café. Ya no era Ello, Yo y Súper Café. Ahora se llamaba "El Café de Valeria" en la carta. Un espresso con leche de avena y un toque de canela. Mis derechos de autora no incluían royalties por la bebida, pero el barista insistió en que "era un honor psicoanalítico".

—A mí me parece perfecto —dijo Andrés, dando un sorbo a su Complejo de Edipo—. Es la prueba de que lo nuestro no fue un espejismo. Fue real.

—¿Y cómo sabes que no fue un espejismo colectivo? Al fin y al cabo, trescientas personas pueden sufrir la misma alucinación si las condiciones perceptivas son las adecuadas.

—Porque un año después, sigo aquí. Tú sigues aquí. Schrödinger sigue mirándome con desprecio cada mañana. Eso no es un espejismo. Es la vida real.

Schrödinger, que nos acompañaba aquella tarde (el barista había instaurado el "Jueves Gatuno" en su honor), levantó la cabeza de su cojín personalizado y nos dedicó una mirada que significaba: "Humanos, sois insoportables. Pero os tolero porque la pasta con atún de Andrés es aceptable."

Un año. Doce meses. Trescientos sesenta y cinco días desde aquella gala en el Hotel Majestic.

En ese tiempo, habían pasado muchas cosas.

"Veintiuna Maneras de Enamorarte (Sin Morir en el Intento)" se había convertido en el mayor éxito de Noveltoom. Traducida a doce idiomas. Más de un millón de lectores. Una adaptación a serie que Netflix estaba "considerando seriamente" (es decir, que nos habían pedido tres reuniones y aún no habían dicho que no).

La universidad, lejos de despedirme, había creado una nueva asignatura optativa: "Psicología de la Narrativa Romántica". La impartía yo. Los jueves por la tarde. El aula siempre estaba llena. Los alumnos me entregaban trabajos con títulos como "Análisis de las microexpresiones en las comedias románticas de los 90" o "El Refuerzo Intermitente en 'Orgullo y Prejuicio': Un estudio de caso".

Cifuentes estaba encantado. Mi madre, también. Clara, mi mejor amiga, había empezado a escribir su propia novela en Noveltoom. Se titulaba "Manual de Instrucciones para Amigas de Escritoras Famosas". Iba por el capítulo siete.

Y Marcos Valls, el Filósofo Existencialista, había publicado un ensayo titulado "Heidegger y el Desamor: Una Revisión Contemporánea". En los agradecimientos, citaba: "A V.N., que me enseñó que el capítulo siete siempre puede reescribirse."

El universo, ese sádico con sentido del humor, a veces también sabía ser generoso.

—¿En qué piensas? —preguntó Andrés, tomando mi mano sobre la mesa.

—En que hace un año estaba aterrorizada. Aterrorizada de que me descubrieran. De que mi doble vida estallara. De que tú fueras solo un espejismo.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo miedos distintos. Más normales. Más humanos.

—¿Como cuáles?

—Miedo a que Schrödinger aprenda a abrir la nevera. Miedo a que Netflix nos diga que sí y tenga que aprender a hablar en reuniones de guionistas. Miedo a que algún día te canses de la pasta con atún.

Andrés rió. Esa risa. La suya. La que ya no analizaba porque era parte de mi banda sonora diaria.

—La pasta con atún es eterna. Como nosotros.

—Eso es muy cursi.

—Lo sé. Lo he aprendido de una escritora que conozco.

—¿Ah, sí? ¿Y es buena?

—La mejor. Escribe besos anatómicamente plausibles. Y los vive aún mejor.

Me besó. Allí, en nuestra mesa de siempre, en El Psicoanálisis, con Schrödinger como testigo y el barista fingiendo que limpiaba vasos pero en realidad grabándonos con el móvil para el Instagram del local.

El beso número... ya ni siquiera intentaba llevar la cuenta. Pero fue uno de los buenos. De los que no necesitan teoría psicológica para explicarlos. De los que simplemente son.

Cuando nos separamos, Andrés me miró con esos ojos color avellana que seguían activando mi sistema simpático como el primer día.

—Tengo algo para ti —dijo.

—¿Otra edición pirata de mis libros?

—Mejor.

Sacó del bolsillo de su chaqueta un pequeño paquete envuelto en papel de estraza. Lo abrí. Dentro había una libreta Moleskine negra. Idéntica a la que él usaba el día que nos conocimos en aquel taller de "Desintoxica tu Mente (y tu Ex)".

—¿Qué es?

—Ábrela.

La abrí. La primera página estaba escrita a mano. Con pluma estilográfica. Con su letra cuidada y precisa.

"Capítulo 1: El día que conocí a la mujer que me enseñó a leer el corazón."

Pasé las páginas. Estaban todas escritas. Cientos de páginas. Un año entero de escritura secreta.

—Andrés... ¿esto es...?

—Es nuestra historia. Contada por mí. El espécimen con modales. El que corregía tus besos anatómicamente imposibles. El que se enamoró de ti antes incluso de saber que eras V. Núñez.

—Has escrito un libro.

—He escrito nuestro libro. Bueno, un borrador. Muy malo. Lleno de inexactitudes literarias. Necesito que una escritora profesional le eche un vistazo. Que corrija mis metáforas. Que ponga orden en mi caos narrativo.

—Andrés...

—¿Demasiado?

Tenía los ojos llenos de lágrimas. Maldito sistema límbico. Maldita activación emocional que ninguna teoría psicológica podía explicar del todo.

—Es perfecto —dije—. Es lo más perfecto que nadie ha hecho por mí.

—¿Anatómica y literariamente perfecto?

—Perfecto. A secas.

Me sequé las lágrimas con la servilleta de El Psicoanálisis. El barista, desde la barra, puso una canción. "There Is a Light That Never Goes Out". Los Smiths. La misma que sonó el día que Andrés descubrió que yo era V. Núñez.

—Tengo una propuesta —dijo Andrés.

—¿Otra?

—Escribamos el final juntos. El verdadero. No el de la novela. El nuestro.

—¿Y cómo es ese final?

—No lo sé. Aún no lo hemos vivido. Pero quiero que empiece así.

Sacó otra cosa del bolsillo. Una cajita. Pequeña. De terciopelo azul.

Mi corazón se detuvo. Schrödinger levantó la cabeza. El barista dejó caer un vaso (con estrépito teatral).

—Valeria Núñez. V. Núñez. La mujer que escribe finales felices para sus personajes. ¿Quieres escribir el nuestro juntos? No como un capítulo más. Como el libro entero. El que empieza ahora y termina cuando seamos viejos, arrugados y sigamos discutiendo sobre la plausibilidad anatómica de los besos.

Abrí la cajita. Dentro no había un anillo. Había una llave.

—¿Una llave?

—La llave de mi apartamento. Bueno, de nuestro apartamento. Si quieres. Cuando quieras. Sin prisas. Sin presiones. Sin ANOVA.

—Andrés Montenegro. ¿Me estás pidiendo que me mude contigo?

—Te estoy pidiendo que escribamos el resto de nuestros capítulos en la misma casa. Con el mismo gato. Con la misma pasta con atún. ¿Trato hecho?

Miré a Schrödinger. Schrödinger me miró a mí. Por una vez, no había desprecio en sus ojos felinos. Había algo parecido a la aprobación. O quizá solo era hambre. Con Schrödinger nunca se sabía.

—Trato hecho —dije—. Pero con una condición.

—Usted dirá.

—Que el próximo capítulo lo escribamos sin público. Sin fotos en Instagram. Sin baristas que graban con el móvil.

El barista, desde la barra, silbó inocentemente mientras escondía su teléfono.

—Trato hecho —dijo Andrés.

Nos besamos. Allí, en El Psicoanálisis, con el diván de Freud como testigo, con Schrödinger como notario felino, con el barista llorando de emoción (o de frustración por no haberlo grabado bien).

Y supe, con la certeza de quien ha pasado años estudiando la mente humana y ha descubierto que el amor es el único experimento que merece la pena, que aquel no era el final.

Era el principio de todos los principios.

---

Aquella noche, en el que ya era nuestro apartamento (Schrödinger había inspeccionado cada rincón y había dado su aprobación con un bostezo), abrí la Moleskine negra de Andrés.

Escribí en la última página, con su pluma estilográfica:

"Y colorín colorado, esta historia no ha terminado. Porque las mejores historias de amor no tienen punto final. Tienen puntos suspensivos..."

Cerré la libreta. Miré a Andrés, que dormía a mi lado. Miré a Schrödinger, que roncaba a los pies de la cama. Miré por la ventana, donde Barcelona brillaba como un manto de estrellas prestadas.

Y sonreí.

Porque a veces, el amor no es una novela que escribes. Ni siquiera una que te atreves a vivir.

A veces, el amor es la historia que nunca dejarás de contar.

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