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La Extra Y El Demonio.

La Extra Y El Demonio.

Status: Terminada
Genre:Demonios / Reencarnación / Fantasía épica / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.

Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio

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Capítulo 19

Una antigua maga de las sombras, Silvanie, habitaba en un castillo en ruinas, manipulando la oscuridad a su antojo.

El viaje hacia el este, siguiendo el rastro del Espejo de las Verdades Ocultas, los llevó a través del Valle de los Velos, un lugar donde la realidad parecía deshilacharse. El cielo no era azul ni negro, sino de un gris violáceo permanente, y la niebla se enroscaba en los tobillos como dedos suplicantes. En el centro de este desierto de piedra se alzaba el Castillo de Umbra. Alguna vez fue una joya de la arquitectura antigua, pero ahora era un esqueleto de obsidiana y mármol negro, cuyas torres se retorcían hacia el cielo como manos desesperadas.

—Siento una presión en las sienes —dijo Astrid, llevándose una mano a la cabeza. El cristal en su pecho pulsaba con una luz roja de advertencia—. Hay algo aquí que odia la luz. No es solo oscuridad, es... hambre.

Mason se detuvo, su sombra se alargaba de forma antinatural, fundiéndose con las manchas oscuras del suelo. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad febril.

—Es ella —susurró Mason. Su voz sonaba ronca, cargada de un temor que rara vez mostraba—. Silvanie. Fue maestra de las artes prohibidas mucho antes de que Balin naciera. Dicen que cambió su corazón por un fragmento del vacío absoluto.

—¿Podemos rodear el castillo? —preguntó Ronan, desenvainando su espada. El metal bendecido emitía un suave zumbido de protesta contra el ambiente.

—No —respondió Faelan, consultando el mapa de hoja dorada—. El camino al Templo de las Sombras Blancas pasa por el patio central de esta fortaleza. Silvanie ha doblado el espacio a su alrededor; si intentamos rodearlo, caminaremos en círculos hasta que el hambre nos consuma.

A medida que cruzaban el puente levadizo, que crujía bajo sus pies como huesos secos, las sombras de las paredes comenzaron a despegarse. No eran seres físicos, sino jirones de oscuridad que susurraban los nombres de sus miedos más profundos.

—Astrid... —susurró una sombra con la voz de su madre fallecida.

—Fracasado... —le siseó otra a Ronan.

—¡No escuchéis! —gritó Astrid, concentrando la energía del cristal. Una cúpula de luz blanca estalló a su alrededor, dispersando momentáneamente los jirones—. ¡Seguid adelante!

Llegaron al gran salón del trono, un espacio inmenso donde el techo había desaparecido, revelando el cielo turbio. En el centro, sentada en un trono hecho de humo sólido, estaba Silvanie. No parecía una anciana, sino una mujer de una belleza gélida y terrible, con cabello que fluía como tinta en el agua y ojos que eran dos pozos de negrura infinita.

—Vaya, vaya... —la voz de Silvanie resonó no en el aire, sino directamente en sus médulas óseas—. La pequeña mística que juega a ser reina, el caballero que busca un honor que ya no existe y... —sus ojos se fijaron en Mason, y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios—. El Guardián que ha olvidado su propia naturaleza. Ven aquí, pequeño demonio. Huelo el aroma de la caída en tu alma.

Mason dio un paso al frente, casi como si estuviera en trance. Astrid intentó agarrarlo de la mano, pero un muro de oscuridad sólida surgió entre ellos, separándolos.

—¡Mason, no! —gritó Astrid, golpeando el muro con sus puños infundidos de luz.

Silvanie se levantó y descendió los escalones del trono con una gracia letal. Se acercó a Mason y acarició su mejilla con dedos que dejaron un rastro de escarcha negra.

—¿Cuánto tiempo, Mason? ¿Cuántas vidas has pasado protegiendo un destello de luz que solo te trae dolor? Te veo. Veo las cicatrices de las siete veces que la viste morir. Veo el agotamiento de una eternidad que no pediste.

Mason temblaba. Su aura oscura luchaba por liberarse, pero parecía ser atraída hacia Silvanie.

—Tengo un deber... —logró decir él, aunque su voz flaqueaba.

—¿Deber? —Silvanie se rió, un sonido que recordaba al cristal rompiéndose—. El deber es la cadena que los débiles usan para justificar su esclavitud. Yo puedo ofrecerte algo mejor. Puedo darte el Olvido. Puedo arrancar el vínculo que te ata a ella y dejarte descansar en la paz del vacío. O... —sus ojos brillaron con una ambición renovada—, puedes unirte a mí. Juntos, bajo el estandarte de Balin, podemos reclamar este mundo. Él quiere el orden eterno; yo solo quiero el lienzo oscuro para pintar mis sueños. Y tú, Mason, con tu poder de sombra purificado por tantas vidas de sacrificio, serías la herramienta perfecta.

Astrid, desde el otro lado del muro, logró canalizar toda su angustia en un solo golpe. El cristal de los gnomos emitió un pulso devastador que agrietó la barrera de Silvanie.

—¡Él no es una herramienta! —rugió Astrid, irrumpiendo en el espacio—. ¡Y no está solo!

Silvanie miró a Astrid con fastidio, como quien mira a un insecto molesto. Con un movimiento de su mano, lanzó una ráfaga de sombras que golpeó a Astrid contra una columna. Ronan y Faelan intentaron atacar, pero las sombras del suelo se convirtieron en cadenas que los inmovilizaron.

—Es persistente, lo admito —dijo Silvanie, volviéndose de nuevo hacia Mason—. Pero mírame, Mason. Mira lo que ella te ofrece: una vida corta, una batalla perdida y una muerte más. Yo te ofrezco la inmortalidad sin el peso de la conciencia. Únete a la causa de Balin a través de mi sombra. Imagina lo que podríamos hacer con el poder de la mística si la entregamos a las sombras en lugar de intentar salvarla.

Mason miró a Astrid, que intentaba levantarse entre los escombros, con sangre corriendo por su frente pero con los ojos llenos de una fe inquebrantable en él. Luego miró a Silvanie. El poder que emanaba de la maga era tentador; era la promesa de dejar de luchar, de dejar de sentir el miedo constante a perder a la única persona que le importaba.

—¿Qué decides, Guardián? —susurró Silvanie al oído de Mason—. ¿La luz que te quema o la sombra que te abraza?

Mason cerró los ojos y, por un momento, su aura se volvió completamente negra, fundiéndose con la de Silvanie. La maga sonrió, creyendo haber ganado. Pero entonces, Mason abrió los ojos, y el ámbar de sus pupilas estalló en un resplandor dorado que Silvanie no esperaba.

—Ella no me quema —dijo Mason, su voz recuperando toda su fuerza—. Ella me ilumina. Y prefiero morir por octava vez a su lado que vivir una eternidad en tu vacío, bruja.

Con un rugido, Mason liberó una explosión de energía cinética que lanzó a Silvanie hacia atrás. Las cadenas de sombras que ataban a los demás se disolvieron. Mason corrió hacia Astrid y la levantó en vilo, cubriéndola con su capa.

Silvanie se recuperó rápidamente, su rostro deformado por una furia inhumana. Su belleza se desvaneció, revelando una forma hecha de puro humo y odio.

—¡Necio! —chilló ella—. ¡He sentido tu poder, y ahora sé exactamente cómo usarlo! Si no vienes por las buenas, serás el combustible para el fin de este mundo.

Silvanie extendió sus brazos y el castillo comenzó a temblar. No intentó atacarlos de nuevo directamente; en su lugar, se fundió con las sombras del edificio. Su risa resonó por todas partes.

—He decidido unirme a tu hermano, Astrid. Balin tiene el Anclaje, pero yo tengo el conocimiento de las sombras antiguas. Le diré exactamente dónde está vuestro espejo. Le diré cómo romper el vínculo de vuestras almas. ¡Corred hacia vuestro destino, pero sabed que la sombra ya os ha marcado!

El castillo comenzó a derrumbarse. Ronan gritó que debían salir. Mason cargó a Astrid y, con una agilidad sobrenatural, saltó entre los escombros mientras el Castillo de Umbra se hundía en la tierra, consumido por la propia oscuridad de Silvanie.

Una vez fuera, en el páramo gris, el silencio fue absoluto. Mason dejó a Astrid en el suelo, sus manos temblando ligeramente.

—Me ha usado —dijo Mason, mirando sus propias manos—. Ha probado mi esencia y ahora sabe cómo rastrear el espejo. Se ha aliado con Balin solo para atraparme.

Astrid lo tomó de la cara, obligándolo a mirarla. —No, Mason. Ella intentó romperte y no pudo. Eso es lo que la asusta. Ahora sabemos quién es el enemigo real, y sabemos que Silvanie ha puesto todas sus cartas sobre la mesa.

Pero en el fondo de sus corazones, ambos sabían que la amenaza había escalado. Silvanie no era solo una maga; era el espejo oscuro de lo que Mason podría llegar a ser, y ahora esa oscuridad estaba camino a unirse con la tiranía de Balin.

Silvanie, al sentir el poder de Mason, decidió unirse a la amenaza, viendo en él una herramienta para sus propios fines.

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Adrianis López
Que protagonista tan inútil y ridícula
Lelu 🇺🇾
maravillosa!!! 🥰🥰🥰 historia fantástica!! 👏👏 Redacción y ortografía impecables!! 😁 agradezco infinitamente el haber compartido tu trabajo 🥰🥰😍
Lelu 🇺🇾
🤣🤣🤣🤣🤣🤣 pobre Astrid!!! De Guate-mala a Guate-peor🤣🤣🤣🤣
Mónica Aulet
Que quería que los dejara vivos para tomar el té? todavía que la salva se queja porque los mato a todos
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