Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
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Distancia premeditada
La mañana de Navidad en la mansión Ferrer amaneció con un silencio inusual. No era el silencio gélido y sepulcral de años anteriores, ese que parecía congelar el aire en los pulmones, sino uno cargado de ecos, de vibraciones invisibles que recorrían los pasillos como una corriente eléctrica. Lucía despertó en su habitación antes de que el sol terminara de escalar las colinas, sintiendo que el aire todavía conservaba la estática del encuentro de la noche anterior. Se llevó los dedos a los labios, un gesto instintivo y casi prohibido, recordando la cercanía abrumadora de Alejandro, la firmeza de sus brazos rodeándola para evitar su caída y la intensidad de una mirada que no había sido la de un jefe evaluando a una empleada, sino la de un hombre abrumado por un deseo que ya no cabía en su armadura de hielo.
Se obligó a levantarse, sintiendo el suelo frío bajo sus pies, y se lavó la cara con agua helada, intentando sofocar el rubor que amenazaba con volver a sus mejillas. Se repitió su mantra de supervivencia frente al espejo empañado: “Eres la niñera. Él es el señor Ferrer. Lo de anoche fue un accidente provocado por el muérdago, la música y el cansancio acumulado”. Sin embargo, al bajar las escaleras de mármol, cada escalón parecía devolverle el eco de sus latidos desbocados y el peso de aquel abrazo que se había prolongado un segundo más de lo estrictamente necesario.
Al entrar en el gran salón, el corazón le dio un vuelco. Encontró a Alejandro ya de pie junto al ventanal, observando el jardín bañado por la luz pálida de diciembre. No llevaba corbata; su camisa blanca estaba ligeramente desabrochada en el cuello y las mangas estaban remangadas hasta los codos, dándole un aspecto peligrosamente relajado y doméstico. Emma estaba en el suelo, pareciendo una mancha de color rojo entre los restos de envoltorios de papel que habían quedado de la noche anterior, completamente absorta en un pequeño juego de construcción.
—Buenos días —dijo Lucía, forzando una voz que esperaba sonara estable y profesional.
Alejandro se giró con una lentitud calculada. Sus ojos recorrieron a Lucía de arriba abajo, deteniéndose apenas un instante de más en su boca antes de volver a chocar con su mirada. Hubo un silencio de apenas tres segundos, pero en la densidad de esa pausa, ambos volvieron a sentir el tacto de sus manos entrelazadas bajo las luces del árbol.
—Buenos días, Lucía —respondió él. Su voz era una nota baja, cargada de una ronquera sutil que delataba que él tampoco había pasado la noche entregado al sueño—. Emma ha estado preguntando por ti desde que salió el sol. Parece que la magia de la Navidad tiene nombre propio para ella.
—¡Lucía! ¡Mira lo que papá me ayudó a armar! —gritó la niña, rompiendo la tensión que amenazaba con asfixiar el aire.
Lucía se sentó en la alfombra, agradeciendo la distracción física que le brindaba la pequeña. Durante las siguientes horas, el trío se sumergió en el ritual de abrir los regalos restantes. Alejandro se sentó cerca de ellas, mucho más cerca de lo que el protocolo de "jefe y empleada" dictaba en cualquier manual de etiqueta. En un momento, mientras ambos intentaban encajar una pieza de madera rebelde para un castillo, sus dedos volvieron a rozarse. Fue un contacto breve, una chispa eléctrica que hizo que Lucía retirara la mano como si hubiera tocado metal al rojo vivo. Alejandro no se inmutó, pero sus pupilas se dilataron y sus ojos se oscurecieron con una determinación silenciosa que hizo que a Lucía le temblaran las manos.
—Papá... —dijo Emma de repente, dejando el juguete de lado y mirando a Alejandro con una seriedad que solo los niños poseen—. Cuéntame de mamá. ¿Ella también ponía luces en su corazón?
El ambiente en el salón cambió en un latido. El recuerdo de la esposa fallecida, que durante años había sido una sombra pesada y dolorosa, surgió ahora de la boca de la niña como una petición de luz, no de luto. Alejandro miró a Lucía, buscando un ancla en medio de la marea de emociones, y ella le sostuvo la mirada con una suavidad tan genuina que lo desarmó por completo.
—A tu madre le encantaba la Navidad, Emma —comenzó Alejandro, y su voz se suavizó de una forma que Lucía nunca había escuchado, perdiendo toda su arista metálica—. Decía que las luces en el árbol eran promesas colgadas de las ramas. Cada vez que encendía una, pedía un deseo para ti, aunque todavía eras un secreto que solo ella y yo compartíamos.
Lucía escuchaba hipnotizada, olvidando por un momento recoger los papeles del suelo. Ver a ese hombre poderoso, al Rey de la Mansión, abrir su corazón frente a su hija la hacía sentir una admiración que empezaba a ser incontrolable. La atracción física estaba ahí, latente y feroz, pero lo que realmente la estaba venciendo era la nobleza herida que Alejandro escondía tras sus muros de acero.
Los días siguientes, del 26 al 28 de diciembre, se convirtieron en un ejercicio de tortura psicológica refinada para ambos. Conscientes de que habían cruzado una línea invisible en Nochebuena, se esforzaron por mantener una distancia casi ridícula, una frontera de cristal que protegiera la cordura de la casa. Si Lucía entraba en la cocina para ayudar a Rosa, Alejandro, al escuchar su risa, se retiraba por la puerta trasera hacia el jardín. Si él se instalaba en la sala con su ordenador, ella subía inmediatamente a la planta alta con Emma, alegando que era hora de leer o pintar.
Sin embargo, la mansión parecía haberse vuelto pequeña de repente. Cada esquina, cada sombra, conspiraba para unirlos.
El día 27, Lucía estaba en el cuarto de lavado organizando la ropa de Emma cuando Alejandro entró buscando unas toallas para el gimnasio. El espacio era reducido y el vapor de la secadora hacía que el aire fuera cálido y denso. Al verse frente a frente, ninguno supo qué decir. Alejandro se quedó en el umbral, su presencia llenó la habitación por completo. Lucía sintió que el aroma de él la envolvía, un perfume de hombre seguro que contrastaba con la agitación que ella sentía.
—Lo siento, no sabía que estabas aquí —dijo él, pero no se movió. Su mirada bajó hacia el cuello de Lucía, donde una gota de sudor resbalaba por su piel debido al calor del cuarto.
—Ya casi termino, señor —respondió ella, apretando una prenda contra su pecho como si fuera un escudo.
Él asintió, pero sus ojos decían otra cosa. Estaban cargados del recuerdo de aquel abrazo, de la sensación de su cuerpo contra el de ella. El silencio se volvió tan pesado que Lucía tuvo que apartar la vista, incapaz de sostener ese escrutinio que parecía leer sus deseos más ocultos.
El miércoles 28 por la tarde, la situación alcanzó un punto crítico. Emma dormía una siesta profunda tras una mañana de juegos intensos, y Lucía bajó a la biblioteca por un libro de poesías que la niña le había pedido. No esperaba encontrar a Alejandro allí. Él estaba dormido sobre el sofá de cuero verde, con un pesado tomo de economía abierto sobre el pecho. Lucía se acercó con sigilo, movida por un impulso tonto y protector, con la intención de recoger el libro que estaba a punto de resbalar y caer al suelo.
Al inclinarse sobre él, la proximidad fue abrumadora. El aroma de Alejandro —madera de cedro, tabaco caro de sus ocasionales puros y el calor natural de su propia piel— la envolvió como una manta. Se quedó paralizada, observando el ritmo pausado de su respiración, la sombra de la barba de un par de días que marcaba su mandíbula con una rudeza atractiva y la curva de sus labios, que en sueños parecían menos severos. Fue una tentación física que la dejó sin aliento. Quería tocarlo, quería saber si su piel era tan cálida como el recuerdo de sus manos en su cintura.
En ese momento, como si sintiera su presencia, Alejandro abrió los ojos.
No hubo sorpresa en su mirada, solo una tensión inmediata y eléctrica que pareció succionar el oxígeno de la habitación. Él no se movió, y ella, atrapada en su inclinación, tampoco pudo retroceder. Estaban a escasos centímetros. Lucía pudo ver el deseo crudo, oscuro y hambriento en sus pupilas, una invitación silenciosa que hacía que su propio pulso martilleara contra sus oídos como un tambor de guerra.
—Lucía... —murmuró él, y su nombre sonó como una advertencia, una súplica y una caricia, todo en una sola exhalación.
—Lo siento... el libro... se iba a caer —balbuceó ella, incorporándose con una rapidez que la mareó y salió de la biblioteca casi huyendo, con el corazón en la garganta y la certeza de que la normalidad entre ellos era ya un barco hundido en el fondo del océano.
Esa noche, mientras Lucía intentaba dormir, no podía quitarse de la cabeza la imagen de Alejandro despertando. Sabía que él tampoco la olvidaba. Lo escuchaba caminar por el pasillo a altas horas de la madrugada, deteniéndose a veces frente a su puerta antes de seguir hacia su propio dormitorio. Eran dos fantasmas habitando una casa que ya no podía contener lo que estaba naciendo entre ellos, un fuego que, lejos de apagarse con la distancia, se alimentaba de cada mirada evitada y de cada silencio compartido.
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