Sin spoiled
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Capitulo 2
La humedad tiene una forma muy particular de recordarte que estás vivo, pero de la peor manera posible. Se te mete en las costuras de la chaqueta, se instala en las articulaciones y, si te descuidas, termina por empapar tus pensamientos. Aquella noche, después de dejar al "Gordo" Suárez con su reloj de imitación y su miseria a cuestas, la lluvia no cesó. Al contrario, se volvió una cortina espesa que transformaba los faros de los pocos coches que se cruzaban conmigo en manchas borrosas de una pintura abstracta que yo no había pedido ver.
Llegué a "El Caimán", el bar que Don Manuel usaba como oficina, pasadas las ocho. Era un lugar donde el serrín en el suelo no era para la limpieza, sino para absorber los derrames de cerveza y, de vez en cuando, algo de sangre. El olor a fritura rancia y a desinfectante barato me recibió como un bofetón familiar.
—Solo, pareces un perro que acaba de salir de una alcantarilla —gruñó Paco, el camarero, mientras limpiaba un vaso con un trapo que probablemente estaba más sucio que el propio cristal.
—A veces me siento así, Paco. Ponme lo de siempre y no me hables de fútbol —respondí, dejando el casco sobre la barra.
Me senté en el rincón del fondo, donde la luz de una bombilla desnuda parpadeaba con una arritmia cardíaca. Saqué el reloj de Suárez y lo puse sobre la mesa de madera pegajosa. Era una pieza de latón que intentaba desesperadamente parecer oro. Me recordaba a muchas personas que conocía: brillantes por fuera si no te acercabas mucho, pero huecas y propensas a oxidarse al primer contacto con la realidad.
Don Manuel apareció diez minutos después. Caminaba con esa pesadez de quien lleva el mundo sobre los hombros, pero que en realidad solo lleva el peso de sus propios excesos. Se sentó frente a mí sin saludar. Sus ojos, pequeños y astutos como los de un roedor, se clavaron en el reloj.
—¿Esto es todo, Elías? —su voz era un raspadito de lija.
—Es lo que había, Manuel. El tipo no tiene ni para caerse muerto. Si le aprieto más, tendré que empezar a cobrarle en órganos, y no creo que su hígado valga mucho en el mercado negro.
Manuel soltó una carcajada seca, que terminó en una tos estrepitosa. Se guardó el reloj en el bolsillo del chaleco.
—Eres demasiado blando para este negocio, muchacho. Tienes talento para moverte por las sombras, pero te falta ese instinto de tiburón que hace que el dinero brote de las piedras.
—Quizás es que no me gustan las piedras —repliqué, dándole un sorbo al café quemado que Paco me había traído.
Me quedé mirando el humo que subía de la taza.
Yo no tenía a nadie. El apellido "Solo" no era una broma de mal gusto de un funcionario del registro civil; era la herencia de un orfanato que no se molestó en buscarme raíces.
A veces, por las noches, me imaginaba que mi padre era un aristócrata en el exilio o que mi madre era una espía internacional, pero la verdad solía ser mucho más aburrida y cruel: probablemente fui el resultado de un descuido en un callejón y una caja de cartón dejada en el lugar "adecuado". Esa falta de pasado me hacía sentir como un fantasma que caminaba entre los vivos. No tenía fotos que guardar, ni historias de abuelos que contar. Solo tenía el asfalto, mi moto y esa sensación de que el mundo era una fiesta a la que no me habían invitado.
—Mañana tienes un encargo diferente —dijo Manuel, sacándome de mis pensamientos—. Nada de cobros. Quiero que lleves un sobre a la zona norte. A las colinas.
Alcé una ceja. La zona norte era territorio prohibido para gente como nosotros. Allí las calles no tenían baches y los árboles parecían podados por peluqueros de lujo.
—¿La zona norte? ¿Qué se te ha perdido allí, Manuel?
—Cosas de negocios, Elías. Un contacto. Solo entrega el sobre en la garita de seguridad de una de esas mansiones que parecen castillos. No hagas preguntas, no mires dentro y, sobre todo, no te bajes de la moto más de lo necesario. Tu cara no encaja con el paisaje.
—Gracias por el cumplido —dije, sintiendo una punzada de curiosidad que no me gustó.
Cuando salí de "El Caimán", la lluvia había amainado. Decidí caminar un rato antes de subirme a la moto. Pasé por delante de un quiosco de prensa que estaba cerrando. Un periódico abandonado en un banco llamó mi atención. En la portada, una foto de alta sociedad mostraba a un hombre de pelo canoso y mirada de acero junto a una joven de una belleza casi irreal, fría como el mármol.
El pie de foto decía: "Maximilian Vesper-Zandrón y su hija Araxie durante la gala benéfica del Museo Metropolitano".
Me quedé mirando el nombre. Vesper-Zandrón. Sonaba a algo antiguo, a algo que no podías comprar solo con dinero, sino con siglos de poder. Ella tenía una expresión de aburrimiento infinito, como si el mundo entero fuera un juguete que ya no le divertía. Yo, en cambio, estaba pensando en si me llegaría el dinero para ponerle gasolina a la moto al día siguiente.
—Vesper-Zandrón —pronuncié el nombre en voz alta. Me supo extraño en la boca, como una fruta exótica que nunca había probado.
En ese momento, no era más que un nombre raro en un periódico mojado. No sabía que ese nombre se convertiría en mi cadena y en mi corona. No sabía que esa mujer, Araxie, sería la razón por la que años después me encontraría sentado en un despacho de caoba, mirando mis manos limpias y deseando con toda mi alma volver a tener el olor a gasolina y lluvia de esa noche.
Porque el dinero no te quita el cansancio, Elías. Solo te da un lugar más caro donde estar cansado.
Regresé a mi pequeño apartamento, un cuarto piso sin ascensor donde las paredes eran tan delgadas que podía oír los sueños rotos de mis vecinos. Me acosté sin quitarme la ropa, escuchando el goteo incesante de un grifo que se negaba a cerrar del todo. Mañana iría a las colinas. Mañana vería de cerca cómo vive la gente que no sabe lo que cuesta un reloj de imitación.
Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, no soñé con deudas ni con calles oscuras. Soñé con un resplandor dorado que me cegaba, y con una voz que pronunciaba mi nombre con un desprecio que se sentía como una caricia.