Ella es la líder del clan más poderoso de todos los reinos lo que la pone en el ojo de la tormenta, Ella es una exorcista de élite Pero tiene enemigos más peligrosos que los demonios a los que debe vencer, el prejuicio hacia la mujer en un mundo de hombres
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Capitulo 11
En las alas más altas del palacio, donde el oro se mezclaba con el marfil y las cortinas eran de seda tejida con hilos de luna, una mujer observaba.
La madre del emperador.
No era una mujer mayor, aunque su posición la hiciera parecer eterna. Su rostro conservaba la belleza de sus años jóvenes, pero sus ojos... sus ojos tenían la dureza de quien ha gobernado en las sombras durante décadas.
— ¿Esa es? — preguntó sin mirar a nadie.
Su doncella, una mujer pequeña y silenciosa, asintió.
— Sakura, jefa del clan Cuervos Del Cerezo La primera mujer en liderar un clan de cultivo demoníaco.
— Campesina — escupió la emperatriz —. Por muy poderosa que sea, sigue siendo una campesina de provincias.
La doncella no respondió. Sabía que no debía.
— Mi hijo está fascinado. Lo he visto. Cómo la miraba. Cómo le sonreía. Como si fuera una igual.
— Su majestad el emperador es...
— Mi hijo es un tonto — cortó la emperatriz —. Un tonto con buen corazón, que cree que puede confiar en cualquiera que le sonría.
Se levantó de su asiento, caminando hacia la ventana desde donde se veía el ala de invitados.
— Ya tiene una prometida. Un matrimonio arreglado desde la infancia. La hija del clan del norte. Una alianza que mantiene la paz en las fronteras.
— Pero su majestad no...
— No le importa. Lo sé. Pero no se trata de lo que él quiera. Se trata de lo que el imperio necesita.
La emperatriz apretó los puños.
— Solo espero que esa mujer se vaya rápido. Que cumpla su misión y desaparezca. No quiero a esa... esa cosa cerca de mi hijo.
La doncella tragó saliva.
— Dicen que es muy poderosa, alteza. Que el fuego la eligió. Que tiene una runa...
— No me importa lo que tenga. No me importa lo que sea. En este palacio, el poder no lo dan las runas. Lo da la sangre. Y ella no tiene la sangre.
Silencio.
— Vigílala — ordenó la emperatriz —. Vigila cada uno de sus pasos. Y si hace algo... inapropiado... quiero saberlo.
— Sí, alteza.
La doncella se inclinó y desapareció.
La emperatriz se quedó sola, mirando hacia el horizonte.
— No te acerques a mi hijo — susurró —. O te arrepentirás.
EN LA SALA DE TÉ
El emperador no podía dejar de mirarla.
No era solo su belleza. Era la forma en que hablaba. Directa, sin rodeos, sin esa falsa humildad que todas las mujeres de la corte usaban para halagarlo. Sakura decía lo que pensaba. Preguntaba lo que necesitaba. No se achicaba ante nada.
— Eres alguien digna de admirar — dijo, sin poder evitarlo.
Sakura lo miró, sorprendida.
— ¿Perdón?
— He conocido a muchas personas poderosas. Guerreros. Hechiceros. Líderes de clanes. Pero todas, de una forma u otra, terminaban inclinándose. Buscando mi favor. Mi aprobación.
— Yo no he venido a buscar su aprobación, majestad. Vine porque usted me llamó.
— Lo sé. Y por eso te admiro.
Detrás de Sakura, Tae frunció el ceño.
No era solo celos. Era algo más profundo. Algo que le helaba la sangre.
Porque Tae conocía el mundo. Sabía cómo funcionaba.
Y sabía que si el emperador se enamoraba de Sakura... si el emperador decidía que la quería para él...
No habría nadie que lo detuviera.
Nadie podía contradecir al Emperador del Sol.
— Bien — dijo Sakura, interrumpiendo sus pensamientos —. Voy a hacer mi mejor esfuerzo, majestad. Pero si me disculpa... tuvimos un viaje muy largo. Necesito descansar.
El emperador asintió, comprensivo.
— Por supuesto. Qué imperdonable de mi parte. Hablaremos más mañana.
Hizo una seña a sus sirvientes, que se acercaron rápidamente.
— Acompañen a la jefa Sakura y a su escolta a las habitaciones de invitados. Que tengan todo lo que necesiten.
— Gracias, majestad — dijo Sakura, levantándose —. Que descanse.
— Igualmente.
Ella se giró para irse. Tae la siguió.
Pero antes de cruzar la puerta, Tae lanzó una última mirada al emperador.
Una mirada que decía muchas cosas.
El emperador la recibió con una sonrisa.
Y la ignoró por completo.
EN LAS HABITACIONES
Las habitaciones de invitados eran más grandes que toda la casa de Sakura en el clan.
Camas con dosel. Fuentes de agua caliente. Inciensos quemándose en cada esquina. Frutas frescas en bandejas de plata.
— Es... exagerado — murmuró Sakura, dejándose caer en una silla.
— Es el palacio — respondió Tae, apoyado contra la puerta —. Todo es exagerado aquí.
— ¿Viste cómo me miraba?
— Sí.
— ¿Y?
— Y nada. Es el emperador. Puede mirar a quien quiera.
Sakura lo observó con atención.
— Tae... ¿estás bien?
— Sí.
— Mientes.
— No.
— Tae.
Él suspiró. Se pasó una mano por el rostro.
— Solo... no me gusta.
— ¿Qué no te gusta?
— Él. La forma en que te mira. La forma en que habla de ti. No me gusta.
Sakura se quedó en silencio un momento.
— Es nuestro anfitrión — dijo finalmente —. Y nos ha dado una misión. Eso es todo.
— ¿Estás segura?
— Tae.
— Lo siento. Es solo que... — dudó —. Si él decide que te quiere... nadie podrá detenerlo. Ni tú. Ni yo. Nadie.
Sakura lo miró fijamente.
Y por primera vez desde que llegaron, vio miedo en los ojos de Tae.
Miedo de verdad.
— Tae — dijo, con voz suave pero firme —. Nadie puede obligarme a querer a nadie. Ni siquiera el emperador.
— ¿Y si no te da opción?
— Siempre hay opción.
— No en este mundo.
El silencio se hizo pesado.
— Descansa — dijo finalmente Tae, apartándose de la puerta —. Mañana será un día largo.
— Tae...
— Buenas noches, Sakura.
Salió antes de que ella pudiera responder.
Y se quedó en el pasillo, apoyado contra la pared, respirando hondo.
"Protégela", pensó. "Protegerla de todo. Incluso del emperador. Incluso de ti mismo."
Pero no sabía cómo.
Nunca sabía cómo.
EN OTRA PARTE DEL PALACIO
La doncella de la emperatriz escribía en un pequeño pergamino.
"La jefa Sakura ha llegado. El emperador la ha recibido personalmente. Muestra interés. La escolta, un hombre llamado Tae, parece incómodo. Posiblemente leal hasta la muerte. Vigilaré."
Dobló el pergamino.
Y una sombra se lo llevó.