Joana había aprendido a vivir sin esperar nada. Cerró puertas, apagó deseos y se acostumbró a la calma de un silencio elegido… o impuesto.Hasta que alguien irrumpió en su vida.Un hombre más jóven, con miradas que encendieron lo que ella creía, con un deseo tan puro como peligroso. Lo que empezó como un juego imposible pronto se volvió una verdad innegable: el amor no entiende de edades, ni de juicios, ni de prohibiciones. Esta antología es un viaje hacia lo inesperado, un homenaje a los amores que llegan tarde… o demasiado pronto. Porque a veces lo prohibido no es un error. Es el único acierto capaz de cambiarlo todo.
NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El veredicto de la mirada
Una semana después...
El aroma del café recién hecho llenaba la pequeña cafetería junto al edificio de su despacho, mezclándose con el murmullo constante de conversaciones y el golpeteo de las tazas sobre las mesas. Joana había decidido romper su rutina por un instante. Necesitaba un respiro, un rincón donde dejar atrás por unos minutos los expedientes, las vistas judiciales y las llamadas de socios. Eligió una mesa junto a la ventana, abierta a la luz de la mañana, y sacó su cuaderno de tapas negras. Allí no escribía sobre estrategia legal, sino pensamientos dispersos, como si al plasmarlos pudiera mantener a raya el torbellino de emociones que la acompañaba cuando se sentía sobrecargada.
Vestía un vestido azul marino de corte recto, sobrio y elegante, que le rozaba justo las rodillas. Sus tacones bajos y discretos la hacían sentir cómoda sin perder la firmeza necesaria para caminar por el Palacio de Justicia, y un reloj sencillo junto con unos pendientes de plata completaban su aspecto. Todo en ella hablaba de control y disciplina, de la mujer que había sabido levantar muros a su alrededor para sobrevivir.
Había dado apenas el primer sorbo a su capuchino y estaba concentrada escribiendo cuando una sombra se proyectó sobre la mesa. Levantó la vista y, casi con un vuelco en el pecho, lo vio: Marco, de pie frente a ella, con esa confianza juvenil que parecía envolverlo como un aura. La camisa blanca, ligeramente abierta en el cuello, revelaba la piel tersa y una cadena delgada. Sus pantalones oscuros, perfectamente ajustados, realzaban su porte atlético. Pero lo que más la golpeó fue esa mirada: clara, intensa, imposible de esquivar.
—Hola, Joana —dijo, con voz grave y serena—. ¿Cómo estás? ¿Puedo sentarme?
El corazón de ella se aceleró, pero forzó un gesto sereno, el mismo que usaba ante un interrogatorio difícil. Cerró el cuaderno con calma fingida y, aunque la tentación de aceptar la quemaba, se impuso la distancia.
—Preferiría que no —respondió con firmeza, sin perder la cortesía—. Estoy aprovechando un momento para mí antes de entrar al bufete.
Él arqueó una ceja y sonrió con descaro, como si la negativa hubiera sido la respuesta que esperaba. En un movimiento natural, casi teatral, arrastró la silla frente a ella y se sentó de todos modos, apoyando un brazo en la mesa.
—¿Por qué parece que estás huyendo de mí? —preguntó con picardía, inclinándose apenas hacia adelante.
Joana sintió que un calor inesperado le subía desde el pecho hasta la nuca. La audacia del muchacho la descolocaba, y aún más el tuteo repentino. Nadie se atrevía a cruzar así la barrera que ella misma imponía con su cargo y su presencia.
—No estoy huyendo de nada —contestó, algo más tensa de lo que habría querido—. Solo necesito espacio.
—Tú y yo sabemos que es mentira —replicó Marco, sin apartar los ojos de los suyos—. Si fuera así, no me estarías mirando de esa forma.
Ella parpadeó, sorprendida. Quiso replicar con un argumento sólido, pero se dio cuenta de que, efectivamente, sus ojos lo habían recorrido más de la cuenta: la curva de sus labios, el brillo insolente en la mirada, la juventud vibrante en cada gesto. El silencio se hizo espeso. Para Joana, todo parecía detenido. Su mundo, tan cuidadosamente organizado bajo normas y códigos, se tambaleaba con cada palabra de ese muchacho que no aceptaba barreras.
Sintió la tentación de levantarse, de irse y dejarlo allí. Y, sin embargo, permaneció sentada, atrapada por algo que ni ella misma lograba nombrar. Jugó con el borde de la taza ya vacía, evitando mirarlo directamente. No podía permitirle leer lo que pasaba por su mente.
—Señor D’Lorenzo, creo que ya es tarde… —dijo con suavidad, intentando cerrar la conversación.
Marco se inclinó apenas hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa con naturalidad juvenil, aunque la intensidad en sus ojos no tenía nada de ingenua.
—Marco —la corrigió en voz baja—. Prefiero que me llames Marco.
Joana alzó la mirada, sorprendida por la seguridad con la que lo había dicho. Él sostuvo su gesto, sin parpadear.
—Marco… —repitió con cautela, probando el nombre en sus labios.
Él sonrió, satisfecho.
—Así está mejor.
El silencio se prolongó unos segundos. Joana pensó en poner fin a esa especie de juego peligroso, pero algo en la expresión del muchacho la mantuvo en su sitio.
—Es usted muy joven —dijo al fin, buscando una salida racional.
Marco arqueó una ceja, como si aquella objeción le resultara casi divertida.
—¿Eso es lo que más te preocupa? —preguntó con un matiz de picardía.
—No es solo la diferencia de edad —respondió Joana, con un hilo de firmeza—. Son las circunstancias, mi vida, mi carrera...
—Tu vida no me asusta —la interrumpió, sin perder la calma—. La edad tampoco. Y si algo me diferencia de otros, es que no pienso rendirme solo porque tú creas que es imposible.
—Eres demasiado joven —dijo ella, casi como un alegato de defensa. Después, incapaz de resistir la curiosidad, se escuchó a sí misma preguntar—: ¿Cuántos años tienes?
—Veintitrés —respondió él, sin titubeos, disfrutando de la tensión que su confesión provocaba.
Joana apretó los labios, intentando sonar tajante, como quien dicta una sentencia.
—Lo ves… eres un niño, Marco. Demasiado joven como para interesarte en una mujer de mi edad. Deberías estar buscando a alguien de tu generación, no estar persiguiendo a una mujer como yo —murmuró, mirando hacia la ventana.
Marco no respondió de inmediato. Se limitó a observarla con esa calma desafiante que parecía leerla por dentro. Luego habló despacio:
—No vine a preguntarte con quién debería estar. Vine a decirte con quién quiero estar. Y la respuesta eres tú.
La sonrisa de él se ensanchó, y se inclinó un poco más, hasta que la distancia entre ambos se volvió peligrosa.
—La edad es solo un número, Joana. ¿Sabes qué pienso yo? —preguntó él; ella ladeó la cabeza, dudosa—. Que el deseo no entiende de jurisprudencias, ni de costumbres, ni de calendarios. Y créeme… lo que siento cuando te miro no tiene nada de infantil.
La frase cayó como un golpe suave, pero certero. Joana sintió que la respiración se le entrecortaba. No quería admitirlo, pero su cuerpo reaccionaba: un cosquilleo le recorría los brazos y hasta el aire parecía más denso. Intentó recomponerse, aferrándose a su taza como si ese calor pudiera disimular el otro que la consumía.
—Usted no me conoce —susurró ella, con la mirada fija en sus propias manos.
Marco se inclinó un poco más, lo suficiente para que la voz le llegara íntima, casi confidencial.
—Por ahora. Pero voy a conocerte.
Joana levantó los ojos, sorprendida por la seguridad de sus palabras. En ese cruce de miradas, sintió un vértigo que hacía mucho no experimentaba, como si un abismo se abriera bajo sus pies. Él se echó hacia atrás con naturalidad, tomando su chaqueta. Se levantó despacio, sin apartar la vista de ella.
—No te entretengo más —dijo, ajustándose la manga con gesto despreocupado—. Pero quiero que sepas algo, Joana: no pienso rendirme. Y la próxima vez que nos veamos, espero que ya no me mires como a un muchacho caprichoso.
Ella contuvo la respiración.
—¿La próxima vez? —repitió, con un leve temblor en la voz.
Marco inclinó apenas la cabeza, como si esa respuesta fuera todo lo que necesitaba escuchar.
—Sí. Volveremos a vernos pronto.
Y con esa promesa velada, acompañada de una sonrisa que era tanto un desafío como una certeza, se despidió con un gesto cortés y se alejó hacia la salida.
Joana quedó inmóvil, observando cómo la puerta se cerraba tras él. El murmullo lejano de la ciudad entró con la corriente de aire, y de pronto la cafetería pareció enorme, vacía. Llevó una mano a la frente, intentando ordenar el torbellino de sensaciones: incredulidad, irritación, atracción, miedo, curiosidad… Marco la había dejado sola, sí, pero también marcada por la certeza de que volvería. Y esa idea, por más que su mente racional intentara impugnarla, la desarmaba como nada lo había hecho en mucho tiempo.