Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
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Envidia 1
Pero el talento nunca pasa desapercibido.
Y casi nunca es recibido con aplausos.
Constance lo sabía. Lo había vivido en su vida anterior, e incluso en la academia cuando entrenaba con el rostro cubierto y aun así despertaba sospechas. Sabía reconocer las miradas que no eran de curiosidad… sino de medición.
En la base militar todo comenzó de forma sutil.
Tres cadetes de segundo año.
Siempre juntas.
Siempre impecables.
Siempre observando.
Desde el primer día en que Constance cruzó el patio con su uniforme nuevo y su cabello azul oscuro recogido con firmeza, sintió esas miradas sobre ella.
No eran abiertas.
Eran evaluadoras.
La clase de mirada que recorre de pies a cabeza y decide en silencio si alguien pertenece o no.
Al principio fue superficial.
Comentarios apenas audibles cuando ella pasaba.
—Demasiado arreglada para una base.
—Seguro no dura una semana.
—Ese cabello no sobrevivirá al barro.
Constance decidió ignorarlas.
No porque no las escuchara.
Sino porque no le interesaba responder.
Había venido a entrenar.
No a competir por atención.
Sin embargo, la envidia tiene una forma particular de crecer cuando no obtiene reacción.
Y en su caso, creció por dos razones claras.
La primera fue su apariencia.
El cabello azul oscuro, poco común, brillaba bajo el sol cuando entrenaba. Aunque lo recogía con severidad, algunos mechones siempre escapaban tras horas de práctica intensa. Su postura recta, su expresión concentrada, su forma de moverse con naturalidad hacían que destacara incluso cuando intentaba pasar desapercibida.
No buscaba ser vista.
Pero lo era.
La segunda razón fue más peligrosa.
Su progreso.
En combate cuerpo a cuerpo, Constance comenzó a sobresalir con rapidez evidente. Lo que para otros tomaba meses de coordinación, ella lo ajustaba en días. Su lectura del oponente era instintiva. No peleaba por fuerza bruta, sino por cálculo.
En una práctica abierta, derribó a una cadete de tercer año usando un giro limpio que arrancó murmullos de aprobación.
Eso fue el punto de quiebre.
Las tres de segundo año dejaron de limitarse a miradas.
Comenzaron a acercarse más.
A ocupar el espacio de entrenamiento cuando ella lo usaba.
A pedir combates amistosos con sonrisas que no alcanzaban los ojos.
Constance percibía la tensión.
No era ingenua.
Sabía distinguir competencia sana de hostilidad encubierta.
En el comedor, las conversaciones se detenían cuando ella se sentaba cerca.
En el patio, las risas aumentaban justo después de que ella terminara un ejercicio.
Nada directo.
Nada denunciable.
Pero constante.
Un día, durante una práctica de agarre y desarme, una de ellas.. la más alta.. apretó más de lo necesario al sujetarla, intentando forzar una caída brusca.
Constance sintió la intención en la presión del brazo.
No reaccionó con rabia.
Aprovechó el impulso.
Giró el cuerpo.
Desequilibró.
Y la dejó en el suelo en menos de dos segundos.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier golpe.
No dijo nada.
Extendió la mano para ayudarla a levantarse.
La otra cadete rechazó la ayuda y se incorporó sola.
Ahí la envidia dejó de ser silenciosa.
Porque ya no era solo por su cabello.
Ni por su belleza.
Era porque estaba demostrando que tenía talento real.
Y el talento, cuando aparece en alguien nuevo, joven… y además diferente… incomoda.
Constance volvió esa noche a su cama con los músculos cansados y la mente clara.
Sabía que aquello podía escalar.
Sabía que el campo militar no perdonaba distracciones.
Pero también sabía algo más.
No había dejado su hogar, ni enfrentado a su familia, ni soportado la presión de expectativas, para retroceder por miradas resentidas.
Si la envidia crecía, ella crecería más.
No respondería con insultos.
Respondería con progreso.
Y mientras tanto, cada tarde, cuando el capitán aparecía en el campo y sus ojos recorrían el entrenamiento con atención calculada… Constance sentía que, aunque el ambiente pudiera volverse hostil, había al menos una mirada que no la juzgaba por brillar.
Sino que esperaba que lo hiciera aún más.