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Sombra En El Altar

Sombra En El Altar

Status: En proceso
Genre:Matrimonio arreglado
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anibeth Arguello

Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.

NovelToon tiene autorización de Anibeth Arguello para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

la noche de los cuchillos largos.

​El centro de mando oculto en la cripta era un santuario de silicio y cristal, un contraste violento con las tumbas de mármol que lo rodeaban. El aire olía a ozono y a la electricidad estática de los servidores que procesaban millones de euros por segundo. Alessandra estaba sentada frente a la terminal principal, sus dedos volando sobre el teclado con una precisión que rozaba lo inhumano.

​—Firma el protocolo de transferencia, Alessandra —ordenó Eléonore, de pie detrás de ella con la frialdad de un verdugo—. El tiempo se agota. Los mercados asiáticos están abriendo y necesitamos que la liquidez de Blue Phoenix cubra los huecos de la Operación Fénix de Plata.

​Alessandra no respondió. En una de las pantallas, una barra de progreso avanzaba lentamente. Julián, apoyado contra la pared y apenas manteniéndose consciente, la observaba. Él sabía que ella no estaba firmando su rendición. Ella estaba preparando una ejecución.

​El virus del Fénix

​Alessandra no estaba transfiriendo fondos; estaba inyectando el "Protocolo Ceniza", un virus informático diseñado por ella y Marcus durante los meses de su matrimonio infeliz, cuando su única vía de escape era el código. El virus no robaba el dinero; lo invalidaba, destruyendo las claves de encriptación que hacían que esos miles de millones fueran rastreables y legales.

​—¿Qué estás haciendo? —preguntó Eléonore, sus ojos entrecerrándose al notar que los gráficos de los monitores empezaban a parpadear en rojo—. ¡Ese no es el protocolo de firma!

​—Tienes razón, madre —dijo Alessandra, girándose con una sonrisa letal—. Es el protocolo de demolición. Si yo no puedo tener una vida libre, tú no tendrás una red que gobernar. En sesenta segundos, la fortuna de los Valois será solo una serie de ceros y unos sin valor en un servidor quemado.

​La furia de los mercenarios

​Eléonore gritó una orden en su comunicador. La puerta de la cripta se abrió y cuatro guardias de élite, vestidos con uniformes tácticos negros, irrumpieron en la sala.

​—¡Detén el proceso o mataré a Julián frente a tus ojos! —rugió Eléonore, sacando una pequeña pistola de su bolso de seda.

​Julián, viendo que el guardia más cercano levantaba su arma hacia Alessandra, sintió que una descarga de adrenalina pura anulaba el dolor de su costado. No era el magnate que daba órdenes desde un despacho; era el hombre que estaba dispuesto a morir por la mujer que le había devuelto el alma.

​Con un grito de rabia, Julián se lanzó contra el primer guardia, usando su peso para derribarlo. A pesar de sus heridas, Julián luchó con la ferocidad de un animal acorralado. Arrebató el arma del guardia y, rodando por el suelo de cristal, abrió fuego contra los sistemas de iluminación.

​La cripta quedó sumida en una penumbra roja, iluminada solo por las luces de emergencia y el brillo frenético de las pantallas.

​El regreso de la sombra desfigurada

​En medio del tiroteo, una risa estridente y distorsionada resonó en los altavoces de la oficina. Isabella apareció en la entrada, pero esta vez no buscaba a Alessandra. Sus ojos, llenos de una locura lúcida, estaban fijos en Eléonore.

​—Dijiste que me amabas, mamá —siseó Isabella, caminando entre el fuego cruzado con una granada de humo en la mano—. Dijiste que yo era la elegida si ella fallaba. ¡Pero me usaste como cebo! ¡Me dejaste quemar para que ella tuviera una motivación para venir!

​Isabella lanzó la granada. Un humo denso y picante llenó la estancia.

​—¡Julián, al suelo! —gritó Alessandra.

​Ella sintió el impacto de un cuerpo contra el suyo. Era Julián, usándose a sí mismo como escudo humano una vez más mientras el cristal de los monitores estallaba a su alrededor por los disparos de los guardias.

​—El proceso... ¿terminó? —jadeó Julián en su oído, mientras el humo los envolvía.

​—99 por ciento... —respondió Alessandra, apretando el botón de "Enter" con una fuerza final—. ¡Hecho! La Orden de Valois ya no existe, Julián. Son pobres. Todos ellos.

​El colapso del Castillo

​Un estruendo sordo sacudió los cimientos del castillo. Marcus, desde el exterior, había iniciado la detonación controlada de los pilares de comunicación. El Castillo de Sombras estaba empezando a hundirse, no solo financiera sino físicamente.

​Alessandra vio a su madre, Eléonore, de pie frente a los monitores negros, mirando su reflejo en el cristal roto. La mujer que había gobernado imperios desde las sombras parecía ahora una anciana patética y despojada. Isabella se acercaba a ella con un cuchillo en la mano, un encuentro final entre la creadora y su monstruo.

​—Tenemos que irnos, Julián —dijo Alessandra, ayudándolo a levantarse—. El pasadizo de la alcantarilla es nuestra única salida.

​—¿Y ellas? —preguntó Julián, mirando a las dos mujeres Rossi que se devoraban mutuamente en el humo.

​—Ellas ya están muertas, Julián. Solo que aún no lo saben. Su mundo se acabó. El nuestro... apenas comienza.

​Alessandra y Julián se adentraron en el túnel oscuro mientras el suelo bajo sus pies vibraba con la caída definitiva de la aristocracia de los Valois. El fénix no solo había renacido; había reducido el nido a cenizas.

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