No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 3
Mientras conversaba animadamente con algunos de sus nuevos compañeros, la atención de Arya se desvió por un instante hacia una figura que atravesaba el patio con paso firme. Era un joven alto, rubio, de porte casi militar, que parecía completamente ajeno a lo que ocurría a su alrededor. O al menos, eso fue lo que ella percibió.
Se trataba de Edward von Reinhardt.
Arya recordó de inmediato su presentación en clase. Había dicho su nombre con voz seca y, cuando llegó el turno de hablar sobre sus gustos, simplemente había declarado que no había nada que le gustara. Aquella respuesta había provocado un leve revuelo: algunos compañeros lo tacharon de arrogante, otros murmuraron que lo decía con desprecio, como si se creyera superior.
Pero Arya no lo había visto de la misma manera.
—Parecía sincero —pensó, mientras lo observaba alejarse—. Y no está mal… no es una obligación que te guste algo.
Frunció levemente el ceño.
—Aunque, claro… sigue siendo raro que no le guste nada.
Suspiro y apartó esos pensamientos.
—En fin…
El sonido de la campana anunció el final del recreo, y los estudiantes comenzaron a dirigirse nuevamente a los pasillos. Arya avanzaba entre la multitud cuando, al doblar una esquina, se encontró con Ferdinand y Leonardo. Sin embargo, no estaban solos.
Un joven se adelantó de repente, interceptando su camino antes de que pudiera reaccionar. Arya se detuvo en seco. Él no parecía tener la menor intención de apartarse.
Tenía el cabello negro, la piel de un suave tono tostado y unos ojos brillantes, cargados de una energía inquietante. Era otro compañero de curso. Se plantó frente a ella con total descaro.
—Ho-hola… —balbuceó Arya, incómoda por la cercanía y el silencio repentino.
Entonces, el joven curvó los labios en una sonrisa traviesa.
—Así que aquí estás, Arya Rosenfeld —dijo con entusiasmo—. La primera chica que me gusta. Es más, puedo asegurar que eres mi primer amor. ¿Saldrías conmigo?
—¿He…? ¿¡E-eh!?
La expresión de Arya quedó completamente en blanco. Ni la confusión ni el desconcierto que se reflejaban en su rostro alcanzaban a describir lo que sentía en ese momento.
El atrevido autor de aquella declaración era Eliot von Greiffen.
Ferdinand reaccionó de inmediato. Se acercó por detrás y apoyó una mano en el cuello de Eliot, aparentando camaradería, aunque aplicando una presión nada sutil.
—¿Qué estás diciendo tan de repente, imprudente? —susurró a modo de advertencia.
Eliot soltó una risa baja, todavía sonriendo, aunque ahora con un leve dejo de tensión.
—Solo… solo estoy expresando mis sentimientos.
Arya lo observó con seriedad, recuperando el control de su voz.
—Disculpa —dijo con firmeza—. Eliot, ¿verdad? Creo que este tipo de bromas no son graciosas. A menos que me hayas visto cara de tonta, no entiendo por qué debería creerte. Hablar de sentimientos hacia alguien que apenas has visto una vez no es coherente y, además, podrías generar rumores inapropiados. Te pido que no bromees de esa manera.
Un breve silencio se instaló entre los cuatro.
—¿Escuchaste? —murmuró Ferdinand, casi en un susurro, dirigido a Eliot.
Pero, lejos de disculparse o mostrarse avergonzado, Eliot sonrió con aún más entusiasmo.
—Entiendo que no me creas —respondió con total naturalidad—, pero no te preocupes. Me encargaré de conquistarte de ahora en adelante.
Antes de que Arya pudiera articular palabra, Eliot se dio media vuelta y salió corriendo por el pasillo en dirección a las aulas.
Arya quedó boquiabierta.
No entendía sí aquello fue una broma o que. Llevó ambas manos a la cabeza, completamente alterada.
—¿Pero qué tontería es esta…? —murmuró, angustiada.
Ferdinand, en cambio, comenzó a reír, como si todo aquello le resultara inesperadamente divertido.
—Parece que en tu primer día ya eres popular —comentó, conteniendo apenas una carcajada.
—¡Cállate! —protestó Arya, ruborizada, mientras retomaba el camino hacia el salón.
Su primer día en la academia estaba siendo cualquier cosa… menos tranquilo.
De regreso al aula, Arya volvió a ocupar su asiento. Annie ya estaba allí; de hecho, parecía no haber salido siquiera al recreo. Tenía la espalda rígida y una expresión extraña en el rostro, una mezcla de tensión y desánimo que no pasó desapercibida.
Arya la observó unos segundos antes de inclinarse ligeramente hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja.
—Sí, sí… —respondió Annie con un tono nervioso, evitando mirarla—. Te vi en el pasillo… muchos compañeros hablaron contigo. Parece que te resulta fácil hacer amigos.
—Mmm… bueno, no diría que somos amigos —respondió Arya distraída, mientras revisaba la guía de estudio para ver qué asignatura tendrían a continuación—. Solo intercambiamos algunas palabras.
—¿Es así…? —murmuró Annie.
Hubo una breve pausa antes de que continuara, esta vez en un tono más bajo, casi amargo.
—Incluso eso está bastante bien para una chica de pueblo como tú… Yo, que vivo en la capital desde hace años, ni siquiera he podido dirigirle una palabra a alguno de ellos.
Su mirada se desvió hacia un grupo de estudiantes nobles que conversaban entre sí con naturalidad, ajenos a todo lo demás.
Arya permaneció en silencio.
Aquel comentario le resultó extraño. No sonaba como una simple observación casual, sino como algo cargado de comparación. Sin embargo, antes de que pudiera responder o indagar más en ese tono inesperado, la puerta del aula se abrió.
El profesor de la siguiente clase entró con paso firme y el murmullo general se apagó de inmediato.
Arya enderezó la espalda, dejando de lado sus pensamientos.
Las clases continuaron sin mayores sobresaltos hasta que el primer turno de la mañana llegó a su fin. El sonido de la campana anunció, por fin, la hora del almuerzo, y los pasillos volvieron a llenarse de voces y pasos apresurados.
Fue entonces cuando Arya se encontró frente a una situación que no esperaba.
—Entonces… ¿por qué está él aquí? —pensó, al ver a Eliot von Greiffen sentado frente a ella en una de las mesas del comedor. Su sonrisa traviesa parecía crecer a medida que notaba la evidente consternación de Arya, como si se divirtiera con su incomodidad.
—El almuerzo se ve delicioso —dijo Eliot de pronto, rompiendo el silencio tenso—. ¡Comamos!
Arya lo observó un instante más, buscando alguna explicación lógica, y luego bajó la mirada hacia su plato.
—Sería muy egocéntrico pensar que está aquí por mí… solo es otro estudiante más —se dijo—. Claro la comida se enfriará —respondió finalmente, con voz contenida.
El almuerzo continuó entre el tintinear de los cubiertos y conversaciones ajenas. Arya hizo un esfuerzo consciente por ignorar la atención constante de Eliot, concentrándose únicamente en su comida. Cuando terminó, se levantó con discreción; necesitaba ir al baño, aunque eso implicara atravesar casi todo el comedor.
Avanzó mirando al frente, pero no pudo evitar observar de reojo el entorno: filas interminables de mesas, rostros desconocidos, risas, discusiones animadas y el bullicio propio de un lugar repleto de estudiantes.
Casi al llegar al final del salón, sus ojos se detuvieron inevitablemente en un grupo que ocupaba una de las mesas más alejadas. Y su mirada terminó recayendo en alguien en particular. Cabello oscuro, ojos verdes. Algo en su presencia le provocó un repentino cosquilleo en el pecho.
Justo entonces, sus miradas se encontraron.
Fueron apenas unos segundos, pero para Arya el tiempo pareció estirarse, volverse espeso. El cosquilleo se intensificó hasta que unas risas bajas rompieron el hechizo.
—Otra más… —murmuró una de las jóvenes sentadas en esa mesa.
Arya parpadeó, volviendo en sí.
—¿He…? ¿Se refieren a mí? —pensó, confundida.
Sacudió levemente la cabeza.
—Arya, no seas tonta. No te tomes nada personal. Ni siquiera sabes de qué están hablando…
Con paso apresurado, continuó su camino, dejando atrás aquella sensación incómoda que se le había instalado en el pecho.
Después de ese episodio, el día siguió su curso sin más incidentes destacables. Y cuando el atardecer finalmente tiñó de tonos dorados los ventanales de la academia, el primer día de clases llegó a su fin.