Han pasado 20 años.
El hijo de Frank y Valery ya no es un bebé.
Es el heredero del imperio Morello
Él no quiere el trono.
No quiere ser rey. No quiere sangre. No quiere alianzas forzadas.
Quiere una vida normal.
Y eso, en una familia como la suya… es traición.
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La mujer que nunca fue una víctima
Capítulo 20
El nombre “Ruiz” no era casual.
Cuando Matías lo escuchó en boca de Isabella, algo en su memoria hizo clic.
No por el presente.
Por el pasado.
Había escuchado ese apellido antes.
En voz baja.
En discusiones que su madre creyó que él no oía.
En noches donde el silencio pesaba más que las palabras.
—
Octavio seguía bajo custodia.
Pero Matías ya no quería respuestas del enemigo.
Quería respuestas de su propia sangre.
Llamó a su padre.
El hombre tardó en contestar.
—¿Qué pasó? —preguntó con tono seco.
Matías no dio rodeos.
—¿Quién es Ruiz?
Silencio.
No uno breve.
Uno cargado.
—¿De dónde sacaste ese nombre?
—Respóndeme.
El padre respiró lento.
—Ese nombre está enterrado.
—No lo suficiente.
La voz del hombre cambió. Más grave.
—Ruiz trabajó para nosotros hace años.
El corazón de Matías se tensó.
—¿Trabajó?
—Inteligencia. Intermediario. Negociador encubierto.
—¿Y ahora?
—Ahora no debería existir.
—
Pero existía.
Y tenía a Valeria.
—
Isabella no entendía lo que estaba pasando.
—¿Por qué ese nombre te afecta así?
Matías la miró.
Y por primera vez dudó en decir la verdad.
Pero si algo había aprendido esa noche…
Era que el silencio destruye más que la violencia.
—Mi madre no fue una víctima pasiva.
Isabella frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Matías tragó saliva.
—Mi madre manejaba información.
—
Flashback.
Valery de Morello no era la esposa decorativa de un líder criminal.
Había estudiado relaciones internacionales.
Hablaba cuatro idiomas.
Entendía diplomacia mejor que muchos hombres armados que rodeaban a su marido.
Era el equilibrio.
La que negociaba treguas silenciosas.
La que evitaba masacres innecesarias.
La que sabía cuándo una guerra podía transformarse en alianza.
Pero también sabía demasiado.
—
Ruiz fue su contacto.
No amante.
No traidor.
Aliado estratégico.
Un hombre externo que facilitaba acuerdos con otros grupos sin manchar directamente el nombre Morello.
Hasta que todo se torció.
—
—Mi madre y Ruiz estaban negociando una división territorial —explicó Matías—. Sin que mi padre lo supiera.
Isabella se quedó inmóvil.
—¿Ella traicionó a tu padre?
Matías negó lentamente.
—Intentó evitar una guerra total.
—
Pero el padre lo descubrió.
Y en el mundo de los Morello, la traición no necesita intención.
Solo percepción.
—
—La explosión no fue solo advertencia —continuó Matías—. Fue un mensaje doble.
Para Octavio.
Y para ella.
“Recuerda quién manda.”
—
Isabella sintió que todo se reorganizaba.
—Entonces Ruiz no es solo enemigo…
—Es alguien que sobrevivió.
—
En ese momento llegó un mensaje.
Ubicación.
Y una foto.
Valeria atada a una silla.
Viva.
Pero aterrorizada.
Y detrás, apenas visible en sombra…
Un hombre.
Traje oscuro.
Postura recta.
Sin miedo.
Ruiz.
—
Matías amplió la imagen.
Su mandíbula se tensó.
—No quiere a Octavio —murmuró.
—¿Entonces qué quiere?
Matías entendió demasiado tarde.
—Quiere cerrar lo que empezó con mi madre.
—
En un edificio abandonado a las afueras de la ciudad…
Ruiz observaba a Valery.
—Tranquila —le dijo con voz suave—. No eres el objetivo.
—Entonces suéltame —sollozó ella.
Él negó.
—Eres el mensaje.
—
Ruiz no era policía.
Tampoco era simple infiltrado.
Era ex inteligencia militar.
Había trabajado con gobiernos antes de desaparecer en el mundo criminal.
Y cuando Valeria Morello intentó romper el equilibrio de poder sin permiso…
Se convirtió en un problema para todos.
No solo para su esposo.
—
La explosión no fue orden exclusiva del padre.
Fue sugerencia estratégica.
De Ruiz.
Eliminar a la mediadora.
Forzar guerra abierta.
Porque en el caos, los intermediarios prosperan.
—
Matías lo entendió con claridad brutal.
—Mi madre no fue silenciada por mi padre solamente.
Isabella lo miró.
—¿Qué estás diciendo?
—Ruiz necesitaba que muriera.
—
La pieza faltante encajó.
Si Valery de Morello vivía, podía reconstruir alianzas.
Podía testificar.
Podía desmantelar redes.
Muerta…
Se convertía en símbolo.
Y los símbolos incendian imperios.
—
—Esto no es un intercambio —dijo Matías finalmente.
—Entonces ¿qué es?
Su mirada se volvió fría.
—Es una provocación personal.
—
Isabella se acercó.
—¿Qué vas a hacer?
Matías no respondió de inmediato.
Porque por primera vez la guerra no era por territorio.
Era por verdad.
Y si Ruiz revelaba públicamente que la madre de Matías había negociado en secreto…
El imperio Morello se fracturaría desde dentro.
—
El teléfono volvió a vibrar.
Mensaje de Ruiz.
"Tu madre entendía el equilibrio. Tú eliges violencia. Nos parecemos más de lo que crees."
Matías apretó el celular hasta que casi crujió.
Isabella susurró:
—No puedes dejar que esto te consuma.
Pero ya era tarde.
Porque ahora no solo estaba en juego Valeria (la amiga).
Ni siquiera Octavio.
Estaba en juego la memoria de su madre.
Y la versión de la historia que sostuvo a Matías toda su vida.