Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 12 — Donde el cuidado no me borra
La habitación estaba en penumbra, atravesada por una luz gris que entraba por la ventana estrecha. Afuera, la lluvia había lavado la calle durante la noche y ahora el empedrado devolvía un olor a piedra fría y a tierra recién removida. Lysien se movía en silencio, descalzo, para no despertar a Kaelen. El ritmo de la respiración del delta era irregular, pero constante. Cada exhalación era una pequeña victoria que Lysien contaba sin decirlo.
Colocó el cuenco de agua tibia sobre la mesa, empapó el paño y lo escurrió con cuidado. Sus manos no temblaban. No porque no sintiera miedo, sino porque había aprendido a no permitir que el miedo dirija los gestos. Se inclinó para limpiar el sudor de la frente de Kaelen. El paño dejó una estela fresca sobre la piel caliente.
Kaelen frunció el ceño en sueños. Lysien retiró la mano, atento. No forzó el cuidado. Esperó a que la respiración volviera a un ritmo más profundo antes de continuar. Ese respeto mínimo era su manera de no invadir.
Al mediodía, la partera volvió para revisar la herida. Habló con frases cortas, prácticas. Lysien escuchó sin interrumpir, preguntó solo lo necesario. Cuando la mujer terminó, le agradeció con una inclinación de cabeza. No le ofreció monedas que no tenía; le ofreció organización: horarios, turnos, descanso. La partera aceptó. El cuidado también se negocia.
Kaelen despertó con un gruñido bajo. Sus ojos buscaron el cuarto como si el lugar pudiera cambiar de sitio mientras dormía.
—Estás aquí —murmuró.
—Estoy —respondió Lysien—. No te muevas aún.
Kaelen hizo el gesto de incorporarse. Lysien apoyó dos dedos en su hombro, firme sin dureza.
—Aún no —repitió—. Te mareas si te levantas rápido. Respira.
Kaelen obedeció, no sin un destello de incomodidad en la mirada. El delta no estaba hecho para la quietud. Lysien lo sabía. No lo ridiculizó por ello.
—No me gusta depender —dijo Kaelen, con la voz áspera.
—No estás dependiendo —respondió Lysien—. Estás permitiendo. Es distinto.
Kaelen cerró los ojos un segundo. El gesto fue pequeño, pero la tensión en su mandíbula cedió.
En la posada, la vida seguía con un murmullo cuidadoso. La posadera bajó el volumen de las risas en la sala común. El impresor dejó pan al amanecer y se marchó sin pedir ver al herido. Nadie convertía la herida de Kaelen en espectáculo. Esa discreción era una forma de respeto que Lysien agradecía sin decirlo.
Por la tarde, llegaron los funcionarios del consejo. No subieron al cuarto. Dejaron un aviso en la recepción: inspección a la imprenta por “condiciones de seguridad”. Lysien leyó el papel con los labios apretados. No era una amenaza abierta. Era una presión lateral, el tipo de presión que cansa.
—No vayas —dijo Kaelen, notando el cambio en su postura.
Lysien dobló el papel con cuidado.
—No voy a dejar la imprenta sola por esto —respondió—. Tampoco voy a correr. Haré lo que acordamos: mostrar método, no resistencia teatral.
Kaelen lo miró con una mezcla de orgullo y preocupación.
—No te pongas en medio por mí.
—No lo hago por ti —dijo Lysien—. Lo hago por el lugar que construimos. Tú estás en ese lugar. No es lo mismo.
En la imprenta, los funcionarios revisaron estantes, tomaron notas, midieron espacios. Lysien explicó turnos, pausas, ventilación. Señaló los bancos donde se sentaba cuando el mareo aparecía. No se justificó; explicó. Esa diferencia cambió el tono de la sala.
—No buscamos sancionar —dijo uno.
—Entonces no vengan como si ya la tuvieran escrita —respondió Lysien, sin alzar la voz.
El funcionario lo miró con sorpresa. Luego asintió, anotando algo más.
Al regresar a la posada, el cielo se había abierto en claros azules entre nubes. Lysien respiró hondo antes de subir. En el cuarto, Kaelen dormía. Se sentó a su lado, observando el ascenso y descenso del pecho vendado. La quietud le permitió escuchar su propio cansancio.
—No me borro cuando cuido —susurró, como si se lo recordara a sí mismo—. Me afirmo.
Kaelen abrió los ojos, lento.
—Te oí.
—No era para ti —dijo Lysien, con una media sonrisa cansada.
—Entonces me alegra haberlo escuchado —respondió Kaelen.
Esa noche, cuando el dolor de Kaelen aumentó, Lysien sostuvo el cuenco mientras la partera cambiaba la venda. Kaelen apretó los dientes. Lysien sostuvo su mirada, marcando el ritmo de la respiración con la suya. No hubo palabras grandes. Hubo presencia.
—No me sueltes —murmuró Kaelen, casi sin voz.
Lysien apretó los dedos alrededor de la mano del delta.
—No te suelto —respondió—. Pero tampoco te retengo. Descansa.
Cuando la habitación quedó en silencio, Lysien se levantó para abrir la ventana. El aire frío entró con olor a río. Apoyó la mano en su vientre. El pulso bajo la piel le recordó que el cuidado no era una renuncia a sí mismo; era una extensión de su decisión de estar entero.
—Nos quedamos —susurró—. Sin desaparecer.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora