Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 6 – Un día con matices
Briana
El despertador sonó más temprano de lo habitual, y esta vez no me costó abrir los ojos. Tal vez era porque todavía tenía frescos en la mente los momentos de la tarde anterior: Pía riendo conmigo mientras dibujábamos flores imposibles, Teo acercándose para pedirme ayuda con sus cuentas, y hasta ese gesto silencioso de Maicol al dejarme una taza de café en la mesa.
Son pequeños detalles, sí, pero en un lugar donde todo me resultaba nuevo y ajeno, empezaban a sentirse como anclas.
Me levanté y fui a la cocina. Encendí la cafetera y mientras el aroma llenaba el aire, me quedé mirando por la ventana. El cielo estaba teñido de un gris suave, como si el día también dudara de qué quería ser: soleado o lluvioso. Y de algún modo me identifiqué con eso, porque yo también me sentía a mitad de camino entre la seguridad y la incertidumbre.
Preparé el desayuno antes de que los niños bajaran: unas tostadas, fruta y un poco de jugo.
Pía fue la primera en aparecer, arrastrando las pantuflas con un muñeco colgando de su brazo.
—¿Hoy también hay waffles? —preguntó, todavía con la esperanza en los ojos.
Reí suavemente.
—No, señorita, hoy toca algo más sencillo. Pero prometo que el fin de semana hacemos waffles otra vez.
Ella se encogió de hombros y empezó a servirse jugo.
Teo bajó poco después, con la mochila ya colgada, como si estuviera listo para salir corriendo en cualquier momento. Se sentó en silencio, pero cuando le serví fruta me miró un instante antes de decir:
—Gracias.
Me quedé quieta. Era la primera palabra amable que me dirigía desde que llegué.
—De nada —respondí, y sentí un calorcito extraño en el pecho.
Cuando los niños terminaron de desayunar, Maicol apareció. Llevaba traje, aunque sin la corbata puesta, y parecía más relajado que de costumbre.
—Buenos días —dijo, sirviéndose café.
—Buenos días —contesté, aunque mi voz salió más suave de lo que esperaba.
Él me miró unos segundos, como evaluando algo, y luego se dirigió a los niños para recordarles la hora de salida.
El camino hacia la escuela fue más tranquilo que otros días. Pía hablaba de un juego nuevo, Teo caminaba a mi lado sin adelantarse tanto como antes. Cuando los dejamos en la puerta, ella me dio un beso rápido en la mejilla que me tomó por sorpresa.
—¡Chao, Briana! —gritó, corriendo hacia sus amigas.
Teo levantó la mano en un saludo silencioso antes de entrar al edificio.
Me quedé de pie, observando cómo desaparecían en la multitud, y sentí un orgullo tonto, como si esos pequeños gestos fueran victorias personales.
De regreso a la casa, Maicol me alcanzó en el auto. Bajó la ventanilla y me miró con gesto serio.
—Sube, te llevo —dijo, como si fuera lo más natural del mundo.
Dudé un segundo, pero terminé entrando. El auto olía a cuero y perfume discreto. Me acomodé en el asiento del copiloto y mantuve las manos entrelazadas en el regazo.
—¿Cómo te fue ayer en la universidad? —preguntó de pronto.
No esperaba que lo hiciera.
—Difícil —admití—. Entiendo lo básico, pero me cuesta mucho seguir el ritmo. Estaba pensando en ver si consigo algún compañero o compañera que me ayude un poco con el idioma. Tal vez con alguien que tenga paciencia pueda avanzar más rápido.
Asintió despacio, con la mirada fija en el camino.
—Hazlo. Es importante que no te sientas perdida.
Lo dijo con firmeza, pero había algo más debajo de esas palabras. Como si realmente le importara.
El resto del trayecto fue en silencio, pero un silencio menos incómodo que otras veces.
Más tarde, cuando fui al supermercado, descubrí lo complicado que podía ser comprar en un idioma que apenas manejaba. Pasé más tiempo mirando etiquetas que eligiendo productos. En un pasillo, una señora me preguntó algo que no entendí y terminé sonriendo torpemente, deseando que la tierra me tragara.
De vuelta en casa, mientras guardaba las compras, escuché la puerta abrirse. Era Maicol otra vez.
—Llegaste temprano —comenté.
—Tenía que pasar por unos planos y decidí almorzar aquí —respondió, dejando unos papeles sobre la mesa.
Lo miré, sorprendida, y me animé a decir:
—Si quieres, puedo preparar algo rápido.
Él dudó apenas, pero luego asintió.
Preparé una pasta sencilla, con salsa de tomate y algo de queso. Nada sofisticado, pero mientras cocinaba sentía que mis manos temblaban un poco. ¿Por qué me ponía nerviosa solo porque él estaba en la misma habitación?
Cuando serví los platos, se sentó frente a mí y probó un bocado.
—Está bueno —dijo, sin levantar la vista.
Sonreí, sintiendo que esa mínima aprobación valía oro.
Al terminar, recogí los platos y él volvió a su computadora. Me quedé mirándolo de reojo, y pensé que había tanto en ese hombre que aún no conocía. Se mostraba serio, distante, pero había gestos —el café del otro día, el “está bueno” de ahora— que dejaban entrever otra cosa. Algo más humano, más cercano.
Esa tarde, cuando fuimos a recoger a los niños, Pía corrió hacia mí como siempre, y Teo me mostró orgulloso una hoja con un examen aprobado.
—¡Mira, Briana! Saqué buena nota.
Lo miré con una sonrisa amplia.
—¡Teo, eso es increíble! Sabía que podías hacerlo.
Él bajó la mirada, pero no pudo ocultar la sonrisa pequeña que se le escapó.
Y yo, caminando de regreso con ellos, entendí que poco a poco, con paciencia y pequeños gestos, estaba comenzando a ser parte de esa familia.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce