Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.
Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.
Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».
Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.
Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.
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Capítulo 3
La luz de la mañana se colaba por las rendijas de unas cortinas gruesas, de color dorado.
Lula parpadeó despacio, con sus ojos redondos.
Sentía que el cuerpo se le hundía en algo muy blando y perfumado. Aquello no era el asfalto, ni tampoco el cartón viejo del portal de una tienda.
Se frotó los ojos y se incorporó hasta quedar sentada. Se le abrió la boca de par en par: la habitación era diez veces más grande que la tienda de la esquina donde solía resguardarse. El techo era altísimo y de él colgaba una lámpara de cristal preciosa.
Esta cama es tan suave que parece que duermo sobre una nube, pensó, maravillada.
Se miró y se dio cuenta de que le habían cambiado el vestido andrajoso por una piyama de seda rosa. Hasta su piel olía bien, a fresas.
De pronto, desde la mesa del rincón llegó un suave rumor de hojas.
—Por fin despiertas, niña humana.
Lula giró la cabeza y vio una maceta pequeña con una orquídea blanca preciosa.
—Hola, Señor Flor, ¿dónde estamos? —preguntó con la voz ronca de quien acaba de despertar.
—En casa de la señora Marina, la señora a la que salvaste ayer —contestó la orquídea.
Lula asintió despacio, recordando lo del mediodía anterior.
¡Grrr!
El estómago de Lula volvió a sonar y rompió el silencio de la lujosa habitación.
—Seguro que tienes hambre. Las empleadas de la casa ya han dejado preparado el desayuno abajo —añadió la orquídea.
Clic.
La puerta se abrió desde fuera.
Marina entró con una sonrisa dulce en su rostro maternal. Se la veía fresca y sana.
—Buenos días, mi Lula querida —saludó, acercándose a la cama.
—Buenos días, señora —respondió Lula, bajando la cabeza con timidez.
Marina se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo, ahora limpio y perfumado.
—Anoche te bañé mientras dormías profundamente.
—Perdone la molestia, señora —murmuró Lula.
—No fue ninguna molestia. Anda, vamos abajo a desayunar.
Marina le tendió la mano y la manita de Lula la tomó enseguida.
Salieron juntas de la habitación y bajaron por una larguísima escalera de mármol en espiral. Lula no dejaba de mirar a un lado y a otro: la casa era enorme y todo en ella parecía carísimo. Varias empleadas de uniforme inclinaban la cabeza con respeto al verlas pasar.
—Señora, el señor está de muy mal humor en el comedor —le susurró una de ellas, acercándose a Marina.
Marina suspiró hondo al oír el aviso.
—Mi marido anda con la cabeza llena de problemas últimamente —le dijo a la empleada.
Luego condujo a Lula a un comedor de proporciones descomunales. Al fondo de la larga mesa, un hombre de mediana edad gritaba de pie frente a su celular.
Era Bernardo Valderrama, presidente del Grupo Faro y esposo de Marina.
—¡No quiero saber nada! ¡Ese proyecto tiene que seguir adelante o nos hundimos todos! —le bramó al teléfono.
¡Pam!
Lanzó el celular contra la mesa con tanta fuerza que la pantalla se resquebrajó. Tenía el rostro agotado, con ojeras oscuras.
Lula se escondió detrás de las piernas de Marina, asustada ante aquel hombretón enfurecido.
—Querido, no te enojes tan temprano, acuérdate de tu presión —lo regañó Marina con suavidad, mientras se acercaba a él.
Bernardo se masajeó las sienes, que le latían con dolor.
—¿Cómo no voy a enojarme? El inversionista de Singapur acaba de retirar su capital de un día para otro —se quejó, con voz desesperada.
Entonces giró la cabeza y frunció el ceño al ver a una niña pequeña escondida tras su esposa.
—Marina, ¿quién es esta niña? —preguntó, desconcertado.
Marina tomó con delicadeza la mano de Lula y la puso a su lado.
—Ella es Lula, la niña que me salvó la vida ayer —respondió con firmeza.
Bernardo examinó a Lula de arriba abajo.
—¿Que te salvó la vida? ¿Una niña tan pequeña? —preguntó, incrédulo.
—Sí, querido. Ayer al mediodía, frente a la oficina, el corazón se me paró de repente.
Bernardo abrió los ojos como platos: su esposa no le había contado nada la noche anterior.
—¿Qué? ¿Y por qué no me llamaste? ¿Por qué no fuiste al hospital? —preguntó, alarmado.
—Fue Lula quien me ayudó. Tiene una especie de capacidad especial, y me curó.
Bernardo miró a su esposa con extrañeza. Era evidente que no creía en cosas mágicas, y menos en capacidades especiales.
—Marina, seguro que lo entendiste mal por el susto. Habrá sido pura casualidad —dijo, tratando de ser razonable.
—Lo sentí yo misma, querido. Esta niña es especial, y no tiene familia.
Marina le acarició la espalda a Lula con inmenso cariño.
—Así que he decidido traerla a casa y cuidarla aquí —prosiguió.
Bernardo se pellizcó el puente de la nariz; el dolor de cabeza empeoraba. Su empresa estaba al borde de la quiebra y su esposa traía a casa a una niña de la calle.
—Haz lo que quieras, Marina, mientras la niña no arme alboroto en la casa —cedió, resignado.
Se volvió hacia Lula, que seguía mirándolo con sus ojos redondos e inocentes.
—Oye, pequeña, ¿te llamas Lula? —preguntó con un tono algo rígido.
Lula asintió con suavidad.
—Tengo hambre —confesó con franqueza, porque el estómago ya le dolía de verdad.
Bernardo se quedó callado un momento y luego suspiró.
—Siéntate y come todo lo que quieras —le indicó, señalando una silla vacía.
Una empleada levantó a Lula en brazos y la sentó en una silla alta. Enseguida le pusieron delante un plato con arroz frito, pollo asado y huevos fritos.
A Lula se le iluminaron los ojos ante tanta comida. Agarró la cuchara y se puso a comer con muchísimas ganas.
Marina sonrió de oreja a oreja al ver cómo comía.
Bernardo, que hasta hacía un momento no podía con la cabeza, acabó sonriendo apenas, mirándola.
—Come como si llevara una semana sin probar bocado —comentó en voz baja.
—Querido, por favor, no la hagas sentir mal —lo reprendió Marina, dándole una palmada en el brazo.
El ambiente tenso del comedor se había templado un poco.
Pero la calma no duró mucho.
¡Pam!
La puerta principal de la casa se abrió con brusquedad.
Unos pasos rápidos y firmes se acercaron al comedor.
En el umbral apareció un joven apuesto de veinticuatro años, con las mangas de la camisa de trabajo arremangadas hasta los codos y un gesto muy frío.
Era Adrián Valderrama, el primogénito de la familia.
—Papá, ¿qué significa todo esto? —preguntó, furioso.
Bernardo miró a su hijo mayor sin entender.
—¿Qué te pasa, Adrián? Llegas del trabajo a primera hora y ya estás gritando —lo reprendió.
Adrián se acercó a zancadas a la mesa y señaló directamente a Lula.
Ella, que justo estaba mordiendo un muslo de pollo, lo miró con los mofletes abultados.
—¿Qué hace esta niña en nuestra casa? —preguntó él, cortante.
—Esta mañana el mayordomo me avisó de que Mamá había traído a una niña a casa —continuó.
Fijó en Bernardo una mirada llena de sospecha.
—¿Así que los rumores que corren por ahí son ciertos? ¿Tienes una amante y esta es tu hija bastarda, Papá? —lo acusó sin rodeos.
¡Puaj!
Bernardo escupió el café que acababa de beber.
Marina también abrió los ojos de par en par ante la acusación disparatada de su hijo mayor.
—¡Adrián! ¡Cuida lo que dices! ¿Dónde has oído un rumor tan barato? —estalló Bernardo.
Adrián se cruzó de brazos.
—Nos lo dijeron nuestros socios. Dicen que mandas dinero a un orfanato con frecuencia —respondió con sarcasmo.
—¡Es una donación de la empresa, imbécil, no dinero para mantener a una amante! —replicó Bernardo, ofendido.
Lula dejó de masticar y miró a los dos hombres adultos que discutían.
—Señora, ¿qué es una hija bastarda? —le preguntó a Marina con toda inocencia.
Marina se puso colorada, de vergüenza y de rabia a la vez.