Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 18
Al día siguiente, la pesada puerta principal de la mansión Smith se abrió para dar la bienvenida al hijo olvidado. Diego atravesó el umbral caminando con una compostura estudiada, vistiendo ropas sencillas de viajero pero manteniendo la barbilla en alto.
James lo aguardaba en el gran recibidor de mármol. Al ver a su hermano tras tanto tiempo, los rasgos del Alfa supremo se suavizaron ligeramente. Sin pronunciar palabra, James se acercó y le entregó un juego de trajes de alta costura, de fina tela oscura, ordenados especialmente para su regreso.
—Bienvenido a casa, Diego —dijo James con voz baja y sincera, estrechando su mano con firmeza.
Unos pasos más atrás, la matriarca Karen observaba la escena con la mandíbula rígida y los brazos cruzados. Aunque no podía ocultar la frialdad en su mirada hacia el bastardo de la familia, mantuvo la educación requerida por su posición.
—Ve a darte un baño y a cambiarte, Diego —ordenó Karen en un tono seco y tajante—. La mansión está de luto y no toleranciaremos desorden. Tu habitación en el ala este ya está lista.
Diego inclinó la cabeza con una sonrisa leve y una cortesía impecable, tomando las prendas de manos de James antes de subir las escaleras custodiado por un sirviente.
Una vez que el eco de sus pasos se perdió en el piso superior, Karen se volvió hacia su hijo mayor. Su rostro arrugado por los años reflejó de inmediato la angustia y la impaciencia que la carcomían por dentro desde el día anterior.
—James —dijo la matriarca, dando un paso hacia él y bajando la voz para que no resonara en el vestíbulo—. ¿Qué hay de la decisión sobre la ejecución de esa mujer? La manada y el consejo están esperando. No podemos postergar el castigo de la asesina de tu hermano por más tiempo.
James se quedó en silencio un momento. Sus ojos dorados se desviaron hacia el gran ventanal del fondo, fijos en la nada, mientras una sombra de frialdad absoluta oscurecía sus facciones. La imagen de Serena en la celda, aferrada a los barrotes y suplicando por la vida de su padre, volvió a su mente.
—Lo he pensado, madre —respondió James con una voz pausada, gélida y despiadada—. Matarla en la horca sería una salida demasiado rápida y piadosa para lo que le hizo a esta familia.
Karen frunció el ceño, confundida por la frialdad calculadora en las palabras de su hijo.
—¿Qué estás diciendo?
James miró a su madre fijamente a los ojos, con una expresión de piedra en la que no quedaba ni un rastro de duda.
—¿Qué mejor castigo para una madre que perder a su hijo? —dijo James, arrastrando las palabras con una crueldad que hizo que el aire del recibidor se congelara—. Que se lo arrebaten de las entrañas y jamás poder verlo.
A Karen se le fue el color del rostro de golpe. Dio un paso atrás, llevándose una mano temblorosa al pecho mientras el horror y la comprensión iluminaban sus ojos.
—¿Acaso tú...? —tartamudeó la matriarca, con la voz ahogada por la alarma pura—. ¡¿Vas a elegir a esa asesina como Kuma?!
El silencio en el vestíbulo principal se volvió tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Karen miraba a su hijo como si de pronto se hubiera convertido en un desconocido, con el rostro desencajado por la conmoción.
—¡James, te has vuelto loco! —estalló la matriarca, dando un paso al frente y bajando la voz a un susurro lleno de rabia y espanto—. ¡Es la asesina de tu hermano! ¡Puso sus manos ensangrentadas sobre Jacob! ¿Cómo puedes siquiera sugerir llevar a esa paria a tu cama y engendrar a tu descendencia en su vientre?
James ni siquiera pestañeó. La frialdad de su mirada dorada permaneció inmutable, dura como el diamante.
—No se trata de llevarla a mi cama por placer, madre. Se trata de un castigo peor que la muerte —respondió James con una voz gélida, sin un atisbo de duda—. La muerte en la horca dura un segundo. En cambio, engendrar a un hijo dentro de ella, obligarla a llevar en sus entrañas la sangre de la familia que destruyó y, el día en que nazca, arrebatárselo de los brazos para siempre sin que jamás vuelva a ver su rostro... Ese es un sufrimiento que la consumirá viva por el resto de sus días.
—¡El consejo no lo va a permitir! ¡Selma se va a morir! —exclamó Karen, apretando las manos en puños temblorosos—. Esto es una aberración, James. Traer la sangre de esa mujer a nuestro linaje principal...
—El consejo exigió una Kuma para asegurar la estirpe —interrumpió James con tono tajante, haciendo valer su autoridad absoluta como Alfa supremo—. Y Serena es una mujer lobo joven y fértil. La ley ancestral me da el derecho de elegirla. Su padre pagará en los calabozos si ella se niega, y ella pagará sirviendo como el recipiente de mi heredero.
Un crujido ahogado resonó desde la penumbra del pasillo superior.
En lo alto de las escaleras de mármol, oculta tras la sombra de una columna, Selma se aferraba a la barandilla con tanta fuerza que la madera crujía bajo sus uñas. Su rostro estaba desencajado, completamente pálido y sudoroso.
Había bajado en busca de James para hablar sobre la llegada de Diego, pero las palabras de su esposo acababan de clavarle mil dagas en el corazón.
¿Serena? ¿La muerta de hambre? ¿La asesina de Jacob?
El pánico y los celos enfermitos se mezclaron en el pecho de Selma, creando una tormenta destructiva. Que James tomara a una Kuma ya era una humillación intolerable, pero que eligiera a la mujer que ella misma se había encargado de incriminar, la única persona que amenazaba con destapar todo su entramado de mentiras... era su peor pesadilla.
Si Serena se convertía en la Kuma, estaría bajo la protección directa de la ley de la estirpe durante su embarazo, viviendo en la mansión, cerca de James... y con cada día que pasara, la verdad sobre el asesinato de Jacob correría el riesgo de salir a la luz.
Selma retrocedió en silencio, tapándose la boca para sofocar un sollozo de rabia contenido, y corrió por el pasillo del ala este en busca de Diego.
Minutos después, la pesada puerta de los calabozos subterráneos se abrió.
Serena escuchó los pasos lentos y firmes de James descendiendo por la escalera. Se levantó con dificultad, sujetándose de los barrotes con sus manos heridas. Pensó que venía a anunciar la fecha de su ejecución o la de su padre.
James se detuvo frente a la celda. Traía consigo el abrigo de Alfa supremo y una mirada de absoluta frialdad.
—Abre la celda —ordenó James al guardia que lo acompañaba.
El cerrojo de hierro giró con un chirrido seco, y la puerta de la celda de Serena se abrió de par en par.