Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 1: El omega que odiaba el barro
El despertador sonó a las siete en punto.
—Cinco minutos más... —murmuró Valentín Bianchi, escondiendo la cabeza debajo de la almohada.
El departamento, ubicado en pleno barrio de Palermo, estaba en silencio. Desde el balcón llegaba el ruido lejano de los colectivos, los autos tocando bocina y algún vendedor ambulante anunciando café para llevar. Ese era el sonido que Valentín conocía desde que tenía memoria: el caos ordenado de Buenos Aires.
Era un omega de veinticinco años, diseñador gráfico y amante de la vida urbana. Le encantaban los cafés de especialidad, caminar por Puerto Madero al atardecer y perderse entre las librerías de Avenida Corrientes. Si alguien le preguntaba qué pensaba del campo, siempre respondía lo mismo.
—Muy lindo para ir un fin de semana... después me vuelvo a casa.
Jamás había montado un caballo.
Jamás había pisado un corral.
Y mucho menos sabía distinguir una vaca de un toro.
Con una taza de café en la mano, abrió su computadora para comenzar la jornada de trabajo remoto. Apenas respondió dos correos, sonó el teléfono.
—¿Hola?
—¿El señor Valentín Bianchi?
—Sí, soy yo.
—Lo llamo del estudio jurídico Roldán y Asociados. Necesitamos que se presente hoy mismo. Es por una herencia.
Valentín frunció el ceño.
—¿Una... qué?
—Su abuelo, Don Ernesto Bianchi.
El nombre le provocó un pequeño nudo en el pecho.
Hacía más de diez años que no veía a su abuelo. Después de una pelea familiar, cada uno siguió su camino. Sabía que vivía en una estancia de la provincia de Buenos Aires, pero nunca volvió.
—Voy para allá.
...
Dos horas después, salía del estudio con un sobre lleno de papeles.
Seguía sin creer lo que acababa de escuchar.
—¿Me está diciendo que heredé una estancia?
El abogado acomodó sus lentes.
—Exactamente. La Estancia La Esperanza. Más de trescientas hectáreas.
Valentín soltó una risa nerviosa.
—Debe ser un chiste.
—No lo es.
—Pero yo no sé absolutamente nada del campo.
—No hace falta. Puede venderla.
Eso le sonó mucho mejor.
—¿Así que puedo vender todo?
—Sí... aunque hay una condición.
Ahí estaba el problema.
—¿Qué condición?
—Su abuelo dejó escrito que el heredero debe vivir allí durante tres meses antes de decidir si vende o conserva la propiedad.
Valentín quedó mudo.
—¿Tres... meses?
—Así es.
Sintió que el mundo se venía abajo.
Tres meses sin cafeterías.
Tres meses sin delivery.
Tres meses rodeado de vacas.
—Qué quilombo...
...
Dos días después, manejaba una camioneta alquilada por una ruta interminable.
A ambos lados solo había campos verdes.
Más campos.
Y todavía más campos.
—¿Cómo puede vivir gente acá? —protestó.
La señal del celular desapareció.
—No, no... dale, no me hagas esto...
Sin internet.
Sin música.
Sin aplicaciones.
—Hermoso. Me quiero morir.
Después de casi cuatro horas apareció un viejo cartel de madera.
ESTANCIA LA ESPERANZA
Respiró hondo.
—Bueno, Valentín... sobreviviste a la facultad. Podés sobrevivir a esto.
Dobló por un camino de tierra.
Cinco minutos después ya estaba arrepentido.
La camioneta comenzó a llenarse de barro.
—¡No, no, no!
Las ruedas patinaron.
—¡Dale!
Aceleró.
La camioneta respondió hundiéndose todavía más.
—¡La puta madre!
Golpeó el volante.
—¡Recién llego y ya me quedé encajado!
Bajó del vehículo.
Sus zapatillas blancas tocaron el barro.
—No...
Segundo paso.
Más barro.
Tercer paso.
El pie quedó completamente hundido.
—¡No puede ser!
Intentó sacar la zapatilla.
La zapatilla decidió quedarse.
—¡No me jodas!
Mientras tiraba con todas sus fuerzas, escuchó un relincho.
Levantó la cabeza.
Un caballo negro avanzaba lentamente por el camino.
Sobre él iba un hombre alto, de hombros anchos, vestido con bombachas de campo color beige, botas de cuero gastadas, una camisa arremangada y un pañuelo oscuro al cuello. Una boina negra le cubría parte del cabello castaño, despeinado por el viento.
El caballo se detuvo a pocos metros.
El hombre lo observó en silencio durante varios segundos.
Después sonrió de costado.
—Mirá vos...
Valentín lo miró con fastidio.
—¿Qué?
—Nunca había visto a alguien quedarse encajado antes de llegar a la tranquera.
Valentín cruzó los brazos.
—¿Te causa gracia?
—Un poquito.
—Qué simpático.
El desconocido bajó del caballo con una facilidad envidiable.
—¿Necesitás ayuda?
—No.
Intentó dar otro paso.
El otro pie también quedó atrapado.
El hombre soltó una carcajada.
—Perdón... pero es difícil no reírse.
Valentín bufó.
—Si te vas a quedar mirando, mejor seguí tu camino.
—Dale.
El hombre caminó hasta la camioneta.
En menos de dos minutos sacó una gruesa cadena que llevaba enrollada detrás de la montura.
La enganchó con movimientos rápidos.
Silbó.
Otro caballo apareció tirando desde el frente.
Un minuto después...
La camioneta salió del barro.
Valentín abrió grande los ojos.
—¿Cómo hiciste eso?
—Experiencia.
El silencio volvió a instalarse.
El hombre limpió sus manos con un trapo.
—¿Vos sos el porteño?
Valentín arqueó una ceja.
—¿Y vos quién sos?
—Tomás Ferreyra.
El nombre le sonó familiar.
—Esperá... ¿vos trabajás acá?
—Trabajo, vivo y cuido esta estancia desde que tengo memoria.
Valentín estiró la mano.
—Soy Valentín.
Tomás apenas la miró antes de estrecharla con firmeza.
Las manos del alfa eran grandes, ásperas y cálidas, marcadas por años de trabajo bajo el sol.
Valentín retiró la suya enseguida.
No sabía por qué, pero aquel simple contacto había hecho que un leve escalofrío le recorriera la espalda.
Tomás también pareció notarlo.
Por un instante, el aire cambió.
Muy sutil.
Un aroma dulce, parecido a vainilla y café recién hecho, llegó hasta el alfa.
Tomás frunció apenas el ceño.
"Es omega..."
Al mismo tiempo, Valentín percibió un olor profundo a madera, cuero y tierra mojada.
Nunca había sentido un aroma tan intenso.
Sacudió la cabeza.
"Debe ser el campo."
Ninguno dijo una palabra sobre aquello.
Todavía era demasiado pronto.
Tomás rompió el silencio.
—¿Así que vos sos el nieto de Don Ernesto?
—Sí.
—Qué raro.
—¿Qué tiene de raro?
—Pensé que nunca ibas a aparecer.
Valentín sintió un pequeño pinchazo de culpa.
—Bueno... las cosas fueron complicadas.
Tomás asintió sin insistir.
—La casa principal está lista.
—¿La preparaste?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque Don Ernesto siempre decía que algún día ibas a volver.
Valentín bajó la mirada.
No esperaba escuchar eso.
Tomás volvió a subirse al caballo.
—Seguime.
—¿Así nomás?
—¿O pensabas quedarte charlando con las vacas?
Valentín rodó los ojos.
—Sos bastante agrandado, ¿no?
Tomás sonrió de lado.
—Y vos hablás demasiado.
Valentín resopló.
—Esto va a ser larguísimo.
Tomás soltó una risa.
—Recién llegaste, porteño.
Y mientras el sol comenzaba a ocultarse sobre la inmensa pampa, ninguno de los dos podía imaginar que ese encuentro, marcado por el barro, los cruces de palabras y un extraño reconocimiento entre sus aromas, sería el comienzo de una historia capaz de cambiar sus vidas para siempre.