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El Monstruo Sin Nombre

El Monstruo Sin Nombre

Status: En proceso
Genre:Venganza / Romance / Mafia
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Black_Dragon

En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.

NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: El niño del invierno eterno

La nieve caía sin descanso sobre las llanuras rusas.

El cielo era una inmensa sábana gris que parecía extenderse hasta el infinito, ocultando cualquier rastro de luz o esperanza. El viento rugía como una bestia hambrienta, golpeando los árboles desnudos y haciendo crujir sus ramas congeladas.

En medio de aquel paisaje desolado se alzaba una enorme mansión de piedra negra.

Alejada de cualquier ciudad o pueblo, la estructura parecía una fortaleza abandonada por Dios. Sus muros eran altos, fríos y sombríos. Las ventanas permanecían cerradas la mayor parte del tiempo, y las pocas luces que brillaban en su interior apenas lograban atravesar la oscuridad de las tormentas de nieve.

Aquella noche, mientras el invierno azotaba la región con una fuerza despiadada, los gritos de una mujer resonaban dentro de la mansión.

Eran gritos de dolor.

Gritos de agonía.

Gritos que se mezclaban con el rugido del viento.

En una habitación iluminada por velas, una mujer joven luchaba desesperadamente por dar a luz.

Su rostro estaba empapado de sudor.

Su respiración era débil.

Sus ojos mostraban miedo.

A su alrededor, varias personas observaban en silencio.

Nadie parecía preocupado por ella.

Solo esperaban.

Esperaban el nacimiento del niño.

Tras horas de sufrimiento, un último grito atravesó la habitación.

Y entonces ocurrió.

El llanto de un recién nacido rompió el silencio.

Un niño había llegado al mundo.

Pero la mujer ya no volvió a moverse.

Sus ojos quedaron inmóviles.

Su pecho dejó de subir y bajar.

Había muerto.

Nadie lloró.

Nadie mostró tristeza.

Uno de los hombres tomó al bebé en brazos y lo observó durante varios segundos.

El recién nacido lloraba con fuerza mientras la tormenta seguía golpeando la mansión.

—Ha sobrevivido —dijo el hombre.

Solo eso.

No hubo alegría.

No hubo celebración.

El cuerpo de la madre fue retirado poco después.

El niño jamás conocería su rostro.

Jamás escucharía su voz.

Jamás sentiría el calor de sus brazos.

Y así comenzó su vida.

Solo.

Completamente solo.

Dos años después.

El invierno seguía reinando sobre aquellas tierras.

Nada había cambiado.

La mansión continuaba envuelta en nieve y oscuridad.

Los pasillos permanecían silenciosos.

Y los gritos seguían escuchándose casi todos los días.

El pequeño niño caminaba por uno de los corredores.

A pesar de tener apenas dos años, era más desarrollado que otros niños de su edad.

Podía hablar.

Podía entender órdenes.

Podía recordar cosas.

Y eso solo había provocado que su sufrimiento comenzara antes.

Sus pies descalzos avanzaban sobre el suelo helado.

El frío mordía su piel.

Pero ya se había acostumbrado.

O al menos eso intentaba creer.

Un hombre abrió una puerta metálica.

—Entra.

El niño obedeció.

Siempre obedecía.

Porque había aprendido una lección muy importante.

Quienes desobedecían sufrían más.

Dentro de la habitación había otros niños.

Todos tenían edades similares.

Algunos parecían mayores.

Otros más pequeños.

Ninguno sonreía.

Ninguno jugaba.

Ninguno actuaba como un niño normal.

Permanecían sentados en silencio.

Como prisioneros.

El protagonista observó sus rostros.

Los veía todos los días.

Pero no conocía sus nombres.

Nunca se los habían dicho.

Tampoco sabía el suyo.

Jamás había escuchado a alguien llamarlo por un nombre.

Era simplemente "niño".

Nada más.

Una mujer entró en la sala.

Llevaba un uniforme oscuro.

Su expresión era fría.

—Levántense.

Todos obedecieron inmediatamente.

—Formen una fila.

Los niños se acomodaron.

Nadie habló.

Nadie protestó.

La mujer comenzó a caminar frente a ellos.

—Regla número uno.

Los niños respondieron al unísono.

—La obediencia es absoluta.

—Regla número dos.

—Las emociones son debilidad.

—Regla número tres.

—El fracaso merece castigo.

La mujer asintió.

—Bien.

Aquellas reglas eran repetidas todos los días.

Una y otra vez.

Como si quisieran grabarlas en sus mentes para siempre.

Y quizás era exactamente eso lo que intentaban hacer.

Las pruebas comenzaron poco después.

Los niños fueron llevados al exterior.

El viento era brutal.

La nieve llegaba hasta sus tobillos.

El frío atravesaba la ropa.

Dolía respirar.

Dolía moverse.

Dolía existir.

Sin embargo, nadie tenía permitido quejarse.

Los pequeños fueron obligados a permanecer inmóviles bajo la tormenta.

Minutos.

Horas.

Era difícil saber cuánto tiempo había pasado.

El protagonista sentía las piernas entumecidas.

Sus manos temblaban.

Su cuerpo entero le suplicaba que se moviera.

Pero permaneció quieto.

Porque sabía lo que ocurría cuando alguien fallaba.

A unos metros de distancia, uno de los niños cayó al suelo.

Su cuerpo ya no podía soportarlo.

Inmediatamente aparecieron dos hombres.

Lo levantaron bruscamente.

El niño lloraba.

Suplicaba.

Pedía ayuda.

Nadie respondió.

Los demás permanecieron inmóviles.

Observando.

Aprendiendo.

Porque en aquella mansión la compasión era castigada.

El protagonista escuchó los gritos del niño mientras era arrastrado de regreso al interior.

Aquella noche no volvió a verlo.

Jamás volvió a verlo.

Y nadie preguntó por él.

Los días se transformaron en semanas.

Las semanas en meses.

La rutina era siempre la misma.

Despertar.

Entrenar.

Obedecer.

Sufrir.

Dormir.

Repetir.

No existían juguetes.

No existían cuentos.

No existían abrazos.

La palabra "amor" jamás era pronunciada.

El protagonista comenzó a notar algo extraño.

Cada cierto tiempo, uno de los niños desaparecía.

Simplemente dejaba de estar allí.

Una cama vacía.

Un lugar vacío en la fila.

Y silencio.

Mucho silencio.

Como si nunca hubieran existido.

Aquello le producía una sensación incómoda.

Algo parecido al miedo.

Aunque todavía no conocía esa palabra.

Una noche ocurrió algo diferente.

El niño despertó debido a unos ruidos.

Los pasillos estaban extrañamente activos.

Escuchó pasos.

Voces.

Puertas abriéndose.

La curiosidad pudo más que el miedo.

Abrió lentamente la puerta de su habitación.

Y observó.

Dos hombres transportaban a un niño.

Parecía inconsciente.

Quizás muerto.

No podía saberlo.

Lo llevaban hacia una parte de la mansión a la que nunca se permitía entrar.

El protagonista los siguió en silencio.

Sus pequeños pies apenas producían sonido.

Los hombres descendieron unas escaleras.

Luego atravesaron una puerta de acero.

Antes de que pudiera acercarse más, una mano enorme sujetó su hombro.

El niño se congeló.

Detrás de él había un hombre alto.

Muy alto.

Su rostro estaba cubierto de cicatrices.

Sus ojos eran fríos como el hielo.

—¿Qué haces aquí?

El protagonista no respondió.

El hombre lo observó durante varios segundos.

Luego sonrió.

Pero no era una sonrisa amable.

Era una sonrisa aterradora.

—La curiosidad es peligrosa.

Lo tomó del brazo.

Y lo arrastró por el pasillo.

Aquella noche recibió el castigo más doloroso de su corta vida.

Sin entender realmente por qué.

Horas después, permanecía acostado sobre su cama.

Todo le dolía.

Miró el techo.

La habitación estaba oscura.

El viento golpeaba las ventanas.

Y por primera vez en su vida hizo algo que nunca había hecho.

Pensó.

Pensó en quién era.

Pensó en por qué estaba allí.

Pensó en por qué todos sufrían.

No encontró respuestas.

Solo preguntas.

Preguntas que seguirían acompañándolo durante años.

Preguntas que se convertirían en cadenas alrededor de su corazón.

Mientras observaba la oscuridad, una extraña sensación nació dentro de él.

No era esperanza.

No era felicidad.

Era algo mucho más pequeño.

Una débil chispa.

La necesidad de sobrevivir.

De seguir adelante.

De descubrir la verdad algún día.

Afuera, la tormenta continuaba rugiendo sobre las tierras congeladas de Rusia.

Y dentro de la mansión, sin que nadie lo supiera, un niño marcado por el sufrimiento comenzaba a desarrollar la voluntad que algún día lo convertiría en algo mucho más peligroso que cualquier monstruo.

Porque los hombres más temibles no nacen de la oscuridad.

Son creados por ella.

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