En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 1
El dolor no comenzó en la mente, sino en la garganta. Era una quemadura árida, un rastro de fuego seco que bajaba por el esófago y hacía que cada bocanada de aire se sintiera como si estuviera tragando arena y espinas.
Mei abrió los ojos de golpe, pero la oscuridad que la recibió no era la de su pulcro apartamento de soltera en la ciudad, ni la luz parpadeante de la pantalla de su computadora donde pasaba noches enteras redactando su tesis de agronomía. Lo que vio, difuminado por una capa de lágrimas y lagañas pesadas, fue un techo irregular de piedra gris, cubierto de capas de hollín y raíces secas que colgaban como dedos esqueléticos.
Intentó incorporarse, pero sus extremidades pesaban como si estuvieran hechas de plomo. Al apoyar las palmas de las manos para impulsarse, sus dedos se hundieron en una textura mullida, pero asquerosa: una mezcla de paja podrida, pieles de animales mal curadas que apestaban a rancio y una humedad fría que le caló los huesos.
—¿Dónde... dónde estoy? —quiso preguntar, pero de su boca solo brotó un graznido ronco, una súplica ahogada que se extinguió contra las paredes de la cueva.
De repente, una oleada de recuerdos que no le pertenecían golpeó su cerebro con la fuerza de un camión de carga. No eran imágenes ordenadas, sino un torbellino caótico de emociones crudas, humillación y una obsesión enfermiza.
Vio la cara de un hombre... no, de un macho. Un gigante de hombros descomunales, cabello castaño enmarañado y ojos marrones que la miraban con un asco tan profundo que quemaba. Boran. El guerrero de la Tribu del Oso. Vio las burlas de las otras hembras de la tribu, lideradas por Talia, una hermosa mujer de la especie zorro de movimientos gráciles y piel impecable. Vio las risas de los machos, los empujones y, finalmente, el recuerdo más nítido y vergonzoso: ella misma, con las manos temblorosas, deslizando el jugo de una raíz alucinógena y afrodisíaca en el cuenco de agua de Boran, desesperada porque él la mirara, porque la reclamara como su hembra.
Pero el plan había salido mal. Boran, con sus sentidos de bestia hiperdesarrollados, había detectado el olor extraño al instante. Había arrojado el cuenco al fuego y la había arrastrado del cabello frente a toda la plaza de la tribu, exponiendo su miseria ante todos. «¡Prefiero aparearme con una bestia errante y moribunda antes que tocar a una hembra tan sucia, perezosa y patética como tú, Lin Mei!», habían sido las palabras que resonaron en la cuenca del valle.
El rechazo absoluto, la pérdida de la poca dignidad que le quedaba y el aislamiento de la tribu habían empujado a la dueña original del cuerpo, Lin Mei, a internarse en el bosque para consumir la mismísima raíz venenosa que usó para la droga, esta vez en una dosis letal, regresando a su cueva solo para morir en la más absoluta soledad.
—Lin Mei... —susurró Mei, procesando la información mientras se tocaba la cabeza. Su mano se enredó al instante en un nudo ciego de cabello grasiento, áspero y lleno de ramitas secas.
Con un esfuerzo supremo, Mei logró arrastrarse hacia la entrada de la cueva, de donde provenía una luz tenue. El suelo de la cueva estaba salpicado de desperdicios: huesos de carne viejos y roídos, restos de frutas podridas que atraían moscas y montones de polvo. La dueña anterior no solo era obsesiva, sino extremadamente descuidada y perezosa; confiaba únicamente en su estatus de "hembra" en un mundo donde escaseaban para que el jefe de la tribu le proveyera el sustento mínimo, sin mover un dedo para limpiar su propio espacio.
Al llegar a la luz del día, Mei miró sus propias manos. Estaban cubiertas de una costra de mugre grisácea, las uñas rotas y llenas de tierra negra. Llevaba puesta una túnica de piel de venado mal cosida, tiesa por la grasa y el sudor acumulado de meses. Al tocar su rostro, sintió una capa áspera de lodo seco que la chica usaba a modo de "protección" contra el sol, pero que solo lograba darle el aspecto de un cadáver desenterrado.
"Vaya desastre", pensó Mei, cerrando los ojos mientras respiraba el aire puro y salvaje que entraba desde el exterior. El aroma a pino, tierra mojada y vegetación exuberante era lo único agradable en ese momento. "He transmigrado. Estoy en el mundo de las bestias... ese maldito subgénero de novelas que leía mi compañera de cuarto".
En este mundo, las leyes de la naturaleza eran brutales. Las hembras eran una rareza biológica, capaces de dar a luz a cachorros fuertes que aseguraban la supervivencia de las líneas de sangre. Por ello, una sola hembra solía tener tres, cuatro o hasta cinco esposos machos, quienes se encargaban de cazar, protegerla y competir por su favor. Pero Lin Mei había roto la regla de oro: en lugar de ser una hembra digna que aceptara el cortejo, se había rebajado a rogar y a usar artes oscuras contra un macho que la despreciaba, ganándose el repudio de toda la comunidad.
Mei se sentó en una roca plana justo afuera de la entrada de la cueva, sintiendo cómo el veneno residual terminaba de disiparse de su sistema gracias, aparentemente, a la asombrosa capacidad de regeneración de los nativos de este mundo.
—Si voy a vivir aquí, lo primero que haré será limpiar este chiquero —se dijo a sí misma, con una chispa de determinación en sus ojos almendrados, ocultos tras las pestañas pegajosas—. No pienso morir de una infección antes de entender cómo regresar... o cómo adaptarme.
De repente, el suelo vibró levemente.
Los pájaros que descansaban en los árboles cercanos salieron volando en desbandada. Mei, afinando sus nuevos sentidos, escuchó el crujido pesado de ramas rompiéndose y unas pisadas firmes, cargadas de una furia contenida que hacía que el aire se sintiera denso.
Desde la maleza del bosque, una figura imponente emergió.
Era un hombre colosal, de al menos un metro noventa y cinco de estatura, con músculos que parecían tallados en piedra caliza. Su pecho estaba parcialmente descubierto, mostrando cicatrices superficiales y un pelaje fino y castaño que nacía en el centro de su torso. Su rostro era cuadrado, de facciones duras, y su cabello largo y castaño caía como la melena despeinada de un depredador. Sus ojos, de un marrón encendido por la ira, se clavaron directamente en Mei.
Era Boran. La bestia oso.
Venía acompañado por dos machos menores de la tribu, quienes se mantuvieron a unos metros de distancia, observando la escena con los brazos cruzados y muecas de desdén.
Boran avanzó hasta quedar a apenas dos pasos de Mei. El olor que desprendía era una mezcla de sudor, testosterona y el aroma rudo de la tierra del bosque. Miró a Mei de arriba abajo, deteniéndose en su ropa sucia y su rostro cubierto de costras de barro, y una risa amarga y despectiva escapó de sus labios.
—Vaya, así que la hierba venenosa no funcionó —bramó Boran, su voz resonando con la fuerza de un trueno en el pequeño claro—. El chamán me dijo que habías corrido al bosque para llamar mi atención fingiendo tu muerte. ¿Hasta dónde va a llegar tu desvergüenza, Lin Mei? ¿Ahora inventas que estás agonizando para que venga a tu cueva?
Mei no se movió. No tembló, no lloró, ni comenzó a suplicar de rodillas como lo habría hecho la antigua Lin Mei. Simplemente lo miró, analizando la arrogancia y el ego inflado de la bestia que tenía enfrente.
El silencio de la chica pareció enfurecer aún más a Boran, quien dio un paso adelante, invadiendo su espacio personal y proyectando su enorme sombra sobre ella.
—Escúchame bien —siseó, mostrando sutilmente los colmillos alargados de su forma de oso—. Aunque seas una hembra de la Tribu de la Roca, tu comportamiento es un asco. Mañana mismo le pediré al jefe de la tribu que te asigne a los recolectores de las afueras. No permitire que sigas acosándome ni que intentes poner tus sucias manos en mi comida otra vez. Talia es la única hembra que merece mi respeto, y pronto entraré en su nido como su primer esposo. Tú no eres más que un estorbo perezoso. ¿Te queda claro?
Los dos machos que estaban atrás soltaron una risita burlona. Uno de ellos comentó en voz alta: —Mira cómo se queda callada. Seguro está pensando en qué otra artimaña usar. Qué lástima de hembra, nació con la mente tan retorcida como sus cabellos.
Boran cruzó los brazos, esperando el habitual estallido de lágrimas, los gritos histéricos o las promesas de amor eterno que Lin Mei solía lanzar a sus pies. Se preparó mentalmente para empujarla si intentaba abrazar sus piernas.
Sin embargo, Mei solo exhaló un suspiro largo y cansado. Se levantó de la roca despacio, estirando su cuerpo entumecido. Aunque era mucho más baja que él y su aspecto actual era deplorable, la postura que adoptó no tenía ni un ápice de sumisión. Sus hombros estaban rectos y su mirada, cuando se encontró con la de Boran, era tan clara, fría y calmada como el agua de un pozo ártico.
—¿Terminaste? —preguntó Mei con una voz suave, pero perfectamente audible. El tono carecía por completo de la desesperación pasada; era la voz de una ejecutiva o una científica tratando con un cliente problemático.
Boran parpadeó, desconcertado por la falta de emoción en su respuesta. Su mandíbula se tensó. —¿Qué dijiste?
Mei dio un pequeño paso al frente, obligando a Boran, por puro instinto defensivo, a retroceder un centímetro. Ella lo miró directamente a los ojos, sin una sola pizca del amor obsesivo que solía consumir a la antigua dueña del cuerpo.
—Te he preguntado si ya terminaste de gritar en la entrada de mi cueva —repitió Mei, limpiándose con total indiferencia un poco de polvo de su túnica de piel—. Entiendo perfectamente tu molestia por lo que pasó antes. Fue una estupidez de mi parte... o de la persona que era antes. Pero no te preocupes, Boran. Ya no tienes de qué preocuparte.
Boran frunció el ceño, el desconcierto apagando gradualmente la chispa de su furia. —¿De qué estás hablando?
—Hablo de que no necesito que le pidas nada al jefe de la tribu —declaró Mei, esbozando una sonrisa fría y distante que desconcertó por completo al guerrero oso—. Puedes guardarte tus discursos y tus amenazas. A partir de hoy, no me acercaré a ti, no tocaré tus cosas y ciertamente no me interesa lo que hagas con Talia o con cualquier otra hembra del continente. No te preocupes, ya no me interesas. Ni un poco.
El claro de la cueva quedó sumido en un silencio sepulcral.
Los dos machos del fondo dejaron de reír, intercambiando miradas de asombro. ¿Lin Mei, la chica que había intentado drogar al guerrero más fuerte de la división de osos para forzar un vínculo, estaba diciendo que ya no le interesaba?
Boran sintió un extraño vuelco en el estómago. Debería haberse sentido aliviado, complacido de haberle puesto un alto definitivo. Sin embargo, la frialdad absoluta en los ojos de la hembra, la forma en que lo miraba como si fuera un árbol más del paisaje o una roca molesta en el camino, encendió una extraña sensación de incomodidad en su pecho de bestia. Su orgullo, arraigado en la idea de que ella vivía por y para él, sufrió un golpe seco y silencioso.
—¿Estás jugando a una nueva estrategia, Lin Mei? —escupió Boran, intentando recuperar el control de la situación, apretando los puños—. No creas que voy a caer en tus manipulaciones.
—Piensa lo que quieras —respondió Mei, dándole la espalda sin el menor reparo y caminando de regreso hacia la entrada de su cueva—. Ahora, si me disculpas, tengo un hogar que limpiar y una vida que ordenar. Que tengas un buen día, guerrero Boran.
Sin esperar a ver la reacción del macho, Mei entró en la penumbra de su cueva, dejándolo plantado bajo la luz del sol.
Boran se quedó estático en el claro, con la boca ligeramente abierta y el corazón latiendo a un ritmo extraño. Por primera vez en su vida, la "hembra fea y perezosa" no lo había mirado con adoración, sino con un desprecio tan educado y soberbio que lo dejó sin palabras.
—Boran... ¿vámonos? —llamó uno de sus acompañantes, rompiendo el tenso silencio.
El guerrero oso soltó un gruñido bajo, dio media vuelta y se alejó a zancadas furiosas hacia la plaza central de la tribu, tratando de sacudirse de la mente la extraña y penetrante mirada de los ojos almendrados de Mei. Una mirada que, aunque aún no lo sabía, comenzaría a perseguirlo en sus pesadillas.
Mientras tanto, dentro de la cueva, Mei miró la montaña de desorden que la rodeaba y se remangó la túnica mugrienta. —Muy bien, Lin Mei. Tu antigua vida de rogar por migajas de amor terminó. Es hora de mostrarle a este mundo salvaje lo que una mujer moderna puede hacer.
zorra ? ¿ q animal ?