Ayla Eisen y Ragnar crecieron bajo la sombra de una tragedia idéntica: la enfermedad que les arrebató a sus madres, dejando a sus padres, empresarios y amigos de toda la vida, sumidos en el dolor, pero ahora, ellos han decidido sellar su destino con un contrato inquebrantable; obligándolos a contraer nupcias, donde se ven atrapados en un matrimonio sin amor, pero unidos por una promesa desesperada hecha sobre las lápidas de sus esposas; que consiste en usar su unión para financiar la batalla contra el mal que destruyó a sus familias, en una casa llena de silencios y recuerdos, en la cual deberán decidir si su alianza es solo un negocio doloroso o si, entre las cenizas de su pérdida, puede nacer la fuerza para sanar... y quizás, aprender a amar
"Nuestras madres nos heredaron su ausencia con su partida pronta, pero nuestros padres nos vendieron al mismo dolor; ahora estamos encadenados por un contrato que se firmó con sangre y se selló sobre sus tumbas."
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Capítulo 1
El cementerio no solo albergaba lápidas aquel día, si no el fin de mi mundo como lo conocía, el aire estaba saturado con ese olor característico de lluvia reciente a tierra mojada, césped cortado y un frío lúgubre se colaba por debajo de mi abrigo negro, calándome hasta los huesos. Me encontraba de pie, con las manos entrelazadas con fuerza, junto a mi padre, Leonardo Eisen; sentía cómo el corazón se me fragmentaba en mil pedazos, que ni el mejor cirujano del mundo podría repararlo.
A pesar de que el diagnóstico de mi madre fue una sentencia dictada tres años atrás, la muerte siempre se siente como una zancadilla que te tira al suelo sin advertencia de los daños que vas a sufrir.
Todavía al cerrar los ojos mi mente regresa a esa tarde de otoño, en el calor de nuestra casa; aún recuerdo con claridad las dolorosas palabras del médico de la familia que vino a revisarla. En ese momento nunca hubiésemos imaginado que lo que creíamos en nuestra humilde ignorancia era un simple resfriado común: de tos, flemas, ojos llorosos, garganta irritada y una fiebre persistente, que no cedía con los medicamentos habituales, era algo más... ¡Mucho más!
Sin embargo, el examen físico reveló que mi madre, en su afán por cuidar de todos nosotros menos de ella misma, había decidido ignorar detalles muy importantes que el galeno encontró durante la revisión rutinaria.
-Adira tienes ganglios alterados en tu axila derecha. Ella le restó importancia con una sonrisa cansada, pero el rostro del doctor se transformó en una máscara de gravedad, con la cual no dudó en pedir una biopsia con carácter urgente; ya que algo en la textura de ese hallazgo no le había gustado nada.
En cuestión de días, el lenguaje cotidiano de nuestra casa fue reemplazado por términos aterradores. Escuchamos de sus labios, con una frialdad profesional que aún me quema, el veredicto final: “Cáncer de mama en etapa avanzada”.
No hay forma de acostumbrarse al vacío que deja en el alma quien te entregó todo su amor de forma desmedida. El cáncer no solo se llevó su vida; acarreó la luz que irradiaba en nuestro hogar, convirtiéndolo en un mausoleo de muebles caros y silencios prolongados, fueron mil batallas perdidas, las cuales vi desfilar ante mis ojos con tratamientos que prometían milagros, pero solo entregaban agonía: quimioterapias que quemaban sus venas, radioterapias que dejaban su piel como papel pergamino y medicamentos experimentales que traían consigo una lista de efectos secundarios que parecían sacados de una película de terror que se volvían pesadilla; sangrados inesperados, vómitos explosivos, diarreas con deshidrataciones severas o falta de hambre.
El deterioro físico fue un proceso lento y cruel, que la postró en una cama durante un año eterno, donde el dolor físico se mezclaba con el emocional de verla consumirse poco a poco como una vela que se apaga con la ráfaga de viento.
Fue doloroso ver cómo sus mejillas se hundían y sus manos, antes firmes y cálidas, se volvían frágiles como las alas de una mariposa. El tiempo de agonía fue una espera sin tregua, donde lentamente la muerte iba ganando la batalla sin que nosotros pudiésemos hacer absolutamente nada por ella, a pesar de que mi padre y su socio poseían los medios para comprar cualquier tecnología médica en el mundo, el dinero, descubrí en esos años, que es completamente inútil contra la voluntad de las células rebeldes que se oponían a dejar de invadir tejidos sanos y con ello nuevos órganos...
—Lo siento tanto, Ayla —la voz de Anna Graf me sacó de mi trance.
Se acercó junto a su esposo que eran la viva imagen de la elegancia, incluso en el duelo. Bruno y mi padre que no eran solo socios de negocios; sino que, con los años, su ambición los había llevado a adquirir acciones mayoritarias en los mejores hospitales oncológicos del país, eran hermanos de vida, unidos por el éxito, pero ahora, por la tragedia que rodeaba a nuestra familia.
Sin embargo, mi atención se desvió hacia el joven que caminaba un paso atrás de ellos: Ragnar.
Él nunca existió como un santo de mi devoción, a decir verdad, jamás lo fue para nadie que no fuera de su círculo cercano de aduladores. Sin embargo, por una extraña razón nuestros padres habían fantaseado con vernos juntos desde que usábamos pañales, era una especie de alianza entre los imperios Eisen y Graf. Pero para mí, Ragnar siempre fue un patán, mayor que yo por cinco años, esa brecha parecía un abismo de arrogancia, prepotencia, altivez, egocentrismo, colmada de antipatía o groserías sin filtro; así lo definía siempre en mi diario desde que aprendí a escribir.
Todos los años desde que tengo uso de memoria, lo quisiera o no, estaba metido en cada fiesta de cumpleaños que me celebraban, apoyado contra alguna pared revisando su celular con una mirada de aburrimiento absoluto, como si mi mera existencia fuera una interrupción en su agitada agenda de actividades.
Sabía, por las conversaciones de mi padre con Bruno, que ya estaba estudiando medicina en una de las facultades más prestigiosas, que iba un paso adelante de mí, como siempre y yo odiaba eso, pues pretendía seguir ese camino, pero mi motivación era distinta: quería investigar, entender el código de la enfermedad que mató a mi madre sin piedad, para que nadie más pase por esa enorme tristeza.
Cuando se acercó a darme el pésame aquel día en el funeral, su gesto fue extrañamente formal, desprovisto de su burla habitual; tomó mi mano, su piel estaba fría, besó mi mejilla con una ligereza mecánica, por un segundo, el azul de sus ojos chocó con los míos. A pesar de su arrogancia indiscutible, que me irritaba hasta las uñas de los pies, no podía ignorar lo que el tiempo había hecho a su favor; se había vuelto perturbadoramente apuesto, con una mandíbula marcada, unos ojos que parecen esconder grandes secretos que yo no estaba lista para descifrar.
Esa mañana fría, mientras el primer puñado de tierra caía sobre el ataúd de mi madre, hice una promesa silenciosa pero inquebrantable: me convertiría en la mejor oncóloga en biotecnología del mundo y no dejaría que esa maldita enfermedad siguiera ganando terreno en la vida de otras familias sin darle batalla.
Después de eso, no nos volvimos a ver, sé que es un estudiante aplicado, así como también mujeriego, además de fiestero, que está cursando su carrera con pasos acelerados para llegar a ser un médico especialista joven y mi padre lo ve como un hijo, lo escucho hablar con Bruno de vez en cuando de negocios; yo estoy enfocada en mis estudios, son prioridad para lograr ese juramento que hice hace cinco años; ya que no hay día del mundo en que no la extrañe como el primer día, aunque ya han pasado tantos años desde su partida y dicen que el tiempo es la anestesia que cura todas las heridas, pero en mi caso no, a mis veintiún años, mi vida se ha convertido en un ciclo monótono de largos pasillos de hospital con olor a desinfectante y libros de texto gruesos que detienen la puerta.
Entré a la universidad de Harvard antes de tiempo, para al fin cumplir mi promesa, pero a un costo altísimo. Mi padre, Leonardo, ya no es el hombre dulce que me leía cuentos cuando era pequeña o me traía chocolates a escondidas de mamá cuando me raspaba las rodillas por hacer travesuras en el jardín. La muerte de ella lo transformó en un fantasma frío, calculador, que parece haber sustituido su corazón por una hoja de cálculo.
Antes de la desgracia, vivía por y para nosotras, ahora solo para los negocios, expandiendo su imperio cada vez más como una máquina de hacer dinero, mientras olvida que tiene una hija que necesitaba un padre, no solo un proveedor.
—¿En qué piensas, Lía? –Me dice Ale curiosa
—Tranquila amiga estás despedazando esa hamburguesa como si fuera un examen de anatomía, ten piedad.
—¡Qué!... —Le digo regresando a la realidad del pequeño local de comida rápida donde nos encontramos almorzando.
Alejandra entendía mi dolor mejor que cualquier terapeuta. Ella también había perdido a su madre por la misma enfermedad que yo, poco antes de conocernos y convertirnos en las mejores amigas, ya que dicen que polos opuestos se atraen. La diferencia fundamental radicaba en que la soledad de ella, se debe a que está sola en el mundo, sus padres lamentablemente fallecieron y navega la vida con una valentía que yo envidio. En cambio, yo, tengo un padre que, aunque respira y firmaba cheques, se siente como un completo extraño.
—Quiero ir al cementerio a ver a mamá—Respondí, dejando caer el tenedor sobre el plato. El apetito se había desvanecido
—Es mi cumpleaños, Ale. Necesito estar con ella. Ella era la única que siempre hacía que este día se sintiera especial. Revisando mi celular por millonésima vez para ver la pantalla limpia de notificaciones personales, ni un mensaje de "feliz cumpleaños", o una llamada perdida de mi padre, nada, absolutamente nada, solo correos de la facultad y promociones de tiendas de ropa.
—Te acompaño —Dijo Ale con firmeza, apretando mi mano sobre la mesa
— No vas a pasar la tarde de tu cumpleaños sola entre lápidas.