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La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

La NOCHE QUE NUNCA TERMINA

Status: Terminada
Genre:Mitos y leyendas / Maldición / Brujas / Completas
Popularitas:553
Nilai: 5
nombre de autor: karolina oquendo

COMPLETA

Mudarse parecía la única salida.
Para Andrés, Lili y su hijo Santiago, dejar la ciudad no fue una decisión… fue una necesidad. Una casa barata en un pueblo olvidado les ofrecía algo que ya no tenían: tranquilidad.
Y al principio, eso fue exactamente lo que encontraron.
Silencio. Calma. Espacio para empezar de nuevo.
Pero hay silencios que no son normales.
Y hay lugares donde la oscuridad no solo oculta… sino que observa.
Cuando cae la noche, la casa cambia.
Los rincones se vuelven más profundos. Los pasillos más largos. Y lo que no se ve… comienza a sentirse.
No hay monstruos.
No hay presencias.
Solo algo mucho más peligroso:
La mente.
Porque en la oscuridad, cada pensamiento toma forma…
y lo que imaginas… puede volverse real.

NovelToon tiene autorización de karolina oquendo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1 – Un nuevo comienzo

La deuda no llegó de golpe.

Fue lenta, silenciosa, casi invisible al principio.

Una factura que se acumulaba. Un gasto inesperado. Un mes difícil que se convertía en dos. Luego en seis. Andrés nunca fue descuidado con el dinero, pero tampoco pudo prever cómo todo empezaría a desmoronarse poco a poco.

Cuando finalmente aceptó que ya no podían seguir viviendo en la ciudad, no lo dijo en voz alta de inmediato. Pasó días enteros frente al computador, revisando números, buscando soluciones que no existían.

Hasta que encontró la casa.

—Es perfecta —dijo una noche, tratando de convencerse a sí mismo más que a Lili—. Es más grande, más tranquila… y podemos pagarla sin ahogarnos.

Lili no respondió enseguida. Miró el anuncio desde el teléfono, deslizando las fotos con el dedo. La casa era antigua, eso era evidente. Madera oscura, ventanas amplias, un techo ligeramente inclinado que parecía haber resistido demasiados años.

—¿Por qué está tan barata? —preguntó finalmente.

Andrés dudó un segundo.

—Porque está en un pueblo pequeño.

—¿Qué tan pequeño?

—Lo suficiente.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… resignado.

Santiago, sentado en el sofá con su cuaderno abierto, fingía hacer tarea mientras escuchaba.

—¿Tiene internet? —preguntó sin levantar la vista.

Andrés soltó una pequeña risa.

—Sí, tiene.

—Entonces no me importa —respondió el chico, encogiéndose de hombros.

Y así, sin grandes discusiones ni despedidas dramáticas, tomaron la decisión.

Mudarse.

El viaje fue largo.

A medida que avanzaban, los edificios desaparecían. Luego las calles pavimentadas. Luego las señales de tránsito. Todo se volvía más… vacío.

Santiago miraba por la ventana con una mezcla de curiosidad y aburrimiento.

—¿Aquí vive gente? —preguntó en algún punto.

—Claro que sí —respondió Lili—. Solo que… menos.

Pero incluso ella notaba algo extraño.

No era solo que hubiera pocas casas.

Era que muchas parecían… cerradas.

No abandonadas. No destruidas.

Solo… quietas.

Como si nadie las hubiera tocado en mucho tiempo.

El pueblo apareció sin anuncio.

No hubo letreros de bienvenida, ni gasolineras, ni tiendas visibles. Solo unas cuantas calles, algunas casas dispersas y un silencio que se sentía más pesado de lo normal.

Andrés estacionó el auto frente a una pequeña oficina que parecía cumplir la función de todo: tienda, recepción, punto de información.

Un hombre mayor los atendió. Su sonrisa era correcta, pero no cálida.

—La casa del final del camino —dijo, entregando las llaves—. No tiene pérdida.

—¿Hace mucho que no vive nadie ahí? —preguntó Lili.

El hombre la miró por un instante más largo de lo necesario.

—Hace tiempo.

No dijo cuánto.

No preguntaron más.

La casa estaba exactamente como en las fotos.

Y aun así… no lo estaba.

Era más grande de lo que parecía. Más alta. Más silenciosa.

Andrés bajó del auto primero, estirando la espalda.

—¿Ven? No está nada mal.

Santiago salió después, observando todo con atención. El terreno era amplio, con árboles que se mecían suavemente con el viento. No había cercas, ni vecinos visibles.

—Se siente raro —murmuró.

—Es porque no estás acostumbrado —respondió Lili, aunque en el fondo sentía lo mismo.

Entraron.

El interior olía a madera vieja y polvo, pero no estaba en mal estado. Alguien había limpiado recientemente. Las ventanas dejaban entrar suficiente luz como para que el lugar se sintiera… habitable.

Incluso acogedor, si uno ignoraba el silencio.

—Bueno —dijo Andrés, dejando las llaves sobre una mesa—. Este es nuestro nuevo hogar.

Y por un momento, realmente lo fue.

Los primeros días pasaron mejor de lo esperado.

Andrés instaló su espacio de trabajo en una de las habitaciones del segundo piso. Su trabajo remoto le permitía seguir con su rutina sin problemas, aunque a veces se quejaba de la conexión.

Lili se encargó de organizar la casa. Limpiar, acomodar, abrir ventanas para dejar entrar aire fresco. Poco a poco, el lugar empezó a sentirse más… suyo.

Santiago comenzó sus clases en línea sin muchas quejas. Extrañaba la ciudad, sí, pero también disfrutaba cierta tranquilidad.

Todo parecía… funcionar.

Demasiado bien.

Fue al cuarto día cuando Lili lo notó por primera vez.

Estaba en la cocina, preparando el almuerzo, cuando algo la hizo detenerse.

No fue un sonido.

Fue más bien… la ausencia de uno.

Se quedó quieta, con el cuchillo en la mano, escuchando.

Nada.

No había pájaros.

No había viento.

No había el típico ruido lejano de un pueblo.

Nada.

Solo silencio.

Un silencio tan completo que le hizo sentir como si estuviera dentro de algo… cerrado.

Sacudió la cabeza.

—Estoy exagerando —se dijo a sí misma.

Y volvió a lo suyo.

Esa noche cenaron juntos.

Santiago hablaba sobre una tarea, Andrés revisaba algo en su celular, y Lili los observaba en silencio.

Por primera vez en semanas, no estaban preocupados por el dinero.

No estaban discutiendo.

No estaban tensos.

—Tal vez esto fue buena idea —dijo finalmente.

Andrés levantó la vista y sonrió.

—Te lo dije.

Santiago asintió.

—Sí… es tranquilo.

Nadie notó la forma en que dijo esa última palabra.

Cuando cayó la noche, todo cambió.

No de forma evidente.

No de golpe.

Pero cambió.

La oscuridad llegó rápido. Más rápido de lo que esperaban.

Las luces dentro de la casa funcionaban bien, pero más allá de las ventanas… no había nada.

Ni una sola luz a la distancia.

Ni una casa iluminada.

Ni una señal de vida.

—Es como si estuviéramos solos —dijo Santiago, mirando hacia afuera.

—Es normal —respondió Andrés—. Es un pueblo pequeño.

Pero incluso él evitó mirar demasiado tiempo hacia la ventana.

Antes de dormir, Santiago se quedó en el pasillo del segundo piso.

No sabía por qué.

Solo… se detuvo.

Las luces estaban encendidas, pero al final del pasillo había una zona donde la luz no llegaba del todo.

No era oscuro.

Pero tampoco estaba iluminado.

Era… intermedio.

Como si la luz no quisiera avanzar más.

Santiago frunció el ceño.

—Qué raro…

Dio un paso hacia adelante.

Luego otro.

La madera crujió bajo sus pies.

Y por un segundo… tuvo la sensación de que no estaba solo.

Se quedó quieto.

Escuchando.

Nada.

Solo su propia respiración.

Se rió nerviosamente.

—Estoy imaginando cosas…

Se dio la vuelta y caminó de regreso a su habitación.

Sin mirar atrás.

Esa noche, los tres durmieron.

Pero no profundamente.

Hubo momentos en los que Andrés se movía inquieto.

Momentos en los que Lili abría los ojos sin saber por qué.

Momentos en los que Santiago permanecía despierto, mirando la oscuridad de su cuarto.

Pensando.

Imaginando.

Sintiendo.

Como si la casa…

estuviera esperando.

Y en algún lugar, en medio de esa oscuridad que aún no entendían…

algo comenzó a tomar forma.

No en la casa.

No en las paredes.

No en los pasillos.

Sino en algo mucho más peligroso.

En la mente.

Porque lo verdaderamente aterrador…

aún no había empezado.

1
Rimuro Oquendo
nueva obra es de suspenso ☺️
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