La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???
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Prólogo — "El bully que se enamoró"
Nadie te prepara para el momento exacto en que dejás de ser invisible. No hay aviso, ni música, ni escena en cámara lenta. Un día sos parte del fondo —el ruido de las tizas, el banco de la segunda fila, la chica que entrega la tarea a tiempo— y al otro día alguien dice tu apellido en voz alta y todo el curso gira. No porque hiciste algo bueno. Porque ese alguien decidió que eras su chiste nuevo.
Yo me llamo Emilia Ríos. Y durante mucho tiempo pensé que si no me movía, si no contestaba, si me hacía más chica, él se iba a cansar. No se cansó.
Thiago Benítez entró al Colegio Nacional San Martín el mismo año que yo, pero no al mismo colegio. El mío tenía olor a lavandina y fotocopias calientes. El de él tenía aplausos cada vez que metía un gol y pasillos que se abrían cuando pasaba. Alto, pelo oscuro siempre despeinado a propósito, ojos verdes y esa forma de llevar la campera del uniforme colgando de un hombro como si el reglamento no fuera con él. Thiago no caminaba: llegaba. Y cuando llegaba, el aire cambiaba.
Los primeros dos años ni me registró. Yo era la de los anteojos grandes, la trenza, los frenillos, la que levantaba la mano en Matemática. Él era el que se sentaba al fondo con Ramiro y Lautaro y hacía que las chicas de quinto le mandaran notas. No teníamos nada que ver. Hasta tercer año.
No fue un gran evento. Me empujó sin querer —o eso dijo— y se me cayó la cartuchera. Se agachó, levantó mi portaminas mordido y dijo “¿todavía usás estas cosas de primaria, Ríos?”. Se rieron. Yo contesté algo sobre la plata y no tener para comprar cosas lindas. Se hizo silencio un segundo y después Thiago sonrió como si le hubiera dado permiso. A partir de ahí fue “Cuatro ojos”. Después fue “Ríos, prestame que no tenés nada mejor que hacer”. Después fue esconderme la mochila y decir que me la había olvidado en preceptoría.
Nunca me pegó. Nunca me gritó. Era peor. Era todos los días un comentario delante de los demás. Era hacerme dudar si entrar al aula antes o después que él. Era contar los minutos hasta el recreo para irme a la biblioteca y que nadie me viera comer sola.
Y lo odié. Lo odié con esa rabia que te hace apretar los dientes cuando te lavás la cara a la noche. Odié que fuera lindo y que eso le alcanzara para que todo le saliera bien. Odié que supiera exactamente qué decir para que me ardiera la cara. Odié que una parte mía —la más idiota— se quedara esperando a ver si ese día me decía algo o si pasaba de largo.
Porque eso es lo que no te cuentan del bullying: te acostumbrás. No a que no duela. Te acostumbrás a que duela y a seguir yendo igual. Te aprendés de memoria su horario, su risa, la forma en que arrastra la silla cuando se sienta. Y lo peor es que un día te das cuenta de que sabés más de él que de cualquiera.
Yo no escribo esto para justificarlo. Thiago fue cruel. Punto. No estaba “confundido” ni “le gustaba y no sabía cómo decirlo”. Le gustaba tenerme ahí para recordarse que podía. Y yo me quedé demasiado tiempo pensando que si me esforzaba en ser invisible de nuevo, se iba a terminar.
Pero no se terminó. Cambió.
No sé en qué momento pasó. Tal vez cuando Santiago, el chico nuevo, se sentó conmigo en Literatura y me preguntó si podía copiar los apuntes. Thiago lo vio desde su banco del fondo y se le borró la sonrisa. Esa semana empezó a interrumpirme cada vez que hablaba. A ponerse entre Santiago y yo en la fila de la cantina. A decirme “Cuatro ojos” con la boca, pero con los ojos puestos en otro lado.
Los celos no tienen buena fama en las historias de amor. En esta sí, porque fueron lo primero honesto que hizo. Estaba enojado y no sabía con quién. Con Santiago, conmigo, con él. La noche de la fiesta del colegio me besó mal, apurado, con bronca, como si me estuviera robando algo. Me fui llorando y pensé “listo, ya está”. Pero al otro día vino solo, sin Ramiro ni Lautaro, y dijo “perdón” con la voz rota. No le salió bien. No sabía pedir perdón. Tuvo que aprender.
Esta historia tiene partes que me dan vergüenza leer en voz alta. Tiene cosas que no le conté a mi mamá hasta que pasó mucho tiempo. Pero también tiene el día que me saqué los anteojos porque me operé y Thiago me miró fijo y me dijo “siempre me gustaron, igual”. Tiene el día que se paró delante de Ramiro y le dijo que se callara cuando hizo un chiste sobre mí. Tiene los mensajes de madrugada en quinto año y los viajes en colectivo a Rosario cuando empecé Diseño y él Kinesiología.
Y tiene el final. No el de película. El real: un civil chico en El Trébol, con mi hermano llevándome los anillos y la mamá de Thiago llorando en la segunda fila. Nadie aplaudió cuando entré. Pero Thiago sí. Y cuando me puso el anillo en la mano —la misma mano que una vez me empujó contra los lockers— me temblaba igual que a los dieciséis.
Si esperás un cuento donde el malo se vuelve bueno porque la chica lo salva, este no es. Yo no lo salvé. Yo me fui muchas veces y él tuvo que correr. Y cuando volvió, no volvió siendo el mismo.
Si te quedás, te cuento cómo pasó.
— Emilia.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia