La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.
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I- ella es mi propia obsesión
Alessio Veraldi:
El mundo se divide en dos tipos de personas: los que piden permiso y los que somos dueños del suelo que pisamos. Yo nunca he sido de los que piden.
A mis veintiocho años, el apellido Veraldi no es solo un nombre, es una advertencia. Llevo la mirada verde de mi madre, pero la sangre que corre por mis venas tiene el mismo hielo que la de Maximiliano. O al menos eso creía, hasta que la vi a ella.
Estaba apoyado contra el cuero frío de mi coche, ignorando el bullicio de la ciudad que tanto detesto. A unos metros, una pequeña florería llamada L’Anima dei Fiori rompía con la monotonía del asfalto gris. Y ahí estaba ella. Clara. Un nombre tan simple como su existencia, pero que se me había quedado grabado en el cráneo como un tatuaje mal hecho.
Clara no tiene joyas, ni armas ocultas bajo la seda, ni sabe lo que es dar una orden de ejecución. Es... común. Una chica que se ensucia las manos con tierra en lugar de pólvora. Y esa inocencia me asquea tanto como me fascina.
—Se te va a secar el cerebro si sigues mirándola como un animal hambriento, Alessio.
No tuve que girarme para saber que Bianca estaba detrás de mí. Mi gemela tiene esa maldita manía de aparecer como una sombra, con esos ojos grises que heredó de papá y que parecen juzgar cada uno de mis impulsos.
—No la estoy mirando —mentí, aunque mis ojos seguían fijos en cómo Clara cortaba el tallo de un lirio blanco. Sus movimientos eran torpes, suaves. Inofensivos.
—Estás babeando —espetó Bianca, colocándose a mi lado. Ella vestía un traje sastre negro, impecable, con Lucifer, su leona, seguramente esperando en el transporte blindado a la vuelta de la esquina. —Es una civil, hermano. Una florista. No encaja en nuestro mundo, y tú no encajas en el suyo. Deja de ser un idiota y vámonos, Dante nos espera para el informe de la frontera.
—Dante puede esperar —gruñí, sintiendo una punzada de irritación—. Y tú podrías cerrar la boca. No necesito que mi hermana me diga qué juguete puedo o no puedo tener.
Bianca soltó una risa seca, carente de humor. —No es un juguete, es una persona. Y si papá se entera de que el heredero de los Veraldi pierde el tiempo acosando a una chica que probablemente se asusta con el ruido de un escape...
—¡He dicho que basta! —le espeté, dándole un paso al frente. Mi presencia suele intimidar a hombres que han matado a docenas, pero Bianca ni siquiera parpadeó. Solo me sostuvo la mirada con esa frialdad táctica que me ponía de los nervios.
—Eres un patán —sentenció ella, dándose la vuelta—. Un patán con poder, lo cual te hace peligroso, pero no inteligente. Te veo en la casa... si es que logras despegarte del escaparate.
La vi alejarse con su elegancia letal. Bianca siempre intentaba corregirme, siempre intentaba ser la voz de la razón que mamá solía ser. Pero ella no lo entendía. No era solo deseo. Era una necesidad de propiedad.
Me acomodé la chaqueta de cuero y caminé hacia la entrada de la tienda. El timbre de la puerta sonó, un tintineo ridículamente alegre. Clara levantó la vista y sonrió. Una sonrisa limpia, sin segundas intenciones. Me dieron ganas de romper algo.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó con esa voz dulce que me hacía querer encerrarla en una jaula de oro y tirar la llave al Mediterráneo.
—Lirios —dije, mi voz sonando demasiado ronca en aquel espacio lleno de perfume floral—. Quiero todos los que tengas.
—¿Todos? —ella parpadeó, confundida—. Son muchos para un solo ramo.
Me acerqué al mostrador, invadiendo su espacio personal hasta que pude oler el jabón neutro y el polen en su piel. Noté cómo su respiración se aceleraba. Miedo. Bien. El miedo es el primer paso de la pertenencia.
—He dicho todos, Clara —pronuncié su nombre lentamente, disfrutando de la chispa de sorpresa en sus ojos al ver que un extraño sabía quién era.
Soy Alessio Veraldi. Y lo que quiero, lo tomo. Ella aún no lo sabe, pero ya es mía.
Me quedé allí, apoyado contra el frío mármol del mostrador, invadiendo su santuario de pétalos y humedad. No me moví ni un centímetro. La veía trabajar, sus manos pequeñas temblaban ligeramente mientras intentaba agrupar los lirios que le había exigido.
Me importaba un bledo el lenguaje de las flores o si el ramo quedaba estético. Solo quería verla sometida a mi petición, ocupada en mí.
—¿Para... para una ocasión especial? —preguntó ella sin levantar la vista, su voz era un hilo de seda que me daban ganas de enredar en mi puño.
—Para quien yo decida —solté, con esa arrogancia que me sale natural, como si el aire que ella respira me perteneciera por derecho de nacimiento—. Solo muévete, Clara. No tengo todo el día y mi paciencia no es precisamente mi mayor virtud.
La vi encogerse de hombros, asustada. Me encantaba. No era amor, ni de cerca. El amor es lo que tienen mis padres, esa cursilería de protección mutua y miradas cómplices. Lo mío era hambre. Era esa sensación de ver un objeto brillante en un escaparate y saber que, si extendía la mano, lo rompería solo para demostrar que podía tener los trozos.
Ella es frágil. Yo soy un Veraldi. La ecuación es simple: lo débil termina en las garras de lo fuerte.
—Son... son cincuenta euros —murmuró ella, dejando el enorme e incómodo fardo de flores sobre el mostrador.
Saqué un fajo de billetes del bolsillo de mi chaqueta de cuero, ni siquiera los conté. Tiré tres billetes de cien sobre la mesa como si fueran basura.
—Quédate con el cambio. Cómprate un perfume que no huela a jardín muerto —le dije, inclinándome sobre el mostrador hasta que mi rostro quedó a escasos centímetros del suyo. Pude ver el verde de mis propios ojos reflejado en su mirada aterrorizada—. Y mañana quiero lo mismo. A la misma hora.
—Señor, yo... no sé si tendré tantos lirios mañana...
—Entonces búscalos —la corté, dejando que mi sombra la cubriera por completo—. Oculta bajo las piedras si hace falta. Si vengo y no están, me llevaré algo más de esta tienda. ¿Entendido?
No esperé respuesta. Agarré el ramo con una mano, aplastando algunos tallos sin importarme, y salí de allí dejando que el timbre de la puerta restallara como un disparo.
Afuera, el aire de la ciudad me golpeó la cara. Caminé hacia mi coche, donde Belial, mi león, aguardaba en la parte trasera del transporte reforzado. Al verme subir, el animal soltó un gruñido bajo, profundo, vibrando en el metal del vehículo.
—Cállate, Belial —mascullé, lanzando las flores al asiento del copiloto como si fueran un estorbo—. Ella es solo una distracción. Una pequeña y estúpida distracción.
Pero mientras arrancaba el motor y quemaba neumáticos sobre el asfalto, solo podía pensar en el temblor de sus manos. Bianca dice que soy un idiota, que soy un patán que no sabe controlar sus impulsos. Quizás tenga razón. Pero soy un Veraldi, y en mi mundo, los idiotas con poder son los que terminan escribiendo las reglas.
Mañana volvería. Y pasado mañana también. Hasta que el aroma de esos malditos lirios se mezclara con el miedo que ella me tiene, y yo finalmente me cansara de verla temblar. Pero por ahora... por ahora verla romperse bajo mi mirada era el mejor maldito juego que había jugado en años.
Llegué a la mansión y me encerré en mi estudio, un santuario de madera oscura y cuero que olía a éxito y a la sangre que mi padre y yo habíamos derramado para mantenerlo. Tiré el ramo de lirios al suelo, aplastándolos con la bota sin siquiera mirarlos. Eran basura. Ella era lo que quería, no sus malditas flores.
Me serví un whisky doble, sin hielo, y encendí un cigarro. El humo inundó mis pulmones, calmando esa vibración eléctrica que recorría mi cuerpo desde que vi a Clara temblar. Pero no era suficiente. Necesitaba drenar esa energía, ese instinto de posesión que me quemaba las entrañas.
Saqué el teléfono y marqué el número de Sasha. Es una de las mejores piezas del club de mi padre. Ella sabe quién soy, sabe lo que me gusta y, sobre todo, sabe que conmigo no hay espacio para la ternura.
—Ven a mi estudio. Ahora —ordené. No esperé respuesta; ella sabía que no era una invitación.
Diez minutos después, Sasha entró. Vestía un vestido de seda roja que apenas cubría lo necesario, pero no me importó su ropa. Me quedé sentado tras el escritorio, observándola con la misma frialdad con la que un lobo mira a una presa que ya sabe muerta.
—Alessio... —susurró, acercándose con ese caminar serpenteante.
—Cállate y date la vuelta —le solté, dándole un trago largo al whisky.
La obligué a doblarse sobre mi escritorio, apartando los papeles de la logística familiar. Sus manos se aferraron al borde de la madera mientras yo me posicionaba detrás de ella. No hubo preámbulos, no hubo caricias. Solo la urgencia bruta de mi propia frustración. La penetré con una violencia seca, buscando en su cuerpo el alivio que la imagen de la florista me negaba.
Mis manos se hundieron en sus caderas, dejando marcas que mañana serían moratones. Cada embestida era un pensamiento en Clara: en cómo doblaría su espalda, en cómo sus ojos inocentes se llenarían de lágrimas si yo le hiciera esto. Sasha gemía, un sonido ensayado y profesional que me irritaba. La agarré del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para que me mirara, pero no veía a Sasha. En mi mente, era el rostro pálido de la florista el que se retorcía bajo mi peso.
Aumenté el ritmo, golpeando contra ella con una fuerza animal, descargando toda la rabia de ser un patán, de ser un idiota obsesionado con una civil que no valía ni el precio de sus flores. El placer fue puramente físico, una descarga eléctrica que terminó en un gruñido gutural mientras me corría dentro de ella, usándola como un simple receptáculo para mis instintos más oscuros.
En cuanto terminé, me aparté de golpe. El sudor me pegaba la camisa a la espalda. Me subí los pantalones sin mirarla, sintiendo una repentina y profunda náusea por el acto, no por culpa, sino por aburrimiento. La excitación se había evaporado tan rápido como llegó.
—Vete —dije, dándole la espalda para servirme otro trago.
—¿Tan pronto, Alessio? —ella intentó recomponer su vestido, jadeando aún.
—He dicho que te largues, Sasha. Me aburres —espeté con una frialdad que la hizo retroceder.
La puerta se cerró tras ella. Me quedé solo en el silencio del estudio, con el aroma del sexo mezclado con el de los lirios machacados en el suelo. Me senté de nuevo, frotándome la sien. Era un idiota, sí. Un idiota que tenía todo el dinero y el poder del mundo, pero que solo podía pensar en volver a esa florería mañana para ver si Clara había conseguido sus malditos lirios.
Porque Sasha era fácil. Y yo, por alguna razón que mi instinto no lograba procesar, quería lo que fuera difícil de romper.
Apenas el perfume barato de Sasha terminó de desvanecerse en el pasillo, la puerta de mi estudio se abrió de par en par. No hubo toque, no hubo aviso. Solo el frío metálico de la presencia de mi hermana.
Bianca entró con esa elegancia gélida que me ponía los pelos de punta. Sus ojos grises, idénticos a los de mi padre, recorrieron la estancia con una lentitud insultante: se detuvieron en el fajo de billetes olvidado sobre el escritorio, en mi camisa desabotonada y, finalmente, en los lirios que yo había aplastado bajo mi bota.
—Qué espectáculo tan deplorable, Alessio —soltó ella, cruzándose de brazos. Su voz era un bisturí—. Hueles a sexo desesperado y a flores muertas. ¿Es esta la imagen del heredero de la Orden? ¿Un animal que se revuelca con cualquiera para olvidar que una simple florista no le dio ni la hora?
—Cierra la maldita boca, Bianca —gruñí, dándole un trago largo a mi whisky. El ardor en la garganta era lo único que mantenía mi mano lejos de estampar el vaso contra la pared—. No estoy de humor para tus sermones de reina de hielo.
—No es un sermón, es un diagnóstico —se acercó, rodeando mi escritorio como si fuera una escena del crimen. Se agachó, recogió uno de los lirios machacados y lo dejó caer con asco—. Estás actuando como un depravado. Usar a las mujeres del club para proyectar tus fantasías con esa niña de la florería es patético, incluso para ti. Das lástima.
Me levanté de golpe, tirando la silla hacia atrás. Mi estatura y mi volumen suelen encoger a la gente, pero mi hermana ni siquiera pestañeó.
—Me importa una mierda lo que pienses —le espeté, acortando la distancia hasta que nuestras sombras se mezclaron—. Ella no es nada. Es una distracción, un juguete que voy a romper cuando me canse de verla temblar. No metas tus narices donde no te llaman.
—El problema, hermanito, es que tus "distracciones" huelen a debilidad —Bianca me puso una mano en el pecho, no con afecto, sino para empujarme ligeramente—. Papá ha construido este imperio con lógica, no con impulsos de animal en celo. Si sigues comportándote como un patán sin control, vas a cometer un error. Y si esa chica se convierte en tu talón de Aquiles, yo misma me encargaré de cortarte el pie.
—Inténtalo —desafié, sintiendo cómo la furia me nublaba la vista—. Toca a esa chica y te demostraré por qué soy yo el que lleva la fuerza en esta familia.
Bianca soltó una carcajada seca, llena de veneno.
—¿Fuerza? No tienes fuerza, Alessio. Tienes una obsesión barata. Disfruta de tu miseria nocturna, pero límpiate antes de bajar a cenar con mamá. Ella todavía cree que tienes algo parecido a un corazón. No le quites la ilusión tan pronto.
Se dio la vuelta y salió con la misma parsimonia con la que entró. Me quedé solo, respirando con dificultad, con el sabor amargo del alcohol y la rabia en la lengua. Ella no entendía nada. No era debilidad. Era poder. El poder de saber que mañana volvería a esa tienda y que Clara, con sus manos sucias de tierra y sus ojos llenos de miedo, sería lo único real en mi mundo de sombras.
Me dejé caer en el sofá, encendiendo otro cigarrillo. Bianca podía llamarme depravado todo lo que quisiera, pero ella no sabía lo que se sentía al ver cómo la luz de alguien se apaga poco a poco bajo tu control.
Y yo apenas estaba empezando a soplar la llama de Clara.
Clara:
El timbre de la puerta de la florería suele ser un sonido que me da paz. Es el anuncio de alguien que busca pedir perdón, alguien que celebra un nacimiento o, simplemente, alguien que quiere llevarse un poco de color a su casa. Pero desde ayer, ese tintineo me suena a una sentencia.
Mis manos todavía tiemblan mientras intento acomodar las rosas rojas en el jarrón del mostrador. No puedo quitármelo de la cabeza. Él.
No sé su nombre, pero su presencia se quedó impregnada en las paredes de L’Anima dei Fiori como el olor a ozono antes de una tormenta eléctrica. Era alto, demasiado alto, con unos hombros que parecían capaces de cargar con el peso de toda la ciudad. Pero lo que más me persigue en mis pesadillas despierta son sus ojos. Verdes, como el musgo profundo del bosque, pero sin nada de la calma de la naturaleza. Eran ojos salvajes, hambrientos.
Cuando me miró, no sentí que estuviera viendo a una mujer. Sentí que era una presa que él ya había decidido cazar.
—Céntrate, Clara... solo fue un cliente maleducado —me susurro a mí misma, pero mi propia voz me suena falsa.
Nadie paga trescientos euros por un ramo de lirios y te mira con ese desprecio infinito. Nadie te exige que "busques bajo las piedras" como si fueras su empleada, su esclava. Su arrogancia era casi física; me hacía sentir pequeña, insignificante, como si mi vida entera valiera menos que el reloj que brillaba en su muñeca.
Miro hacia el suelo, donde todavía queda una pequeña mancha de agua de ayer. Recuerdo cómo se inclinó sobre el mostrador. Su olor... no era el de un hombre común. Olía a tabaco caro, a un whisky fuerte que mareaba y a algo metálico, frío. Me sentí asfixiada, con el aire escapando de mis pulmones mientras él invadía mi espacio, marcando un territorio que no le pertenece.
«Mañana quiero lo mismo. A la misma hora».
Esa advertencia retumba en mis oídos. Miré el reloj de pared: las tres de la tarde. En menos de una hora, ese hombre volverá. He pasado toda la mañana llamando a mis proveedores, suplicando que me trajeran más lirios. Me he gastado mis ahorros para cumplir su capricho, no por la propina que dejó, sino por el terror puro de imaginar qué pasaría si no encontraba lo que quería.
Él dijo que "se llevaría algo más de esta tienda".
Un escalofrío me recorre la espalda. Vivo sola en un apartamento pequeño arriba de la florería. No tengo a nadie a quien llamar, no tengo un "Maximiliano" o una "Bianca" que me proteja. Soy solo yo y mis flores.
La calle afuera parece más silenciosa de lo habitual. Cada vez que un motor ruge a lo lejos, mi corazón da un vuelco. Me miro las manos; están manchadas de tierra y savia. Soy una chica común, una chica que encuentra belleza en lo que crece lentamente. Él, en cambio, parecía alguien que solo sabe destruir.
Escucho un coche frenar bruscamente frente a la vitrina. El sonido de una puerta de lujo al cerrarse me corta la respiración. Es un golpe seco, autoritario.
El timbre de la puerta suena.
No hace falta que levante la vista para saber que es él. El aire en la tienda se vuelve pesado de repente, como si el oxígeno se agotara. Mis piernas se sienten como gelatina y, por un segundo, me olvido de cómo se respira.
—Aquí están... —susurro, señalando el enorme montón de lirios blancos que he preparado, con la esperanza de que se los lleve y me deje en paz.
Pero cuando levanto los ojos, él no está mirando las flores. Me está mirando a mí con esa sonrisa ladeada y cruel, como si estuviera disfrutando de ver cómo mi pecho sube y baja por la ansiedad. Dios mío, ¿qué quiere de mí?